lunes

All the pretty little horses

Hoy es el cumpleaños de mi prima Aranzazu (el miércoles lo será de este blog -si es que no para uno de celebraciones-). El caso es que como estas hijitas son tan especiales no sé aún si puedo poner los años que hace, no sea que se vaya a enfandar como hacen en Valseca, debido a mis moñas.

También he pensado que mi prima no es de entrar en estos sitios del internet, así que puedo, por otro lado, ponerme a rajar todo lo que quiera y, nada, ella ni fu. Yo no la voy a decir nada así que, si vosotros tampoco, todo esto como cuando el cura habla.
En primer lugar y mientras cotejo si decir en qué consiste su ropero, contaré que he ido allí y tía Pepa nos ha puesto huevos, croquetas y chorizo y torreznos fritos. Al principio estaba yo, luego Carmen, luego mis padres y luego ha llegado la del cumple, mi Aran, cuando yo ya estaba terminando el café.

Los platos se han sucedido en los demás y me he quedado observando un muñeco que ha traído Carmen. Es un tipo tumbado en el sofá con los pantalones bajados parecido a Mortadelo en airgamboy un poco más cabezón y en cuya ranura cabe un bolígrafo. La cosa consiste en que el bolígrafo habrá de hacer sujeción sobre la ranura, mientras por el aparato se oyen gruñidos y la cabeza del muñeco se levanta, hasta que el bolígrafo se queda definitivamente dentro y, como en la vida real, el paciente calla.

Me ha parecido muy divertido imaginarme a A, a B, a C, a D, a E, a F, a G, a H... y meter y sacar el boli, una, otra y otra vez mientras el aparato se quejaba. Luego me han dicho que Alberto, que ya vale, que estamos comiendo y que muy bien que tú hayas terminado y que se van a gastar las pilas y es para un regalo. Vamos, que quieto.
Jo.

Cuando han terminado de comer, mis padres se han ido a la trabajoria y me he quedado hablando con Arancha, tía Pepa y Carmen de normales cosas de la vida como, por ejemplo, las feromonas.

Mientras, he tomado otro café.

A mí que si el congreso no sé qué, que si el IPC que si la Nouvelle Vague que si el Real Zaragoza me la traen, pero sucede que alguien saque el tema de las feromonas y me tomo los cafés, whiskies, sidras o lo que sea que haga falta hasta que el mundo vuelva a su natural estado críptico.

Sólo me pasa eso con las feromonas y con una escritora que me gusta mucho, de la que estoy enamorado y cuyo nombre empieza por... no, no lo voy a decir, que me salen granos.

Al final, como no podía ser de otra manera, cada uno ha sacado una conclusión distinta sobre la vida feromonal.
El tema “Qué son las feromonas” nos adentra en un mundo igual al mundo, con su congreso, su IPC, su Nouvelle Vague y su Real Zaragoza.

Que si los tíos tal, que si las tías tal, que si antes, que si ahora... hasta tía Pepa ha nombrado el yin y el yang.
Son un encanto estas mujeronas, pero ya les vale.

En fin, me han dicho que, sobre las nueve y pico, tarta y sidra. Pero eso será una sorpresa para Arancha, que cumple 26 añicos (de años) -al final lo he dicho, ustedes ni mu,eh-. Todavía no tengo regalo y no os voy a preguntar a vosotros, como se hace en otras entradas, porque de esto sí que no tenéis ni pajolera.


Algunos han crecido, algunos han marchado, otros no hemos hecho ninguna de esas dos cosas. De
fines y cabos, hoy es el 25 aniversario de esta foto:










Feliz en tu día, Aran.

miércoles

Compañía (carta sin fecha, a día hoy noche)


He salido de casa después de tanto tiempo. El trayecto apenas era considerable. Mis plaquetas practican la mendicidad conmigo en lo que este otro está separado de sus crías no más que por una cáscara.

Mi tía Pepa estaba en casa -la suya-. Por el camino, una pareja de ancianos con perro me ha invitado, supuse, a devolverles la sonrisa, plan al cual me he sometido salvando, así, como Jakob von Gunten, a la humanidad.
La humanidad está situada en un camino con unos árboles que no sé de qué marca son, entre casa de mis padres y casa de tía Pepa.

Lo social y lo individual son un mismo impulso y la diferencia entre uno y otro, en este camino, está en que existen esos árboles. Ando -hoy, al menos, lo he hecho (lo de andar)- a la espera de unos papeles (+) en los que pone que to be enfermo de remate. Lo sucedido hace un minuto (o 35) ya es una ruina. Sólo puede uno (o dos o tres o cuatro o cinco) ponerse a escribir ruinas. Siempre que viajo a casa de tía Pepa veo a los mismos viejos con el mismo perro ser, cada vez, ruinas distintas pisando de nuevo las huellas que sus anteriores ruinas fabricaron los días antes. El acontecimiento es más una cosa del perro que va con ellos. I, es probable y con mucha desgana, he sido hoy acontecimiento, acá cerca, andando mientras espero un trámite, en el protagonismo de dos ancianitos aún...
He buscado en el wikipedia cuántos nervios son necesarios para sonreír y comprobado que es mucho desgaste y hay que ahorrar por si no llegan finalmente los papeles o no “den”, ya en el tribunal, la razón a los médicos -cosa que me interesa (barato é caro)- a cambio de quitármela a mí (pão do dame e cão do llámame). Al fin y al cabo, cara Elvirita u Eva o la mamma:

Si canto, yo que canto, no canto ta yo
canto t´a mía amiga, que ya en ixos mons.


