domingo

Wild is the wind


En el verano de 1992 yo experimenté la entrada en una caja. Hoy, días en que las hago, sé que el secreto primero de una caja son sus cuatro puntas o, al menos, siempre que hablemos de una caja rectangular. La segunda cosa de la que ocuparse, permítanme: el segundo secreto, serían las cuatro aristas resultantes (sumadas las que van saliendo -el intermedio de la ópera, pongamos-). Después pasaríamos al postre, el tercer secreto, siempre que ustedes me permitan: Los seis lados, trabajados previamente con las nuevas aristas.
En el verano de 1992 yo me había convertido en un recluta. Había pasado la entrada al año en Malabo, capital de Guinea Ecuatorial, junto con mi abuela Ciriaca Llorente (1924-2006) -con quien un tiempo antes de mi definitiva salida fui prisionero político durante aproximadamente un cuarto de hora-, mi tía Pepa, Pushkin y mi prima Susana.
Por aquel entonces yo era aproximadamente un adolescente con granos. De mi periplo en Malabo recuerdo: Bajar del avión junto con mi abuela, ver gente negra saludando, saludar a mi tía e introducirme en un campo cuyas hierbas me llegaban hasta la cintura y oír a mi prima decir: Cuidado, puede haber una mamba.
Más: Conocer a chavales con los que luego jugaría al fútbol de cinco a siete de la tarde, un barco cuyo dueño se llamaba Alberto y cuyo nombre era El barco de Alberto...
Un padre tenía muchos hijos de diferentes madres. Todos eran negros, mucho. Negros que te cagas. Me hice más amigo de ellos que de los otros que había conocido y les dije que me gustaría quedarme allí porque estaba a gusto, pero que sabía que tendría que volver junto con mi abuela.
Antes de eso mis amigos del colegio situado en Madrid me habían regalado un balón de fútbol que llevé hasta allí. Los negros me dijeron que les gustaba jugar al fútbol y se lo di.
Desde que hago cajas comprendo que una salida es el final de una caja. Pero también es el principio, claro, porque antes de que exista una caja sólo existe la salida.

En el verano de 1992 yo experimenté la entrada y la salida de una caja. Mientras hago cajas únicamente pienso en qué significa más, si entrar o salir de una y nunca doy con una solución lo suficientemente objetiva. Cuando lo dejo por imposible, pienso en escribir algo sobre eso cuando llegue a casa y colgarlo en el internet a través del blog La semejante criatura: un blog que va sobre Mongolia, según me han dicho, y en el que, en ocasiones, se me ofrece la posibilidad de publicar vivencias o algo así o pensamientos.
Mi nombre es Carlos Diego y, desde luego, si de una cosa estoy seguro es de que tuve mi oportunidad.
Cuando conocí a los negros finalizaba 1991 y yo, como he dicho, aterricé en Malabo junto con mi abuela. Allí nos esperaban mi tía Pepa, mi tío Pushkin y mi prima Susana, hija de ambos. Al bajar del avión acerté otro orden en el mundo. No imaginé que mi llegada estuviera plagada de Julio Iglesias. No imaginé que yo, Carlos Diego, pudiera ser Julio Iglesias. Mi prima, aún cría, me dijo que mejor no me metiera en hierba frondosa y después vi a los bichos, me adapté a ellos en un día y, cuando por fin conocí a los negros, les regalé un balón de fútbol. Ellos, con el tiempo -breve- y, después de hablarlo, me tendieron una caja y me dijeron que la abriera en verano, cuando estuviese en Madrid, Segovia o lo que fuera y me metiera dentro. No sé ellos. Yo cumplí mi palabra en el verano de 1992. Recuerdo entonces enviar una carta a uno de mis compañeros negros diciendo mi experiencia, pero no recibí respuesta.
Otras cosas que recuerdo: fumar mi primer Lucky Strike rodeado de negros riéndose en el cine de Malabo. La que echaban era de Jean Claude Van Damme. Era un cine de mierda donde nos sentábamos en el suelo y las salamandras se movían al lado de nuestros pies, descalzos, sin llegar a rozarlos.

