domingo

Marzos 3

A Hölderlin, con amor (y también a Inés, que cabe)


Mi casa es un loco que se llama Aurelio diciéndole palabras a una alfombra mágica durante los domingos.
Durante los domingos la casa permanece abierta a los rayos de luz de la encargada de recoger cada uno los demás días de la semana y meterlos dentro.

La encargada es una señora que no ha cumplido los veintidós años y duerme bajo una alfombra donde se tapa de las voces. Llegó aquí de la manera en que un pensamiento aflora en la coronita luminosa de los abades, y el loco que se llama Aurelio la llama Invención porque él lo ha inventado todo salvo a la persona.
Ella no tiene nombre y por eso su dedicación la pertenece. Ella es en el loco el sol que existe en los niños ciegos.

El loco que se llama Aurelio dice palabras tan suaves que a veces siquiera salen de su boca y cada una es una alfombra con su nombre bordado metida en un sobre fabricado con tres billetes de quinientos euros.
El loco que se llama Aurelio repite su nombre y las cinco vocales se caen sobre los carteros en bicicleta que salen en las películas de Jacques Tati.
El loco que se llama Aurelio no se ha imaginado de mayor viendo una película en el cine. No se ha imaginado nunca que el cerebro que sostiene con un dedo imaginario cruja como palomitas de maíz recién sacadas de una máquina expendedora.

Los domingos la encargada está asustada y quiere descansar en la estrella que tiene porque la procura.
El sol es un demente que va al cine a dormirse desnudo en las cabezas de los padres. Su ropa está hecha de agua y siempre la deja a la orilla de donde acaba un río.
En mi casa un río es un domingo que no ha acabado y, dentro, cada alfombra tiene su palabra mágica.

La señora que no ha cumplido los veintidós años siempre nada cuando puede porque no sabe que el sol según Aurelio se cae y es para electrocutarla. El loco, entonces, sonríe durante la noche que se ha inventado para curarse y, en la oscuridad, sus dientes bailan como un corro de primates y brillan como herraduras recién estrenadas. Allí él puede oír a la gente que le llama El loco Aurelio chocar una con otra tratando despavorida de huir de ese lugar.

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miércoles

La Sandunga mismamente


Queridos vosotros y ustedes, (Valseca, a marzo de 2009)
Sigo esperando que me llamen del tribunal médico.
Está hecho todo y calculado desde que dejé mi anterior trabajoría, sólo falta que me llegue una carta en la que ponga mi nombre y: preséntese.
Una vez un amigo me dijo: Mata a todos los gatos de tu pueblo.
Es así. Aprovecharía unas vacaciones de mis padres. Les pagaría con sus propis un viaje a una casa rural en La Nava, donde no hay ninguna cobertura.
Todo sería más fácil si matase a todos los gatos de mi pueblo, mi Valseca natal y amada. Cogería los cadáveres de esos meninos uno por uno y los colgaría en el salón. Esperaría a notar que empiezan a oler. Calcularía que fuese bien de noche (dos o tres de la madrugada), soltaría por el piso de arribota todas las ratas que fuera capaz de almacenar en un saco (muy fácil) y haría una llamada desde el fijo a la policía de Segovia. Diría que viniesen, que he matado a mi familia sin querer con un hacha. Decir: por favor, espósenme, soy un niño. Sólo esas palabras y dar la dirección, no escuchar nada de lo que dicen al otro lado y colgar. Salir de casa hacia el camino de Yanguas, que está lleno de eras y por donde no hay más que erizos y grillos.

Llegaría la patrulla de los chavalitos de un pueblo de al lado con sus pecas de pueblo que, cuando estoy meando en un rincón de la calle por donde nadie pasa durante la orquesta de las fiestas patronales de mi pueblo, de mi casa y de mi amor, me dicen con voz de hombre que saque el carné sin siquiera darme tiempo a que agote el chorro. Se acojonarían mucho con sólo ver la puerta abierta, el olor y dos roedores correteando, y más, oye: las luces, cortocircuitadas nada más colgar el teléfono, que no haya corriente, no se me había ocurrido hasta ahora: si la resistencia se aproxima a cero, la intensidad tiende a infinito, es decir, puentearé los conductores para que los primeros que entren (que estoy seguro que no van a ponerse ni a mirar los fusibles), tengan que hacerlo todo con linternas- (esto aumentará con mucho el número de llamadas e impresiones), también un cristal roto hacia fuera y los demás hacia adentro y sangre de gato puesta en la puerta tipo como cuando los maestros de la alta cocina le echan el caramelo a una torta.

