domingo

Wild is the wind


En el verano de 1992 yo experimenté la entrada en una caja. Hoy, días en que las hago, sé que el secreto primero de una caja son sus cuatro puntas o, al menos, siempre que hablemos de una caja rectangular. La segunda cosa de la que ocuparse, permítanme: el segundo secreto, serían las cuatro aristas resultantes (sumadas las que van saliendo -el intermedio de la ópera, pongamos-). Después pasaríamos al postre, el tercer secreto, siempre que ustedes me permitan: Los seis lados, trabajados previamente con las nuevas aristas.
En el verano de 1992 yo me había convertido en un recluta. Había pasado la entrada al año en Malabo, capital de Guinea Ecuatorial, junto con mi abuela Ciriaca Llorente (1924-2006) -con quien un tiempo antes de mi definitiva salida fui prisionero político durante aproximadamente un cuarto de hora-, mi tía Pepa, Pushkin y mi prima Susana.
Por aquel entonces yo era aproximadamente un adolescente con granos. De mi periplo en Malabo recuerdo: Bajar del avión junto con mi abuela, ver gente negra saludando, saludar a mi tía e introducirme en un campo cuyas hierbas me llegaban hasta la cintura y oír a mi prima decir: Cuidado, puede haber una mamba.
Más: Conocer a chavales con los que luego jugaría al fútbol de cinco a siete de la tarde, un barco cuyo dueño se llamaba Alberto y cuyo nombre era El barco de Alberto...
Un padre tenía muchos hijos de diferentes madres. Todos eran negros, mucho. Negros que te cagas. Me hice más amigo de ellos que de los otros que había conocido y les dije que me gustaría quedarme allí porque estaba a gusto, pero que sabía que tendría que volver junto con mi abuela.
Antes de eso mis amigos del colegio situado en Madrid me habían regalado un balón de fútbol que llevé hasta allí. Los negros me dijeron que les gustaba jugar al fútbol y se lo di.
Desde que hago cajas comprendo que una salida es el final de una caja. Pero también es el principio, claro, porque antes de que exista una caja sólo existe la salida.

En el verano de 1992 yo experimenté la entrada y la salida de una caja. Mientras hago cajas únicamente pienso en qué significa más, si entrar o salir de una y nunca doy con una solución lo suficientemente objetiva. Cuando lo dejo por imposible, pienso en escribir algo sobre eso cuando llegue a casa y colgarlo en el internet a través del blog La semejante criatura: un blog que va sobre Mongolia, según me han dicho, y en el que, en ocasiones, se me ofrece la posibilidad de publicar vivencias o algo así o pensamientos.
Mi nombre es Carlos Diego y, desde luego, si de una cosa estoy seguro es de que tuve mi oportunidad.
Cuando conocí a los negros finalizaba 1991 y yo, como he dicho, aterricé en Malabo junto con mi abuela. Allí nos esperaban mi tía Pepa, mi tío Pushkin y mi prima Susana, hija de ambos. Al bajar del avión acerté otro orden en el mundo. No imaginé que mi llegada estuviera plagada de Julio Iglesias. No imaginé que yo, Carlos Diego, pudiera ser Julio Iglesias. Mi prima, aún cría, me dijo que mejor no me metiera en hierba frondosa y después vi a los bichos, me adapté a ellos en un día y, cuando por fin conocí a los negros, les regalé un balón de fútbol. Ellos, con el tiempo -breve- y, después de hablarlo, me tendieron una caja y me dijeron que la abriera en verano, cuando estuviese en Madrid, Segovia o lo que fuera y me metiera dentro. No sé ellos. Yo cumplí mi palabra en el verano de 1992. Recuerdo entonces enviar una carta a uno de mis compañeros negros diciendo mi experiencia, pero no recibí respuesta.
Otras cosas que recuerdo: fumar mi primer Lucky Strike rodeado de negros riéndose en el cine de Malabo. La que echaban era de Jean Claude Van Damme. Era un cine de mierda donde nos sentábamos en el suelo y las salamandras se movían al lado de nuestros pies, descalzos, sin llegar a rozarlos.

En mi carta de finales de verano de 1992 (cuando los juegos olímpicos en Barcelona) yo escribía -desde Valseca- que absolutamente nadie a mi alrededor sabía nada de una caja.
Aunque hoy sé que en eso cometía un error. Todo el mundo sabe que una caja, al nacer, absolutamente siempre, lo hace vacía.
Aún entonces sólo era capaz de atisbar un pliegue o dos, cinco o seis. Pero, para envolver una caja, una señorita de El corte inglés -mi maestra- me dice, cada día, que hay que envolverlas bien y tirar siempre desde el principio. Para respetar el principio sólo hay que hacer caso a las tres normas que tiene para ella una caja y que he citado al comenzar este texto.
Según ella, “sin esas tres normas, un regalo nunca sería lo más parecido a un regalo”.

A su vuelta, mi tía Pepa, Pushkin y Susana me dijeron que no sabían nada de la carta que había enviado, pero que, seguramente, habría llegado, que el correo funciona bien y que se alegraban de verme a mí, de nuevo, y a mi abuela, tan bien como siempre habíamos estado (corría el año 1995). Ni siquiera hablé de la caja. Aún hoy aún no lo he hecho.