En mi carta de finales de verano de 1992 (cuando los juegos olímpicos en Barcelona) yo escribía -desde Valseca- que absolutamente nadie a mi alrededor sabía nada de una caja.
Aunque hoy sé que en eso cometía un error. Todo el mundo sabe que una caja, al nacer, absolutamente siempre, lo hace vacía.
Aún entonces sólo era capaz de atisbar un pliegue o dos, cinco o seis. Pero, para envolver una caja, una señorita de El corte inglés -mi maestra- me dice, cada día, que hay que envolverlas bien y tirar siempre desde el principio. Para respetar el principio sólo hay que hacer caso a las tres normas que tiene para ella una caja y que he citado al comenzar este texto.
Según ella, “sin esas tres normas, un regalo nunca sería lo más parecido a un regalo”.

A su vuelta, mi tía Pepa, Pushkin y Susana me dijeron que no sabían nada de la carta que había enviado, pero que, seguramente, habría llegado, que el correo funciona bien y que se alegraban de verme a mí, de nuevo, y a mi abuela, tan bien como siempre habíamos estado (corría el año 1995). Ni siquiera hablé de la caja. Aún hoy aún no lo he hecho.

Bajé del avión, imaginé la canción Gwendoline, fui prisionero político junto con mi abuela C. Durante 15 minutos, esperé el momento adecuado para meterme en una caja y, cuando salí, todo era exactamente igual a ahora, el día en que una muchacha me cuenta los secretos que tiene una caja para ser bien parecida y, al mismo tiempo, un regalo para las próximas navidades. Mi abuela, Ciriaca, murió. Mi tía Pepa ha envejecido; Pushkin, mi tío político, está en Vancouver y mi prima Susana ahora se llama Aranzazu. Ni idea de la caja original, creo que la tiré antes de romperla a un contenedor, al contenedor de vidrios que hay saliendo al camino hacia la capital de Valseca, un lugar al que no he vuelto desde septiembre de 1992, al poco de finalizar los juegos olímpicos de Barcelona.
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jueves

