miércoles

Towin Tola, el nacimiento de la noticia


El diplomado en periodismo Alejo Merino tiene contrato con una entidad protegida cuya dirección es para él un misterio. Su oficio consiste en inventar diálogos. Beneficios pagados por 1442 caracteres con espacios publicados (Arial, tamaño 10, sin márgenes) retribuidos a principio de dos kilos de carne de vaca refutados bajo sello de garantía por empresas alimenticias con sedes en países del Este. Su único contacto con el lugar es una base de datos con cerca de 1700 empleados registrados, a la que accede poniendo el número de transaminasas de su último chequeo médico. Desde 2002, el diplomado en periodismo Alejo Merino, manda todas las semanas al menos cinco diferentes versiones de un mismo diálogo cuyos protagonistas siempre son L´amator Base y Towin Tola, bajo título pactado y únicamente modificable en su fecha: “Towin Tola (Una entrevista de L´amator Base) (././....)”. Cuando los resultados se dan oportunos, Alejo Merino recibe un correo electrónico con cuenta wanadoo, extinguido de inmediato a efecto del envío. En dicho correo figura una clave de diez dígitos (pongamos: UC15dfe21Z), más la dirección que avalará el cobro, variable según la hora. Una vez enviada la clave al destino elegido, en fecha no superior a nueve días, Alejo Merino recibe en su domicilio los kilos de carne de vaca correspondientes a su trabajo publicado en cualquier semanal de cualquier rincón del mundo.

martes

Uno, dos o tres cosos importantes, o cuatro (autor: dominico de casi noviembre XIV)



Hay tres cosas que me interesan en la vida, follar es una. La segunda sería, oye, ahora no caigo. Entramos en un bar. Allí hay -nosotros tenemos una edad- nueve niñatos, doce putas, una pedorra y los cinco que acabamos de entrar, que somos, claro, los protas: Rubén, César, Guille, Pablo y yo. ¿A que se parece mucho a una película o serie española?
Esto fue el jueves pasado pero he pensado que hoy no podía dormir y que tenía que escribir una historia. Me ha venido follar a la cabeza lo primero y no he caído en lo segundo, así que he determinado que he encendido el ordenata para algo y he apostado por contar historias. También para segunda se me había ocurrido: comer, beber, hacer el idiota (¿Esto no dista mucho de contar historias, no?), amor (sí, esto no dista demasiado de la anterior opción) y... no, esto siguiente es muy guarro, esto no lo puedo decir, lo siento. El hermano de Rappel ha dicho en la tele que los de mi signo tendremos un año espectacular en cuanto a nuestras empresas y emociones, así que me he alegrado por el hermano de Rappel, que es de mi signo. Luego he pensado en mis empresas y emociones. No había ningún mensaje en ese buzón, así que he pensado en contar una historia. Y bien. He empezado por la del jueves noche porque he visto que el otro día conté la del jueves tarde y el madrugada viernes, cuando la radio, al fin, informa de que ha muerto Cataplasma que, en esta historia, se llama Cataclista, la pedorra del bar del principio, -cómo lo saben, si es que son ustedes unos hachas-. Pero no voy a seguir contando la historia sino que voy a hablar de follar, que es más interesante. Se entra en un bar, la pedorra se distingue entre las putas sólo en que quiere aparentar ser otra cosa. Espera... me he confundido al principio, es al revés, en el bar en el que entramos los protas hay doce pedorras y una puta. A mí me va la puta, qué quieren que les diga. Lo siento si les he decepcionado. A la mayoría de niñatos como yo les van más las estrellas del cine o las Dufy Winehouses, a mí me van tías que están completamente alejadas de ser algo así, preferiblemente que pasen los treinta y bastante, que no duden en subirse a los tejados de los rascacielos por entre los andamios aunque caiga la de hace un rato para mover la antena en condiciones y que se pueda ver bien el fútbol de una vez, que han sacado al Kun después de siete partidos debido, claro, al “cansancio acumulado y riesgo de lesión”. Coño, yo sí que tengo riesgo de lesión y no me hace falta para ello más que sentarme en la silla donde el ordenador, al escribí. ¿Qué te parecen juntas las palabras “amor al arte”? Yo tuve una moza así ¿A que dan ganas de comerse el vómito con el que, sin duda, acaban de regar el teclado? No, no era Cataclista, esta se llamaba... espera, que estoy intentando recordar... estaaaa... Espera, que tengo que mirar en su página web, ya lo tengo. No, no lo voy a decir, que ya me han entrado ganas de otra cosa. La verdad es que me gustaría montar en bicicleta. Mis mejores momentos han sido montando en bicicleta, subiendo las cimas camino hacía el río Dyc como un torete de gatorade cuando no existía el gatorade y nos lo hacíamos -el gatorade- deshaciendo un flash de limón en agua fresca. Qué tiempos aquellos eh, luego no me acuerdo y luego no sé qué no sé cuántos and people call me traitor to my face. Mi éxito son los cero votos en mejor blog personal 20minutos -elegí expatriado, pero no se lo creyeron y me llevaron al gallinejero- yo que, ahora que lo pienso, lo que quiero para la vida es un premio para que mi pobre madre sonría de su hijo antes de que le dé una irreparable embolia.

