miércoles

Adelita


Cada día de verano, a la hora del frontenis, los niños nos reuníamos con bocadillos y raquetas para esperar, en el frontón, nuestro turno, que era el siguiente del de los mayores. Mientras esperábamos, a veces, veíamos a Adelita con su corto vestido fucsia, que era como loca y venía siempre a vernos.
Una tarde, mientras yo esperaba que me tocara jugar sentado en uno de los bordes del frontón, se acercó a mí y me preguntó si tenía novia. La dije que era muy pequeño y me preguntó que cuánto de pequeño. Yo me levanté entonces de mi asiento de piedra dejando la raqueta en el suelo, puse una mano abierta arribota de la cabeza y dije que así de pequeño. Adelita me dijo entonces que era igual de pequeño de lo que sería ella si no tuviese cabeza y, aunque yo también por entonces tenía cabeza, comprendí lo que dijo y la dije que sí. ¿De qué te has comido el bocadillo hoy? Me dijo cambiando de tema. Dije que de mortadela y me dijo que la diera la mano y, como ella mandaba, se la di dejando la raqueta en la otra mano.
Me dijo que la siguiese si quería ver un secreto. Lo hice mirando antes que mis amigos estaban al juego.
¿Dónde hay que ir? Dije cuando conté quince pasos. Adelita me dijo que siguiese contando. Así que conté e igual que los primeros quince salieron otros cien y, a partir de ahí, dejé de contar para hacer como que contaba, mientras ella me guiaba a las afueras del pueblo.
Una vez hubimos llegado a una nave me dijo que era de su familia y que ella había cogido las llaves sin que se dieran cuenta. Me preguntó cuántos pasos había dado y dije que doscientos trece.
Me dijo: Muy bien y abrió el portón de la nave, que era grandota y sólo tenía un pequeño montón de trigo a un lado. Me hizo entrar y llevó hasta el medio, separó mi mano de la suya y dijo que cerrara los ojos y que, como se me ocurriera abrirlos, me castigaría sin sorpresa.
Oí que sus pasos se alejaban hacia delante mía, donde aproximadamente se encontraba el montón de trigo y no hacia donde estaba la puerta y entendí que eso significaba que no me iba a dejar encerrado dentro.
Aproximadamente un minuto después oí sus pasos acercarse hacia mí. Me dijo de nuevo que, como notase que abría un poco algún ojo, se iría, que los abriera cuando ella dijese tres. Primero dijo uno y, antes de decir el dos dijo el tres. Como si fuese una broma especial suya.
Cuando los abrí ella seguía siendo la Adelita que me guió hasta la nave. No reparé qué tenía en la mano hasta que me lo puso en la frente. ¿No sabes qué es? Dijo y, como llamándome tonto, exclamó: ¡Es una primera edición del libro de El escritor español!
Ah, dije.
Y ella dijo: Sí, nene, sí.
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martes

El escritor español


(Bar de Marcial, 14:00, día soleado. Llegada en taxi de El escritor español.)

Hola, soy el escritor español, dijo el escritor español abriendo la cortinilla. En seguida los mozos que se encontraban tomando el chato en el que coincidían cuando terminaban de cosechar dijeron al unísono: Coñes, el escritor español, que viene a vernos después de tanto tiempo, tómese algo escritor español, mecagoendiola, qué alegría de verlo.
El escritor español hizo ademán con la frente y quitó la zamarra y el sombrero dejándolos a medio doblar encima de la máquina tragaperras de la entrada, se acercó al grupo y, dando un puñetazo en la barra (con el que se hizo daño) dijo: ¡Quiero de beber y de comer, ostias!