(¿Hace creíble?)

Bien, pues todo esto no ha sido así para nada de nada.
El día ha sido ir donde tía Pepa, que estaba en el herbolario. He esperado a su puerta y, mientras esperaba, me he recostado en un árbol, en plan haragán (léanse Vidas de santos). He intentado localizarla a través del móvil, pero ella no le llevaba. Cuando ya iba comenzando el camino de vuelta a casa mis padres, me he encontrado a dos ancianos que llevaban un perro. El señor ha dicho que hacía bueno. Me ha parecido que su observación era indiferente hacia su mujer (o hermana o prima o amiga) o hacia mí, que giraba hacia su dirección, o hacia él o el perro o a los abetos. Les he saludado (repitiendo -asintiendo- las palabras del tipo) -gesto que, al contrario que hoy, me ha traído broncas en ocasiones en las que he andado por estas explanadas medicado con antipsicóticos de mierda-. Han sonreído junto conmigo, los señores, y ella ha dicho que ayer hizo muchas nubes y no pudieron salir y he dicho que es cierto, que no invitaba ayer el día. Y nos hemos dicho hasta luego y deseado buena tarde. He pensado que era un buen comienzo para escribir un poco cuando llegase a casa en lugar de estar continuamente en el www.pornmatrix.com y, entonces, he visto pasar el coche de tía Pepa, me he acercado y luego me he quedado en su casa hasta las diez y media. Mi prima y Miguel tenían que madrugar y mucho del currar mañana, y también tía Pepa (dice que tiene la casa hecha un cirio, aunque yo no he visto nada de eso). Me han dicho que tengo suerte y es, más o menos, verdad. Les he contado eso de los viejos -tenían un perro negro, como Trasgu, aunque a lo mejor era perra-. ¿Qué os parece? Porque a mí me parece una cosa buena, como comienzo y como final. Saludar y andar, mirar, contar, cosas de esas, en la calle, los coffee shops, las celdas, las salas de citación médica. etc.. Y, claro:

Si canto, yo que canto, no canto ta yo
canto t´a mía amiga, que ya en ixos mons.


PD: Tú, que haces en mí la posibilidad de una dirección, tampoco eres para siempre, decía de un monte, el equívoco, señalándole la cima.
PD2: No me gusta lo que escribo este mes. Ya volveré cuando me encuentre normal de la cabeza. A lo mejor pasado, pero sólo para tipo poesías o gilipolleces así o coñas. Espera, que me estoy preguntando si sé escribir otras cosas. No, me dicen en recepción que no. Nada, una birra y a acostar. No andes corrigiendo. Donde pusiste Elvirita, pon amor o mejor o Catalina de Mónaco o la nueva de la oreja de van gogh o Sarah Palin. Da igual.

lunes

Nueva sección Historias jilipollas, hoy: Yoko Ono y Los Beatles.


(esto es para una moza pequeñina que siempre está escuchando canciones de los beatles todo el rato y sin parar)

