domingo

My rifle, my pony and me (tesis segunda)


Aquel día Jesús Gil había estado mirando unos números en su despacho y, calculando, decidió llamar por teléfono al médico de cabecera para preguntarle si había algún medicamento para la memoria porque últimamente no le salían las multiplicaciones. El médico, Dr. Vicente Mola, le explicó a Jesús que eso era normal durante los días de estrés, que la mejor medicación de la que podía hacer uso era relajarse, por ejemplo, comprándole algo a su señora y dar una vuelta... relajarse.

Cuando Jesús Gil regresó a su hogar no había nadie y dudó si ir a pasearse hasta la cuadra para hacerle unos mimos a Imperioso, el único amigo que nunca lo abandonó. Pero a don Jesús le dolía la espalda de haber estado mirando números y finalmente se tumbó en el sofá del salón. Como el mando a distancia estaba cerca encendió la tele. Estaban echando la final de la Copa de Europa (Prater de Viena, 27 de Mayo de 1987) entre el Bayern Munich y el Oporto.
En un principio, don Jesús cerraba los ojos de vez en cuando debido a que su interés era descansar. Se dijo a sí mismo que los empresarios que se equivocaban eran los de un millón más, un millón menos. En una de esas marcó el Bayern el 0-1 o el 1-0, da igual. El partido era una mierda.
Ya había visto antes a ese joven intentando arrancar por el centro la vez que fue derribado. Había oído el nombre, pero le había pasado inadvertido. También había oído que el joven jugador tenía tan sólo 17 años. Un crío, vaya.

Fue en la segunda parte cuando el joven jugador tendió una pared y se escapó por banda derecha. Galopando como mi Imperioso, pensó Jesús Gil. Los comentaristas de la tele decían “Si llega a entrar”, “Brillante”, “Espectacular” y repitieron su nombre, que continuó sonando en la cabeza de don Jesús. Paolo Futre, Paolo Futre, Paolo Futre.
Aún seguía sonando cuando Madjer, el mejor del partido, marcó de taconazo y cuando Madjer, el mejor del partido, se escapó por la izquierda de su marcador para sacarse un centro hacia la pierna derecha del negro Juary, autor del pase a Madjer en el empate a uno, que desataba la locura en nuestro amado país vecino, representante conjunto de las andaduras de nuestro / su don Quijote de la Mancha, hecha por el alcalaíno don Miguel de Cervantes, nuestro caro y amado discípulo que fue a la corte de Felipe II pues, visto que cada pastor es en realidad una máscara que representa a un personaje verdadero, qué no habría de ofrecer la posibilidad de un puesto en el Benfica, aunque uno hubiese de marcharse de ojeador a Orán.

Jesús Gil metió el dedo a través de la pantalla del televisor buscando de qué estaba hecha la tela del joven delantero que, al correr, se le movían las melenas como a los caballos.
Imperioso y Rocinante, Jesús Gil y Paolo Futre. Don Jesús ya era, en el armario de su habitación, presidente del Real de Madrid mientras pensaba en Marbella y la corte, en Rocinante, en el Cid y sus películas favoritas, que eran las de Bud Spencer y las de John Vaine, pensó en los chistes de Benny Hill y se le ocurrió el calambur Gil / Hill. Pensó, después, en Duchamp, concretamente en la obra Farmacia y lo bien que le había venido la conversación con el Dr. Mola. Le vinieron a la cabeza los caídos de El Escorial y el túnel de Navacerrada, las construcciones con las que le engañaron, Ellos, los asesinos, en Los Ángeles de san Rafael. Se vio cenando trucha a la segoviana con Jaime de Mora y Aragón, en cada programa de las novísimas cadenas de la tele quitando audiencia a El perro verde friendo huevos y comiendo fichas contrarias en un tablero de parchís rodeado de las mamachicho mientras las abuelonas decían desde sus casas que todo, absolutamente todo, se lo había ganado a pulso. Uno de los nuestros, humilde, a veces un poco chuleta, hay que reconocerlo, pero será porque puede, porque guerras así no se ganan en un día. Que este hombre, ahí donde le ves, ha tenido juicios.
Jesús Gil VS España. Jesús Gil, el ideólogo de las máquinas de la carretera que abandonó su carrera: Ciencias de la economía. La ciencia de la economía contra el arte de hacer números. Jesús Gil y la academia de la lengua. El Papa Inocencio y la empresa Gilmar. Los jeques árabes bebiendo infusiones hechas con hierbas aromáticas de Burgo de Osma (el pueblo donde le llamaban fanfarrón) en las piscinas de Marbella. Marbella y Europa, los botones (máster en diplomacia) de los hoteles bien VS el asesor ortográfico de las cartas que se escriben en la cárcel.

