martes

Los señores del barrio


Desde hace un tiempo sensiblemente inferior a seis meses mi madre, así como padre, han optado por una estrategia que me alerta mucho. Se trata de hablar bien de mí a las personas como, por ejemplo, los nuevos vecinos, los asistentes de jardinería o la cajera del Eroski.

Casi siempre he pensado que asistir a los lugares dotado de la no existencia obligaba a mis capacidades -hoy seriamente medradas por los halagos y sin duda merecidos piropos que recibo cuando visito las aceras- a percatarse de los coches que se sucedían, por ejemplo, en la cabeza que tenía enfrente, así como a los lados de la mía propia, en donde siempre se encontraba, hasta hoy (otoño en que soy llamado majo por el dueño de la ferretería) una muchacha niña de cinco años y casi hijita con hollín en la cara y las manos abriendo un plátano sentada bajo un sauce.

No hace mucho a mi llegada a casa le dije de mi preocupación a mamá, que procuró desviar el tema diciéndome que pierdo mucho si bebo alcohol, que con eso nadie jamás se daría a compartir sus caramelos de menta con mi monito.
Finalmente hemos quedado en que tres cervezas está bien, pero midiendo y con amigos como, ha dicho, el maravilloso gordito del 10º A.

También mi padre usa una estrategia de escape ante mis interrogaciones.
Siempre que saco el tema, descaradamente me pregunta acerca de si es bonito o no el mar Cantábrico y luego gira la cabeza hacia otro sitio.

Finalmente nada evita que, al salir a la calle, las personas vengan a mí y me pregunten cómo llevo mis milagros e invenciones de genio. Hasta me he esforzado por aprender a tocar el piano para ofrecerme un día a dar un concierto en la junta capaz de no acabar con mi reputación o incluso desvelarla, lo cuál diría de la palabra que ofrecen tanto mi padre como mamá.
Mis intentos al piano, en cambio, no me han servido para enterarme salvo mínimamente de que, aunque en ocasiones alcanzo a saber dónde se encuentra cada nota, pierdo la ocasión de mezclarlas con la suficiente casualidad para que cada una quede en el sitio donde existe una persona dotada para el piano. Por ello, suelo cejar y, una vez salgo a la calle, pregunto a, por ejemplo, el panadero por cómo ha quedado la selección de jockey.

Hoy no he hecho apenas algo meritorio como bien pudieran ser dos tostadas con idéntico quemado. Me he sentado en el sofá decidido a esperar a mamá sosteniendo una misma posición. Llegará junto a mi padre de la fábrica dentro de veinte minutos o media hora y los dos me mirarán con esa incómoda pregunta que van a estornudar sin querer cualquier noche parecida.
Se trata de un recuerdo muy complejo de atender porque va de si finalmente seré yo el extraño que se ocupará de asentir leve ante una multitud de señores del barrio (que durante unos meses me comentan de su disponibilidad ante los achaques de mi virtud), cerrando los ojos y diciendo lo siento si es preciso y sus nombres.
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8 comentarios:

Tesa dijo...

He sonreído al leer el paréntesis del segundo párrafo y ante el idéntico quemado de un par de tostadas que se gasta tu protagonista ...que ya habría que ser hábil si Murphy, el puñetero de la Ley esa, nos lo permitiese.

Alberto M dijo...

el Murphy ese es gilipollas, Tesa. ¿Dónde vive? que vamos a por él y le rajamos.

campesina dijo...

¿Qué es el Eroski, Alberto? no es lo que más (me)importa, pero me da curiosidad.

Mis intentos al piano hace rato que no sirven, salvo a mi placer onanista y para oír una que otra mención de golondrinas.

Te leo y me quedo pegada descifrando algunas imágenes. Cuando no entiendo, me digo que tampoco importa, porque me gustan no más y de eso se trata no más, la vida.

besitos de por acá por el sur.

Alberto M dijo...

Hola campesina,
el Eroski es una cadena de supermercados de por España, en algunos sitios grandes y en otros pequeñitos. Al que yo voy es pequeñito (en Segovia hay uno que tiene salas de cine y bares), en el mío voy a comprar mantequilla, arroz, pizzas, jamón york, huevos, pan, sal, cocacola y cosas de esas. De donde yo voy las cajeras son muy majas y un día las voy a decir que tengo un blog y que entren o si quieren un helado.
Agradecido de que te gusten estas cosas y un beso más, así un poco norteño, pero muy caribeñote a pesar de todo.

(Me voy corriendo a que me nombren jardinero aprendiz dentro de... joe, me tengo que arreglar bien, leñe) beso!

Bellaluna dijo...

Me gusta mucho el dibujo. Las tostadas, imaginaba exacto la misma mancha de líneas ocuras, porque el olor a pan quemado es idéntico y desagradable. Y el mar cantábrico de tu padre, la evocación de la fábrica, los sacos subiendo al tren, o un cielo azul de chicharras, moscas y gazpacho. Fin de trayecto. Otoño y melancolía. Abrigarse.

Luna

Alberto M dijo...

te pillo. No había pensado en lo del ambiente. Me alegra haber hecho uno, que entiendo después de leer tu mensaje.
Este dibujo no es mío. Es de por aquí. Sí mola.
Un beso, Luna. Abrigator.

(qué coñazo escribir y hacer dibujos; yo quiero cantar) :P

Bellaluna dijo...

Te acompaño con piano. No hay problema. Creo que tengo aún un cajón lleno de notas y acordes de cuando mamá quiso que fuera una señorita que supiera poner el culo bien sobre la banqueta del piano. Bueno, y lo de las teclas también.

Alberto M dijo...

Tenemos que hacer el grupo, Luna. Yo ya me estoy fabricando la batería de cajas de detergentes y haciendo el agujero al plato del pollo. A ver si se animan también Tesa con la trompeta y Campesina con el bajo... Ya estoy viendo el cartel hecho con poliespán puesto en la plaza del pueblo.
Estoy pensando cómo nos vamos a llamar. :)