jueves

El vecino de arriba o de abajo, no me acuerdo, lo siento.


Apenas recuerdo casi nada de la primera vez que me morí. Me acuerdo que fue un síntoma que no había tenido hasta entonces, que estaba en la cama e incluso que por las persianas comenzaba a amanecer, incluso recuerdo que era verano, ni idea del día de la semana. Recuerdo, sí, que me alarmó un poco y que no se lo dije ni a mi madre ni a mi abuela ni a nadie y no recuerdo tampoco haber notado nada raro al, después de suceder, hablar con ellos, por ejemplo, mientras estábamos comiendo arroz con huevo frito y tomate de cosas de, a lo mejor, juguetes o canciones del colegio.

En la segunda vez que me morí sí recuerdo un poco más, también estaba en la cama, era un lunes, reconocí al instante la alarma de la vez anterior y pensé que era una tontería que ya me había pasado, me noté no respirar y, por si acaso, me tapé bien con las sábanas. Cuando me destapé miré que no había nadie y, aunque seguía sin notarme la respiración, me levanté y fui al baño e hice pis como cualquier otro día.
A lo mejor no eran las mías muertes rotundas y por eso nadie notaba nada ni en casa ni en el colegio ni en el pueblo. A lo mejor no tenían ninguna importancia al no ser de esas de enterrar después. A lo mejor era simplemente una gilipollez o algo que había soñado. Aún con todo esa misma tarde le dije a mi madre que me había pasado dos veces lo de morirme y que si era importante porque yo lo que notaba era que no me dolía nada y ya está. Aunque por lo mismo que le expliqué ella no hubiera debido de preocuparse, se empeñó, enseguida me hizo una tila y, días después, fuimos al médico a que me hiciese una revisión.
Era el Dr. Amín. En la salita de espera yo le decía a mamá que no teníamos que haber ido y ella me respondió que sólo era para que me viese. Además el Dr. Amín era amigo mío y siempre me había dado caramelos, dijo y yo entendí que eso era verdad y que, por eso, lo había dicho para engañarme, pero me lo tomé con tranquilidad debido a mi inocencia.
El Dr. Amín me dijo que abriera la boca y metió un palo. Dijo que las anginas estaban bien, pero que yo había muerto hace poco y que sospechaba que no era la primera vez que me ocurría.
Mamá lloró. Yo dije que lo había notado otro día pero que casi, como ahora, no me acordaba. Se sentó en su mesa y le dijo a mi madre que se tranquilizara, que yo estaba bien. Después la dio una receta y dijo que ponía una cosa para enjuagarme y que me limpiase la encía y otra, dijo, para las muertes. Era una pastilla y yo entonces odiaba las pastillas. Me ponían de los nervios. Hay que ver las ironías que se inventa la vida. Yo ni siquiera estaba contento por haberme librado del colegio y la comida horrorosa del comedor, y de que me perdonaran ir a la tarde. Una pastilla que hubiera que tragar era algo horrible, una salvajada natural de la historia de la medicina y sus hombres terribles, y el Dr. Amín había dicho una por la mañana y dos por la noche hasta, por lo menos, cuando volviésemos a ir a que me examinase de nuevo a ver si había mejorado.
Mamá llorando era muy triste. Pensé que no tenía que haber dicho nada. Tampoco tenía ni idea de que se lo fueran a tomar tan en serio, es cierto, pero me desubiqué por completo. El Dr. Amín me dio un caramelo y me dijo que le diera un beso a mi madre. Luego me preguntó si jugaba y dije que sí. Me dijo que tenía que jugar mucho y también que hiciera siempre los deberes. Mi madre dijo que sacaba buenas notas menos en matemáticas.
Nos fuimos y todo bien, pero pasados dos días empecé a notar que había quienes me miraban raro. En el colegio también se habían enterado y se reían de mí. Me daban collejones los mayores y luego decían: no te puede doler porque como te has muerto es imposible. Qué cabrones e hijos de puta. Claro que me dolía, a pesar de todo, aunque no los notase.
Al volver al Dr. Amín, me miró y dijo que estaba mejorando, pero que no dejara de tomar aún las pastillas.

La tercera vez que me morí sí que vi que el mundo se me caía encima de la cabeza como si fuera un camión con muebles. Joder, yo estaba loco. Ya era mozo. Y mis amigos estaban peor. No lo dije a nadie, no confiaba. Yo sólo quería un montón de barro en la calle para tirarme en medio y retozar como un cerdo. Que me llevasen a un zoo si les molestaba o que me comiesen en los restaurantes de los domingos veraniegos. Me daba lo mismo. Morirse era un coñazo y no tenía ni idea de qué hacían mis padres para que comiéramos.
Fui a ver a mis amigos para divertirnos y nos pusimos a romper los cristales de los coches para llevarnos las radios y, si las cintas eran que no nos gustasen como, por ejemplo, las de Manolo Escobar, escribíamos “cerdos” con spray en la luna de atrás. Lo de la vida era una asquerosidad y nada tenía gracia. Pero, esa misma noche, cuando vi que Juan el toli sacó la navaja para intimidar a una vecina y que le diera su dinero o algo yo se la quité y me la clavé varias veces en los pulmones y ellos, esos idiotas, se quedaron mirando flipados y dijeron que me había vuelto loco primero y después que era muy raro que no me muriese. Joder tronco, dijeron, eso es la hostia cabrón loco. Sí que me tuve que limpiar un poco porque algo de sangre salió. Y cuando me preguntaron cómo lo había hecho les expliqué que es que estaba harto, que ojalá hubiese nacido mongolo, pero que me moría o algo y ya está, que no pasaba nada y les dije que teníamos que hacer algo que molase porque esa era la única explicación. Joey el cara rata dijo que en fin, que le había sorprendido mucho porque, hasta esa noche, siempre había creído que yo era un maricón, pero que qué había tomado, que a lo mejor las drogas me hacían lo peor. Y luego pasaron. Sólo Juan, cuando le devolví la navaja, me dijo que si yo sabía de dios algo o de las cosas de las estrellas, pero no supe qué decir y no dije, de hecho, nada. Ellos dijeron que se iban al bar a meterse y violar y yo me fui a mi casa y no volví a salir.

Ni idea de cuántos años han pasado. Me da igual. Mis padres están bien. Me parece que hace ya bastante tiempo nos mudamos, aunque yo he seguido en la misma habitación haciendo que estudiaba y el tiempo, sin duda, ha pasado y lo de morirme ya me ha pasado muchas más veces y, aunque sí he hablado con mi madre de ello unas navidades que entró, nos reímos y ya está. No sé. Cuando me los han traído, he leído libros de filosofía y esas cosas y me han gustado, aunque muchas veces no entiendo nada. No hay quien entienda nada. No sé. Hacía mil doscientos veintiocho años que no me lavaba, por ejemplo, los dientes y también me he ordenado los pelos y vestido, aunque fuera con ropa que no me valía. Lo he hecho esta mañana, normal, y yo qué sé.
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4 comentarios:

Anónimo dijo...

Bien, un poco rara la historia, ¿A ti te ha dao? ¿A ti te ha dao qué mami? ¡Ay hija yo qué sé!

Alberto M dijo...

Pues sí. Va a ser eso, sí. Con toda seguridad.
Gracias.

Lidia dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Si que es rara rara, pero no tan rara a veces