Hola John ¿Qué tal la fies?
Hey Ringo, tronco, estaba concentrado en una canción. Estaba pensando “El amor me llama, a mí me llama el amor” ¿Te mola?
Es la hostia tronco, John. Te he pillado inspirado de cojones. Si quieres te dejo. Es que están arreglando la habitación y no sabía si tomarme unas pintas o qué y, me he dicho, a ver qué hace el John, seguro que está ahí enfangado con su chismería. Si quieres te dejo y me voy con el Maharabusi.
Na na, es que estaba el Paul y los periodistas y he comprendido que debía abstraerme, pensar en el mar y eso, aquí. Mira, ahí viene el Paul. Joder Paul, oye, no me mola la canción esa que hiciste, porque nosotros no somos así ¿Sabes, Paul?
Es un amor mío, John. Tenía que hacerlo.
Yo tampoco lo he entendido Paul. No sé por qué te casaste con ella y tal.
Joder, Paul. Yo no me acuerdo de eso. ¿Me invitaste o qué?
Fue informal, John. Estabas pedo. No me atrevía a decírtelo. Además era otra con la que me casé, al final. Una prima suya, normal, apañadita. Me enteré cuando nos dimos el morreo. Coño, pensé. Tú no eres la otra.
Eh Ringo ¿Tú fuiste o qué?
No no, John, yo, no jodas, yo no fui. Yo estaba con la periodista esa del Squire y me dijo que si nos íbamos a la piscina y que me haría unas fotos entre las petunias y luego pasé. Eran cosas, Paul sabe, relacionadas con mejorar la calidad de vida de la gente pobre de nuestro barrio en Liverpool.
Joe, eso antes de nosotros era un puto barrio, pero yo estoy muy quemao porque no me habéis dicho nada. ¿En qué os he fallado, Ringo?
No sé. John está abstraído. Mira, esta es buena, la canción que está escribiendo. Sólo tenemos el estribillo de momento ¿A ti qué se te ocurre?
¿El amor me llama? Es pegadizo. ¿Qué opina el otro?
¿Quién?
Eso digo yo ¿Quién?
Coño, el otro del grupo ¿Cómo se llama?
Ostia Paul, me has pillao.
Que no, joder, Ringo. El que toca el chisme ese.
Ah, el George. Coño ¿Dónde está el George?
El George es una bestia. Joe, qué bueno es. No sé qué opinará el George de esto. A mí perdonadme que me he comido unos ajos, pero no son los de hoy los que creo que me están haciendo efecto, sino los de ayer, las wheels from london esos, lo noto por la experiencia.
Sí sí, esos eran los de... he tenido una genial idea, espera, mientras John comentaba esto. A ver qué te parece, Paul. Voy a escribir una canción sobre una mujer que se tira desde un tejado, pero al final, la salva el amor, que es un corazón que hay debajo en forma de colchón y voy a rimar corazón con colchón y, he pensado, así a vuela pluma, que cuando caiga, que será por el balcón, meto un camión que pasa por la calle y ya tenemos las todas las rimas ¿Qué os parece? A lo mejor es lo suficientemente gráfico como para grabar un vídeo con arte como el de in the stars.
Eh, eso está genial Ringo. Me pregunto qué opinará George.
¿Qué George?
Sí, George, la chica japonesa. He pensado que la podría cantar ella. Entiende mazo de estas cosas. La conocí en una exposición de arte.
No no, pero esa no es George eh, creo. Esa es ¿Cómo se llama...? Mira un periodista, le voy a preguntar.
Bien Paul, yo voy a buscar a George. ¿Y tú, John, qué vas a hacer?
No no, yo estoy a mi bola, mirando los océanos. Oye Ringo ¿Por qué nos llamamos los Beatles? ¿No es mejor Los Brincos?
No sé. Habría que preguntárselo a George ¿No crees?
Quizá sea la confusión del momento. Me lo ha dicho el Mahabarisha. ¿Has oído tú hablar de la confusión del momento?
No John ¿De qué se trata?
Se trata de una confusión que, en lugar de suceder luego o haber sucedido antes, sucede ahora. ¿Qué te parece? Esto me ha venido a la cabeza mientras pensaba en otra cosa, como las colinas o los cerros. Aparte de eso ¿You know? creo que me voy a dejar las barbas como Jesucristo.
Está bien pensado, claro. Yo estaba trapicheando en irme a unas colinas también, cuidar vacas, por ejemplo, en Nebraska.
Ya. Está bien pensado Ringo. Esa es parte de tu poder. Acéptalo y que no te moleste lo más mínimo. Harás lo que debas de hacer. Mira, ya viene Paul.
Hola Paul.
No, yo soy George. ¿Qué hacéis? ¿Cómo fue la party?
Ah, George, coño. Te había confundido con Paul. Ringo y yo estábamos hablando de la chica japonesa esa ¿Cómo se llama?
Ah la... Oye, no me acuerdo.
Sí, es... mira ese debe de ser Paul, a ver si ha obtenido la información.
Hola Paul, Ringo está dudando sobre esas cosas que tú haces ¿Cómo se llama la chica japonesa, la de la exposición de arte?
No, yo he hablado con un periodista y me ha preguntado si estamos trabajando en algo y he dicho que sí, que se te ha ocurrido a ti, John, una letra para una canción. Me ha preguntado que si tomábamos drogas y le he dicho que hoy, mientras desayunaba, una foca rosa me ha dicho que me pasaba unos cilindros y que la he contestado que paso, que me quiero concentrar en los huevos fritos con bacon porque son muy buenos bien acompañados con mermelada y leche del tiempo.
¿Y de qué periódico era?
Ah, no sé, regional. Pero parecía enrollao. Un gilipollas, vamos.
Ah. Mira, este es George. Nuestro componente ¿Te acuerdas que le estábamos buscando antes?
Ah, hola ¿George?
Sí, soy George, encantado.
Yo creo que ya te conocía de cuando la gira.
Ah, pues tú me suenas también, pero creía que era de ir en el autobús. Estaba... oye, la chica japonesa ¿No era un huevo?
Eh, George, eso puede valer para la canción de Ringo. Mira, el estribillo es de John y va a ser “El amor me llama, a mí me llama el amor”.
Sí, yo creo que puede valer en inglés: loves call me and she was an egg, haciendo la pausa en call me. ¿Nos ponemos entonces? Yo toco lo que me deis.
La batería se la ha pedido Ringo y yo iba a cantar. Mira, tengo una flauta.
Me la pido.
No no, Paul. Tú el acordeón. Que para eso mando yo.
Jo. Así no vale. Eso no es estar con las ideas que nos ha transmitido el mahabarishi. Yo reniego.
Es que este grupo ya pasa del mahabarishi. Ahora, además, nos vamos a llamar Los artistas de la artista de Japón antes llamados erróneamente the beatles. Mira, he compuesto un tema a la guitarra, escucha: Hey doctor, give me the poison for my route.
Ey, suena bien John. En estado puro. Nosotros, quiero decir.
Gracias George. ¿Ringo?
Me voy a acostar. Oye ¿No era Yoko?
Ah Yoko. Cómo mola.
Mola, voy a escribir un tema.
Yo también me voy a acostar. No entiendo nada eh. A lo mejor hago un grupo con el maharabishi, en solitario claro, porque el mahabarishi y yo somos uno.
Vale. Buenas noches.
Buenas noches.

martes

Las puntas


Érase una vez que se iba a escribir un relato. Yo no sé vosotros, los del internet cómo lo haréis. Yo me pongo al absoluto tuntún y si luego el otro no ha entendido nada, como sabe, no haberlo leído y joderse. Pues este relato iba, como todos los que hago, de uno, firmado indiferentemente por Ramón o Carla, que van y se ponen a escribir.