Otra de ahora: cogería un spray negro y pondría en grande y mayúsculas en la pared de la entrada: Morid, judíos, pero sin tilde.

Más: Los gatos estarían en la postura de la crucifixión, unos boca arriba y otros boca abajo, sin simetría, al azar, y encendería unas velas en el centro junto a una imagen de san Antonio Bendito y, adjunta, la cita de Pío X “Dadme un ejército que rece el rosario y lograré con él conquistar el mundo”. Algunos de los gatos estarían decapitados. Una de las cabezas la dejaría a la entrada del lavabo, otra estaría en la pila, metida en un tubo de ensayo relleno de pis y gargarajos míos, otra... no sé, estoy improvisando.

El acojone que les entrará a esos guardias, todos desertores del planeta John Deere, haría que sacasen inmediatamente sus celulares para llamar a sus jefes, sus madres, sus novias con pecas, sus etc.

Yo, mientras espero en el monte, cantaría mis rancheras favoritas. Me llevaría una grabadora para cuando me pillasen tenerla conmigo. En ella cantaría: Cuando te hablen de amor y de ilusiones y te ofrezcan el sol y el cielo entero, si te acuerdas de mí, no me menciones, porque vas a sentir amor del bueno...

Valseca, calle Curato, 4 de la madrugada, cinco coches con luces en la puerta de mi casa, algún vecino siendo interrogado etc. Alguien con las manos en la cabeza, llamadas de teléfono, el alcalde despierto, la CNI, el Adelantado de Segovia...
Pasado el camino a Yanguas, puedes cruzar hacia otro donde hay más monte, yo seguiría andando y cantando: Yo soy jinete viejo pa los amores, no concibo Palenque pa embramarme, y como conozco el sarape por sus colores, también conozco la yegua antes de montarme...
Con lo lentos que son en este pueblo me daría tiempo, no sólo a hacer un greatest hits, sino a comerme once bocadillos de mortadela que habría hecho antes de ponerme con lo de los gatos. Estoy hablando de no más de veinte, pero esto es entrar con un azadón en los corrales después de las once.
Al final me pillarían y me quitarían la grabadora.

Con eso sólo hasta entrarían al blog clicando, sin excepción, en todos los enlaces (me refiero al ministerio de asuntos exteriores). Puestos a ser realistas, a lo mejor Planeta me ofrecería una suma de 25.000 € por mis “pensamientos” y mi tercer libro de cuentos (que logré dar por culminado por tercera vez ayer -si lees esto último, al menos, caso de ser amigo/a mío, felicítame-). No sé, calculo que lo penal estaría resuelto a esas alturas y yo sería un asesino de veinte gatos (aparte las sobradas razones que necesita un tribunal médico para una ligera minusvalía, con su salario, vivienda, bebidas isotónicas...), sí, me insultarían y tirarían alguna piedra los defensores de estos curiosos animalitos, los gatos, etc, sí, mis padres habrían sido contactados y estarían por la carretera La Coruña, sí, de camino, haciéndose preguntas, sí, etc, pero la que se habría montado sería otra. Es en esto, no en más ni en menos ni en ninguna cosa muy distinta, en lo que consiste contar o leer historias. Yo, al menos, oye, no veo otra.

Los tíos que vengan a agarrarme vendrán agresivos y a lo mejor con cámara de fotos o vídeo, ocultando en su seriedad el orgullo de los héroes -de los empleados del mes-. Si la resistencia se aproxima a cero, la intensidad tiende a infinito.
Estaría varios días en una comisaría de Segovia. No me harían, ojalá, mucho daño salvo para impresionar a los de la calle. A lo mejor me llevarían a una de Madrid para ahorrarse eso. Todo esto siendo muy optimista, incluso más de lo que soy, es decir: confiando en que me alejen de camisas de fuerza y neurolépticos -atípicos o no-.