El caso es que entro al bar con los colegas. Uno tiene un problema que no difiere del de el otro en que es, precisamente, el otro. Otro soy yo y tengo el problema de que no me distingo de ningún otro. Digo que es que estoy pedo. Un niñato se me acerca para ver qué problema hay. Qué es problema. Si lo supiera, sería uno y acabo de decir que lo soy sin serlo. Claro que lo sería, no por gusto, por cambiar. Mi colega A le dice a B, no, espera, que habíamos dicho que éramos Rubén, César, Guille, Pablo y yo. Bueno. Cataclista se acerca, me dice: Hola. Le digo: Hola. Coincidimos en que la amabilidad es importante. Le digo: La amabilidad es importante. Me dice: Eso es muy profundo, deberías escribirlo. Digo: mañana. Mañana resulta que escribo la entrada anterior que, al igual que esto, no tiene nada que ver con nada. Oye, he dicho que ella ha venido a mí. No es así, yo he ido a ella. La he dicho: Hola, y ella me ha dicho: How are you? Y creo haber dicho que son las cuatro de un lunes normal para martes, y que ha llovido hace un rato, pero que la lluvia que es lluvia está por venir.

Autor: dominico_de_casi_noviembre_XIV que pregunta: ¿Para ti, qué es lo importante?

sábado

gymkhana



"La belleza de una sombra en la pared basta para justificar la existencia"
(de "Parpadeos", E. T.)

Como si haber atontado a un mosquito lo suficiente como para extirparle las alas, las piernas y después quemarlo mientras observa el leve intento que hace ese animal roto por darse la vuelta, respondiera a aquel primer impulso del manotazo al aire, su existencia consiste en devolver la mirada a una penumbra conocida. Enloquecer de nuevo como si esto fuera posible. Primero coge un autobús. Luego del metro sale a la calle, sonámbulo, inseguro de que guarda acaso 55 € para inventar toda una tarde-noche.
A pocos metros, junto a una de las alcantarillas que hay en la plazuela ve una nota dirigida a él en la que pone: Cataplasma quiere verte. Te ama, Cataplasma.


En Hotel Kafka se presenta Libro de las ciencias, muy bien editado por 451, prologado y hecho por Eduardo Vilas. Para la ilustración de El terremoto de Chile de Kleist eligió la pintura “Dresde en ruinas” de Bernardo Belloto. Es un edificio carne y muerto, cuando no un excremento que allí ha caído o una nave espacial en el momento de, al fin, levantarse por los aires, el alzado de una paletilla puesta en la simetría de un resto que indica una ciudad bien, esto es, donde cada cual vive, no obstante, en sus cosas, buscando papeles en las plazuelas que les digan a cada uno, en el peor de los casos, quiénes son, quiénes han sido o si seguirán siendo.


Avanzo un poco más. No paro en la librería de santa Bárbara. La señora que atiende siempre mira alerta. Lo entiendo y he participado de esa profesión, pero no me va. Me dirijo antes bien a Antonio Machado, que es estupenda y donde puedo rajar y allá hago un poco de tarde. Juan me recomienda la lectura de Mario Levrero y me la llevo antes de abrir hacia ella, hoy, los ojos. Esta mañana empiezo París. De aproximadamente la mitad de su paginado he extraído una nota en medio folio en la que pone "Es ya tarde. Fdo: C".