Y cuando llegó la esposa de don Jesús a casa, don Jesús tuvo miedo de desaparecer porque simplemente son cosas que suceden. La preguntó a su mujer qué tal el día y luego por sus hijos, todos con carrera. Le dijo que iba a fichar a una joven estrella del fútbol luso y, por lo tanto, mundial. Y luego cenaron filetes empanados.
Su causa no iba a ser el Real de Madrid. Masticó. Y volvió a sus números. Su señora se acostó. Él contó y separó, como Tony Montana. Se decía: Esto para mí, esto para Jesús, esto para Futre, esto para mi hijo el chófer de Futre que será el futuro alcalde de Estepona y el resto... y pensó en Roma y los romanos. Pensó en Aníbal, pero no en el que se quedó a la orilla del gran imperio montado en un elefantito que ya había pisado a toda la carrocería capaz, sino en el de El Equipo A. Pensó en la lucidez del cerebro del equipo A, en los inventos que hacía de la nada con el fin de escapar y a su vez dar caza a los corrutos, a los fascinerosos. Llamó a su médico, el Dr. Mola. Lo levantó de la cama para darle las gracias y le dijo que la culpa de todo la tenían los corrutos. El Dr. Mola miró el reloj, todavía le faltaban seis horas para levantarse.
Don Jesús se vio subiéndole el sueldo a Arteche en los vestuarios, porque era su M. A. Barrakus; con Futre, viendo la final de la copa del rey en el mes de junio, en Zaragoza, ante las cámaras de televisión diciendo a España: Yo soy el gordo.
¿Qué era un insulto? ¿Qué una vejación? Jesús Gil, en la demencia que le vino debido a la lucidez contraria al éxtasis de aquella tardenoche, fue a la cuadra a pedir consejo a Imperioso. Don Jesús era la agonía de Nietzsche, que también, en su senectud (desfasada), hablaba a los caballos.
Francisco Franco y sus amigos, todos poetas, se acercaban al pajar y daban besos en su mano hecha de poner piezas a los coches. Imperioso asentía y, cuando lo hacía, le salían petrodólares de las orejas.

Futre, este sí, bueno -su Irma la dulce, su roquina, su Eva al desnudo más mediática-, asistiría al entierro y diría que aquel era un hombre de gran corazón.
Arias Navarro dijo en la tele: se ha muerto, se ha muerto. Ayyyyyyyy, se ha muerto.
Y sus últimas palabras las oyó su señora, que se preguntó: ¿Qué coño es Iria Flavia?



Bibliografía:
Storytelling (Christian Salmon, Ed. Península)
España (Manuel Vilas, Ed. DVD)

The Secret (Rhonda Byrne, Ed. Urano)
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T

sábado

Las notas encontradas



He encontrado unas notas.

Durante mi estancia en uno de los frenopáticos una señora que no me acuerdo ahora cómo se llama me ayudaba a reconocerme en el lugar de los inventos revolucionarios, entonces desconocidos para mí y el mundo, que me hacían tomar. Por reconocerse entendí palparse y saber, en ese momento, que estás. Los espejos, en cambio, podían decir cualquier cosa que a uno le diese la gana.
La señora tenía el pelo rubio y rizado y muy probablemente por eso, pensé entonces, me decía que la escribiera poesías. Ella no me atraía ni nada. Sólo era un despertador mujer. Quiero decir, yo era feliz.
Con el tiempo se me ha borrado la calcamonía del dorso de la mano porque, si no, volvería a ir a otro sitio de curar el cerebro. En los lugares psiquiátricos estoy con gente igual a mí y, cuando me palpo, recuerdo que soy un niño y, como pienso en jugar, los columpios son gente amable.

