lunes

Los enfermos


La casa donde vivo siempre fue el sueño de mamá. Es un sitio retirado de la provincia, que queda a 30 kms, y hay árboles, pasos de cebra y pequeñas tiendas (pan, fruta, leche, cereales, huevos, tomates...). La realidad mía es que suelo estar solo. Hace no demasiado venía la señora Carrington a tomar café los viernes a media tarde, pero dejó de venir cuando se topó por primera vez con uno de los enfermos del psiquiátrico que hay al lado de casa.

Los enfermos son muy buenos chicos y los bedeles no siempre pueden estar pendientes de lo que hacen. Mi casa, el sueño de mamá, a buen seguro, no era la primera a la que hacían visitas.
El primer día que les vi fueron dos muchachos los que, tímidamente, saltaron la verja. Yo, en aquel momento, me estaba ocupando del jardín y les pregunté si querían algo. Al más rezagado le entró una risita nerviosa. El otro dijo que, en su casa, ya no había radio porque alguien, seguramente, se la había llevado por la puerta de atrás.
Les pregunté si querían escuchar la mía y que podría mirar si tenía refrescos. El niño que hablaba me dijo que no podían tomar refrescos, pero que le parecía una buena idea todo en general mientras el otro niño reía y reía, el pobre.
Les dije que me esperaran y miré si había leche en la despensa. Cuando volví ya se habían marchado, así que volví a dedicarme al césped, las flores y esas cosas.

Días más tarde, cuando me encontraba colocando el porche, vinieron cinco acompañados del chico de la risa, que me señaló y dijo que era yo. Uno se acercó a mí y me dio un mapa que estaban haciendo. Me dijo que les tenía que ayudar y se fueron. Yo no le di importancia a nada de eso. Cuando terminé de hacer el porche, fui al despacho y me puse a escribir poesías como si nada.
Estuvieron una semana sin venir, pero después no era nada raro encontrar a alguno de ellos viendo la televisión en el salón. De hecho, según iba pasando el tiempo, cada vez era menos raro encontrar a varios. A mí no me parecía mal, incluso les ofrecía cereales, aunque siempre los rechazaban educadamente.

Llegó un momento, pasadas ya unas cuantas semanas, en que empecé a no preguntarles nada ni sentarme con ellos, sino que me limité a cerrar la puerta y oír si decían alguna cosa. Si me encontraba a uno en la cocina sólo me limitaba a señalarle el salón y él se dirigía hacia allí junto con el resto, porque es verdad que en ocasiones alguno había tenido la mala costumbre de dejar el frigorífico abierto, y yo tenía miedo de que los filetes se estropearan.
Todo marchaba sin alteraciones hasta que un día supuse una en el momento en que mamá y papá aparecieron en la casa para hacerme una visita.

El salón estaba cerrado y atestado de enfermos y le dije a mi madre que mejor no abriera la puerta. Ella me miró sonriente, como si yo ocultara algo, y no pude negar nada hasta que abrió y comprobé que, tanto ella como papá, estaban tranquilos. Papá me miró y me dijo que si no quería que nos enteráramos de que había organizado una fiesta. Yo no dije nada. Mamá me dijo que la presentase a mis amigos.
Los locos ni siquiera nos miraban. Estaban viendo, en la televisión, programas de actualidad.
Entonces entré y les dije que saludasen a mis papás. Dijeron hola y fueron amables. Mamá les dio un beso a cada uno y les preguntó si querían sugus, pero ellos rechazaron amablemente. Papá me dijo que le ayudase a entrar unos conejos que tenía en el coche. Me dijo que quizá habría para todos, para luego, a la noche. Le ayudé sin decir nada ni rechistar con ningún gesto.

Al entrar de nuevo, mamá ya conocía los nombres de todos los chicos. Me dijo que le parecía regular que me hubiese quedado callado y, así, medio a través de ella, fui conociendo a Pablo el tornillos, cara de jamón Josico, Carlos el cucarachas, Paquito el amistoso, Juan el petunias y más gente.
Fue una sorpresa que hubiera suficiente conejo para todos y cuando todo el mundo, llegado un momento e incluidos papá y mamá, se marchó, yo miré el reloj de pared y vi que eran más de la una. Llevé los platos a la pila y, mientras los lavaba, me noté contento, como si una extraña alegría me hubiese invadido. Cuando terminé, apagué todas las luces y me fui a tientas hacia la cama.
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15 comentarios:

Alberto M dijo...

jdr, entrada 200: yo tengo un problema.

Anónimo dijo...

Un abrazo desde barcelona, macho. Me gusta.

Anónimo dijo...

Un abrazo desde barcelona, macho. Me gusta.

Tesa dijo...

Yo viví una vez en una casa-sueño y se convirtió en una jaula de oro.

ca dijo...

Me ha gustado. Mucho. Es una reproducción de lo que estamos construyendo en el mundo, una imagen muy evocadora. Un fuerte abrazo

Anónimo dijo...

tienes doscientos problemas criatura. Está bien.

Bellaluna dijo...

Los mapas... cuando alguien necesita ayuda le damos un mapa y la llave de la puerta. Lo que no es tan usual es el conejo. Acaso un bocadillo.

Todo me sabe como a zinc en la boca.

Alberto M dijo...

Un abrazo a Barcelona... PD: ¿Pablo?

Pues invita, Tesa, que voy un día a verte, pero que sea en presente eh.

Hola Conrado. Me alegra que la veas así. Yo intento hacer eso, aunque luego los escritos salgan como ellos quieran. Un abrazo.

200, macho y no se me ocurren tantos santos. Bueno, en realidad ninguno. Mis muertos, con ellos sí tendría que hablar, pero cuesta tan caro...

Bloguera, lo normal sería que te cantase el feliz cumpleaños feliz en tu sitio, pero me apetece mucho desearte aquí el feliz titandos.
Un abrazo muy fuerte y felicidades.
PD: Zinc? Como me lo cuentes seguro que me dejas K.O. Pero no se me ocurriría no animarte.

Alberto M dijo...

titandos no, titantos Bellaluna, como la canción de tirititrando de frío. (Joé qué malditos días sin nubes)

campesina dijo...

Albertito, paso a dejarte un beso y acompañarte un ratito, aunque con tantas visitas de personajes amables querrás disfrutar de tu soledad escribiendo poesía...¿?

por aquí hace cada vez más calor y eso no me gusta nada nada, sobre todo si voy al centro que es más caluroso y ruidoso...uf

otro beso

Alberto M dijo...

esto a ratos es un no-parar, campe.
Ahora que tengo que escribir de verdad estoy pensando en otra cosa, leñe.
Un beso enorme para ti.

Bellaluna dijo...

Yo ya no celebro apenas nada. Sólo me interesa lo que sucede fuera de mí...

Gracias y beso (agradecido)

Alberto M dijo...

eso sucede fuera, Bellaluna

Bellaluna dijo...

Depende: por tu aspecto te debes saber bien los guiones de aquel programa lindo: dentro-fuera, arriba-abajo... je, je... Sorry!

Envejezco sólo por fuera. Lo de dentro es una reedición permanente de rebeldía, inconsciencia y falta de todo asomo de sensatez. Por fuera, por fuera, sí, Alberto. Es lo que describo en mi sitio.

Alberto M dijo...

Sorro.
Y sí, está muy bien descrito.