miércoles

Domingo de Marzo


Sale una broma de sol, pero no es el sol. El sol está en otro momento, comiendo, con sus rayos, lagartijas.
Lagartijas veo, si abro la puerta de la calle, correr por enredaderas que nunca se terminan, o cuando no puedo dormir y me levanto y leo un poema de Eugenio Montale y no tengo la prisa del recreo ni el extremo oficio de la araña.
La araña hace cementerios perfectos en un sótano donde nunca bajo porque odio la escalera.
La escalera es un abanico que se baja para llegar al sitio donde hace el aire.
Allí hay un sótano que tiene una luz en el techo y se enciende sólo cuando un niño dice bien la contraseña.

Hay una araña en el sótano a la que Sergio pronuncia “ariadna” y vive en la galaxia que fabrica, poco a poco, con las huellas de su máquina.
Cuando fabrica, la araña, el sol está comiendo lagartijas en las inexplicables hierbas que brotan, al decir una palabra, bajo la alfombra.

Cuando por fin sale el sol en casa, Sergio y yo, nos metemos debajo de la alfombra para que no nos vea y, mientras nos abrigamos para ser ocultos, somos dos lagartijas que nunca se terminan ni empiezan, que saldrán en la noche camino del alimento.
Cuando empezaron las nubes, las pelotillas de una alfombra eran lentejuelas de un vestido usado en una fiesta y, cada persona del lugar, nos esperaba envuelta en una fina sábana que no tenía.
Susurraban esos falsos fantasmas a mi oído, en aquel entonces, en español, los versos de Eugenio Montale que dicen

He bajado un millón de escalas dándote el brazo
no porque cuatro ojos ven más que dos.

Las descendí contigo sabiendo que para nosotros
las únicas pupilas verdaderas, si bien desenfocadas,
eran las tuyas

Lo que yo intento explicarle a mi niño es que la araña que vive en el sótano, que ella y el sol, son un perfil y el otro de la cara del dueño de la casa.
Calla, me dice Sergio, no vaya a oírnos.

Cuando está cerca, su paso se reconoce en el sonido de unas llaves que no abren más que los libros de una difunta biblioteca.
Las llaves, cuando están en su sitio, relucen como una chapa negra, y la araña está tranquila haciendo nuestra ropa.
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7 comentarios:

hombredebarro dijo...

Todo tiene esa tranquilidad inquietante del sol en el jardín, de la araña en el sótano, de las llaves relucientes y el niño bajo la alfombra.

hombredebarro dijo...

Todo tiene esa tranquilidad inquietante del sol en el jardín, de la araña en el sótano, de las llaves relucientes y el niño bajo la alfombra.

Alberto M dijo...

ESo quisiera, HdB -lo de la tranquilidad-, así que seguro lo da el texto o, al igual, lo busca. Llevo mucho en casa, en pijama -no es que esté...- y me he prohibido gastar -salir-, y, sin querer, me voy volviendo un poco Napoleón. Escribir suele echar una mano, pero no siempre. Qué putada.
Un curro serio sería mejor, creo, y pasta.


Mañana leo, o así está previsto, alguna movida aquí: http://fastgallery.blogspot.com/
por si os pilla a alguien por esos huertos, pero cosas de acá y lo menos serio posible (aunque las obras y todo lo de la programación es muy recomendable). Bueno, espero ir, que no sé si podré, por locura.

Un abrazo a todos los de la blog y, si alguno fuese, que me diga Eh.

Auxi González dijo...

Me ha encantado este texto. Tiene magia. Exquisito, Alberto.

Auxi González dijo...

Por cierto, me encanta el cambio de look ;)

Alberto M dijo...

Muchas gracias, Auxi.
Te le dedico entonces.

Un beso.

Auxi González dijo...

XD Gracias, cielo. Yo te dedico un un besote gigante, por to' eso. MUAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAK!!