Un día, la señora con el pelo rizado me llamó al teléfono diciendo cosas que yo la había escrito cuando me ayudaba a reconocerme y pensé que era de un concurso o algo para reírse de mí. Luego, cuando no recitó, por fin, me dijo que era ella. A mí me pareció que había hecho una insensatez y se lo dije a pesar de que estaba nervioso. Dijo que eran mis escritos y, aunque en ese momento, yo no los entendía, luego recordé que una maestra que había en el sitio, un día, me dijo, no sólo a mí sino también al resto de asistentes evidentemente enfermos, que escribiera sobre lo que era el amor. Así que, recordé, yo, debido a todo ello, escribí sobre todo lo contrario, pero más de los muertos y la muerte. Nada importante, tonterías para reírme, pero es por eso que mi amiga del pelo rubio rizado me bautizó como poeta y, era cierto que eso, en ella, era reconocerme en alguien. Pero no sólo ella. Aquellas personas se confundieron penosamente, y también la maestra. Si dije alguna vez que el amor era un sobre donde descansar y cada perfil de muchacha un lazo dibujado por el regalo de dentro era, en serio, para reírme, porque yo, en aquel entonces, me curaba mejor con la risa. Podía oír a mis órganos dormirse y, cuando no se enteraban, les veía lo que estaban soñando.
Luego comprendí el error de que todo era causado por la invalidez de la que me dotaban las drogas neurolépticas. Porque yo quería imaginarlos, en realidad -a los órganos-, y me costaba mucho esfuerzo asimilar que era incapaz y que ese enredo, al serme doloroso, hacía de la mujer rubia con rizos una persona también para mí, Vicentín el poeta.
No sé qué error construyó a la mujer del otro lado del hilo telefónico que decía los versos horribles sobre muerte que, en teoría, yo había escrito para ella, según dijo. Eso no lo quiero saber y me da igual. Yo, la verdad, creo que debo ser crítico literario.
Ella dijo que la ayudaba a vivir. Yo la di las gracias y dije adiós y otra vez gracias y no la volví a ver en la vida. A ella, pobre.

(Por eso me río, sin duda, cuando leo libros como Literatura y vida, de las escuelas de arte donde a veces he visto, soñando como los órganos, a las personas. Me río de España, por eso, y de la chica a la que llamé intentando explicarme cuando no estaba. Y me río de los pacientes que están llorando y los locos que no entienden nada, y más de las locas, que están enfrente, en el metro, agarrando una mochila con papeles o lo que sea eso tan importante para ellas como para representar mi risa en unas notas que acabo de encontrar y que no me dicen nada nuevo de mí ni de Perejil ni de Andorra ni de Mongolia ni de Valseca.)
Debajo de las notas he puesto que mi risa es un cementerio donde la hierba ha crecido más de un día para otro. Y lo he puesto como si tuviera arreglo y como quien busca en una moneda encontrada el permiso para irse.
Pero vuelves. Como si tuviera arreglo.
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jueves

Sobre las seis o las siete


- ¿Hola?

- Buenas tardes. Le habla Zfvsyns Fndnnbbd, de Gyyhbvbs ¿El señor Ajhhbdbd Mftfsgvs?

- Hola. Es mi padre.

- ¿Podría ponerse al auricular, por favor?

- No, es que no está. Yo soy Alberto.

- Verá Alberto, soy Zhhgdnd Fhndndn y pertenezco a la sección de marketing de la compañía Hdjhudnih. Llamábamos para informarle de que han sido seleccionados entre una importante lista de ciudadanos por los asesores de nuestra empresa para ofrecerles el digital plus gratis con el canal liga ¿A qué hora regresa tu papá?

- No lo sé. Se fue hace mucho.

- ¿Usted es mayor de edad, Pedro?

- Sí. No, pero yo aquí no mando nada eh.

- ¿Me podría decir el modo de localizar a su papá? La selección ha sido estricta por parte de especialistas en el sector y ustedes sólo tendrían que abonar 14´95 € de cuota al mes. Todo lo demás, así como la instalación, corre a cargo de nuestra empresa.

- Es que tengo un primo que vive lejos, aunque yo no lo sabía, y tenía problemas hace mucho y luego mi padre se fue.

- ¿Habría alguna otra persona con la que pudiese hablar en el domicilio?

- No sé.

- ¿No lo sabe?

- No, es que estoy mal, pero yo lo apunto y cuando les vea se lo digo.

- Vale. Bien, gracias.

- Sí.
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martes

Los señores del barrio


Desde hace un tiempo sensiblemente inferior a seis meses mi madre, así como padre, han optado por una estrategia que me alerta mucho. Se trata de hablar bien de mí a las personas como, por ejemplo, los nuevos vecinos, los asistentes de jardinería o la cajera del Eroski.

Casi siempre he pensado que asistir a los lugares dotado de la no existencia obligaba a mis capacidades -hoy seriamente medradas por los halagos y sin duda merecidos piropos que recibo cuando visito las aceras- a percatarse de los coches que se sucedían, por ejemplo, en la cabeza que tenía enfrente, así como a los lados de la mía propia, en donde siempre se encontraba, hasta hoy (otoño en que soy llamado majo por el dueño de la ferretería) una muchacha niña de cinco años y casi hijita con hollín en la cara y las manos abriendo un plátano sentada bajo un sauce.

No hace mucho a mi llegada a casa le dije de mi preocupación a mamá, que procuró desviar el tema diciéndome que pierdo mucho si bebo alcohol, que con eso nadie jamás se daría a compartir sus caramelos de menta con mi monito.
Finalmente hemos quedado en que tres cervezas está bien, pero midiendo y con amigos como, ha dicho, el maravilloso gordito del 10º A.