Veo niñas remotas, ancianas de antes con bolsas. Unas bolsas no dejan ver a las demás, se hacen sobre otras como una pintura y, en esto, no comprendo solución que no me haga ver la ciudad donde, más o menos, paseo. Reconstruir un barrio, un pueblo, dejar que sus bolsas me digan, como a Ellas, qué identidad son. Esto que, como el cristal de espejo, sólo tiene valor si en él se intuye un filo lo suficientemente puntiagudo, es lo que recojo cuando voy sentado en un vagón de metro.


En la vuelta hacia Hotel Kafka, recojo una colilla para prenderla y puedo leer en su largo -medio largo de un normal- escrito a rotu: Ella no.
Fumo. Vuelvo sobre los pasos que no sé de quién son, caigo en ellos y sólo quiero no tropezarlos.


Me siento donde está Eduardo. Procuro felicitarle sobre la edición. Me ofrece un whisky si junto unos hielos. Voy a clase de Eloy. Pido otro whisky y le permito que hable y que me hable -al whisky, claro, a Eloy o Eduardo, al ser maestros, no se les debe permitir jamás nada-.
Repito, pues, con Eloy Tizón. Maestro de la prosa y de contar, es un alumno más en su huellado. Y yo dejo al whisky hablar, pero todo, hasta el whisky, está, más o menos, en su sitio. Todos hablamos, el whisky desaparece, Eloy nos dice. Yo me excuso sobre mi vuelta, digo que no me cogieron en una clase de dibujo y que dónde voy a estar mejor. Me callo un rato. Si no generosidad, intento cuerpo en mi impertinencia. Honestidad en mi pocilga. No sé por qué, lo procuro. Por extrema (¿a qué me suena esto?) debilidad. O porque mi puerco necesita más bellota. Ni p.

Al salir veo una pancarta en la que pone la palabra pancarta y sé que han presentado el Libro de ciencias. Pido otro whisky, voy a clase. Termino. Celebramos -No porque termine la clase con Eloy sino porque afuera la tienen bien montada-. Me uno a ello en mis amigos.
Son las seis y como chorizo con César en la cocina. La casa duerme. Los libros de las estanterías no hacen falta. César ha de irse. Yo abro mi maletilla y veo quién soy, pero primero quito las bolsas despacio y los papeles, la vacío y meneo en el ventanal para que se vaya el polvo. Comprendo que deberé dedicarme un día a lavarla en condiciones, pero no tengo ninguna prisa y tampoco para dormir. Enciendo la radio. Todas las cadenas informan de que Cataplasma ha muerto, mientras dormía, de causa aún desconocida.

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lunes

Las espigas y la luna, el mundo


"Me voy,
me voy a mis tablas. Lluvia
y más lluvia seca
sin parar" (Gonzalo Rojas)


Mamá me dice que estoy muy nervioso, que tome la medicación.

Afuera de esa medicación, de la vegetalidad que crea su mundo, soy otro mundo en un lugar cuyos signos, haciendo despiste en mi voluntad, asimismo controlada por un centro que emite los sonidos de una sala recreativa, permiten que mi control se revuelva sobre sí y pierda, como los grandes mecenas de la antigua Roma, el cálculo de sus ofrendas. Amén de esto soy una persona literaria que, influido por mis maestros -gente disparatada- intento inventar el mundo en mis ratos de ocio. (El único encargo recibido ha sido el de renunciar a una novela -cosa que he hecho- y hacer un libro de relatos personales entrecomillado -cosa que he hecho-, el resultado fue una broma sobre la broma que era mi editor en sí). Hube de comprender a tales guisos entre paréntesis que a más broma, mejores carcajadas, y fui resultado de ellas en un lector que me va haciendo, poco a poco, desde el interior de su pesebre. Un lector mezquino, pues evita reírse por lo bajo y, en otro orden de cosas, no cabe en su carcajada y sale expulsado de ella en cuanto se presenta ocasión, dejando el libro que entre las manos maneja, lleno de un idioma inaprensible hasta para un esquizofrénico normal y no uno como yo, que tanto yo encuentra entre el aguacero, inocente de que las gotas de estos días poco son más que agua sobre agua, barro y paraguas en el camino hacia el autobús.
Pero tengo mi blog, como tantos y también los días de lluvia. Salvo alguna acotación pactada no he vuelto a saber sobre escribir otra cosa, al haberle cogido un tacto que no sé no querer, a la criatura que, debajo de la piel, es el abalorio impar de un ago(s)tado.
Un señorín sale a la calle con un paraguas y le da el aire de cara, al que responde soplando para guardarse y, en su encogimiento, llega a la parada. A partir de ahí no existe la belleza de las cosas.