Cuando todos esos pueblitos de alrededor quieran una palabra mía, que la van a querer, a lo mejor ya no digo nada de que estoy muy quemado con instituciones como la seguridad social o el tribunal médico, a lo mejor tampoco diría que simplemente soy un tipo que necesita cierta diversión en su vida, claro, a lo mejor les diría tan sólo, sin cantarlo y medio en susurro, igual que te lo diría a ti en el oído: Anteanoche fui a tu casa, tres golpes le di al candado, tú no sirves para amores, tienes el sueño pesado.
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martes

Tampoco es para ponerse de ninguna manera y hace un día muy bueno


Hoy he amanecido con la pantalla del ordenador caída hacia abajo. Es una pantalla de las buenas de hoy, grandota, fina, estirada, fashion. Lo que pasa es que lo que la sujeta era una especie de cosa con palillos, un Escorial de segundo de la LOGSE y eso tenía que ceder en cualquier momento.
He oído a mi padre salir de la ducha y le he dicho si no habrá entrado a gastarme una de sus bromas. Ha venido duchadito y me ha dicho que qué he hecho. Pues nada, que la he dejado como estaba, caída, a la pantalla. Él la ha levantado como si fuera un gato muerto y ha intentado ponerla en el plástico que la sujeta. Ah, pero eso ya lo he hecho yo. Pues nada. Menuda mierda etc.
Se ha ido con mi madre a cosas inmorales (de médicos) de hacerse análisis etc y yo me he puesto a encajar, así que este escrito es de prueba. Me he puesto a ver cuánto dura en caerse de nuevo, aunque no tengo nada que contar. Me he tomado un café y me haría otro si no fuese porque estoy expectante de que el trasto vuelva a ceder.
Yo lo que veo es que, de ceder, lo va a hacer para atrás y no hacia mí, igualita que los amores que he. (he puesto punto y ya está porque iba a usar la palabra “conocido”). Cuando sobreviven a la caída te dicen que tenías que haber estado ahí. Pues haber caído hacia mí (este aparato, sin embargo, me encanta porque no va a decir nada de nada -ni para bien ni para en medio, y se le ve que, si cae, lo hará hacia atrás y no dudando y vacilándose-). Muchas cosas es que están en punto muerto y, sin decirte nada, van y se caen hacia atrás, como si fueran hoy una pantalla del ordenador sujetada con un par de mondadientes. En mi casa, para los trozos de filete entre las muelas, usamos la taladradora poniendo sólo cuidado en no darle al botón, porque eso te hace un estropicio. Yo en el lado izquierdo no tengo ya muelas. Son una cosa de mentira que, si se cae, tengo que ir a que me la peguen y, si no hacen obra, lo mismo sólo cuesta lo que un día y tampoco es eso, pongamos, un menú normal con su café de luego. Pero ese es otro tema, además no me gusto en esta voz, no me gusto hablando así, no me molo escribiendo así. Me gusto cuando acelero, aflojo y luego doy el intermitente, pero hoy no es así, sino que estoy esperando a que la máquina ceda y, con ella, cejar este escrito del que no me acuerdo ya de nada.
Oye, parece que sé sujetar muy bien. Yo creo que me perdonarías, si fueras yo, que me vaya a poner el café... ahora vengo que, esto, parece, se sujeta. Yo apostaría a que cuando regreso sigue en pie, caso de no forzar la corriente, y no voy a abrir la ventana de momento.
Ahora vengo.