¿Y qué se cuenta de hoy, escritor español? Le dijeron, ¿Cómo es que ha venido a vernos?
Y el escritor español respondió: Porque cruzaba, salaos. Y continuó: Hoy he jodido con tres y me he dicho: También habrá que comer y tomar una jarra con los cosechadores o segadores o lo que coño hagáis en esta época del año que, además, una revista de Madrid me ha dicho que escriba un artículo sobre las costumbres y la conformidad.
- Qué interesante – dijo uno de los mozos - y ahora a darle a la mente, que para eso hay que andar sereno.
- La mente - contestó el escritor español - no existe ni en el mejor de los sueños de la mente. Dijo mierda y, tras un silencio, coño tres veces. Luego hubo otro silencio y dijo que se cagaba en la mente y la literatura y luego se limpiaba con la mano. Dijo que al artículo que iba a hacer definitivamente lo iba a titular La cagada de España.
- Joder, qué cojones tienes, escritor español - dijo otro mozo – Eso es lo que hay que hacer para valer, echarle huevos.
El escritor español, en ese instante, sacó del bolsillo una criadilla de toro y la puso en el mostrador diciendo: Camarero, ponle un chato a estos y tú tómate un café que tienes cara de no haber trincado en tu puta vida, desgraciao. Y añadió: Me cago en la puta de oros.
Se rieron todos, incluidos el camarero y el escritor español.
Entonces el camarero le dijo al escritor español que se había leído un artículo suyo sobre la importancia de los pulmones y el escritor español dijo que eso a lo que se refería lo había escrito a medias con una puta que no tenía ni idea de quién era ni del idioma y hasta con la punta la pija, aunque, eso sí, que le pagaron con dólares americanos y nada de monedas de lata, un empresario moro y con clase, sí señor. Decía dando otro puñetazo en la barra.
- ¿Me puedo hacer una foto con usted por el móvil, escritor español? – Dijo un mozo.
El escritor español le dijo: Me cago en la puta madre ¿Qué pasa, que eres maricón? Ostias de fotos y pollas, no me sale de la puta gana salir en fotos de mierda. Camarero, desgraciao, a este no le pongas más chatos. Lo que iba a deciros es que los moros de mierda, cuando son decentes, cumplidores pero bien y no la mierda de algunos amigos estadounidenses. En serio que los americanos de Estados Unidos –continuó el escritor español – sólo piensan en tomarse cocacolas.

(Aplausos)

El escritor español: Desgraciao, pon otra cerveza, pero a mí que sean dos que van a caer al hidalgo y sin berretes.

(Más aplausos)

El escritor español: Me duele la polla y es por España, me cago en la puta patria, lo mismo que va a ser de no sacarla y ya van cinco esta mañana. ¡Pon cortezas, camarero desgraciao!

(Nuevos aplausos)

El escritor español: ¡Me voy a callar que si yo hablara temblaba el coño de Jerusalem!

(La ovación era total, los trabajadores pidieron unos hurras y brindaron por el regreso del escritor español)

El escritor español: Callaros ostias.

(Risas)

Y entonces continuó, en medio de un grupo cada vez más grande de mozos que llegaban de los tractores, el escritor español: Es que estoy de mal, porque un desgraciao se ha atrevido a hablar de mi obra magna “El cojón de las abejas es transparente”... y de las cosas que ha dicho, la mayoría unas sandeces que le voy a mandar a uno de la capital que tiene pipa para que se la meta en su hocico de bastardo. Se va a reir de mi obra ese gilipollas. Mira, camarero desgraciao, a ver si tienes el periódico del martes, mira, cacho cabrón, qué a gusto se quedó tu madre cuando te sacaron, ahí sale la crítica del necio ese que yo creo que se ha leído mi obra de espaldas mientras le cabalgaba a gusto algún interesado. Dámelo, camarero, dámelo y por la página 50, aquí nada de mariconadas de israelíes y palestinos, que viven en el quinto coño y yo casi soy de aquí, que sale el gilipollas castrado hablando de mí con arrogancia, que decae mucho a la mitad y chismes de la estructura que se lo habrá aprendido en un curso, me cago en su cara, coño, como sepa quién es el tío no lo va a reconocer ni el calambrista que le hizo la copia ¡Camarero, dame un poco más de tortilla, que se deja comer!
Una vez terminó el discurso el escritor español, uno de los mozos le dijo: estos intelectuales.