Bien:
Un tipo coge el autobús. No, mejor un tipo no. Hoy voy a ser tipa y me voy a llamar Cataplana. Cataplana coge el autobús y le dice al conductor que cuánto. Tiende 2´80 en el recibidor y coge ventana. Abre el libro "La vibración del hielo" de Jordi Doce y lo cierra al acabarlo (de su principio coge la cita que figura al inicio de este escrito).
Miro la ventana, sé que es precario pensar que todo ha finalizado, hasta la guerra, siendo la persona un ente bien diferenciable en la conjetura asimilada de ver en cada lado un término de lo que sea. -sonrío porque me acuerdo de que me encanta guisar papas-.


Mamá me pide que despierte. Sabe el idioma de cuando antes y evita el blog de la criatura desde que encontró a un ciego masturbándose en su horca mientras se carcajeaba de cuanto mundo presenciara su manera.


El paisaje que viene es el de la media luna temblando en un mar que en su gran ancho parece espigas en la noche, movidas por el esfuerzo de esa media luna que tirita en medio de un panorama que imaginé dans littéraire a bordo de un autobús de los escasos en domingo.
Se ve vadear con el esfuerzo, como cualquier barco en el océano que acaba siendo el campo, virrey de caricias en el trono de la sola espiga.

Cataplana me pregunta qué es lo literario, pero no sé lo que es.
Cataplana idea que lo literario es el amor y estoy de acuerdo, aunque el amor son unas pulgas que salen a la existencia desde ese vulgar chocho de previeja que tiene Cataplana, y que piden ser esnifadas una a una con la condición de abandonar el lloriqueo y el quejoso como descreído maldecido de su origen.


Mamá me regaña porque doy muy fuerte a las teclas y procuro, para no molestarle, hacerlo más bajito, aunque ello traiga en consecuencia que el frío de la casa opere.

Procuro hacer alegría, tras teclear; entonces mamá comprueba que, en la nevera, cada cerveza está en su sitio y vuelve a mirarme y decirme que me tome la medicación.
Tenía unos textos eruditos pensados -lo cual niega lo de tener los textos, claro-, casi listos, pero caí en que no era erudito y que manejo los datos de la historia muy torpemente, lo cuál puede hacer tropezar una erudición con la que tampoco, como con Cataplana, quiero pasear. Porque yo lo que quiero es escribir mi blog como me dé la gana, decirle que es bonito, guapo y valiente mientras acaricio su fotografía del monstruo de las galletas e inscribirlo en los premios 20minutos, donde miro, es como yo de pequeño, una boñiga situada ante un frente incomprensible, lo que por otra parte está bien, para que aprenda.


Procuro llamar la atención de mamá sobre esto, pero me vence el indudable ingenio y saber hacer de intereconomía que, infundido en su seriedad, hace menor a la vida. Y a mi vida, de nuevo, vuelve el nombre medicación y el verbo tomar.

Y qué coño, yo tampoco soy muy esquizofrénico. Un poquito sólo. Lo justito para presumir, como hacen los dedos de algunos cuando me abro paso por la calle de este pueblo, que es una mala imitación de Valseca.
Y tampoco tiene río.


viernes

Les feuilles mortes (Joe Mezquino´s cover)


Me ducho. Como. Cojo el autobús. En el trayecto pienso en alguna chica que no conozco porque no conocerla es el modo en que me activo, en que empiezo el día a las dos catorce. No miro por la ventana. La música que suena por el mp3 es la que ha sonado siempre y, de este modo, es como si no sonara jamás. Las pilas, no obstante, se gastan con la misma rapidez. Es una buena imagen del día y es una buena imagen de mi realidad.