Cocodrilo Dundee uno


Todo iba bien. Yo iba cada mañana a la cocina y preparaba café mitad natural y mitad torrefacto. Si se caía un poco entonces pasaba la fregona esa y ya está. Abría la nevera y cogía la leche y luego echaba un poquitito sobre la taza, el vaso o lo que fuera. Así cada día. La vida era un puto paraíso. Dios vivía en el cajón de las cucharas y, al abrirlo, nunca se quejaba. Parecía automático. Todo ese paraíso, toda esa cocina y su cafetera y sus tazas, sus vasos y sus cucharillas, todo era un paraíso, un paraíso automático. El botón de hacer café era la contraseña que iniciaba el día y, según le diese, llovería o no y todo bien. La vida era levantarse, hacer el café y luego sentarse y esperar que empezasen a sonar todos los teléfonos. Siempre era alguien que se había equivocado. O eso o Carmen Balcells para convencerme de que fuese a su casa de Barcelona a comer botillo y migas caseras con callos caseros. Un día fui con un manuscrito de mi obra cumbre Las cabras de las máquinas que se comen las pesetas. En el jardín de Carmen trabajaba Rimbaud, que me atendió muy bien. La vida había sido buena con él. Un trabajo de jardinero es lo que siempre había deseado. Rimbaud hablaba spanglish. Nos entendíamos bien. Me preguntó si yo era poeta y le dije que sí y me dijo yo poeta aburría fucking, man. Today yo guay, pero en África bien, yo papayas, come papayas siempre, it´s my life. Mientras Rimbaud segaba se ponía los cascos y escuchaba a los Deep Purple y me decía: Poeta fucking, yo come papayas. Eso decía Rimbaud mientras segaba el césped de Carmen y escuchaba por los cascos a los Deep Purple. Luego se oía la voz de Carmen por el interfono, que decía: Albertuco, sube ya, que quiero que des el visto bueno a mi colección de sables turcos. En el ascensor, el encargado era Felisberto Hernández que me dijo que estaba en la gloria trabajando allí, que estaba ahorrando para un piso en Getafe porque había ido un día y le molaba Madrid, que había estado en el parque de atracciones, que en Barcelona guay pero que Getafe le tiraba. Pero yo estaba hablando de mi cocina y de Dios, de las cucharillas, de las tazas y esas cosas. Yo tenía días buenos y días malos. Me compré el DVD y la película Cocodrilo Dundee y, después de que el teléfono sonara, me la ponía una vez y otra hasta que se hacía de noche. Sólo no me gustaban los diez minutos finales, así que cuando faltaban diez minutos le daba al botón Menú y todo volvía a empezar. La tecnología consiste en ahorrarse el rebobinado. En eso consiste la tecnología. Los teléfonos móviles e internet son para no rebobinar. Tocas y todo está allí en el tiempo que tiene que ser y, de repente, un día me cansé de Cocodrilo Dundee, así que ahorré y salí a comprarme la segunda parte a Cortilandia. Me daban ganas de llorar y no paraba de llover. Cortilandia era el sitio de la Navidad y yo lloraba y luego compraba un paraguas a una gitana a la salida del metro. En Cortilandia sólo había gente como yo, gente drogadicta y la mayoría moros. Ni siquiera había nadie a quien pudiera preguntar dónde estaban las películas de DVD, porque yo tenía DVD, joder, yo tenía DVD y sólo podía oír el gentío, la lluvia y el nuevo disco de villancicos de David Bisbal y Curro Romero de Torres. Compré flanes Dhul y me sonó el aparato móvil, le cogí y ya habían colgado. Miré el número que era y ponía Teléfono privado. Tenía suficiente dinero y todo, absolutamente todo, me lo iba a gastar en flanes Dhul y en pizzas de la Casa Tarradellas porque la película de Cocodrilo Dundee 2 no había Dios que la encontrara. Me gasté todo lo que tenía. 1.400 euros en flanes Dhul y pizzas de la Casa Tarradellas. Me fui al metro y, cuando llegué a mi casa, me puse a comer sin parar y, mientras, veía otra vez la peli de Cocodrilo Dundee, la uno, pero no me enteré de nada. Yo sólo pensaba en los pinchos de en ca Marcial. En los boquerones en vinagre, en las gambas forradas, en el queso en aceite. Yo sólo pensaba en eso. No tenía ni idea del año que corría, de la Navidad que corría. Los flanes Dhul saben a los pinchos de los domingos en ca Marcial, y las pizzas de la Casa Tarradellas también. Eso es todo.
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martes

Cancionero polaco Rexer


Yo, siempre, desde que salió, le he dado al Rexer 2000. Soy un drogadicto muy burgués. Con clase, de esos que saben quién escribió La Gioconda. No hay que quedarse atrás, atado a la vida de las aventuras en una balsa ni en las montañas con Heidi. Eso ni se te pase por la rancia cabeza. Todas las cabezas son rancias y si hay alguna que, de repente, se pone a oler, siempre va a ser la tuya.

