martes

Otto Weldo (China y Segovia 2016)


Otto Weldo se sienta con la naturalidad de una manzana y, antes de tocar, su sonrisa, que es la de un espejo frío, está manejada por el caramelo de café y leche que, observado desde el plato en el que coloca sus tres ojos, Otto mastica. El caramelo de café y leche, que ya ha pasado por las encías de unos cuantos viejos, se deshace un poco más pasadas tres notas y el público entonces agradece que Otto Weldo pertenezca a un colegio donde ninguna pizarra está en su lugar correspondiente, así como que su casa sea un maestro enfadado con la forma de llevar el flequillo que tiene una petunia.

En mil novecientos y pico había una conjura de farolas en el anochecer de un Chevrolet sin matrícula y las teclas de los pianos que prefería Otto Weldo eran filas de dientes caídos en una feria.
En las ferias, Otto Weldo escribía partituras en fa para la gente que no tenía manos. Abría buhardillas en las casas cerradas de los espejos deformantes y se enamoraba comiendo en una excusa en el instante que sabía que no existía el verano en los ojos de Pequeña flor de Té.
(Mientras, una mujer fea con buenas piernas se apellidaba Estados Unidos y tenía la suficiente amnesia como para no saber decir cuál era su nombre.)

Otto Weldo, de gira con chicos majos, improvisó en Andorra un réquiem por Alemania. Era ya entonces un hombre muy viejo que estaba por el dinero que le dijesen y se acostaba temprano pensando en el olor a radiador de sus años de mozo en los barrios.

En Valencia, Otto Weldo tocó en un descampado por donde no pasaba nadie. Los chicos majos no le pedían que renunciase a ser él pero, tras decir esto, le decían que los conciertos los estaban haciendo entre todos.
Todos era la cuerda de un trapecista noctámbulo y Otto Weldo, que cortaba siempre las uñas a la posibilidad de una batalla, decidía pensar en una fruta para relajarse. Era esa una gira, no sé.
Otto Weldo, que dijo a una espiga tener doce pianos rotos en el hueco que ofrece una arruga de falda de bailarina, llama amigo entonces a cualquier árbol y desaparece camino del aeropuerto más cercano mientras los chicos creen que es que está borracho.

En China, Otto Weldo no sabe con exactitud qué está pasando, encuentra un lugar para dormir y se acuesta.
Chicago obtiene noticias de su paradero y decide contactarle, pero Otto Weldo está muy cansado y dice que no quiere ir.
Es entonces cuando le sacan en el programa sobre viajes de Sánchez Dragó, que asegura haber encontrado un maestro zen en la figura de este flaco neoyorquino laureado en su país de origen como pianista abanderado de varias generaciones y hoy apenas visible en las calles de la gran Pekín.
La cámara enfoca a Otto Weldo y su cara disfrazada por los ratones que se la han comido se mueve rápidamente. Sánchez Dragó lo mira, sonríe con la calidez de un telediario y dice que Otto Weldo es el representante de una religión de la que él es devoto; y, cuando espera la palabra de Otto Weldo, este enciende un cigarrillo de marca Zhongnanhai.

Claro, en Segovia todas las televisiones están encendidas a pesar de ser la una en Canarias, para ver qué ocurre finalmente.
.

6 comentarios:

ca dijo...

buena historia jilipollas (menos mal que no pongo la coma después de historia), me ha dejado intrigado Otto, y más visto en el reflejo de Dragó. Buen, muy buen dibujo, de verdad. Un abrazo.

Alberto M dijo...

Sí, se quedó en historia jilipollas. Al principio iba a ser un borrador y ya. Otto al principio iba a ser un píxel de Lennie Tristano pero estaba pensando en lo de Segovia capital europea de la cultura 2016 y me empeñé en liarlo, pero no me salió. Hoy me acordaba que había escrito algo anoche, pero tiene todavía menos sentido ahora que lo leo.
El dibu lo pillé de internet, qué putada. Hace mazo que no me sale un dibujo medio bueno. Este me moló por si se parecía a Otto Weldo, pero... no sé.
Un abrazo. Gracias por comentar.

(joe, afuera otro fatal día de sol ¿Es que no se entera el calendario?)

Sirena Varada dijo...

Como lo importante no son los hechos sino sus interpretaciones, resulta comprensible que Otto se enamorase comiendo en una excusa en el instante que sabía que no existía el verano en los ojos de Pequeña flor de Té.

¡Solipsismos de pianista!

Besos criatura

Alberto M dijo...

quizá era un tío que sólo tocaba en la parte derecha del piano.

Besos, sirena.

Sólo digo una cosa dijo...

¡Oh! Creo que estoy emparentada con Otto. Yo pienso en flores y viveros para relajarme. Creo que, a partir de ahora, voy a incluir frutas.

Genial Dragó y genial usted.

¡Besos!

Alberto M dijo...

uy, me salen todas pochas si lo que quiero es relajarme. Coches sin gasolina estoy intentando últimamente, pero sin gente dentro también.
Un beso.