Viene la nueva de La oreja de Van Gogh a sentarse a mi lado, lo típico, me enseña su lencería. Opino que se trata de buena seda. Una seda estupenda –le digo-. Ella dice que es pintura, igual que el traje. Le cuento, para romper el hielo, que Catalina, la mujer que amé, va a bares, tugurios donde unos mendas se juegan partidas de futbolín a quinientos euros, nerviosos, en flor, bebiendo en exceso como excusa para otra rayuela, allí mismo, el futuro y presente de España, sí -digo- en cualquier sitio. Añado que es porque se lo pongo a huevo y por eso prefiere que la pete el culo cualquier animal de esos. Es fácil, sólo tiene que abrirse tipo Instinto básico modalidad subnormal, enseñando un felpudo que es el paraíso de un gato perezoso. Claro -continúo- echa en falta la posibilidad de que la revienten la nariz con unas pocas embestidas a la mitad de la cara. Que la hagan esas cosas de las pelis. Dejarle la sustancia en la garganta y llevar allí las manos hasta procurar ahogarla, pero sólo durante un ratito, lo justo para un par de lágrimas, mientras la escupen y ella sabe su resistencia, -no me mire así, yo tampoco me lo explico- procura ver su fuerza en ello y, luego, esta consistirá en contármelo. Son cosas que me contaba para revivirlas a través de mí, como Gómez de la Serna al maniquí, para que, de una vez, como el citado maniquí, fueran ciertas. Y que, supongo, cuando vivía, eso le hacía sentirse inmersa en algo así como este largo viaje de autobús. No es que ahora no viva, me explico. Es otra extraña más. No es ni mi novia, ni mi ex, ni mi hermana, ni mi amiga, ni mamá. Es cualquier otra cosa, es decir, sí, lo has adivinado, te has ganado un sugus. Le digo, tampoco es cosa de extenderse. Al menos, más.


Todavía el autobús no ha alcanzado la mitad del viaje. Le digo a la de la Oreja de Van Gogh que me encanta conocerla, ya que soy fan de su grupo, que le faltan unos grumos de pintura en el hombro, que si necesita un gotelé me ocupo y que, por lo demás, parece la primera mujer del universo. Me pregunta que con quién la confundo. Le pregunto si no es la del grupo, nueva, de la oreja de Van Gogh. Dice que no. Que ella tiene hijos, como todo el mundo. Digo que, le ruego, me disculpe.


La carretera es la misma que todos los días y, aunque fuera otra carretera, sería la misma carretera. No hay una carretera que sea otra. El autobús para y entra Ángela Chaning. Se sienta enfrente de nosotros. Pregunto si puedo mirar y me dicen que puedo hacer lo que quiera mientras sus pinturas empiezan y acaban desapareciendo. Se lo montan una y otra vez y yo les digo las posturas que tienen que adoptar y las caras que tienen que poner. Les digo que me pone que hagan una versión de Esperanza Aguirre de lo que acaban de hacer. Pero se rajan. Y se ríen de nervio porque a ellas también les pone ser Esperanza Aguirre lamiendo a Esperanza Aguirre. Mi extraña, mientras, aparece bailando sin sentido, como siempre hizo, en la siguiente parada. Pide que la regañe un poco y luego se junta con sus amigos, más tontos que ella, con el único fin que persigue antes de comer lo que sea, que la miren como un objeto valioso, que la adoren. Se pone atrás para parecer mala. Me dan ganas de vomitar y es porque comí temprano.

Llego a la parada y todas las chicas se desvanecen. Sus pinturas eran iguales a las del autobús. No había más truco. Bajo y me dirijo al bar de Santiago, donde Pablo y Eduardo me dicen lo malos que son mis escritos y lo bueno que es cualquier otra cosa, en coña, en serio, en el bar, son basura, sí, mi basurita. Si no fuera por ella y por ellos...
Mis escritos es lo único que me interesa de la vida. Después de ellos, me puedo ir a cualquier otro puto barrio o a cualquier otra puta isla.
En condiciones estables esto me iría al pairo.