Yo, como te decía, entro en las farmacias y expulso la receta de la boca. Siempre me la como cuando me la dan y, luego, tengo que meterme los dedos por la garganta hasta que la echo al mostrador. Las de la farmacia están acojonadas nada más que me ven entrar y huyen como ratones pero siempre se chocan con la pared y, cuando vuelven al mostrador, yo estoy enfrente y se hacen de nuevas. Como si no supieran que mi corazón, lo que quieren todos los órganos de mi cuerpo es lo de siempre. Porque yo tengo la polla muy grande, siempre es lo que estoy a punto de explicar. Porque cuando Dios creó España, primero hizo una planicie y después metió unas rocas por aquí y por allá, más o menos al azar. Ni siquiera pensó en el pobre Alicante, lo suyo es que tenía que terminar de hacer el golfo de Cádiz y todo para que en España cupiese mi polla. Eso, toda esa historia de Dios es lo que estoy a punto de decir cuando me atienden en la farmacia. Cuando cogen la receta y leen Rexer 2000 y Tranxilium 15.800.
Hoy he ido a la farmacia y primero a la plaza y al estanco. Yo soy muy burgués. Más burgués que nadie y también que las llamadas de teléfono que recibo desde Colombia.

España mola porque miras hacia arriba y ves el cielo, con las nubes y todo eso. Por eso mola España. Hoy me han llamado para un trabajo de España. Me gusta el título “Trabajar en España”. Me viene a la cabeza el niño ese de la película Barrio repartiendo pizzas y yendo debajo del puente a ver cómo está su hermano que, o bien está muerto, o bien puesto de caballo, o en medio de las dos cosas, en España.
Joderostias, Mongolia mola porque está en Mongolia. Si Mongolia fuese España no tendría ni la mitad de ese encanto que nos proporciona su española existencia a todos los burgueses que le damos al Rexer 2000, al Tranxilium 15.800 y al Loramet 1000 millones.
Esto va así. Te dan un curro bueno, aunque cobres el sueldo mínimo y tú, aunque curres bien, estás bien y sigues siendo una especie de bebé vampiro, porque todos los bebés son vampiros y aprenden a hablar por no ser menos que el perro, y les da igual cualquier cosa para andar mamando, en serio, qué más da y con quince años sigues poco más o menos. Una especie de español que ha vivido en Hungría, ya te digo, en fin, tú me entiendes.
Estoy tan ilusionado con mi nuevo curro que he llamado a todos mis amigos de la infancia y se lo he dicho. Me daba igual si vivos, muertos o es que ahora son dentistas los cabrones. O ayudantes de dentistas.
A mí Madrid me lo como y luego me da igual entrar a cagar en cualquier sitio, en cualquier bar de Madrid.

Valseca mola. Valseca es una gran no existencia de España dentro de España. Yo, si al final voy destinado a una biblioteca, lo voy a decir. Voy a decir todas las cosas que aprendí cuando curraba en el Hotel Kafka y en el EBU y de corrector creativo para los proyectos de urbanismo del Excmo Ayuntamiento de Valseca. Voy a dar clases, así, en un determinado momento y sin darme un pijo de importancia. Voy a decir que Quevedo era medio de Andorra, lo cuál es cierto, y que hay que leer a Puskas, pero también a Steven Gerrar, sin olvidarnos de Caniggia y del Vieri Cagnoneri ni tampoco de la Brujita Verón. Hay que leer a Dunga y a Andrei Shevchenko. Y, por Dios, hay que leer a Farruquito.
Calderón de la Barca era portugués y Lope de Vega, no sé, hay una tesis del uruguayo Agamenón en la que dice que era de Luxemburgo.

Luxemburgo es una cloaca. Yo voy mucho a Luxemburgo cuando me pilla de paso para ir a Hungría y me bebo una cerveza en el barrio francés mientras veo a todos los gitanos cantar y bailar y decir buenos días en español.

