lunes

Los juguetes, por Telsio Ramírez


En los colegios para enfermos siempre hay amores lo suficientemente raros. Están a tu lado, sentados en sillas giratorias, buscando en google maps dónde coño está su casa. Las casas se mueven y, sin embargo, los colegios para enfermos simplemente desaparecen y ya está. Así me lo dijo mi amigo un día que le vi por la calle. Supe que era mi amigo en el momento en que me lo dijo. Le dije que llevaba suelto. Me dijo que se alegraba de verme. Le dije que también tenía billetes, que cuánto quería y él dijo que me los metiera por el puto culo. Ya nada me separaría de él. Nos drogaríamos y violaríamos juntos a las mancebas y los mancebos. Lo otro no tenía ningún sentido igual que no lo tenía ninguna casa donde hubiera un piano en el salón.

En el primer Okey de chocolate estuvimos hablando de los bedeles. Qué gente más horrible. Decía. Le mordí a uno la cara hasta que sonó clok. Eso me dijo. Y yo pedí otros dos Okey de chocolate. Dije que no recordaba nada porque una cara y otra cara son una mera anécdota.

Al salir del colegio para enfermos no sabían qué hacer conmigo y he de reconocer que tampoco puse demasiado de mi parte. Dije, y entonces él me interrumpió. Dijo que ahora se dedicaba a no sé qué. No le hice ni caso. Tenía esa confianza extraña que consiste en decapitarse. Son esos los momentos que se recuerdan como los más hermosos de tu vida, en serio. Él hablaba y hablaba y, una de las veces en que me coloqué de nuevo la cabeza, oí la palabra “mecánico”, por ejemplo. Todo era maravilloso. Los recuerdos sólo pueden ser bellos aunque estés en un bar de mierda y con un amigo que huele a chochomono.

De los colegios para enfermos recordaba bien los grifos. Nos desnudaban unos bedeles y nos metían debajo. Nadie podía comprender de dónde venían esas costumbres ancestrales. Estaba a punto de decirlo, de contarle eso y también que aún no se me había pasado el vicio de chupar paredes, pero noté que mi amigo seguía hablando de algo importantísimo y me callé. Fue cuando la cabeza volvió a pegarse cuando no supe qué hacer.
Dije que cuánto se debía, pero la señorita no oía nada. Entonces mi compañero dijo: La mejor droga es mear en los cables de alta tensión. Sí, dijo, a mí esos hijos de puta me hicieron beber no sé cuántos litros en una letrina hecha toda de cables. Y se reían. Eso decía mi amigo. Y luego repetía: pues esa es la mejor droga. Pregunté ¿Qué? Dijo: Nada. Le dije que la camarera estaba sorda. Dijo que no se conformaron con joderle de abajo, que luego le hicieron mirar al sol. Dijo: Primero me colocaron piedras encima del pecho. Apenas me entraba un chorro de aire a la hora en los pulmones, podía oír que mi corazón no paraba y recuerdo que fue entonces cuando me pusieron las pinzas en los ojos y encendieron esa luz. No sé cuántos días pasaron, concluyó.
Quedó callado y me miraba la ropa o algo y volví a decapitarme, jugué un rato al fútbol con mi cabeza por entre las mesas. Estaba todo bien. Fue cuando volví a colocarla el momento en que miré que afuera era ya de noche. Mi amigo seguía ahí. Dije que la vida era no sé qué. Puede ser, dijo. Asentí con la cabeza sobre los hombros creo que incluso a sabiendas de que estaba allí.

Antes de abrir la cartera vi que la señorita estaba barriendo y miré de nuevo a mi amigo, pero esta vez con intención de decirle algo importante. No alcanzo a entender por qué empezó a reír largamente. Parecía un recién nacido. Aquello no tenía ni pies ni historia. Se lo dije entonces, pero no he vuelto a cruzarme.
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2 comentarios:

Tesa dijo...

Hay que tener cuidado con la sobredosis de Okey de chocolate

...por si la diarrea.

:)

Alberto M dijo...

pero si ahora no curro, Tes. ¿Qué más me da estar sentado en el váter que poniendo graciosuras en el facebook? (de la primera manera leería el tebeo de Súper López que tengo ahí)

Un abrazote, tía.