Carlota se pone a escribir que estaba en el Starbucks cuando vio a un famoso del que no dirá el nombre y que conoce de cuando el barrio y le dijo que le quedaba mejor cuando llevaba perilla.
Ramón, en cambio, al ser chico (son más tontos) escribe un relato y va sobre las siguientes cosas que resultan ser, más o menos, las que me han pasado a mí esta tarde:
Un chico va al peluquero. El peluquero habitual (que se llama Javi) está de vacaciones. En su lugar hay un chico que no entiende el español porque es de otro sitio, por ejemplo, Valseconia y ha ido a España a ganarse la vida y comer. El chico no sabe cómo decirle que le corte el pelo y empieza a explicarle una teoría sobre el bien y la novela providencial en lo que el peluquero asiente y pregunta ¿corto? Entonces el chico dice sí. Y resulta que se lo corta, el pelo, y le deja el flequillo y muy bien y muy contentos. Y el chico llega a casa pensando que se lo han cortado mejor porque es obvio que salgan bien las cosas cuando no le entienden lo que habla, y después del haber dado el dinero y despedirse y adiós, en casa, le dice a su madre que, como ahora no curra y se ensiente con depresión, que va a ayudarles, si hay trabajo, a hacer clemas, portacebadores, cortar el hierro y barrer. Y la madre le dice que ya lo mirarán. Entonces viene una elipsis y, cuando lo miran, ya le ha vuelto a crecer el pelo al chico –no acabes así, se dice Ramón, con signos que exclaman, y sigue-. Pero no va a la peluquería al final, sino que decide ponerse en forma y tiene un accidente con la bicicleta y se jode las piernas y una se la tienen que cortar.
Algo así, y termina el cuento enterrando la pierna cuando, de repente, descubre el cadáver de Carlota -¿?- entre los matojos y se da cuenta de que es la que había empezado a escribir el post con él, así que, estrujándose los encéfalos, piensa: Coño.

Y claro, es que Carlota había empezado a hablar su rollo y va y se murió y así no son las cosas. A ver, Ramón ¿Quién la ha matado? ¿No fastidies que te lo vas a preguntar? Y cae: Desmond, el mayordomo de los anteriores post, sería pleonasmo (esto es un guiño, ya van dos, para los cuarenta y siete únicos lectores habituales de LSC). Pues a ver, piensa en otro. Pero -se dice Ramón- no me gusta. Lo voy a rescribir.

Hecho y derecho. Ramón conoce a Carlota una noche cenando en un Rodilla (no, rodilla no, que te vas, pon en un Kebap), no, en un Kebap y le dice si no le gustaría escribir un post junto con él. Carlota naturalmente piensa: qué tío más raro. (A ver, todavía no se conocen y ya quiere el menda escribir un post). ¿Qué ansioso, no? A ver si...
Y Ramón lo ve claro.
Tiene que asesinarla y, tras haberse deshecho del cadáver, caerse accidentalmente al perder el equilibrio de la bici por culpa de la pala y partirse las piernas tras dar un giro con el manillar -al no funcionar los retrofrenos- y, una de las piernas, se la tendrán que extirpar.
¿A que es guay? -se dice Ramón- Si es que la gripe te tiene que pillar escribiendo. Además, mañana irá a cortarse el pelo al cinco. Punto. No, espera -piensa Ramón- que ella viva al final y se vengue cortándole la otra p ¡ese es el espíri. No venga no, a acostar.

Pues he pensado que, por culpa de no cumplirse las reglas de esta misiva de la que he estado rajando en unos relatos que he leído hoy, supone que, aún estando mucho mejor escritos, los comprenda sosos y malos.

Quiero decir:
El lector siempre es inocente. ¿Está mal eso, lo estaba o qué?

sábado

Roma


(inicio acá una serie de textos ya hechos, con la cosa de que vuelvan a hacerse -de que vuelva a hacerlos-.)

El cementerio estaba cerca. Gracias a nuestras provisiones evitábamos salir del cuarto. Los muertos eran, en general, gente sana y nos molestaban mínimamente. Una o dos veces al mes accedíamos a retribuir su respeto y amabilidades con algo de leche y bollos, unos huevos y tomates. La estancia, salvando muy pocos días, permanece en silencio el resto del año. Acaso el siseo de algún mosquito puede considerarse en nuestro rededor. Nuestra vida es muy tranquila acá y no como calculaba hace tiempo, en vida de mamarrachos a los que ya ha ajusticiado el sol como debía y que nos hicieron, cariño, la vida imposible; le digo cada día a mi hermana Clara. Ella ocupa junto a mí este saloncito. Un día, le he convencido y lo quiero aunque tenga que llevarla en brazos como de costumbre, en cuanto los muertos nos permitan, iremos ambos al pueblo y compraremos cristal de espejo para que vea lo bien que le hace a la cara el pelo cuando se lo limpio y se lo corto y ella, buena, se deja también que le pase el cepillito.