Galdós era luso y Fortunata y Jacinta eslovenos como Luis Buñuel, que hizo una Tristana que dijeron los críticos que era parisina pero que tenía siempre la cabeza en la Baghavad Gita esa o como se escriba. Cómo mola Tristana. Leo a Chesterton, que era de La Coruña, después de tomar mis píldoras. Me gusta la gente. Me gustan sus caras, como espejos, al salir de un autobús. Me gusta calculando, un ciego, no tropezarse con la posibilidad de un borde. Los borrachos al despertar, me gustan, de mañana. Una mañana me gusta como el lugar donde dedicarse a verla irse. Me gusta volver y encontrar a la gente que ya no está allí en un jarrón con flores. Me gustan las flores sin sentido. En una panadería me gusta que haya flores, por ejemplo. Me gusta el olor a pan de las cuatro menos veinte y las manijas que se equivocan en el redondel con bigote de una máquina.
Me gustan los niños que dibujan monstruos en cartones de vino y las jovencitas que, con el mismo pulso en el que sostienen a una grapadora, me cuentan que están pensando en no morirse. Me gusta un viejo, a las nueve, examinando su dentadura flotar en un vaso de agua. Me gusta el agua y los ríos, la melancolía figurada en los recibos de los fontaneros.
Me gustan los sitios.
Siempre que he de esperar sentado a que el resto de la mesa esté servido cuento las lentejas que hay en algún plato. Me gustan los platos. La pereza de una montonera alrededor de una pila me gusta. Me gusta cuando sale arena de los grifos porque hay la posibilidad de hacer un intento de desierto del Sahara. El desierto del Sahara me gusta porque es un siseo la explicación que da de lo no conocido. Me gustan las flores que crecen en un desierto porque una vez vi el Sahara de verdad desde un aeroplano y sé que está roto. Me encantan los aeroplanos porque están hechos con una cartulina -llena de tachones- de 2º de EGB. Me gusta el colegio y que haya el gordo en la puerta con un bocadillo de foie. Me gustan unos extraños rodeándome como un anillo al dedo índice de un recuerdo borroso, en un recreo, entre las once y las doce.
Me gusta el enojo de los esposos a las puertas de los supermercados, las motas de polvo que almacena la repetición en el filo de las corbatas azules y la mirada sin dueño de las vacas lecheras en los corralones de los locos. Me gusta la leche y, en general, cualquier excusa nacida en la mano algo cansada del portador de un tirachinas.
Me gusta la pereza que se ciñe en los ojos de los sapos a la orilla del pueblo. Me gustan los pueblos con casas que hay que imaginarse y las personas que, dentro de ellas, abren la puerta como si hubieses llamado para preguntar dónde hay el pueblo con las casas que sí existen.
Me gusta Polonia, creo, en la actualidad, aunque no estoy tampoco seguro del todo.
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domingo

Los cuadernos de la juventud, 4

En el jardín roto he visto a una niña que siempre está mirando la fotografía de un cisne.
En el único banco posible del jardín la niña es tres mujeres puestas una encima de otra y todas tienen en el fondo del corazón a un hombre anciano enroscando una bombilla.
Cuando se cansa de la fotografía construye con sus mujeres imaginarias la fortaleza de las nubes, se sienta en las ruedas del columpio y el latido del péndulo de media tarde resuena en el almacén de los hormigueros.

En su casa, cuando ya ha abandonado el juego, el pelo es una zarza y lo recoge en un aro de humo mientras piensa en una mora y friega los platos que aún no ha estrenado en la pila del reloj de pared.

Nos conocimos en la viñeta de un tebeo. Tu falda parecía un cuello de acordeón y después vi que estabas bebiendo de una taza de café vacía.
Nos conocimos y hablamos de que no existía el poder de un árbol y de que los pájaros volaban por una vía de ferrocarril que no paraba en la estación para recoger el periódico de los domingos por la mañana.

Llamé a un número inventado y salió la voz de tu madre diciendo que era peligroso hablar con los desconocidos y con las flores. Colgué y, al rato, imaginé que llamaste tú. Dije que era yo y me saludaste.
Tú ibas conmigo y, aunque lo cotidiano era no pisar una fila de muertos de camino a la panadería, me ayudabas a transformarlos en la diminuta secuencia del sueño de un cartero.
Nos agarramos del brazo y podíamos estar quietos tantas horas que mezclábamos la luz y la tiniebla para, una vez en medio, hacer, con copas de pinos, un mismo brindis llamado Alguien dedicado al bautizo y también a las últimas palabras de los condenados a hibernar en los mapas de los aventureros.

