domingo

Mamá en domingo


Desde que fui considerado excremento de babosa en mi entrecomillado presidio ya sólo escribo cartas a mamá, por mucho que sea nada lo que tengo que decirle.
El día de mi salida comeré humanos. Mi cerebro, madre, tan sólo es una colmena cuyas moradoras se han dado a su propio veneno. Yo las he oído un día hace ya diez años ensayar sus últimas palabras en un vaso de aceite.

Mi celda es acogedora, madre. El bedel Juan es mi amigo y la democracia en España la inventó un comerciante respetable a quien, en Alcatraz, le dolía la cabeza. Tenía migrañas chungas o algo. Entonces Mongolia todavía era un pueblo, mamá, un pueblo como Valseca.
Cómo decirte, madre, que soy feliz. Que, desde que, aún siendo vigilado, fui absuelto, me tratan como a un cura con recuerdos. Que la mesa es bajita y me duele (Ana Merche dixit) la espalda de comer nécoras recién cogidas.
Para cada arco hay una flecha y para cada cabeza un grial. La ciudad fue inventada por un eunuco y el sanatorio donde leo las Cartas desde Rodez de Antonin Artaud (vol I, II y III, Fundamentos, Trad. Pilar Calvo) es una montaña amiga donde mi ombligo son los pasos de una monja -fea- completamente alucinada y freak.

Echo de menos un pañuelo de tela limpio. Recuerdo a mi abuelo Teodoro, a quien no conocí, sentado en su cerca al lado de una burra. La democracia finalmente se murió de sífilis pescando en su piscina privada. Hoy todos los amigos de Johnny Torrio están muertos. Sus albornoces se venden en Arco junto con mi inédita Autobiografía de Napoleón Bonaparte.
Se respira bien acá y además hablo con Lidia por el facebook. Mis primeros amigos se creían que era una coña cuando me hice abstemio (en este hospital bebo relojes de agua).
Soy alguien. Salgo en el google. You know?

Aquí, mamá, Little Italy, la prensa y Mongolia son un martillo ya usado. Voy a cumplir 33 años dentro de tu vientre. Joder, en nada los voy a hacer. Ya estoy contando los días. Quiero que vengan todos mis amigos. Hacer una fiesta, mamá, ese día seré el gran Gatsby y te recitaré, delante de la bola del mundo, los versos de Lédo Ivo (Rumor nocturno, Vaso roto Ediciones trad. Martín López Vega) que dicen que quien te vio caminando a solas en la nieve / no precisa ver nada más / para conocer el amor.
Debido a mi insensatez emocional, me he hecho un regalo (en parte dedicado a Pablo). Es una libélula que ayer hizo el amor y, mientras te escribo hoy, se come a sí misma. Por eso en breve todo será una oscuridad maravillosa, apagaré la pantalla y soñaré que estoy, junto con todos mis mayores, en una mina de oro, en un repleto enjambre.
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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ya veo que te has puesto de nuevo con la pluma en marcha. Seguiré en breve tus nuevas andanzas blogeras. Gracias por plantificarme en tus relatos.;-)

Alberto M dijo...

con la pluma no, con las teclas y con lo de plantificar sí eh, Cuidao.

Muy buenas noches, descansa :)