El escritor español dijo que se había dejado la cartera en el hotel y que le apetecía un vodka a la mitad de hielo, pero tal cuál, y le dijo moribundo al camarero añadiendo que, como se pasen una pizca, capaz era de ponerse a romper narices.
Acto seguido recogió la criadilla que había soltado en el mostrador y dijo: Majos, la literatura po que me mate algún día.
Dio varias vueltas levantando los talones y por lo alto, con los brazos, la criadilla. Dijo: Ostiacoño, qué ganas de tirarme un cuesco. Y dio las gracias a todos los mozos asegurando que eran en quienes depositaba cada verso y diré más, dijo el escritor español, mi próxima obra estará dedicada a cada uno de vosotros, buenos mozos.
Se aproximó a su abrigo, se lo puso junto con el sombrero y abrió la puerta para irse. El camarero le llamó diciéndole que tenía el vodka ya puesto y dijo gracias, a lo que añadió, pero se lo va a tomar tu padre, que buena falta debe hacerle.

Tras cerrar la cortinilla y puerta dejando un imborrable recuerdo tras de sí, marchó por el camino que salía hacia la carretera pensando en la literatura.
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jueves

Breve historia del punk oída en la calle

(el intento de traducción es mío)

Hace un minuto ha aparecido en el cielo la radiografía de un caimán. A los dos segundos y dos décimas ha caído un manojo de almendras. He encendido entonces el ordenador pensando en una ardilla. La tormenta ha cesado mientras windows arrancaba y las virutas de un enorme rayo han brillado en el pulmón de unas nubes. Le he preguntado a mi padre qué pasa si has estado muchos años ciego. Para cenar hay pescado, ha dicho ella.
Donde empieza por arriba la calle san algo hay unos perros debatiendo el origen de las piedras.
- Ni una cosa ni la otra. A ver si nos vamos a acordar de un guijarro el día del árbitro, quita...
La invitación para una boda que he recibido en mi dirección está destinada a un mamarracho con cara de cerda.
En las manos, con la delicadeza que entiende, un niño al que llamo castañuelas trae una piedra a la que él llama córnea de caballo. Quiero jugar con ella. Le digo que me llamo Una Ranita. Me dice que ya lo sabe. Como cada piedra en la mano de un niño es una excusa a punto de nacer, él ha dicho que hoy no va a cenar pronto como siempre.

El día quince de julio de mil novecientos quince recibí una carta del ayuntamiento diciendo que trate bien a los perdidos.
Un perdido es el catalejo roto de una colonoscopista. El bar Las Vegas, en el barrio del Pilar, está cerrado por vacaciones.
En la sinagoga de la esquina a Barco han puesto un farol para rezar a los dolores de cabeza. Funciona echando un euro con cuarenta y siete.
Cuando los padres de Ascensión aprendieron el número once había las mismas lentejas en el plato para cada hijo todos los días del mes. Un mes entonces duraba un huevo.

Esta noche hay pescado para cenar, yo ya me he cansado de sujetar una piedra y el niño de las alucinaciones sigue aquí preguntándome por qué en mi habitación hay el póster de una rata.
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lunes

Los peces no duermen, jilipollas (en modalidad correctora al 35%)


El 50% de las imaginaciones son una ventana abierta en un día de mucho viento. Hay que procurar no coger frío y dormir arropado. El del parte ha anunciado que su cabeza tiene una alucinación en la que sale ella y nota cómo dentro la graniza otra cabeza, que puede ser mi amiga o un medicamento para el sistema nervioso. El tiempo es muy malo en agosto. Hacer deporte es una cosa que no conviene. Todos los que se ven por aquí en plan bicicleta están rojos (como lagartos) que decía Franco de las nibelungas que tomaban el sol. El sol es un desquiciado que se cura poniéndose una visera. El planeta Tierra es un regalo que le quiero hacer a un pobre martes últimamente en mi blogueria, que ha pillado a casi todo un mundo de vacaciones a saber si por el espacio exterior o el extremo, que es el que mora adentro de cada cuál, porque aquí parece haber pocas ferias de las flores de mi vitae.
Pone en el periódico que a Mao le gustaba mirarse las pantorrillas en el espejo. Yo sólo leo periódicos de hace dos años. El de hoy siempre es uno que no me gusta. Es más, me toca la bandurria mala.

