domingo

Los cuadernos de la juventud, 4

En el jardín roto he visto a una niña que siempre está mirando la fotografía de un cisne.
En el único banco posible del jardín la niña es tres mujeres puestas una encima de otra y todas tienen en el fondo del corazón a un hombre anciano enroscando una bombilla.
Cuando se cansa de la fotografía construye con sus mujeres imaginarias la fortaleza de las nubes, se sienta en las ruedas del columpio y el latido del péndulo de media tarde resuena en el almacén de los hormigueros.

En su casa, cuando ya ha abandonado el juego, el pelo es una zarza y lo recoge en un aro de humo mientras piensa en una mora y friega los platos que aún no ha estrenado en la pila del reloj de pared.

Nos conocimos en la viñeta de un tebeo. Tu falda parecía un cuello de acordeón y después vi que estabas bebiendo de una taza de café vacía.
Nos conocimos y hablamos de que no existía el poder de un árbol y de que los pájaros volaban por una vía de ferrocarril que no paraba en la estación para recoger el periódico de los domingos por la mañana.

Llamé a un número inventado y salió la voz de tu madre diciendo que era peligroso hablar con los desconocidos y con las flores. Colgué y, al rato, imaginé que llamaste tú. Dije que era yo y me saludaste.
Tú ibas conmigo y, aunque lo cotidiano era no pisar una fila de muertos de camino a la panadería, me ayudabas a transformarlos en la diminuta secuencia del sueño de un cartero.
Nos agarramos del brazo y podíamos estar quietos tantas horas que mezclábamos la luz y la tiniebla para, una vez en medio, hacer, con copas de pinos, un mismo brindis llamado Alguien dedicado al bautizo y también a las últimas palabras de los condenados a hibernar en los mapas de los aventureros.

Cuando cierro los ojos, voy a ver el jardín roto y siempre está guardado en una caja de plástico con un agujero que he de declarar en las aduanas. Las tres mujeres inventadas por ti son hoy mis amigas y, al desvestirse, se las ve, en el fondo de sus sombreros, el dibujo gastado de una paloma.

Un día que volví, tú estabas en la cocina. Tenías un agujero en el pecho, un cuchillo en una mano y una patata pelada en la otra. Me dijiste que querías hacerme un regalo, pero que no te había dado tiempo de envolverlo.
Nuestros encuentros eran el primer chorro de luz de un amanecer sobre la pared de un establo.
Un amor que termina es el papel mojado que anuncia, en la puerta de una iglesia, el cierre de una cadena de lavanderías.
Las cosas reales suceden en una botella de juventud llena de locos que, a poco que la pienses, acaba hecha añicos en el suelo de los tablaos.
Yo lo que quiero decir es que, en ese momento, es cuando tenía que haberte dado un abrazo y las gracias.
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2 comentarios:

Anónimo dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=jq1j-Dq11WQ&feature=fvw

Alberto M dijo...

ese, ese es el espíritu. Creo.