Qué buen café. Qué buen día. Han vuelto a llamarme para jodérmelo mientras me ponía el café. Yo estaba pensando en terminar esto. Darle un poco de arte (porque yo cuando me pongo en plan lite soy un devorador de drogodictos, un impío renegado que quiere acabar con la chusma de este barrio tecleando mientras da unos sorbos al cafelito).
Yo lo que quería hoy era ir a ver a la frutera, que es una niña -la hija del jefe- que ha crecido como una manzana caída ya del árbol y con buenas briznas de rojizo. Su madre es una serpiente, como el juego de la oca. Con eso podría estar hecho el Génesis y haberse ahorrado el resto. No, no voy a poner que el padre está en pelotas porque no es el caso. Su padre es un hombre al que no entiendo cuando habla porque tiene un decir cerrado del sur extremo y, a lo mejor, extremeño, como yo, que soy muy extremeño y me gusta mucho ir a La Nava porque es el sitio de la tierra donde más generosos son conmigo. Allí voy de casa en casa y digo el nombre de mi abuelo el que se murió sentado en una piedra de una finca que tenía, el hombre, y me dicen que soy la viva imagen, los primos de mi padre me cuentan de cuando la guerra, las mujeres me dan queso y jamón y, en el bar, me regalan botellines y yo les hago dibujos y poesías en servilletas, y nos reímos. Cuando regreso, me dicen que todavía tienen las servilletas. Mira, me dicen. Y es verdad. Las sacan enseguida, sin buscarlas, como si me estuvieran esperando, y eso que nunca aviso de cuándo voy a ir. Ya va a hacer dos años que no voy o ya los ha hecho. Qué putada.
Yo digo a todos los demás que soy de allí y que tengo 24 años. Y cuela. O no, pero por lo menos da lo mismo.
Pero vuelvo a la fruterita. La niña manzana que es una manzana de bandera de Portugal recogida en la frontera, ni de un pueblo ni de otro, morena y blanca, graciosa, pícara y muy limpia. A mí la niña -que ya tiene edad, no vayas a pensar- es que me devuelve la sanidad de las cosas a poco que la compre una manzana. ¿Qué tal hoy las manzanas, guapa? ¿Ves? Si tengo un día estupendo. Ya con sólo lo de qué tal las manzanas, guapa, está hecho el mes. A mí la niña me devuelve a las chavalas de La Nava. Un sexo hecho de un solo mordisco y no como el neoyorquino, que parece fabricado para una partitura de llaveros. Porque, salvando una gallega y dos vascas, los demás sitios, de la comunidad valenciana para arriba, incluyendo mucho de Murcia y Almería (aunque de Murcia menos) -debe ser también un poco el Mediterráneo- no son de la mujer moza sino un perfume o una tachuela, una extrañeza de caverna amueblada o bosque depilado, o un parecido que resulta en una niña que quiere llamarse como le digas que se llama (Cow Buy-chi?) y salir en las crónicas con ese nombre y llorar después porque, yendo en el metro, se ha llevado a uno al pañuelo, como en el juego. Por eso se caen para atrás como los monitores de ordenador. Si es que luego hacen bromas en la tele con la Paris Hilton. Anda que no tienen que aprender de Paris Hilton unas cuantas niñas típicas con ladillas de mentira y, después, sexo de mentira. Étant donnés hechas toda de mirilla y, de paisaje, una roncha solitaria que, encima, no tiene manzanas. Paris Hilton tampoco tiene manzanas, ya lo sé, estaría bueno. Pero por lo menos tampoco tiene Étant donnés. Y ya está. No hace falta ni tratarla como si fuera una chica humana porque ni se deja ni falta que le hace. Se va de compras y la siguen unos paparazzis con micrófonos y ya ha hecho su vida porque no tiene que hacer ninguna más. Al final, como la duquesa, que no sé si se ha muerto pero allá que andará. Como Fraga, mira, que lleva cadáver seis años y, al moverse debido a que se resisten cuatro nervios, da lo mismo, tan ancho el cadáver y tan anchas Europa, USA y Asia.
Con lo fémino que soy y tiene collejas lo que se ve hoy en día.
No tenía que haberme puesto a escribir. Me noto que me odio y así, lo mismo, no me va a querer la fruterita. Bueno, en el paseo se me pasa.

Y luego está que me han llamado al teléfono. Y me han dicho que vuelven a llamar en un rato.
La pantalla del ordenador no se cae.
Voy a apagar el móvil de nuevo, y a la frutería, que se hace la hora y antes voy a peinarme decente y lavadito que eso es crucial. El juzgado siempre puede esperarse.
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miércoles

Domingo de Marzo segunda parte


El sol es sólo un escaparate de luz roto por un niño. La piedra que utilizó sólo quería ser un sapo.
Domingo de Marzo es nada más que un dueño en una casa donde se reúnen dos monstruos que no conoce.
Tiene la cara cubista porque quiere que se la pinten los maestros, ejerce en procesiones para que le paguen con su baba las abuelas y se llama Domingo porque su tío muerto se llamaba Domingo.