Termina hablando uno (y en uno, como decía el malote de nuestro amigo César Ruano) de lo que no conoce, termina no diciendo nada, se va a la infancia y vuelve, así como acierta a ver en el cielo abierto una especie de posibilismo, de negación que se atiende para pedir respuesta a la intuición de la brisa o la borrasca (mierda, esto que yo estoy haciendo no es lira ni pollas salvo retórica sin más). Y seguir, también sin más. Y se pone a escribir, a lo mejor por no saber. A mí Nico es que se me murió muy mal hará dos años. Y uno es lo suficientemente cobarde para seguir diciendo, pero también para callarse.
El tanatorio es un sueño, recuerdo, que acogía lo arrítmico de una nota vacía a la espera del compás que un día procura en quien está dispuesto. Vamos, me imagino. No hay ley que pueda con que uno quiera y, sin embargo, termine.
Veo la carretera con el miedo de tu muerte y de niño, en cambio, estás jugando al cochecito. Ahora eres el que sabe de lo otro, mientras otros nos dedicamos a la inconsciencia de muerte o al miedo, tú, atómico, ahora, en cambio, eres parte de La tierra.
Tus hermanos es como si se hubieran marchado contigo. Podéis decirme lo que queráis. Suelo, como saben, responder y me encanta que entren a insultar, aunque no sé dónde coño anda el mundo hoy, en agosto. Me figuro una limusina y unos chismes con los que alternar, y follar con una cabra -á lá Umbral-, que tienen el espejo del bien en una cara que son los ojos de alguien que dudaría sólo un segundo ante un barranco y lo harían sus patas antes que ella.

Miro mis manos, son una mierda nacida para el padrenuestro de todos los días. Y me dicen que soy bueno con el staff de escribir, pero nadie me ha dicho: Te saco. Sólo me han sacado tres veces y sin poner el nombre o como dibujante de quien no quiere hacer más dibujos. Porque yo era buen dibujante de nadas.
Mi última paja ha estado en ellas (las manos). Las otras no tengo ni idea porque no me acuerdo.
A lo mejor soy un hijoputa porque digo que ahora mismo me gustaría ponerme una película.

Ayer salí a dar un paseo. Voy a intentar escribir una de acción para una amiga que no sé por qué hago todo lo que me dicta. Soy idiota y creo haber visto en sus ojos el enigma de Marte –que es un enigma que tampoco es que sea descifrarlos todos a la vez-, a lo mejor, y seguro que lo tiene, porque la quiero –la quiero sin duda, pero ni idea de los porqueres, o por una jefa, una jefa que luego se remonta a mi edad, y mi edad es una burra en la que uno va sentado mirándole la cola, que es como llegaban a los pueblos los que volvían y ya no podían ir a otro sitio-. Voy a intentar que, si no lo han conseguido todavía, los whiskies que vienen me den esa serenidad. No una. Esa que tú y yo sabemos, hijoputa (estoy hablando con un demon todo el rato, un demon en el que sólo creo cuando voy en busca del aparato de medirme la tensión).
Y claro que no creo en el demonio ni de Sócrates el precioso o de Goethe el coñazo. Le veo siendo una cerdita sin más con rizitos de mimbre, de la misma calle y la misma tele, una Ruth-boba o Evinchi-follaviones con jefecita puesta y amigas que te escriben para que sus novios vean lo amorosas que son antes de enviar su mail a ellos-yo. No es que no recuerde a Ruth, que era una buena chica, sólo que confundida y que no vendió nada, no en general, hasta sí ahora, pero tampoco. Y ni falta que hace.
Y, ya digo, veo al demon sin creer en él, porque me hace, como tomar uvas con la familia por año-nuevo.