Me pidieron que escribiera bien sobre una muerta. A Tangerina uno la ve como algo que respira pidiendo permiso todo el rato. Me dice “amor” y, le digo, pregunto cuál es su verdadero nombre. Porque los nombres sí significan algo. Me dice que Tangerina es su verdadero nombre. Le digo que el cementerio está cerca y me dice que ella, como yo, teme a los vivos. Pero ellos –los muertitos- son parte de esta casa. De hecho, le digo, son esta casa. Están entrometidos entre las paredes. He probado dando bien con las alfombras y también con el aspirador. Nada les saca del deterioro que allí dejan, todo con óxido y asco. Y uno no está muerto porque finalmente uno respira. Le digo que tengo helado, que si quiere. Me dice que no. Le digo que he hecho la guerra de las carreras de crines, de una espada limpia un trono neutro, asentado en una caza que no se hizo más que de los muertos que acá vienen como en el trenecito de la famosa ranchera, sin saber si la muerte es, siquiera, sólo una cosa que les pone cachondos y ya está. Algo así como el egoísmo descifrado del sexo, cuya fórmula sólo exigía derribar la incógnita, la equis de una escuela que no servía, de una ecuación indiferente a la tiza que la hizo. Le digo que por eso la he llamado, y que he perdido. Se ríe. Le digo que es mejor que ría, que menuda mierda. Es una niña que no tiene pelo. Su pelo es falso y su peluca también. Le lleno de agüita las cuencas de los ojos y, luego de pasar el índice, me persigno como un devoto del nombre de oficio de la que venga. Insisto en las carreras de crines, le digo, pues llegué aquí en caballo con mi hermana pequeña, chiquitita ¿Sabes? Y ríe Tangerina moviendo el cuello hasta que se le salga, hasta que le eche y me deje contando que he perdido la batalla a cambio de ceder ante la noche, que he cabalgado sin rumbo, calculado el destino mirando no pisar sobre excrementos ni charcas y, no habiendo elegido patria, tampoco he visto a paisaje alguno dar la ayuda que un caballo necesita para seguir corriendo.
Cuando se le ha salido el cuello ya he terminado mi historia; procedo a recolocarlo, a sabiendas de que entonces me dirá su verdadero nombre.

He salido al paso del cementerio. Uno de ellos me ha preguntado si quiero. Le he dicho que no, pero que, de salir el sol tarde o temprano, me lo pienso. Me ha arreglado el televisor y le he encendido. No me sé las respuestas de los concursos, si las supiese llamaría y me haría millonario. La señorita espera una llamada y nadie atina. Es una palabra de cuatro letras que empieza por R y termina por A. He pensado en rama, en rana, en rosa; y luego he apagado la televisión, pues he caído que acá en muchos kilómetros no existe ningún teléfono. Ser conserje de unas ruinas da mucho trabajo. Hay que venir, hacer la ronda y los rezos. Inventarse una vida y decir a los muertos que no puedo quedar con ellos para la partida pues mi hermana o Tangerina o quien sea me espera para que le cuide. Ríen. No les coloco ya miembros porque no sé dónde era su sitio. Me pidieron que escribiera sobre ellos, que dijera que mascaron la venidera tragedia que les hará, como yo, -¿cómo yo?- libres y que dejan que la oscuridad les haga sin volver mirada alguna sobre el suburbio que atrás se eleva.
Luego he caminado hasta la parada de trenes. Por allí no pasa nadie. Hace tiempo que no hay rastro de las vías. Sólo los muertos saben que empiezan en la muñeca izquierda de mi hermanita, que corren y se expanden por su cuerpo sin saber que su camino pertenece a un mundo que quedó parado, y los pobres e ignorantes habitantes, como yo, insistimos no sólo en que se le fue la pila sino en que ese motor lo debemos de reinventar cada día, para venir a la antigua parada de trenes, para limpiar el viejo cementerio, atender los traumas de los muertos y recetarles que no hay problema que el tiempo no solucione en otro, y hay que llamar a Tangerina en las noches y contarle cuentos, que no se quede dormida, hacer como que uno cree, es más, es, sí, su nombre, hacer que uno es un conserje que cocina para los habitantes que desde la ventana creen observar una recreación del vacío. Me río, que me perdonen, pero estoy bobo, de esos, mis niños de los trenes. Porque aunque yo esté aquí, ellos viven en un parque temático que no les ha cobrado ningún servicio, y lo hacen con el estómago reventándoles de felicidad.

