domingo

Los jueves


Yo una vez conocí a un artista. Ambos éramos niños tan pequeñitos que cabíamos en una fotocopiadora y, si alguien quería usarla cerrada, podía hacerlo sin notar que estábamos allí dentro, riéndonos con una mano cada uno apretando él mi boca y yo la suya, fuerte, pero sin hacernos daño.
Lo pasábamos muy bien juntos y, cuando no estábamos en la fotocopiadora riendo, él, al ser artista, venía a mi casa y me hacía un retrato con unas ceras que me había regalado mamá.
Mientras me dibujaba, una de las tardes, me preguntó qué artista me gustaba más, si Picasso o Goya. Yo lo estaba pensando cuando mamá apareció con dos bocadillos de foie gras y una botella grande de fanta de naranja.
Me extrañó que nos sirviese los bocadillos en platos separados.

Después de merendar, siguió pintándome y no me acordé de responderle la pregunta de qué artista me molaba más.
Cuando terminó de pintarme me dijo que hoy no le había salido bien el retrato, aunque mañana me haría otro, si yo quería, al salir del colegio o, que si nos apetecía, a lo mejor, podríamos ir a la fotocopiadora y, en fin, que quedábamos. Dio un beso a mamá y ella le dijo que aún no sabía dónde vivía, él se lo dijo y ella le avisó que tuviera cuidado al cruzar ya que en la calle principal los coches pasaban muy rápido, que si quería que le acompañase. Él dijo que no hacía falta, muchas gracias, dijo y también por la merienda. Mamá le dijo que fuera por el semáforo, y se fue a su casa.
Qué bien pinta tu amigo, me dijo mamá. Y qué valiente es.

Dijo que estaba nerviosa porque no sabría cómo reaccionaría hoy papá. Yo ya no me acordaba del día que era. Papá vivía en el trastero y, al ser jueves, vendría de visita para pasar la noche con nosotros y protegernos de los monstruos de los jueves. ¿Cómo podía habérseme olvidado que era jueves? Le dije a mamá que me alegraba de que viniese papá, que con él a nuestro lado podríamos, incluso, vencerlos a todos. Qué más daba si eran invisibles y medían hasta el techo. Con la fuerza de papá podríamos y, si apagamos la luz, entonces eso también nos convertiría en invisibles para ellos. Yo siempre le decía a mamá lo mismo, cada jueves, y ella sonreía.
Estuvimos un rato sentados en el salón. Mientras yo hacía los deberes, mamá hablaba por teléfono con las editoriales. Cuando colgaba, le enseñaba las multiplicaciones. Me decía que muy bien, y luego llamaba otra vez a las editoriales. Editoriales había muchas y mamá tenía que estar pendiente todo el rato porque eran sitios del trabajo y, además, se encargaban de los cuentos de los niños. Así era hasta que dieron las ocho de la tarde. Entonces mamá descolgó el teléfono y me dijo que bajaría al trastero a por papá. Bien, la dije y también que ya había acabado los deberes. Me sonrió y cerró la puerta.

Cinco minutos más tarde dieron tres golpes a la puerta, que era nuestra contraseña, y, además, oí la voz de mamá, que me decía que abriera, que ya estaban aquí. Abrí.
Papá estaba muy cambiado. Cada jueves tenía un cuerpo y una cara diferente. En este llevaba bigote, tenía mucha calva y estaba más bajito que en el anterior. Me dio un abrazo y dijo que yo era su chico grande y lo dijo con voz de pitido. Hola, le dije, papá ¿Qué tal en el trastero?
Me dijo que no paraba de trabajar, que mamá le acababa de decir que yo tenía un amigo artista con el que iba mucho últimamente, que si era del colegio. Dije que sí. Mamá añadió que habíamos merendado juntos unos bocadillos de foie gras.
Papá me preguntó si seguía comiendo tan bien. Si, hoy, por ejemplo, me había comido toda la merienda. Dije que sí. Mamá añadió que había quitado la bandeja y no quedaba nada de cómo nos habíamos comido todo mi amigo y yo.
Pues claro, dije, nosotros siempre lo comemos todo y también en el colegio y siempre cambiamos para ver qué está más rico, aunque a los dos nos gusta más el foie gras que las patatas del colegio, y la fanta naranja también mazo, aunque mejor la pepsicola si no era muy por la noche, pero en el colegio siempre dan agua sucia.
¿Os habéis intercambiado los bocadillos de la merienda? Dijo entonces mamá con voz preocupada. Ella, en su inocencia, aún no sabía que, en nuestro juego, mi amigo y yo éramos unos hermanos mellizos.

Se quedaron en silencio y se sentaron en el sillón. Me estuvieron observando como cuando hacía mucho tiempo jugábamos a que no me conocían, pero noté que, por otra parte, también podían estar pendientes de los monstruos. Todavía faltaba para que fueran las diez y los malvados nunca venían antes de esa hora, eso era cierto. Les pregunté, de todas maneras si, a lo mejor, habían oído un ruido. Si era posible que hoy se hubieran adelantado.
Papá dijo ¿No tendrás el teléfono de ese amiguito tuyo que dibuja tan bien?
Mamá añadió: Vive al lado del parque.
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5 comentarios:

Tusosias dijo...

Dasme mieu imaginando lo que pasará después.

Ojalá papá no quiera merendarse al artista. Parece un buen chaval y el patrimonio de la humanidad tiene que ser respetado siempre, que últimamente tus personajes asesinan con sólo pestañear.

No sé si prefería los tiempos en que no te entendía. Ahora que te entiendo un poco, me duele la quisicosa.

Tesa dijo...

El trastero no es sitio para un padre
...en todo caso, para una suegra

Bellaluna dijo...

Qué nostalgia de gastronomía de elite: bocadillo de foiegras y fanta de naranja. Eso era infancia. Y pepsicola a gollete. El temor a los monstruos: no saco la mano de debajo de las sábanas, dejo siempre una luz encendida, cuidado al cruzar: voy al semáforo, no hables con desconocidos: pueden pasar cosas malas... ¿Un poco morbosa la convivencia en la fotocopiadora?

ca dijo...

En mi caso siempre ha habido fantasmas en el tejado de mi casa, y efectivamente, nunca vienen antes de las 22h. Saludos.

Alberto M dijo...

Acabo de retocar, señores. Que tenía un lío en la cabeza con este.

Tusosias: al miedo, sentarse a gusto, ya sabes.
(Es que aprovecho para una movida que quiero hacer, macha, y necesito que sean de asesinar). Un beso

¿No necesariamente descuartizadas, no Tesa? Saludete, que no te veo veo.

Esas cosas de antes, irrecuperables y maravillosas, Bellaluna, de las que tan a menudo contamos, y suelo estar muy contigo en eso. Yo, en lo personal y, luego, el crecer, me arrepiento mucho de cosas que antes no hubiera pensado como no haber ido a Melilla a hacer la mili igual que mi padre.
Los corralones, por ejemplo, ya eso es nada sobre más nada. Ni gallos ni chicos fumando o con chicas, nada. Nosotros compartimos, creo, generación o así, Bella. Claro que era élite lo del bocadillo y la fanta!

Conviene abrirles antes, yo creo, Conrado, a los fantasmas, que esta semana está haciendo bastante fresco. Un saludo