Hoy es un día bueno porque mi tía Pepa ha estado hablando de collares y he ido a apuntarme otra vez al INEM ese, o como se llame.
Juega el atleti a las nueve o por ahí, y he invitado a un helado a aquellas personas con quien me gustaría uno.

La vida sonríe mal, luego uno ve lo que se atreva. Y una tarde de martes todo se termina.
(El título de esta entrada es lo que me digo muchos días)
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domingo

Los primeros martes de la cabeza


El primer martes de la creación yo estaba sentada en una columna pensando en una mesa. Luego me quedé dormida hasta el segundo martes. En el segundo martes pensé que debía hacer un esfuerzo por desayunar, así que abrí un armarito y miré si había algo. Vi unos crispies y me senté a comerlos en la salita mientras veía la tele. Me enredó una de King Kong y luego me dormí con los anuncios de tablas de ejercicios que vinieron después hasta el tercer martes de la creación, que fue cuando conocí a la otra Carmen. Ella tenía un arbusto en la boca y me preguntó si tenía fuego. Como yo sí tenía desde entonces vivimos la una para la otra.
El cuarto martes de la creación nuestra casa estaba llena de revistas de coches. La pregunté a la otra Carmen si la gustaban pero, como estaba dormida, no me respondió.
El quinto martes de la creación Carmen me dijo que yo también debía ocuparme de la casa, hacer cosas como barrer o la colada. La dije que había soñado con un niño escribiendo como terapia enfrente de nuestro ordenador. Me respondió que, como no espabilara, cualquier persona del mundo llegaría hasta nuestro sitio y lo colonizaría convirtiéndonos en lo que eligiera. Ese martes, antes de volver a dormirme, fregué unos platos.
El sexto martes de la creación en las noticias venía la foto ampliada de un leucocito. Le dije a Carmen que parecía una fruta. Fue la primera vez que sonrió. Se nos ocurrió que podríamos permitirnos el lujo de celebrar una fiesta entre las dos, pero luego ella dijo que tenía sueño.
Tres días antes de que llegara el séptimo martes de la creación un guardia de seguridad nos despertó y preguntó qué hacíamos allí. Lo primero que se nos pasó por la cabeza fue recoger todas nuestras cosas.
Cuando llegó el séptimo martes de la creación todavía estábamos charlando con el guardia.
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viernes

Disección de un martes 1º


Es un martes cualquiera y mi médica me dice que deje el café, las grasas, el tabaco y el alcohol no atendiendo a que quitarme de todo eso significa quitarme de mí mismo. Ser un espacio, como lo es un martes. Un martes es una mirada a la luz el día lunes y es una señora bordando a la puerta de su casa de Valseca.
Yo sólo escribo, hoy martes, para que Carmen, que es la mitad de mí, no se me duerma.
En un principio en el salón había dos Cármenes. Una era mi continuidad en alguien y otra mi ansia de ser una persona dentro.
Por eso escribo como terapia. Porque matar un rey o procurárselo viene a ser una misma cosa.
Mi habitación es un garaje vacío. Mi violador, cualquier Volkswaggen. Yo lo que quiero es estar alegre. La belleza creo que es eso, y que lo otro somos nosotros, que nos empeñamos en casarla con lo que se nos ocurra.
Una mujer que es yo me ha dicho que escriba un martes.
Un martes es lo anterior a una procesión (yo casi no he salido de Valseca). Lo anterior a las flores es la simple esperanza de una persona inocente (como me creo que yo).
En el whisky me dan ganas de salir a por más whisky hacia la calle y una amiga médica me ha dicho que mire mis botellitas como un hígado cirrótico en el medio de una bolsa de basura.
Yo voy al médico porque el hígado no duele. No soy muy bebedor, pero sí procuro cuidado con mis pequeños límites. En una lupa han salido imágenes tristes mías diciendo hola.
Una amiga me ha dicho que escriba sobre un martes.
Un martes, en verano y que yo recuerde, es una abuela partiendo un bocadillo y diciendo que es para que te lo lleves. Las niñas y los niños jugábamos al fútbol. Era otra época. Hacíamos las porterías con trozos de carne que nos dejaban los mayores, y es ahora cuando los comprendemos un poco.
Yo he nacido a los siete meses, mientras a mis padres les dijeron, para que conservaran la fe, que no contaran conmigo (ya que eran médicos de hoy), desde entonces he querido participar en un martes de manera directa. A veces lo he hecho, pero no me acuerdo.
Mi médica tiene la cara de un cuadro remoto. Es sólo bella en su palabra y, ahora que se va de vacaciones, voy a aprovechar a beberme un chupito, por su salud, por la mía y por la de Gema.
No soy muy bebedor, sólo soy muy poca cosa. Por eso bebo, a la salud de quien quiera venir a decir Hola.
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Martes, de autoría anónima segúramente anómala