Cuando cierro los ojos, voy a ver el jardín roto y siempre está guardado en una caja de plástico con un agujero que he de declarar en las aduanas. Las tres mujeres inventadas por ti son hoy mis amigas y, al desvestirse, se las ve, en el fondo de sus sombreros, el dibujo gastado de una paloma.

Un día que volví, tú estabas en la cocina. Tenías un agujero en el pecho, un cuchillo en una mano y una patata pelada en la otra. Me dijiste que querías hacerme un regalo, pero que no te había dado tiempo de envolverlo.
Nuestros encuentros eran el primer chorro de luz de un amanecer sobre la pared de un establo.
Un amor que termina es el papel mojado que anuncia, en la puerta de una iglesia, el cierre de una cadena de lavanderías.
Las cosas reales suceden en una botella de juventud llena de locos que, a poco que la pienses, acaba hecha añicos en el suelo de los tablaos.
Yo lo que quiero decir es que, en ese momento, es cuando tenía que haberte dado un abrazo y las gracias.
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jueves

El vecino de arriba o de abajo, no me acuerdo, lo siento.


Apenas recuerdo casi nada de la primera vez que me morí. Me acuerdo que fue un síntoma que no había tenido hasta entonces, que estaba en la cama e incluso que por las persianas comenzaba a amanecer, incluso recuerdo que era verano, ni idea del día de la semana. Recuerdo, sí, que me alarmó un poco y que no se lo dije ni a mi madre ni a mi abuela ni a nadie y no recuerdo tampoco haber notado nada raro al, después de suceder, hablar con ellos, por ejemplo, mientras estábamos comiendo arroz con huevo frito y tomate de cosas de, a lo mejor, juguetes o canciones del colegio.

En la segunda vez que me morí sí recuerdo un poco más, también estaba en la cama, era un lunes, reconocí al instante la alarma de la vez anterior y pensé que era una tontería que ya me había pasado, me noté no respirar y, por si acaso, me tapé bien con las sábanas. Cuando me destapé miré que no había nadie y, aunque seguía sin notarme la respiración, me levanté y fui al baño e hice pis como cualquier otro día.
A lo mejor no eran las mías muertes rotundas y por eso nadie notaba nada ni en casa ni en el colegio ni en el pueblo. A lo mejor no tenían ninguna importancia al no ser de esas de enterrar después. A lo mejor era simplemente una gilipollez o algo que había soñado. Aún con todo esa misma tarde le dije a mi madre que me había pasado dos veces lo de morirme y que si era importante porque yo lo que notaba era que no me dolía nada y ya está. Aunque por lo mismo que le expliqué ella no hubiera debido de preocuparse, se empeñó, enseguida me hizo una tila y, días después, fuimos al médico a que me hiciese una revisión.
Era el Dr. Amín. En la salita de espera yo le decía a mamá que no teníamos que haber ido y ella me respondió que sólo era para que me viese. Además el Dr. Amín era amigo mío y siempre me había dado caramelos, dijo y yo entendí que eso era verdad y que, por eso, lo había dicho para engañarme, pero me lo tomé con tranquilidad debido a mi inocencia.
El Dr. Amín me dijo que abriera la boca y metió un palo. Dijo que las anginas estaban bien, pero que yo había muerto hace poco y que sospechaba que no era la primera vez que me ocurría.
Mamá lloró. Yo dije que lo había notado otro día pero que casi, como ahora, no me acordaba. Se sentó en su mesa y le dijo a mi madre que se tranquilizara, que yo estaba bien. Después la dio una receta y dijo que ponía una cosa para enjuagarme y que me limpiase la encía y otra, dijo, para las muertes. Era una pastilla y yo entonces odiaba las pastillas. Me ponían de los nervios. Hay que ver las ironías que se inventa la vida. Yo ni siquiera estaba contento por haberme librado del colegio y la comida horrorosa del comedor, y de que me perdonaran ir a la tarde. Una pastilla que hubiera que tragar era algo horrible, una salvajada natural de la historia de la medicina y sus hombres terribles, y el Dr. Amín había dicho una por la mañana y dos por la noche hasta, por lo menos, cuando volviésemos a ir a que me examinase de nuevo a ver si había mejorado.
Mamá llorando era muy triste. Pensé que no tenía que haber dicho nada. Tampoco tenía ni idea de que se lo fueran a tomar tan en serio, es cierto, pero me desubiqué por completo. El Dr. Amín me dio un caramelo y me dijo que le diera un beso a mi madre. Luego me preguntó si jugaba y dije que sí. Me dijo que tenía que jugar mucho y también que hiciera siempre los deberes. Mi madre dijo que sacaba buenas notas menos en matemáticas.
Nos fuimos y todo bien, pero pasados dos días empecé a notar que había quienes me miraban raro. En el colegio también se habían enterado y se reían de mí. Me daban collejones los mayores y luego decían: no te puede doler porque como te has muerto es imposible. Qué cabrones e hijos de puta. Claro que me dolía, a pesar de todo, aunque no los notase.
Al volver al Dr. Amín, me miró y dijo que estaba mejorando, pero que no dejara de tomar aún las pastillas.