miércoles

El encargado


Me he puesto a escribir para estar en casa.
Anotar el jeroglífico que me dirá, cuando por fin lo lea, dónde estoy. Si pertenezco a esto o si no estoy, y ya, definitivamente y santas pascuas.
Se trata, en inocente, de adelantar la noticia, de dar un directo de lo que aún no se ha leído y hacer la verdad luego, en un diferido (un leyó) que quién sabe por qué se retransmite aún, como el España-Francia del 84.
Me llegan en este invierno traspapelado cartas de amor que no me creo porque me las escribo yo a mí mismo todo el rato, para ver si me arreglo de una vez y salgo a que me dé el aire. Porque el aire, además, dice mi tía Pepa, alegra. Pero es que yo necesito, Pepa, estar alegre antes, porque me da noselqué que me pille de sorpresa, en la calle, la alegría, a la vuelta de una esquina, por ejemplo. Porque no puede tener una cara muy distinta a la del muñeco con boina y bigote de Jose Luis Moreno.
Abro dos ventanas y ya está, tita, para que estés contenta. Te digo que es una manera de entrenarme. La quiero, la alegría, en la propia casa y por eso me pongo a escribir mientras, ya te digo, entra un aire que no es otro que el que tú me has dicho. Y lo que quiero ver es si sigue ahí la casa. Por eso ando escribiendo, y esto que, ya me dirás, no tendrá pies ni cabeza aunque tampoco sea una persona ni un animal porque, como dijo el ruso de Sacramenia, yo lo que escribo son unas pinzas de la ropa y paso de las sábanas que sujen, porque en esas ya duermo muchos días.
No sé si se ha roto o sólo anda despistada, la casa, y no quiere saber que estoy haciendo por vivir alegre en ella. Que me lo curro lo que sé para ser un habitante más junto con la estufa, los muebles y los cubiertos.
La casa es una voz que no dice más que las voces que le salen a la tele. Y parece que es un berrinche o su ventrílocuo; pues sí, pero es el motivo por el que estoy aquí sentado, en este mismo momento.
Intentamos hacerlo desaparecer -el algo- y, en esa desaparición, serla -la desaparición-. Luego el montaje ha sido una casa donde se dice haber sido una alegría, aunque fuera antes del rodaje y, de ahí, el berrinche. Pero la alegría no es el juego ese de Empieza por una letrita, y donde la sorpresa, pongamos en la cocina, es “sartén” (Oulipo dixit). No, tía Pepa. Nada de primo en inglés parece cocina en francés... todo el día, como mi amigo el rallao.
Si dejase el escrito en las líneas anteriores a las últimas quedaría un poco "como" etéreo ¿a que sí? como dándomelas de filósofo o poeta o poetiso cuando soy un chaval que va al mercado a por bizcochos y zumos de manzana y que juega a la playstation. Mi amigo el rallao, por ej.
Y no puede acabar así, todo sin decir nada que no sea lo del Oulipo ese, el ruso de Sacramenia o Jose Luis Moreno. A ver, oiga, que venga El encargado a poner algo:

(viene)

Pepa, he ido a por los tomates ayer y los he cortado de mañana para ver si puede ser lo del gazpacho. Y tengo sal bien y de aceite y dos cebollas... pero eso mañana lo vemos y si no pasado.

martes

The happy butcher


No íbamos a ir a ninguna parte, éramos parias. También me pregunto por qué hablo en plural, no creas. De entre las cosas que fuimos estaban los libros y la televisión. El ayer y el mañana y, en medio, el único trasto que les pone sombra a ambos, un cuerpo o su intención, que siempre es lo que parece. +,-: un bien.
Iba esto a que, mientras espero unos papeles, leo libros. Los que ando leyendo, resulta que, entiendo, van sobre la decepción, y ello, sean o no decepcionantes para mí o para la otrería. Y también veo series. Van sobre la mano negra, los medios y, la mayoría las veces, sobre las dos cosas juntas.
Yo me identifico con lo que sea que quiere vivir y también con lo que sea que quiere vivir bien. Quiero decir, mola la ficción, perder el tiempo. Sostenerlo tiene que ver con la pereza bien hecha y también con escribir en el sentido, sostenido por el famoso poeta balcánico residente en Valseca desde los tres años, de que, como ejercicio, requiere poner paréntesis entre las cosas de afuera y el mundo. Nada, el pibe, un vanidoso jodío que recuerda a todas horas, aunque estés en el coche con la radio, un poema-canción de G. Corso que dice:

“I ate sausages with you at the feast.
I ate sausages, and across the street
the butcher counted his daughter´s feet”

Dice: eso é el escribí. Y está bien, no digo que no, sino que se lo he oído tantas veces como años tiene y tengo. Na, añade: Solución a la vaiá: mehó vaniá. Y luego: no hombre no. La vaniá noxiste. Es como hoy, el nuevo portero del Geta que va y dice que él es humilde porque es nuevo, que llega de un equipo pequenio y comprende que le va a tocar banquillo, pero cierra el discurso diciendo que no viene a eso, sino a poner las cosas difíciles al Pato Abondanzieri (con lo que es el pato Abondanzieri). Pos vale.

Pues a Valseca, en 1992 o 1993, vino a dar el pregón nada menos que Moncho Alpuente, -sí, han leído bien- el Tom Wolfe de España.
Y vino a decir lo mismo -fuente: mi amigo balcánico- que G. Corso, cambiando las salchichas por los garbanzos y al carnicero por la vida agrícola.
Y el que no aplaudía es que no había oído bien y ya está. Pues sí, así fue. Yo me lo perdí porque estaba ayudando a poner las luces de nuestra peña, pero así me lo contó el poeta este, mi colega.

Leo libros y no sé si me los está leyendo él. No sé ponerme a leer sin ponerme a interpretar lo que interpretaría él partiendo de la base de lo que voy interpretando yo cuando leo.
Por qué. Porque uno de los dos no sabe leer y he pensado que, seguramente, soy yo.
Dijo el hijol carnicero de G. C.

(y menos in english).

Los verdeles del cuasiotoño


Había que eran el alba en el cuasiotoño, las mujeres, distantes precipicios que uno bordeaba lo más despacio posible para ver sus lados, como dispuesto a hacer de la mujer un cubismo por escrito al tiempo que una hondonada por la que, irremisiblemente, caer hasta la descomposición del todo y, si posible también, con ayuda de las enfermedades y alguna que otra cosa menor, una dispersión espacio-temporal donde ni siquiera la palabra queda y donde uno pierde la batalla de este clima de manera tan remisa como hacen los buenos, aquellos que por esta zona espulgan los garbancillos, sentados de sol a sol (hay quince) allá en la nave o en las puertas de los garajes, eliminando pequeñas malezas con los dedos, de mañana a tarde, como escribiendo varios cocidos cuyo condimento sí se pondrá a remojo; dotando esa introducción al guisado de una solemnidad que tampoco existe más que para calma y regusto de un paladar ya muy cansado para sopitas de letras.