También mi padre usa una estrategia de escape ante mis interrogaciones.
Siempre que saco el tema, descaradamente me pregunta acerca de si es bonito o no el mar Cantábrico y luego gira la cabeza hacia otro sitio.

Finalmente nada evita que, al salir a la calle, las personas vengan a mí y me pregunten cómo llevo mis milagros e invenciones de genio. Hasta me he esforzado por aprender a tocar el piano para ofrecerme un día a dar un concierto en la junta capaz de no acabar con mi reputación o incluso desvelarla, lo cuál diría de la palabra que ofrecen tanto mi padre como mamá.
Mis intentos al piano, en cambio, no me han servido para enterarme salvo mínimamente de que, aunque en ocasiones alcanzo a saber dónde se encuentra cada nota, pierdo la ocasión de mezclarlas con la suficiente casualidad para que cada una quede en el sitio donde existe una persona dotada para el piano. Por ello, suelo cejar y, una vez salgo a la calle, pregunto a, por ejemplo, el panadero por cómo ha quedado la selección de jockey.

Hoy no he hecho apenas algo meritorio como bien pudieran ser dos tostadas con idéntico quemado. Me he sentado en el sofá decidido a esperar a mamá sosteniendo una misma posición. Llegará junto a mi padre de la fábrica dentro de veinte minutos o media hora y los dos me mirarán con esa incómoda pregunta que van a estornudar sin querer cualquier noche parecida.
Se trata de un recuerdo muy complejo de atender porque va de si finalmente seré yo el extraño que se ocupará de asentir leve ante una multitud de señores del barrio (que durante unos meses me comentan de su disponibilidad ante los achaques de mi virtud), cerrando los ojos y diciendo lo siento si es preciso y sus nombres.
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lunes

El preso nº 9

 Mi insignificancia es un juguete y yo no me he cansado nunca, hasta donde recuerdo, de jugar. Durante las últimas vacaciones no he armado ruido y ni siquiera he chillado una sola vez. Cuando he visto a los gochos sangrar he procurado coger el hilo de sangre de la misma manera en que lo hacía cuando tenía pocos años menos que ahora. Luego, debido a mi insignificancia, he llevado las manos a la cara y teñido con la sangre de los animales al tiempo que se retorcían en el suelo, pensando en ir al bar a que me mirase la camarera.

En mi insignificancia, cualquier cosa que se pueda recoger de una calle, sirve para recordar otras vacaciones. Sólo cuando me olvido de mi insignificancia un hombre aburrido me sustituye. Al ocurrir esto vuelvo de nuevo, debido a ser vacaciones, al bar, pero habiendo tardado más en vestirme y posiblemente incluso afeitado, me siento en una silla y espero a que la camarera venga, cosa que no hago jamás cuando la circunstancia de ir al bar la produce mi insignificancia.

Cuando la camarera viene y yo ando desprovisto de mi insignificancia jamás la tarareo un bolero sino, simplemente, advierto si me está identificando con cuando soy simplemente el insignificante de la pasada tarde o la anterior, espero que diga qué quiere o pregunte si lo de siempre y luego elijo según la cara que tenga ella.

Durante las vacaciones de este maravilloso verano, los días en que no tengo insignificancia, he llegado a contar veintiocho caras de camarera.
La conocí una tarde en que yo era insignificante y, por ello, me atiende sin rarezas, aunque no puede evitar las que yo la detecto al hablarme los días en que no soy insignificante. Son grandes como caras y, aunque procuro no compartirlas con ella para nada, nota algo y evita hablar conmigo, cosa que me obliga a pensar si la conozco de veras.

Años atrás, cuando el bar aún no tenía aire de máquina, no muy lejos de allí, destripé una rata muerta con una rama que me había afilado previamente con los paletos, la enseñé a unas niñas cocineras que se habían hecho una cabaña y se asustaron, pero noté que no se debía sino a que yo las había saludado con un chillido de mono antes de echar el trozo de rata a su mesita de guisos. Recuerdo que me regañaron y que tuve mala fama durante un largo periodo de dos días y medio.

Cuando me acuerdo de mi insignificancia, sólo entonces, de la vergüenza que pasé en una habitación con la luz apagada durante días parecidos a cuando di el chillido de mono, miro a la camarera y es una sola persona que espera que yo sea el mismo insignificante de siempre y, al mismo tiempo, un chico muy majo, majísimo incluso, que la protegería, con mimo, a la probabilidad de cualquier otra cara merodeando.
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