Tiene, cuando se levanta, la voluntad vencida del profeta y sus manos fueron un mapa donde veía una isla cuando pensaba en cortarse una de pequeño.
Cuando creció, sin embargo, Domingo de Marzo decía que le gustaban los bailes que hacían los viernes, por la tele, unas marionetas.

Domingo de Marzo es una persona que vive en una casa en cuyo sótano se esconde el temblor de unas abejas, donde viven dos animales que no saben quién son y protegen un niño que han hecho para ser sus protegidos.
El niño es un niño que quería que le pintaran -las manos que no saben que existen- con un lápiz extraído de la pezuña a un caballo.
Domingo de Marzo martillea con su mano trasparente un clavo invisible para colgar un cuadro que nunca, en su vida, va a mirar.
Además, Domingo de Marzo sale cada martes a pedir una limosna por los muertos a los sastres de las camisas de fuerza que guarda bajo llave en un baúl que tiene en la cocina.

Domingo de Marzo tiene un laúd que, cuando lo toca en los miércoles, las esquinas de su casa quieren ser un círculo cada vez más pequeñito. Porque Domingo de Marzo desafina todo el rato aposta.

Yo hoy me llamo Domingo de Marzo y sólo querré ser Domingo de Marzo hasta que duerma y, antes que despierte le diré: no, tú no eres Domingo de Marzo. Tú, Domingo de Marzo, naciste con las armas insomnes de los niños. Y tú, Domingo de Marzo, siempre despiertas al mismo tiempo que dos bestias en las que también he sido, y de las que sé, han acercado a comer en la mano de unas notas vacías sobre el laúd, los días donde le vejas a una presa esquina de tu casa.
Y, continúan, pululando por tu sueño, a su tarea, escondidos de ti en el ajuar de una alfombra que, como tú, Domingo de Marzo, no existe, y tampoco los jueves en que, piensas, te gobierna el motivo de una luz encendida por una mueca brusca en el perfil de tus caras y, dibujada en la pared, ni siquiera, rey mío, vive como esbozo de esta sombra que hemos hecho para decirla que deje de taparnos.
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Domingo de Marzo


Sale una broma de sol, pero no es el sol. El sol está en otro momento, comiendo, con sus rayos, lagartijas.
Lagartijas veo, si abro la puerta de la calle, correr por enredaderas que nunca se terminan, o cuando no puedo dormir y me levanto y leo un poema de Eugenio Montale y no tengo la prisa del recreo ni el extremo oficio de la araña.
La araña hace cementerios perfectos en un sótano donde nunca bajo porque odio la escalera.
La escalera es un abanico que se baja para llegar al sitio donde hace el aire.
Allí hay un sótano que tiene una luz en el techo y se enciende sólo cuando un niño dice bien la contraseña.

Hay una araña en el sótano a la que Sergio pronuncia “ariadna” y vive en la galaxia que fabrica, poco a poco, con las huellas de su máquina.
Cuando fabrica, la araña, el sol está comiendo lagartijas en las inexplicables hierbas que brotan, al decir una palabra, bajo la alfombra.

Cuando por fin sale el sol en casa, Sergio y yo, nos metemos debajo de la alfombra para que no nos vea y, mientras nos abrigamos para ser ocultos, somos dos lagartijas que nunca se terminan ni empiezan, que saldrán en la noche camino del alimento.
Cuando empezaron las nubes, las pelotillas de una alfombra eran lentejuelas de un vestido usado en una fiesta y, cada persona del lugar, nos esperaba envuelta en una fina sábana que no tenía.
Susurraban esos falsos fantasmas a mi oído, en aquel entonces, en español, los versos de Eugenio Montale que dicen

He bajado un millón de escalas dándote el brazo
no porque cuatro ojos ven más que dos.

Las descendí contigo sabiendo que para nosotros
las únicas pupilas verdaderas, si bien desenfocadas,
eran las tuyas

Lo que yo intento explicarle a mi niño es que la araña que vive en el sótano, que ella y el sol, son un perfil y el otro de la cara del dueño de la casa.
Calla, me dice Sergio, no vaya a oírnos.