Las mujeres echan mano del jersey (o del chal o la vaquera) y me cruzo con ellas en la plaza o los alrededores del bar, hablando de sus cosas. Nos saludamos. Y quisiera ver sus pies, porque no las puedo conocer por los ojos o las manos, la postura o el vestido sino, ya digo, por los pies. Conocidas ya las huellas, uno quiere ver los pies como Tomás quería el roce de la herida. Y uno quiere adivinar las manos que hubo antes de venir a esta verticalidad de pequeños cipreses al sol agostado de un ex agosto (mirando mujeres cuasiotoñales que nunca enseñan sus pies).

Y sale uno a los caminos buscando esa fotografía que te dan los corralones y que dicen: nada ha cambiado, aquí seguimos. Y son feroces devolviendo esta mirada de niño, un quinceañero normal norteamericano con sus complejos normales, su equipo de béisbol, su gorra de la buena suerte… oigo decir algo de uno y todos están equivocados en uno cuando son varios, porque parten de una razón que busca la coherencia y no al revés, dije. Pero no, hoy no creo que estén equivocados para nada. No, he decidido sacar escritos antiguos y hacerlos de nuevo, como este y, no, no estoy de acuerdo. Era otra época. Era feliz o algo.
Entonces, cuando lo escribí así, pocos días antes, hice una foto de un árbol que hay al lado el cementerio nuevo de Valseca, donde cada vez hay más amigos, aunque estén en otro cementerio. Además no existen los cementerios nuevos. Y no me gusta el puto árbol y tampoco sé de qué marca es. No entiendo los árboles que no sirven para colgarse.
Por eso dije, creo, lo de los pies. Por los pies desnudos de un ahorcado. Mira, bailando sin suelo, qué monos son. Ve a por la cámara, tronco.
(Uno, uno, uno, mal, mal. -moldel galbanzo dulos-)

¿Tú no sabrás qué árbol es el de la fotografía? (¿Porque no es una lechuza, no?)

De cuadernos y de malos (prueba)


0. (En la foto, dibu que hice en unas rocas de el Campito para ilustrar La tercera mentira, y que se quedó Julia, a la que quiero mucho y que me dio muy bien de comer: Chorizo, queso curao, morcilla, sopa de perdigones con trozos de pollo, judías pintas con mucho arroz y zanahoria, tomates de la huerta, macarrones, jamón muy bien conservao, huevos, costillas, cochinillo etc...)

I. Las mentrigas III

No sé cómo empezar esta historia. Lo voy a intentar y, si no me sale, lo publicaré como “borrador”. Porque En primer lugar, hay que escribir, naturalmente. Luego, hay que seguir escribiendo. Agota Kristof dixit.
Miriam es una persona, creo, y, las veces que no lo es, son sólo cuando tiene miedo a no serlo.
No no, así no. Espera, voy a empezar de nuevo. Sí, el tema es Miriam.
Miriam es muy delgada y existe sólo cuando chocas con ella. Puedes oír cómo dice ay o se enfada.
Qué tontería ¿Verdad?
Voy a llamar a otro redactor, a ver qué se le ocurre a él.
Hola, soy Miriam, mis amigos y un redactor dicen que soy delgada. Vivo en Valseca, aunque ya no, porque algunos habitantes se han enfadado con lo que se pone en este blog sobre Valseca. Lo siento, lo del asunto de hoy: Miriam, no sé de qué va la historia salvo el asunto, y poco tiene que ver con mi amor Valseca. Acabo de llegar de vacaciones. Me llamo Leandro Pigal e hice de actor poeta para una de las entradas de este lugar, en noviembre o diciembre, diciendo bla bla blabla bla. Voy a dejar este tema llamado Miriam en manos del redactor de antes. Porque En primer lugar, hay que escribir, naturalmente. Luego, hay que seguir escribiendo. Agota Kristof dixit.
Hola, soy el redactor de antes e iba a contar una historia sobre Miriam y Mariim. Aprovechando que Leandro ha sacado un tema de miegda que a él le preocupitá por la cosa los diceríos, se me ocurre preguntar: ¿Tú preferirías leer la verdad sobre Valseca aún teniendo la opción de visitar la página web de su ayuntamiento o escuchar las agudas y disparatadas historias que tratan lo real e inventa una redacción inventada por una redacción que existiere, pero que no tiene por qué? Porque yo prefiero inventarme las cosas (y hasta las cosas que no son cosas pero que pueden llegar a serlo: léase mozas). Pongo la pregunta en negrita por si, de aquellas, me la queréis responder. En cuanto a la historia de Miriam, otro personaje de la redacción, el actor ocasional Faizulito, me ha contado la historia que quiere al oído para que haga las presentaciones: Va de algo que se me ha olvidado. Les paso a Faizulito a ver si él se aclara. Porque En primer lugar, hay que escribir, naturalmente. Luego, hay que seguir escribiendo. Agota Kristof dixit.
Hola, soy Faizulito. El anterior trabajador en esta entrada se llama Albertucho, como el del perfil -un nombre muy común ¿Verdad? ¿A que mola más el mío, Faizulito?-. Pongo en negrita la pregunta para que vaya en consonancia con la anterior suya (a modo complementario de aquella). Bien, he compartido con él la historia porque me parece sensato que él haga las introducciones. Que retrate para que luego el autor de los diarios (de un jamón, de Ecce Homo, de un desviado etc...) toque y dé forma, si posible y, si no, siempre podemos completar las historias que nos envían al correo de Hotel Kafka (taller literario situado en el 104 de la calle Hortaleza de Madrid, donde otro de los redactores -Roebruk- fue bedel sano e hizo profesión) algunos colaboradores sorpresa con quienes esta redacción se propuso realizar la inacabada obra: Amar en trigales revueltos (caso de la familia casi inventada conocida como “saga los Medina” o el casi inventado perro Trasgu).
La historia que se me había ocurrido, en fin, iba de uno, un chico. Era un chico sin nombre que va y cuenta una historia. Así iba a empezar yo, Faizulito, a hacerla. Bien, el anterior redactor se lo ha contado a Telsio que, al hacer mucho que no hace nada, quiere contarla. Le dejo y añado un espacio y los siguientes dos puntos, estos (:), después, aparte la frase para el luego entre paréntesis: (Porque En primer lugar, hay que escribir, naturalmente. Luego, hay que seguir escribiendo. Agota Kristof dixit.)

