lunes

El preso nº 9

 Mi insignificancia es un juguete y yo no me he cansado nunca, hasta donde recuerdo, de jugar. Durante las últimas vacaciones no he armado ruido y ni siquiera he chillado una sola vez. Cuando he visto a los gochos sangrar he procurado coger el hilo de sangre de la misma manera en que lo hacía cuando tenía pocos años menos que ahora. Luego, debido a mi insignificancia, he llevado las manos a la cara y teñido con la sangre de los animales al tiempo que se retorcían en el suelo, pensando en ir al bar a que me mirase la camarera.

En mi insignificancia, cualquier cosa que se pueda recoger de una calle, sirve para recordar otras vacaciones. Sólo cuando me olvido de mi insignificancia un hombre aburrido me sustituye. Al ocurrir esto vuelvo de nuevo, debido a ser vacaciones, al bar, pero habiendo tardado más en vestirme y posiblemente incluso afeitado, me siento en una silla y espero a que la camarera venga, cosa que no hago jamás cuando la circunstancia de ir al bar la produce mi insignificancia.

Cuando la camarera viene y yo ando desprovisto de mi insignificancia jamás la tarareo un bolero sino, simplemente, advierto si me está identificando con cuando soy simplemente el insignificante de la pasada tarde o la anterior, espero que diga qué quiere o pregunte si lo de siempre y luego elijo según la cara que tenga ella.

Durante las vacaciones de este maravilloso verano, los días en que no tengo insignificancia, he llegado a contar veintiocho caras de camarera.
La conocí una tarde en que yo era insignificante y, por ello, me atiende sin rarezas, aunque no puede evitar las que yo la detecto al hablarme los días en que no soy insignificante. Son grandes como caras y, aunque procuro no compartirlas con ella para nada, nota algo y evita hablar conmigo, cosa que me obliga a pensar si la conozco de veras.

Años atrás, cuando el bar aún no tenía aire de máquina, no muy lejos de allí, destripé una rata muerta con una rama que me había afilado previamente con los paletos, la enseñé a unas niñas cocineras que se habían hecho una cabaña y se asustaron, pero noté que no se debía sino a que yo las había saludado con un chillido de mono antes de echar el trozo de rata a su mesita de guisos. Recuerdo que me regañaron y que tuve mala fama durante un largo periodo de dos días y medio.

Cuando me acuerdo de mi insignificancia, sólo entonces, de la vergüenza que pasé en una habitación con la luz apagada durante días parecidos a cuando di el chillido de mono, miro a la camarera y es una sola persona que espera que yo sea el mismo insignificante de siempre y, al mismo tiempo, un chico muy majo, majísimo incluso, que la protegería, con mimo, a la probabilidad de cualquier otra cara merodeando.
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15 comentarios:

Anónimo dijo...

Mi abuelo la cantaba como si hubiese sido el preso número diez. Qué viejos recuerdos deniñez.

Sólo para tus ojos.

http://www.youtube.com/watch?v=aBn-OMbkKfg

Abrazotes


E

Alberto M dijo...

enormes!
Gracias por el regalo

Tesa dijo...

¿Ahora has mutado en la insignificante criatura?

Besotes tras las rejas.

Alberto M dijo...

pues no se me había ocurrido, pero...
venga.
(Si son entre rejas tienen que ser en los labios los besos)
Beso!

Bellaluna dijo...

Conocer, amar, sublimar camareras no es insignificante. O a lo peor ya sí. Las personas nunca.

Ando con un lío de regreso que me roba el tiempo que me dió la ida.

Besos!

Luna

Alberto M dijo...

qué bueno que regresaste

ca dijo...

Muy buena crónica, lo raro aquí es convertirte en significante, así que seguro que estamos mejor así Alberto. Un abrazo grande.

Alberto M dijo...

Hola Conrado.
Estoy con la tesis de Bellaluna: Significantes son las cosas que ocurren a nuestro alrededor.
Brindo porque siempre estemos mejor así, tranquilos y mirando y sin esperar algo.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

Enhorabuena, joven Jedi, por su extraña claridad.
Abrazos,
m

campesina dijo...

me pregunto como Borges ¿cuál de los dos escribe este texto?, pa' mí que los dos se han puesto de acuerdo y se burlan como gemelos perversos de los incautos que amamos los boleros y otras insignificancias..

abrazo

Alberto M dijo...

alegría de verle de esta extraña manera, Han.

cuál será, campesina, cuál, pero yo amo la música eh -aunque a los boleros mucho más.- (Este chico, Borges, es que se preguntaba unas cosas más raras)


Abrazos.

Bellaluna dijo...

Hoy escuché un bolero en la radio -¿o sería un vals?- y me he acordado de tí.

Un beso.

Luna

Alberto M dijo...

A ver si logramos una teoría, Lunamericana:
intento01: Vals es un jardín con mayordomo que tiene tijeras enanas en la mano. Bolero es un tuso con barro que tiene una rama de algo en la boca...
Los dos recuerdan, de pronto, una cornisa...

¿voy bien?

(un beso!)

gema segura dijo...

:) quiero más esribe esribe, no pares!

Alberto M dijo...

mira que los de Valseca cuando nos ponemos somos de cuidado eh, Gema... que me pongo en un santiamén y hago dieciséis!
Besop