Una amiga me ha pedido que escriba cosas sueltas para un corto que quiere hacer en un lugar que sólo existe en cuatro cabezas que son las que van a salir en el corto. He pensado, para hacerlo más fácil, que esas cuatro cabezas sean la mía. Si fuera una hidra sería una hidra muy pequeña. Mi corazón apenas funcionaría en el rincón de los aleteos de una libélula. Hoy es martes. Mi amiga me ha dicho que quiere que sea martes siempre. Está loca. Loca es una correa atada a la rama de un árbol. Loca es una serpiente con forma de tres eses.
En el sitio la luz la fabrica una empleada del hogar. Para hacer el corto se tienen que enterar de que molamos y de que, al mismo tiempo, somos unos pobres estudiantes de mierda. Esto es el proceso A. Yo sólo voy a escribir voces en off y meterlas en el blog, que será un blog (el prestado e imponente La semejante criatura –gracias Alberto M-) que escriba una chica majareta llamada Carmen como mi madre (rechacé Marta para que mis amigas Martas no se enfadéis). O un chico, un niño normal y garrulo llamado Connecticut John.

Soy Marta versión 7.0.
Marta, a veces, ve una deidad espiritual en una mosca zumbando alrededor de un poste de luz. El maquillaje hará que el borde de los ojos haga que, a pesar de todo, sea alegre, como maja. Se me ha ocurrido que podemos llevar un perro al garaje a ver qué se le ocurre a él porque mi amiga tiene miedo de grabar una tontería.

No sé.
Para nuestro siguiente paso voy a intentar descubrir quién es Carmen.
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jueves

Martes@gemucha.con 1º


Hola. Mi nombre es Carmen. Soy una muñeca rusa y, cuando soy abierta, otra ocupa mi lugar. Se llama también Carmen. Ninguna de las dos deberíamos estar en este sitio.
Han puesto un ordenador y me levanto cada martes a escribir un blog como terapia. Desayuno todos los días calcio. Estoy perdida. No. Tampoco es un sitio. Pero una persona que no se ha levantado todavía reconocería mi manera de vestir porque se parece a la de la otra Carmen. La otra Carmen limpia el suelo y espía a un gato. Si supiera que ella va a levantarse temprano yo no desayunaría. Echar monedas por la boca al apretarse la oreja es una manía que tengo y he oído redoblar campanas donde finaliza un árbol en cada imaginación que es el pico con hambre de un pájaro. Cada palabra sería un túnel por el que pasa la de antes. Siempre hay una primera palabra y siempre es la de un tonto.
Los martes me gustan porque mi amiga no tiene ganas de levantarse y dejo el suelo donde está para pisarlo. Las monedas que me salen de la garganta son de juguete y brillan como cucarachas bajo una lámpara. No. Tampoco es cualquier cosa distraída. Lo que no tiene importancia es un hombre que viene y hace que nos sigue. Escribe que nos ama en un ladrillo usando un dedo inventado.
Salí de la máquina del tiempo de mi psicólogo con mucho jet lag. Lo malo es que no había ningún sillón en esta cueva repleta de mamuts.