La tercera vez que me morí sí que vi que el mundo se me caía encima de la cabeza como si fuera un camión con muebles. Joder, yo estaba loco. Ya era mozo. Y mis amigos estaban peor. No lo dije a nadie, no confiaba. Yo sólo quería un montón de barro en la calle para tirarme en medio y retozar como un cerdo. Que me llevasen a un zoo si les molestaba o que me comiesen en los restaurantes de los domingos veraniegos. Me daba lo mismo. Morirse era un coñazo y no tenía ni idea de qué hacían mis padres para que comiéramos.
Fui a ver a mis amigos para divertirnos y nos pusimos a romper los cristales de los coches para llevarnos las radios y, si las cintas eran que no nos gustasen como, por ejemplo, las de Manolo Escobar, escribíamos “cerdos” con spray en la luna de atrás. Lo de la vida era una asquerosidad y nada tenía gracia. Pero, esa misma noche, cuando vi que Juan el toli sacó la navaja para intimidar a una vecina y que le diera su dinero o algo yo se la quité y me la clavé varias veces en los pulmones y ellos, esos idiotas, se quedaron mirando flipados y dijeron que me había vuelto loco primero y después que era muy raro que no me muriese. Joder tronco, dijeron, eso es la hostia cabrón loco. Sí que me tuve que limpiar un poco porque algo de sangre salió. Y cuando me preguntaron cómo lo había hecho les expliqué que es que estaba harto, que ojalá hubiese nacido mongolo, pero que me moría o algo y ya está, que no pasaba nada y les dije que teníamos que hacer algo que molase porque esa era la única explicación. Joey el cara rata dijo que en fin, que le había sorprendido mucho porque, hasta esa noche, siempre había creído que yo era un maricón, pero que qué había tomado, que a lo mejor las drogas me hacían lo peor. Y luego pasaron. Sólo Juan, cuando le devolví la navaja, me dijo que si yo sabía de dios algo o de las cosas de las estrellas, pero no supe qué decir y no dije, de hecho, nada. Ellos dijeron que se iban al bar a meterse y violar y yo me fui a mi casa y no volví a salir.

