domingo

Los mejores


En el último año, cada vez que salía a la calle, a poco se me ocurría dar un paso, me le encontraba. Era un señor mayor con traje. Al principio pensaba que era una de esas personas nocivas, un vecino común, por ejemplo. Luego ya no pensé eso, cuando le vi en un autobús que me llevaba a La Coruña y, de nuevo, en el de vuelta, y cuando le vi sentado en el Museo de minerales y cuando le vi en el partido de fútbol entre La Riaza y el Valseca y en mi viaje a Tenerife, en el avión, abriendo una bolsa de patatas con sabor queso.

Fue hace pocos días cuando me dirigí a él. Procuré que mis palabras sonaran amables pero él pasó de largo y, entonces, lo seguí y pude ver cómo entraba en mi casa y acariciaba a mi perro. Le dije que era mío y que se llamaba José López. Se giró a mí ¿El perro? Preguntó. Sí, dije. Muy bien, dijo. ¿Quiere comer algo? Le invité. Pero quedó callado de nuevo y salió al pasillo.
Estuvo mirando mi biblioteca con atención. Seguidamente encendió la minicadena y seleccionó un canal de radio.

Me senté con él en mi cama, a su lado, mientras escuchaba el canal de radio. Era un programa en el que criticaban la política de fichajes de algunos equipos de primera división. Pregunté al señor si quería café. Él levantó la mano hacia su oído y acercó la cabeza a la minicadena. Callé. Fui a la cocina y serví café para mí sólo. Acto seguido, junto con el café, volví a subir a la habitación. Me senté de nuevo en la cama y moví el azúcar con el dedo índice. Finalizado el programa, el señor apagó la radio y se dirigió hacia la puerta. ¿Quiere unos pasteles que los han hecho mis primos de mi pueblo? Dije. El señor, mientras abría la puerta de la entrada, dijo “no” con la cabeza. Mi perro, José López, vino a mi lado y vi cómo movía el rabo. Quería jugar. Le dije que esperara, fui hacia la ventana de la cocina y busqué al señor mayor con traje. José López me siguió y comprendí que quería sus friskis, así que se los tendí en su platito.
Acto seguido, regresé a la ventana de la cocina a buscar al señor mayor con traje, aunque sin éxito. Vi otras personas, pero no había rastro del señor mayor con traje. Había señoras con niños, vendedores de alfombras, el chico del 7 con un balón de fútbol, Wolly y dos parejas de novios.
Calculé que era muy probable que, con ayuda de los prismáticos, pudiera llegar a distinguir a las personas que se encontraban en la parada del autobús. Había muchas posibilidades de que, entre ellas, estuviera el señor mayor con traje. Encontré los prismáticos en el armarito de la entrada y gracias a ellos pude no sólo reconocerlo entre la multitud sino, incluso, llegué a observar que el autobús en el que se subía era el nº 32.
Lo anoté en una servilleta y pasé el resto de la tarde jugando con mi perro, que me quiso más que ningún día, lo cuál me animó mucho.

Al día siguiente, me lavé la cara pensando en el autobús nº 32, me duché, vestí y abrí la puerta de la entrada, miré a un lado y otro. José López, de inmediato, salió hacia los jardines, como siempre, para hacer sus necesidades. Yo, mientras, me dirigí a la churrería Manolo a comprar para el desayuno. Compré una porra con azúcar y saludé a la Sra. Eulalia, que me dijo que iba a ir a la peluquería para pedir hora.

Hacía un día estupendo, soleado, como para pasear entre los bosques junto a José López. Me llamaron al móvil. Eran del trabajo, pero dije que no iba porque José López estaba enfermo otra vez y debía cuidarlo. Cuando colgué obtuve mucha alegría. Tanta que fui a los jardines a buscar a José López para darle un abrazo y decirle que teníamos el día para él y yo.
Mi amigo se encontraba junto a las zarzas jugando con unos huesos y, a su alrededor, había un traje hecho todo jirones y apeluchado con apenas un resto de adentro que reconocí muy rápido. A continuación miré por los pantalones a ver de qué marca eran y observé que eran muy buenos, finitos y frescos, con las líneas definidas muy sutilmente.
José López, mientras, seguía arrebañando. Nunca he podido creerme lo de este perro. Tampoco la gente a la que se lo digo, pero sí es cierto que le doy de comer tres veces al día, e incluso hay veces que cuatro.
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Die,...


Enciendo el ordenador, entro en el world y escribo lo siguiente:

Bajar el lugar, confundir los grados de las cuestas, enredar los planos de las bocas de los metros y rehacer de nuevo el sitio en un escaparate anónimo. Tampoco existe la ciudad, así como el pueblo es el graznido de un pájaro muerto, algo parecido a cuando se abre despacio una puerta que sólo es de salida, la ciudad en que me han entrometido mis herencias vendría a ser un coche pitando todo el rato en Die, antigua capital de los Vocontes.

No me gusta, no me disgusta, es decir: sirve. Lo titularé “Die, antigua capital de los Vocontes”.

Lo copio en una libreta y doy a “Entrar en internet”. Me dice que bloqueo parcial de la conexión a internet.

Llamo al 1004.
¿Hola? Es un robot. Me dice, al ser atento, que explique el motivo de mi llamada.
Le digo que no me va el internet.
Me dice que lo diga claro.
Digo: Posible error conexión ADSL.
Dice que llame al 902 55...
Lo copio en un papel. Tiene la amabilidad de repetirlo porque es un robot que sabe.
Marco el 90255... una voz me dice que bla bla bla y que me vendrá la llamada en la factura. El señor que me va a atender se llama Jesús nosequé.
Hola Jesús. Hola ¿Su nombre? Es para tratarle más adecuadamente, dice. Le digo que me llamo Andrés.
Me dice que apague, que encienda y que apague otra vez y encienda otra vez, y luego hace la rima con Andrés para joderme.
Nada, Jesús, que no me va. Me dice que espere un momentito mientras soluciona nosequé. Pero que lo apague.
Me sale una música de new age.
Enciendo el tercer cigarro.
¿Hola, señor?
Sí, sigo aquí.
Nada. Al ser su bla bla bla bla bla, aunque tiene la asistencia bla bla bla no se apaga el bla bla bla.
Gracias Jesús, majo.

Llamo al servidor nosequé que me recomiendan en caso de ser mi caso el mismo que fue antes de haber hecho uso del teléfono. 90265... Me contesta una señorita y me dice que si me han tratado bien en el otro lado que pulse el siete y, si no, que pulse el ocho. Pulso los dos al mismo tiempo. Me dice que gracias (al ser educada).
Veo que me quedan tres cigarros.

Una voz me dice que si quiere acceder al servicio local de instalación para empresas marque el uno.
Que si quiere conocer las últimas novedades de imagenio marque el dos.
Que si quiere.
Se me ha olvidado por completo el querer y también hasta el ser querido.
Marqué el seis.

(Coño. Ángela Merkel -diría un castiso-). Pero no.
Y a mí se me ha acabado el tabaco.
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