Esto es un chico que tenía en la nevera mermelada y jamón partido y queso, va y estaba pensando en el amor.... ahí en su habitación todo el rato chirifú chirifufleta. Era una habitación donde, en ocasiones, iba a verle un mayordomo de otra casa, -aunque aquí he de aclarar que en esa habitación yo no he entrado, así como tampoco en la cabeza del contador de la historia, que vendría a ser el chico de la habitación-. Bien, pues el chico conoce a una chica que se llama Miriam y se pone a decir cómo es y diose cuenta que tratara de una chica muy distinta a Mariim que, sin embargo, comprende que la complementa como mujel y, juntas, son una misma mamá que le dice bonito perrito te quiero y apagamos la lú.
Bien, pues el chico, un día, después de pensar mucho mucho mucho y nada de baladí, sino cosas así sesudas, va y se duerme, pero aprovecha los renglones anteriores para apagar el interruptor porque es un chico que, en condiciones generales, duerme con la lú apagá.
Perdón por las explicaciones así como trabajadas al revés pero, al ser Telsio, que fui actor, yo escribo así. Bue... (se nota que soy actor, eh, por el "bue..." ahí bien traído? Además no utilizo el primer signo de interrogación –léase: profesionalidad-). Bueno, pues hay un bar en Cantalejo que es un bar situado dentro de otro y donde nuestro narrador-chico-busca-chica-en-dos-chicas va y observa y encuentra por separado a ambas mamás, Mariim y Miriam, y no tiene manera de juntarlas como hace en su habitación del amor güeno, si bien, a veces lo hace ayudado por los consejos de Desmond, mayordomo de otra casa que no existe en ningún relato ni tampoco en esta redacción -la casa y el mayordomo-. Pero en este relato que no hemos hecho ninguno y que procuro contar, va y aparece para darle un consejo al narrador-chico-busca-chica-entre-dos-chicas-no-descritas-cuyos-nombres-son-Miriam-y-Mariim.
Faizulito me sugiere que pregunte en negrita ¿Tú qué consejo pondrías en boca de Desmond? Lo hago.
Es en este preciso momento cuando uno de los abuelos de Heidi extirpados con éxito de la cabeza de algún protagonista aparece para hacerse dueño del teclado y anunciar el enigma de todo lo de este guiso muy soseras. Porque En primer lugar, hay que escribir, naturalmente. Luego, hay que seguir escribiendo. Agota Kristof dixit. En fin:

II. La plueba del pueblo (redacción 2 -para el cole-).

Bene, Szia Agota. Pues, después de leer dos obras muy güenas, demasiado no mejorables, como los dos primeros libros aparecidos en Claus y Lucas de Agota Kristof, enormes “El gran cuaderno” y “La prueba”, me encontré en “La tercera mentira” con un guirigay que, en ocasiones, entendí tipo este post, aunque en mejor, porque a veces hay historias (aunque esta vez en indep. en Paulmodelno -lo mucho feo-).
One kiss.
Muy buena esa lectura, la mejor de los veranos rurales y seria y verdad y seguí; salvo en el guirigay, que seguí, dije, Mentira 3. Otro de la Agota Kristof que hay ahora en las librerías “No importa” ya es de alguien que escribe por costumbronería y pasa y ya ha hecho sus historias y vive retirá poniendo nombre a plantas que se inventa y que son las que la enterrarán cuando se muera y se lloren los gatos en su caserío que encuentren en la bella con gafas más grandes que ella Agota Kristof, del otro libro, por ej, que hay en las librerías y que se llama “La analfabeta” en el que cuenta una escuela, unos hermanos -dos chicos-, la manduca, una fábrica del trabajerío sin paragar, Thomas Bernhard (el "Sí" que la tengo por ahí pero nunca la he leyó) y escribir y también morir y, finalmente, la lengua y el francés y el beguine to... (ediciones Obelisco y en muy pocas páginas), pero antes Claus y Lucas, que me hizo cosa muzza el Villanueva el Campito en el veraniego en Ávila.

E la ha entrevistado. Sé. (in french)