Todo el mundo habla de negocios menos yo. Un día me voy a comprar un maletín con nada dentro. Y también un traje. Iré de puerta en puerta diciendo que quiero negociar nada. No todo el mundo la tiene y yo, en cambio, tengo mucha. No es excesivamente cara. En fin. No abran si no quieren pero tampoco me confundan con uno de esos depravados testigos de Jehová.
Voy al hotel y compruebo que mi manuscrito está en el mismo bajo del mueble en que lo dejé hace una semana y un día. Escribir es una ordinariez. No hay quien no lo sepa.
La sustancia de un escarabajo al ser pisoteado, esa es la página escrita aunque sean quinientas. La labor consistió en procurar con ello hacia esta carne el necesario paréntesis entre la neurosis y la muerte. Lo que nadie no necesitaría para decir que ha estado aquí.

Me importaría si no fuese porque siempre tengo que volver.


La exposición de Norberto Fuentes es poco menos que demasiado buena. Un par de chicas se dirigen a la puerta y les digo que no se vayan todavía, que queda lo mejor. Lo mejor, sin duda, es yo yéndome. Mira, así abro la puerta. Pero no pasa nada porque estoy loco en el momento en que creo que existo incluso para marcharme, abrir la puerta... cosas así. La señora que ha acudido a la expo me dice que desconfía de la gente extrovertida como yo (agradezco que no haya dicho "atorrante"). Que algo tienen que no le cuadra. Tiene razón -le digo-. Lo cierto es que yo también desconfío de la gente extrovertida. Por eso he pedido alcohol con whisky. Yo soy un paria. No tiene más que mirarme. No se preocupe por todo lo demás. Es más, no me haga, como ya sabe, ni pizca de caso. Quise hacer las cosas bien, pero no. Mis relatos eran importantes para mí pero descansan en el baile de la chica aquella, la remota de los bares, la que baila en la parte de atrás de un autobús que se dirige hacia mi vida en una aldea que ojalá se llamase Valseca. Allí, le diré, me dijeron que no esperaban eso de mí. Que esperaban que hiciese al pueblo bonito y como era. Pero las cosas como son no son bonitas. Míreme -insisto- sé que insistir está muy feo y, a pesar de eso le invitaré a imaginarse a este poblacho que no conoce y le sume su indudable belleza. Sólo ha de ir para verla. ¿En qué se queda el pueblo? Cierto. Lástima que haya gastado los sugus, si no, le daría uno. En verdad le digo que no hay nada menos excitante que lo conocido. Es como la mujer que amé o como cualquier profesional del sexo. Potente seguro, excitante no. Nada más.

La mujer se va, comprensiblemente. A ver, ya conoce la chismería que hay entre el vaso y yo.
Mi virtud se reduce a comprenderlos/me. A saber por qué hacen esto o lo otro., por qué lo hago. Lo demás a lo que llego es a la miseria que me invento, pongamos, en el ejercicio, vanísimo, de construir una Valseca imaginada.
Me marcho, muy desconcertado, sin razón y, muy injustamente, sin despedirme de Vanessa, César, Rubén, Francisco y Eduardo. La exposición que ha hecho Norberto Fuentes, maño, es lo que me hubiera gustado a mí saber dibujar un día si me hubiese interesado alguna vez por el dibujo.
Mis escritos, sin embargo, son lo mismo de siempre.
Es como si en lugar de una foto mía, hubiese decidido tirar mi cara a la basura en el camino hacia el metro.
Allí siempre veo a gente igual a mí. Allí siempre hay cámaras vigilando el bien, como en mi casa.