Cuando está cerca, su paso se reconoce en el sonido de unas llaves que no abren más que los libros de una difunta biblioteca.
Las llaves, cuando están en su sitio, relucen como una chapa negra, y la araña está tranquila haciendo nuestra ropa.
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martes

El animal por cuyo nacimiento fue mordido


La metáfora es solamente traslado, la visita de un sitio venido a otro. Yo quiero el otro. Paso de mí, he muerto en el año 1997 o 1998, en el índice probo de unos cuantos jóvenes. Uso metáforas de esas para no ser un paso de cebra gastado por doscientas procesiones y, doscientas de personas, cada una, en las que una soy yo sujetando un pesado farol cuya bombilla está fundida hace mucho tiempo, (andando y rezando sin más, con algunos chalaos descalzos pellizcándose).
Me da igual si un tiesto es de color verde azulado. Ya se lo he dicho, esta mañana, a un niño de la calle, y ya lo he dicho, no me acuerdo dónde, pero aquí.
Me da igual que un puñado de segundos sean el obsequio ignaro de la vida.

Existe un animal idéntico al farol, que es sacado en procesiones por un niño que no sabe que está jugando, pero lo hace tan en serio como cuando juega al fútbol con porterías hechas de jerséis. Que tiene todo menos a él y que murió como todo el mundo, en los compañeros de equipo, en los amigos.
Es el animal que se cae en quien lo sujeta.
No tiene boca y sus ojos son inútiles.
Han gestionado un informe en el que pone que debe presentarse, admitir que sus ojos no funcionan y su nariz ha sido comida por una boca que no tiene y, si pudiera, a lo mejor, esto mismo lo diría sonriendo arriba o abajo indistintamente.

El Sr. cura sólo empieza las canciones.
Al día siguiente, por mucho que no haya acabado el coro, el animal recibe el trato de la gente que sólo es una huella sobre un paso de cebra que la huella ha eliminado.

Ni es yo ni es nada -aunque el yo sea también nada-, el animal.
El Sr. cura sólo tiene la vida de empezar la canción. Si oyes letra, dice el animal haciendo el código morse en una mesa cualquiera de la reunión, decir nada, nada, pñlñkp.
Añade: gente hjkuhj noche entera.
Pobre en el animal que me dice sus secretos a cambio sólo de que he venido. Y no sé morse.

Tengo, de mis antepasados, una tierra poblada de olivos todos sin fruto, pero que dan respaldo. Allí soy el que le vive, cuando vivo, si él no viene. Porque si viene y vivo, desaparece.
Y, si desaparece, se lleva con él el resto de la procesión.
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lunes

Siglo raro


Si Dios no la dijera a ella, por ejemplo, todo el rato, sería una estatua hecha por sí mismo, a su misma escala. Idiota como un David.
Sostuve entre mis dedos una amapola que era parecida a la cabeza despeñada del presidente Kennedy, arranqué mi peugeot 207 CC y lo llevé hasta la puerta de su casa, entonces llamé al timbre y ella abrió, yo le di la flor. Sus manos cogieron el tallo como si este fuera un hilo.
Yo le dije la palabra Hola.
A mis espaldas, un grupo de gente gritaba porque habían atropellado a un niño con un camión.
Yo la miré, de nuevo, mirar la flor. Miraba esa amapola extrañamente. Yo creo que, en realidad, no sabía qué hacer que hiciera su cara y que, ello, la movía a ensayar muecas sin parar.
A mi espalda se oía a una señora gritando la palabra Hijo y diciendo que lo habían matado y Sólo tres añitos y, otra vez, Hijo.
Ella seguía observando la flor. Le pregunté cómo se llamaba.
Dijo que se llamaba Jenny.
Oh, Jenny, le dije. Puedo conseguirte muchas más flores para que las pongas en tu dormitorio. Sé dónde están, dije y añadí envalentonado: puedes venir conmigo a cortarlas si tú quieres.
Entonces sus ensayos de mueca cesaron.
Atrás mía escuché la frase: ¿Para qué va a llamar a una ambulancia?