Bajé del avión, imaginé la canción Gwendoline, fui prisionero político junto con mi abuela C. Durante 15 minutos, esperé el momento adecuado para meterme en una caja y, cuando salí, todo era exactamente igual a ahora, el día en que una muchacha me cuenta los secretos que tiene una caja para ser bien parecida y, al mismo tiempo, un regalo para las próximas navidades. Mi abuela, Ciriaca, murió. Mi tía Pepa ha envejecido; Pushkin, mi tío político, está en Vancouver y mi prima Susana ahora se llama Aranzazu. Ni idea de la caja original, creo que la tiré antes de romperla a un contenedor, al contenedor de vidrios que hay saliendo al camino hacia la capital de Valseca, un lugar al que no he vuelto desde septiembre de 1992, al poco de finalizar los juegos olímpicos de Barcelona.
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17 comentarios:

MJ dijo...

"Fabulous". Me ha encantado, Alberto.

Alberto M dijo...

Me alegro :)

hombredebarro dijo...

¿Me prepara usted media docena de medias noches y media docena de julios iglesias en caja, por favor, si puede?

Alberto M dijo...

Bueno... yo primero hago la caja eh

orquídea dijo...

Yo necesitaría unas brachycorythis helferi y unas bletillas striatas para mi jardín. por correo si las encuentras, y debidamente envasadas en tus cajas porque si no es en tus cajas no las quiero. Las semillas, quiero decir.

Ya me dirás como debo ingresar el importe. A la espera se despide esta que lo es, Yo.

Chao

Alberto M dijo...

Bletillas sí tengo, pero las brachycorythis se nos han acabao esta mañana, aunque ya he hecho pedido para que traigan y me han atendido muy bien y muy salaos. Otro día que esté temprano en casa cuento todo lo que nos ha pasado con las, que aunque tengamos también son muy jodías, bletillas striatas. Es que esas son otro cantar y siempre con quejas, aunque los jardines y los patios, pues eso, que encantaos.
Chaíto :)

orquídea dijo...

jajaja, qué divertido eres. Oye, me encanta el resúmen sobre el tratado filosófico de LSC. Es pura filosofía. De la buena.
Chaíto, guapetón.

Bellaluna dijo...

Tengo la sensación de habitar cajas desde su exterior, su corteza, su cualidad externa, superficial, la superficie. Nada intrínseco, nada profundo o subterráneo: no su nucleo. Desde lejos pudieran parecer lisas, sin embargo plagadas de accidentes. Cajas que trazan órbitas cuadradas alrededor de una gran caja brillante que irradia luz y calor.

Luego, y digo de memoria -cobarde, eras un cobarde que no supo defender lo que ya defendió en su hipótesis Copérnico, cobarde abjurador de tesis-, puedo errar, dijo: "soy juzgado por este Santo Oficio sospechoso de herejía, de haber mantenido que el Sol es el centro del mundo e inmóvil, y que la Tierra no es el centro y se mueve. Por lo tanto, como quiero quitar de la mente de las Eminencias y de los fieles cristianos esta sospecha que con justicia se ha concebido de mí, con sinceridad y fe no fingida, abjuro, maldigo y detesto los estos errores y herejías y todos y cada uno de los otros errores, y herejías contrarias a la Santa Iglesia."

El mundo era cuadrado, Galilei, a imagen de un dios lleno de aristas afiladas.

No me entiendo. Sera la hora. La droga. O yo misma.

besos, Alberto

Alberto M dijo...

La filosofía, orquídea, que es lo que es. Un besote y muchas gracias.

El mundo, Bellaluna, era cuadrado, como un dado que, sin embargo, era lanzado continuamente.
Tampoco te entiendo eh, pero es por la droga, fijo.
A ver si un día coincidimos que nos drogamos en la misma arista!

Sirena Varada dijo...

No debía ser así cuando, tras pasar tantas veces por Malabo (el mejor enclave dejado por España tras la capital) es conveniente desintoxicarse de tanto bregar con las cajas.

Tampoco doy con la solución de las cajas, y estoy interesada en saber qué significa más, si entrar o salir de ellas.

Muchos besos para la hermosa criatura.

Alberto M dijo...

llevo los besos a la caja y los meto con cuidado, sin que el enclave Malabo apenas lo note. Eso sí, que lo note un poquín. Un poquín sólo.
Muchos también para ti.

campesina dijo...

yo quisiera para esta Navidad una cajita con muchos papelitos con mensajes de gente como tú.

Todavía no va mi abrazo de fin de año, éste es de reencuentro no más.

besos, mi Alberto

Alberto M dijo...

De reencuentro dices, como si fuera poco eso eh.
Te cuento lo que voy a hacer, Campe. Desde que estoy de camioneta, llego a casa muy cansado y ni hago nada ni escribo casi y abandono a mis queridos y queridas, pero hoy, que me siento como un toro, voy, de momento al súper donde tienen el whisky que me gusta -los otros tienen otros que no es que no me gusten pero, aunque quedan más cerca, hoy voy a ir a donde tienen el que me gusta- y, como es viernes y hoy todavía hace sol, me abrigo un poco, me echo la gorra y, a la que llegue, uno de los chupitos por ti!

Alberto M dijo...

al final me he enredado, pero es pronto.
un beso,
A

jordim dijo...

Buena filosofia sobre filosofia..

Alberto M dijo...

nada sobre nada, don Jordi, pero nos lo tomaremos con filosofía.
un saludo.

Anónimo dijo...

he tú, chaval, este cuento es INCREÍBLE....
La semana que viene tenemos cita y empezamos con el libro.
Salud y gracia.
Un saludo,

Alfredo de Cocoars