Sólo el ordenador es un día de hoy y cada martes el salón donde puedo tener un rato para mí. Jugando aprendo que no existe aún el año 2015, que la cabeza de mi roedor es una excusa que uso para decir cosas que no tienen sentido. Es que no va un programa y no me explico qué significan las flores puestas en la sala de espera de los aeropuertos.

Otro día voy a hablar de la otra chica siempre que no se me adelante y lo haga ella de mí. Si no supiera que la estoy esperando yo no haría hoy nada y lo peor del mundo es que es martes. Lo voy a escribir en cuanto tenga un rato libre para ver qué me sucede cuando lo hago.
Mañana será el día del espectador y cada una ocupará una butaca distinta.
Pero esa es otra historia y no me gusta en absoluto esta: mi primera publicación, así que la borraré dentro de unos días.

Atentamente,
Carmen uno.
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sábado

Mi dulce limalimón



Me dice una niñita -dulce donde dice apasionada y amiga donde dice cerdo acomplejado-, a estas alturas, que escriba sobre sexo, y con morro, para de entretenerla, que mis escritos son un rollo. Me lo ha dicho esta tarde tan ancha y yo, que, en mi modestia, escribo tres sin sacarla cada cuatro palabras, me he quedado como pensando. Pensando qué es el sexo, no el escrito, sino el sexo como sexo. Al ser filósofo...

Y me he acordado, después de pensar en unas amapolas, de los médicos y de las médicas. De esos hombres y mujeres que son una bata blanca sobre un fondo grisáceo metiéndome cámaras por el culo a través de un cable, mirando quién es mi hombre al revés en una pantalla mientras yo noto el soplete bocabajo señalando un píloro que es cualquier chisme que hay en un trastero.
En mi piso los niños teníamos prohibido el ir al trastero sin los mayores y pensábamos que era un sitio de droga o de sexo, de ratas y suciedad. Al entrar olía a polvos para matar bichos. (El sitio donde había que estar para enterarse de otras cosas).

La verdad es que yo sólo he follado con las que me he creído que han sido mis novias aunque también he follado con una vieja asquerosa que vendía gominolas y con una pálida. He follado también con algunos animales, sobre todo con mis amigos los pajarillos y con una andrajosa de frente greco-romana, muy maja. A las de la uni del autobús también, de tres en tres y luego está un primo mío del pueblo mi padre que, una vez, nos la chupamos un poco de críos a turnos de una adentro como el jarabe. Y en el campamento cosas, pero tonterías.
No, tampoco es que yo sea un picha star.

Aprovecho los lapsus respiratorios acusados durante la noche por incompetencia del píloro así como dolencias de hernia hiatal para jujarla al estilo Carradine.

Llamo amor al primer escupitajo de sangre del aprendiz de tuberculoso.

Me gusta hablar de este último punto porque sólo aspiro a conmoverme -sorprenderme- con alguna dolencia sesuda de esas imaginativas mientras el sexo es el lugar donde más niños y niñas somos y el cuarto oscuro la bruja que tiene por escoba un sexo de patíbulo ¿A que parece un verso de este.... cómo se llama?
Yo, ya digo, he sido más de novias. He tenido dos. Unas bastardas, aunque las recuerdo con un cariño inmenso. Besos en la frente si lo lean, que ni falta que hace (se os ama igual).

No he follado con ningún muerto. Me refiero a de persona.

Los que follan bien son los moribundos. Yo siempre que me he creído que me iba a morir lo primero que he hecho ha sido tirar de manoleta.
Al principio hay que trabajarlo, pero el resto es ya improvisación: arte. Preguntar por preguntar si va bien o si no y esas cosas que hace la gente que se quiere, como verla dormirse -o morirse- agarrada con el cariño que uno sabe mientras el uno coge otro sueño que quién sabe si no es el sueño que ella está soñando.

Y no se me ocurre más.
Pero voy a seguir sin dormir -corte de digestión por follar a lo bruto- así que, creo, me pondré a leer -de nuevo- los diarios de Robert Musil.

(Y, médicos, más de cariño ostias.)
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