sábado

Las notas encontradas



He encontrado unas notas.

Durante mi estancia en uno de los frenopáticos una señora que no me acuerdo ahora cómo se llama me ayudaba a reconocerme en el lugar de los inventos revolucionarios, entonces desconocidos para mí y el mundo, que me hacían tomar. Por reconocerse entendí palparse y saber, en ese momento, que estás. Los espejos, en cambio, podían decir cualquier cosa que a uno le diese la gana.
La señora tenía el pelo rubio y rizado y muy probablemente por eso, pensé entonces, me decía que la escribiera poesías. Ella no me atraía ni nada. Sólo era un despertador mujer. Quiero decir, yo era feliz.
Con el tiempo se me ha borrado la calcamonía del dorso de la mano porque, si no, volvería a ir a otro sitio de curar el cerebro. En los lugares psiquiátricos estoy con gente igual a mí y, cuando me palpo, recuerdo que soy un niño y, como pienso en jugar, los columpios son gente amable.

Un día, la señora con el pelo rizado me llamó al teléfono diciendo cosas que yo la había escrito cuando me ayudaba a reconocerme y pensé que era de un concurso o algo para reírse de mí. Luego, cuando no recitó, por fin, me dijo que era ella. A mí me pareció que había hecho una insensatez y se lo dije a pesar de que estaba nervioso. Dijo que eran mis escritos y, aunque en ese momento, yo no los entendía, luego recordé que una maestra que había en el sitio, un día, me dijo, no sólo a mí sino también al resto de asistentes evidentemente enfermos, que escribiera sobre lo que era el amor. Así que, recordé, yo, debido a todo ello, escribí sobre todo lo contrario, pero más de los muertos y la muerte. Nada importante, tonterías para reírme, pero es por eso que mi amiga del pelo rubio rizado me bautizó como poeta y, era cierto que eso, en ella, era reconocerme en alguien. Pero no sólo ella. Aquellas personas se confundieron penosamente, y también la maestra. Si dije alguna vez que el amor era un sobre donde descansar y cada perfil de muchacha un lazo dibujado por el regalo de dentro era, en serio, para reírme, porque yo, en aquel entonces, me curaba mejor con la risa. Podía oír a mis órganos dormirse y, cuando no se enteraban, les veía lo que estaban soñando.
Luego comprendí el error de que todo era causado por la invalidez de la que me dotaban las drogas neurolépticas. Porque yo quería imaginarlos, en realidad -a los órganos-, y me costaba mucho esfuerzo asimilar que era incapaz y que ese enredo, al serme doloroso, hacía de la mujer rubia con rizos una persona también para mí, Vicentín el poeta.
No sé qué error construyó a la mujer del otro lado del hilo telefónico que decía los versos horribles sobre muerte que, en teoría, yo había escrito para ella, según dijo. Eso no lo quiero saber y me da igual. Yo, la verdad, creo que debo ser crítico literario.
Ella dijo que la ayudaba a vivir. Yo la di las gracias y dije adiós y otra vez gracias y no la volví a ver en la vida. A ella, pobre.

(Por eso me río, sin duda, cuando leo libros como Literatura y vida, de las escuelas de arte donde a veces he visto, soñando como los órganos, a las personas. Me río de España, por eso, y de la chica a la que llamé intentando explicarme cuando no estaba. Y me río de los pacientes que están llorando y los locos que no entienden nada, y más de las locas, que están enfrente, en el metro, agarrando una mochila con papeles o lo que sea eso tan importante para ellas como para representar mi risa en unas notas que acabo de encontrar y que no me dicen nada nuevo de mí ni de Perejil ni de Andorra ni de Mongolia ni de Valseca.)
Debajo de las notas he puesto que mi risa es un cementerio donde la hierba ha crecido más de un día para otro. Y lo he puesto como si tuviera arreglo y como quien busca en una moneda encontrada el permiso para irse.
Pero vuelves. Como si tuviera arreglo.
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