Me dijo que, si yo quería, podíamos ir ahora.
Admito que me puse muy nervioso, debido a la emoción. Le dije, casi sin titubear, que la llevaría.
Qué mundo extraño y lleno de desgracias, ni siquiera un niñito..., hizo una pausa y suspiró y, añadió, en fin.
Es cierto, la respondí, pero ahora estás tú.
Ella me besó cerca de los labios. Olía a mermelada.
Yo me puse las rayban y saqué las llaves de mi peugeot 207 CC. Ella se montó, me dijo: Cómo me gusta tu coche, nene.
Metí la llave y el coche arrancó, reconozco que muy bruscamente, por los nervios. Oímos el ploc y vimos un chorro de sangre en el cristal.
Ella dijo: Ahivá, la madre del niño.
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domingo

Los jueves


Yo una vez conocí a un artista. Ambos éramos niños tan pequeñitos que cabíamos en una fotocopiadora y, si alguien quería usarla cerrada, podía hacerlo sin notar que estábamos allí dentro, riéndonos con una mano cada uno apretando él mi boca y yo la suya, fuerte, pero sin hacernos daño.
Lo pasábamos muy bien juntos y, cuando no estábamos en la fotocopiadora riendo, él, al ser artista, venía a mi casa y me hacía un retrato con unas ceras que me había regalado mamá.
Mientras me dibujaba, una de las tardes, me preguntó qué artista me gustaba más, si Picasso o Goya. Yo lo estaba pensando cuando mamá apareció con dos bocadillos de foie gras y una botella grande de fanta de naranja.
Me extrañó que nos sirviese los bocadillos en platos separados.

Después de merendar, siguió pintándome y no me acordé de responderle la pregunta de qué artista me molaba más.
Cuando terminó de pintarme me dijo que hoy no le había salido bien el retrato, aunque mañana me haría otro, si yo quería, al salir del colegio o, que si nos apetecía, a lo mejor, podríamos ir a la fotocopiadora y, en fin, que quedábamos. Dio un beso a mamá y ella le dijo que aún no sabía dónde vivía, él se lo dijo y ella le avisó que tuviera cuidado al cruzar ya que en la calle principal los coches pasaban muy rápido, que si quería que le acompañase. Él dijo que no hacía falta, muchas gracias, dijo y también por la merienda. Mamá le dijo que fuera por el semáforo, y se fue a su casa.
Qué bien pinta tu amigo, me dijo mamá. Y qué valiente es.

Dijo que estaba nerviosa porque no sabría cómo reaccionaría hoy papá. Yo ya no me acordaba del día que era. Papá vivía en el trastero y, al ser jueves, vendría de visita para pasar la noche con nosotros y protegernos de los monstruos de los jueves. ¿Cómo podía habérseme olvidado que era jueves? Le dije a mamá que me alegraba de que viniese papá, que con él a nuestro lado podríamos, incluso, vencerlos a todos. Qué más daba si eran invisibles y medían hasta el techo. Con la fuerza de papá podríamos y, si apagamos la luz, entonces eso también nos convertiría en invisibles para ellos. Yo siempre le decía a mamá lo mismo, cada jueves, y ella sonreía.
Estuvimos un rato sentados en el salón. Mientras yo hacía los deberes, mamá hablaba por teléfono con las editoriales. Cuando colgaba, le enseñaba las multiplicaciones. Me decía que muy bien, y luego llamaba otra vez a las editoriales. Editoriales había muchas y mamá tenía que estar pendiente todo el rato porque eran sitios del trabajo y, además, se encargaban de los cuentos de los niños. Así era hasta que dieron las ocho de la tarde. Entonces mamá descolgó el teléfono y me dijo que bajaría al trastero a por papá. Bien, la dije y también que ya había acabado los deberes. Me sonrió y cerró la puerta.