En la vuelta, ya de nuevo en un autobús, llamo para ver si hay cena y mi madre me dice que se ha muerto Miguel. Que mañana irá a Valseca y que yo no me preocupe. A Miguel le iban a cortar un pie para que el mal que allí nacía no se extendiera y las manos se volvieron poco a poco hasta ser el envés de lo que fueron mientras su razón dudaba entre seguirlas o dejarlas en paz y hoy, mientras yo venía en un autobús, lo ha conseguido. Recuerdo a ese hombre haciéndome de rabiar cuando yo era apenas un querube, cariñoso en su desgastada voz. Recuerdo jugar con él al dominó mientras pedíamos cervezas en el bar de Mariano, uno de mis últimos días allí, en Valseca, en el último verano de mi mundo. Y dejo de recordar.
César me llama y me pregunta que por qué me he ido y le digo que me disculpe, que estoy fatal de los nervios. Que gracias. Que para eso estamos los colegas. Me alegra que la novela de Guille sea, seguramente, la mejor del momento. Es la persona, hoy, con más talento que conozco para la escritura. Talento del normal, no del loco, que cuesta mucho más barato. LO DIGO yo.
Luego llamo a Eduardo y le digo que me perdone, que estoy fatal de los nervios. Igual.

Mi madre me pregunta por qué entro así en casa, sin dar ni buenas noches y digo que es porque estoy fatal de los nervios. Dice que mañana irá a Valseca, que yo me quede.
Digo que sí. Dice que si me ha pasado algo. Digo que siento lo de Miguel.
A Charly, en la cocina, le digo que soy el mejor escritor que hay, por ejemplo, en un sitio como España o China o como se llame.

Supongo que una de zolpidem, ocho gotas de haloperidol y tranxilium 10 harán que la bebida de antes termine sirviendo para algo.


Mañana yo estaré en un sillón envuelto en plástico, mirando cómo pintan un salón,
mientras otros van de entierro y Catalina me dice: Eres tan bonito.

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miércoles

...Y la vida continúa, -Kiarostami y el cinetante Sr. Graves-



Se han enterado de mí por la ausencia de ruido. Antes había otra cosa, vivíamos en distinta esfera. El sonido era algo remoto y, a nuestro derredor, apenas podía oírse más que el aleteo, pagado de sí mismo, lejano, de unas luciérnagas, al lado de la charca, junto a la estación de trenes.


La esfera antigua era la de no haber atado el caballo con anterioridad, pues siempre va al remolque de una sola dirección. Tienta aquello de dejarse caer sin advertírselo al otro, admitiendo en ello una forma de huida hacia la parte donde, al azar, uno cayera -pongamos, de continuar vivo (es cierto que a veces, sin haber recibido orden alguna, el caballo decide galopar por su propia libertad y cuenta)-. No obstante, ni entonces ni ahora abandonamos sombra que no viviese aún con nosotros. No hicimos condena de lo que podemos sembrar, hoy, cuando, sin motivo que no respondiera a mi falta de ruido, han mirado tras la puerta y me habéis visto, sí, renunciar a vuestra vida.

Por esta ventana apenas se ve una mosquitera y, de fondo, dejar de clarear, hacer la noche en poco y el regreso a la vegetalidad que viene, de nuevo, a enseñar esto.

(Los obreros ya habían partido hacia sus casas.
Yo quería reponerme del descanso con una buena merienda. -Añade el Sr. Graves-)



El caballo sigue al trote sin estrellarse
, avanza el informativo de la primera cadena.


(Es muy raro que a mí me guste una de Kiarostami, pero esta me parece buena y quería rehacerla en una especie de alegoría -a quien no le guste, yo sin problema-. Esta película es un placer culpable, sí, que tengo, y hoy la he vuelto a ver por sexta vez.)

martes

Dibujeria de otro bar


Dudo durante la noche, hoy martes, y la duda es lo contrario de dormirse. Veo amanecer, me digo, y leo. Días habrá en que el tiempo sea un animal apartado en una cuneta en este mismo camino que existe entre las manazas y el teclado.

Tomo café, otro, y antes ansiolíticos, neurolépticos en cantidades nimias y dos botes de mahou. Me creo que lo que hay que hacer es el sueño o despertarse, mezclando, cuando lo que hay es sólo que es de noche o que lo era. Miro el telediario repetido y paso las hojas de Infancia de Coetzee donde veo subrayada la frase “a quien era cuando hizo esos dibujos” (antes, me he fijado, pone algo sobre la lealtad a uno mismo, lo que me ha parecido contradictorio, no específicamente en el caso de este libro, cojonudo libro -opiní-).