Ni idea de cuántos años han pasado. Me da igual. Mis padres están bien. Me parece que hace ya bastante tiempo nos mudamos, aunque yo he seguido en la misma habitación haciendo que estudiaba y el tiempo, sin duda, ha pasado y lo de morirme ya me ha pasado muchas más veces y, aunque sí he hablado con mi madre de ello unas navidades que entró, nos reímos y ya está. No sé. Cuando me los han traído, he leído libros de filosofía y esas cosas y me han gustado, aunque muchas veces no entiendo nada. No hay quien entienda nada. No sé. Hacía mil doscientos veintiocho años que no me lavaba, por ejemplo, los dientes y también me he ordenado los pelos y vestido, aunque fuera con ropa que no me valía. Lo he hecho esta mañana, normal, y yo qué sé.
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martes

Otto Weldo (China y Segovia 2016)


Otto Weldo se sienta con la naturalidad de una manzana y, antes de tocar, su sonrisa, que es la de un espejo frío, está manejada por el caramelo de café y leche que, observado desde el plato en el que coloca sus tres ojos, Otto mastica. El caramelo de café y leche, que ya ha pasado por las encías de unos cuantos viejos, se deshace un poco más pasadas tres notas y el público entonces agradece que Otto Weldo pertenezca a un colegio donde ninguna pizarra está en su lugar correspondiente, así como que su casa sea un maestro enfadado con la forma de llevar el flequillo que tiene una petunia.

En mil novecientos y pico había una conjura de farolas en el anochecer de un Chevrolet sin matrícula y las teclas de los pianos que prefería Otto Weldo eran filas de dientes caídos en una feria.
En las ferias, Otto Weldo escribía partituras en fa para la gente que no tenía manos. Abría buhardillas en las casas cerradas de los espejos deformantes y se enamoraba comiendo en una excusa en el instante que sabía que no existía el verano en los ojos de Pequeña flor de Té.
(Mientras, una mujer fea con buenas piernas se apellidaba Estados Unidos y tenía la suficiente amnesia como para no saber decir cuál era su nombre.)

Otto Weldo, de gira con chicos majos, improvisó en Andorra un réquiem por Alemania. Era ya entonces un hombre muy viejo que estaba por el dinero que le dijesen y se acostaba temprano pensando en el olor a radiador de sus años de mozo en los barrios.

En Valencia, Otto Weldo tocó en un descampado por donde no pasaba nadie. Los chicos majos no le pedían que renunciase a ser él pero, tras decir esto, le decían que los conciertos los estaban haciendo entre todos.
Todos era la cuerda de un trapecista noctámbulo y Otto Weldo, que cortaba siempre las uñas a la posibilidad de una batalla, decidía pensar en una fruta para relajarse. Era esa una gira, no sé.
Otto Weldo, que dijo a una espiga tener doce pianos rotos en el hueco que ofrece una arruga de falda de bailarina, llama amigo entonces a cualquier árbol y desaparece camino del aeropuerto más cercano mientras los chicos creen que es que está borracho.

En China, Otto Weldo no sabe con exactitud qué está pasando, encuentra un lugar para dormir y se acuesta.
Chicago obtiene noticias de su paradero y decide contactarle, pero Otto Weldo está muy cansado y dice que no quiere ir.
Es entonces cuando le sacan en el programa sobre viajes de Sánchez Dragó, que asegura haber encontrado un maestro zen en la figura de este flaco neoyorquino laureado en su país de origen como pianista abanderado de varias generaciones y hoy apenas visible en las calles de la gran Pekín.
La cámara enfoca a Otto Weldo y su cara disfrazada por los ratones que se la han comido se mueve rápidamente. Sánchez Dragó lo mira, sonríe con la calidez de un telediario y dice que Otto Weldo es el representante de una religión de la que él es devoto; y, cuando espera la palabra de Otto Weldo, este enciende un cigarrillo de marca Zhongnanhai.

Claro, en Segovia todas las televisiones están encendidas a pesar de ser la una en Canarias, para ver qué ocurre finalmente.
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