Cinco minutos más tarde dieron tres golpes a la puerta, que era nuestra contraseña, y, además, oí la voz de mamá, que me decía que abriera, que ya estaban aquí. Abrí.
Papá estaba muy cambiado. Cada jueves tenía un cuerpo y una cara diferente. En este llevaba bigote, tenía mucha calva y estaba más bajito que en el anterior. Me dio un abrazo y dijo que yo era su chico grande y lo dijo con voz de pitido. Hola, le dije, papá ¿Qué tal en el trastero?
Me dijo que no paraba de trabajar, que mamá le acababa de decir que yo tenía un amigo artista con el que iba mucho últimamente, que si era del colegio. Dije que sí. Mamá añadió que habíamos merendado juntos unos bocadillos de foie gras.
Papá me preguntó si seguía comiendo tan bien. Si, hoy, por ejemplo, me había comido toda la merienda. Dije que sí. Mamá añadió que había quitado la bandeja y no quedaba nada de cómo nos habíamos comido todo mi amigo y yo.
Pues claro, dije, nosotros siempre lo comemos todo y también en el colegio y siempre cambiamos para ver qué está más rico, aunque a los dos nos gusta más el foie gras que las patatas del colegio, y la fanta naranja también mazo, aunque mejor la pepsicola si no era muy por la noche, pero en el colegio siempre dan agua sucia.
¿Os habéis intercambiado los bocadillos de la merienda? Dijo entonces mamá con voz preocupada. Ella, en su inocencia, aún no sabía que, en nuestro juego, mi amigo y yo éramos unos hermanos mellizos.

Se quedaron en silencio y se sentaron en el sillón. Me estuvieron observando como cuando hacía mucho tiempo jugábamos a que no me conocían, pero noté que, por otra parte, también podían estar pendientes de los monstruos. Todavía faltaba para que fueran las diez y los malvados nunca venían antes de esa hora, eso era cierto. Les pregunté, de todas maneras si, a lo mejor, habían oído un ruido. Si era posible que hoy se hubieran adelantado.
Papá dijo ¿No tendrás el teléfono de ese amiguito tuyo que dibuja tan bien?
Mamá añadió: Vive al lado del parque.
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Estofado de poeta con finas hierbas. Hoy, el cuerpo calloso

(dibujo de R. Topor)

Elíjase un poeta (si es posible de campo) e invítesele a ducharse en casa.
Una vez salido de la ducha dele un abrazo de cariño y acuchíllese por la espalda hasta dejarlo callado (No repare ni ponga demasiada prisa, pues cuantas más metáforas expulse, mejor servirá)
(Conviene pasar una fregona al cuarto de baño en los días siguientes).

Córtese la cabeza y, a continuación, límpiese esta a fondo y pélese.
Martilléese con delicadeza la parte frontal del cráneo.
(El resto del cuerpo puede ser conservado en fresco para otros estofados).

Flaméese la cabeza y, una vez ablandados los cachos pegados de cráneo, rebócese bien con harina.
Proceda a freír en aceite oliva virgen. Extráigase de la sartén nada más comenzar a oír los primeros chasquidos y colóquela en un plato tamaño estándar.
A continuación habremos de trabajar sobre él.

Introdúzcase un tenedor y procédase a sacar el cuerpo calloso de la comisura central del cerebro (si no damos con el cuerpo calloso, estaremos hablando del cadáver de un poeta común -muy extendido por los alrededores del río Tajo y afluentes-, afectado por agenesia, es decir, que nació sin cuerpo calloso. Caso de ser así, olvide los procedimientos siguientes y sirva a los niños, para la merienda, los restos sazonados con caldo, patatas a lo pobre y ketchup).

Caso de encontrarse el cuerpo calloso:
Échese en un recipiente con agua. Manténgase en el congelador durante un periodo de diez a doce minutos.
Aproveche, en ese tiempo, el aceite anterior para rehogar hierbas aromáticas (Recomendadas: Hinojo, laurel, comino y aloe vera).
Una vez sacado el cuerpo calloso del agua fría, póngase en un plato preparado para pintxos y mézclese las hierbas aromáticas.

Caso de que, finalmente, decida comérselo, no olvide, por lo menos, rociarlo con un buen chorro de limón y acompañarlo de una copita de vino de Xerez o sangría Don Simón.
(El resto de cabeza cocinada puede servir para picar un poco mientras se ve el telediario).


(Aproveche, en la digestión, la recomendación del libro "Cocina caníbal" laboriosamente editado por ediciones Tropo, a un amigo poeta que tenga).