Esta tarde me he apuntado a clases de dibujo. Me han dicho que no había plazas y que me llamarían, lo que he traducido como: queremos darnos un poco de importancia para ver si así la conseguimos, pero sólo te haremos esperar un jueves; + la innecesaria suspicacia: El curso empezado vale 1 whisky menos.

Bien.

Iré. Quiero aprender a hacer dibujos que no sean feos y de rallao como los que hacía antes. Quiero dibujar un melón, por ejemplo, y que se vea que es verde, amarillo y blanco.

La verdad es que sólo me interesa que la profa esté buena.


Luego, como no he pagado el curso y tenía, he ido donde los libaneses. He dicho que por qué no quitan a la Krall esa y han puesto el Chet “Blame it on my youth” y me he pedido un single malt a pesar de que no me mola pedir single malt. Encima tienen el Cardhú ese sólo, que lo asocio a cosa borreguil, olor a farias y eso, -cosas tontas mías-. Maurice me ha dicho que cuántos hielos me echaba y he dicho que dos. Mientras tomaba del vaso estaba pensando en qué excusa darle a mi tía con lo del dinero y he concluido que lo mejor era la verdad, que era, claro, una excusa: Me han dicho que espere y a ver si me dan una plaza -del curso-, he esperado y, mientras, me he tomado un single malt, bueno no, tres tercios mejor, es que ahora la cerveza se ha puesto..., no se puede salir, tita, y, mientras esperas, te lías y la música me molaba y son buenos tíos... la crisis esa, no sé. No, no hay quien lo entienda. No sé... tita.
Le he pedido a Maurice que me dé suelto para tabaco al pagar.

Y me he ido, y aún había sol. Esperaré que me llamen y, a lo mejor, dibujo; o no.

No sé. Y mil trescientas pesetas ya lo he gastado antes, también.

No sé.

Conseguiré un sueldo bien, a lo mejor -febrero o marzo-.

No sé. Mañana te llamo, tita. Voy a quitar el Blame it este y me voy a poner unos pasodobles, además.

Ennui


Los viejos que no son de mi edad siempre me han servido para encontrarme en ellos a la hora de coincidir en un café o figurar en nuestras clases de gramática.
Nada más llegar, como hacen, en manada, adopto su postura e inicio el camino hacia las sillas que ellos seguirán antes que yo.

Después de ello, el desencuentro pudiera ser, tan solamente, falta de atino por descuido, en la mayoría de casos, de mi consideración hacia el viejo que soy y los acompaña.
Ellos, con su cara plegada de palmas de mano, acuden a mi inclinado deshaciendo el azúcar que se convulsiona ya en la taza y mezcla, como nosotros, cuando empiezo a dar tiento al café con un sorbo que hace el ruido de un gato miedoso y sin pelaje, recogido en unos pliegues que acierta al encoger sus patas, haciendo con su posición mímesis nuestra, viejos de cafetería cuyos dedos son simples churros sacados de la máquina al azar para acompañar la merendola y acto, que no existe en el melondro prehecho de hazañas imaginadas durante infancia y juventudes (está bien el plural, se viven varias -acuerda el anciano señalando con su vara el pizarrón-).


En el curso de gramática los veo, al igual que sentados en las cafeterías del barrio, comportarse como una prórroga de un yo culminado ante la puerta, leer sus chismerías desde los pupitres mientras tosen pedacitos de pulmón, cachos de nuez, etc... y deshacen papeles de caramelos mentolados eucalipto hasta volver a atragantarse entre su cuerpo y su voz.
Cuando se mantienen en silencio, puedo oír crepitar los filamentos que sujetan esas caras que en singular respondieron a la identidad de alguien. Puedo oír también, sin demasiado oficio de concentración, su lengua entrometiéndose en los falsos premolares buscando, seguramente, trozos de pollo de la sopa de fideos tomada antes de la tarde en la misma cafetería en la que desayunaron solos, haciendo corro alrededor de una barra idéntica.


Más allá de eso no puedo decir demasiado.
De mis trabajos, el más valioso consiste en recoger lo que se les cae durante la clase de gramática en la que ejerzo, como ellos, de aprendiz, y llevar los cachos a la cafetería, donde mis compañeros se reúnen para desperezarse, antes que cierre.