lunes

La mitad del mal



Nos habíamos hecho a vivir lo amplio, las nubes que dieran de sí, lo vasto, la historia hacia delante, algunas fiestas etcétera. Nos hicimos a existir en lo que íbamos a ser, ya fuera predicando que no había futuro in english, así como tampoco verdad que no pudiéramos resolver a cambio de comprenderla.
El euribor anota un nuevo registro máximo al cerrar junio, en el recreo de la eurocopa. Ya lo ha dicho Gonzalo Miró en la four: No pasa nada. Tenemos programación de la fiesta toda la tarde. Estaremos con los protagonistas dentro y fuera... (ji, ji).
Aquellos tiempos nos eran de elegir el guiso a cada instante, Aquellos en cuyas quietas aguas un día me miré, no saben las tristezas. Probamos la decepción del amigo, la muerte y su noticia -que es una repetición de ella y un simulacro en la propia, que siempre es ajena-, la psicosis (que era nuestra cuando no del barrio, del pueblo o lo que fuera). Supimos del protagonismo en el colegio, donde fuimos alguien (o nadie -que es la otra mitad, primer o segun, de una misma persona, y eso cuando no una prórroga-).

Si vols estar ben servit, fes-te tu mateix el llit.


Hay una sucursal de correos donde me hacen esperar y me dicen lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer y asiento y callo y somatizo. Si uno fuera Dani Güiza no tendría guerras así -a lo mehó-.
Hoy no me he hecho la cama. Estoy cansado de este tiempo de agua-nieve, frío y tormentas. Ah no, perdón, que es lo otro. Es que no sé dónde ando ni dónde nado ni dónde nada de nada nadita naduela. La fiebre del parte me trae alucinaciones. A mí, que me gusta el fútbol a rabiar, que iba para formar un tridente yo solo en la delantera de cualquier equipo. O para cantautor, ya puestos, trompetista o qué sé yo.
Mi psicólogo del second life (sólo quedamos él y yo en ese programa) me ha dicho que tengo nostalgia del andamio.

Fabricamos de la ruina, la ruina personal. En eso nos diferenciamos -la bavarde diffère- de nuestros abuelos, a quienes les vino la guerra sola y también la camioneta o el bando al que eran dichos. Nuestra ruina en cambio fue una especie de gazpacho hecho a una medida, al gusto, aunque fuera -el gazpacho- comprado en ca Simago (sello por igual o por distancia -le caractère-).


En el lado izquierdo (el derecho del que está enfrente) no tengo muelas mías. Se me cayeron de comer caramelos. When i was twenty-one it was a very good year, i didn´t still have any nerve in the mouth, and my dentist was singing in the green plains.
Benditos aquellos.

Otra.
Esta tarde he de dar el pésame a un niño de ocho años mirándole a los ojos.
Y no he hecho la cama aún. Ya lo he dicho.
Porque no quiero.

domingo

Cartas para todos, autor: wikipedia

Nada, que inauguro otra sección en LSC, besos.
En fin:

"Ignacio Felipe Semmelweis (Semmelweiss Ignác Fülöp) (* 18 de julio de 1818- 16 de agosto de 1865) fue un médico húngaro que consiguió disminuir drásticamente la tasa de mortalidad por sepsis puerperal (o fiebre puerperal) entre las mujeres que daban a luz en su hospital mediante la recomendación a los obstetras de que se lavaran las manos antes de atender los partos. La comunidad científica de su época lo denostó y acabó falleciendo a los 47 años en un asilo, a causa de la infección que el mismo se provocó cortándose con un escalpelo contaminado, para demostrar su teoría. Algunos años después Luis Pasteur publicaría la hipótesis microbiana y Joseph Lister extendería la práctica quirúrgica higiénica al resto de especialidades médicas. Actualmente es considerado una de las figuras médicas pioneras en antisepsia y prevención de la infección nosocomial.



Semmelweis, hijo de un tendero de comestibles de origen germano, nace en Buda, en la orilla derecha del Danubio, en un barrio comercial de la capital húngara de población mayoritariamente alemana. Cursa estudios elementales en el "Gimnasio Católico de Buda", y desde 1835 a 1837 se forma en la Universidad de Pest, al otro lado del río.

En noviembre de 1837 viaja a Viena por deseo de su padre para licenciarse en Derecho austríaco, pero su participación en una autopsia le hace abandonar el derecho y comienza a cursar estudios en el Allgemeines KrankenHaus, Hospital General de Viena, donde se convertirá en alumno de Joseph Skoda (profesor de clínica médica), Carl von Rokitansky (profesor de anatomía patológica) y Ferdinand von Hebra (profesor de dermatología), tres insignes médicos austríacos. En 1839 se inaugura la Escuela de Medicina de Budapest y regresa a su ciudad natal para continuar allí su formación, pero en 1841 vuelve a Viena, descontento con la enseñanza recibida en Pest.

En 1844 se licencia en Medicina y pasa los dos años siguientes trabajando con Rokitansky y dedicado al estudio de la infección en el campo de la cirugía. Durante este tiempo nacen, a la vez, su recurrente inquietud y su permanente insatisfacción: "Todo lo que aquí se hace me parece muy inútil; los fallecimientos se suceden de la forma más simple. Se continúa operando, sin embargo, sin tratar de saber verdaderamente por qué tal enfermo sucumbe antes que otros en casos idénticos".

En 1846, con 28 años, obtiene el doctorado en obstetricia y es nombrado asistente del profesor Klein, en una de las Maternidades del Hospicio General de Viena. Es el comienzo de una obsesión."

martes

Jota de mejorada


Los neurolépticos empiezan a hacer efecto y la realidad se detiene a examinarlos desde la inquisición del otro. El otro es una noche que a veces sale a orinar entre los relámpagos, hoy, por san Juan. Si hubiéramos sabido antes que el trébol era esto ¿Qué hubiéramos cortado, amor?

Hallo en los neurolépticos amigos que me acercan al enemigo de afuera, al monstruo que no encuentra una continuidad en mi animalejo y, cuando cierro los ojos, es dueño de lo que él elija incluido, si por ahí le da, el propio cielo.

El cielo es una manta en estas noches de neurolépticos; abriga a la yesca química, la tapa, dejando un cúmulo de huesos dentro que no pueden saber qué les sostiene mientras, afuera, se aprecia el procedimiento de un vegetal rosa.

Uno es algo maricón a la hora de optar por esta química y usa una pequeña parte. Trata con ello de arruinar lo que de ruina resida en una inteligencia del todo supuesta, dejándola, no obstante, sacar la cabeza de esa inundación para ver flotar las partes del inmobiliario que aún no se han hundido para siempre. Rehacer con ellos la alegría, la ilusión de esta casa, compuesta hoy no más que por tres charcos a los que apenas queda agua.

La alegría es la noche de san Juan, por ejemplo. Noche linda de verano, noche clara de san Juan. Todos los mocitos iban, nadie se quiso quedar. Nochecita de san Juan, nochecita de san Juan, cuando volvían los mozos, los gallos cantaban ya. Tanto miedo el de uno a quedarse solo y, luego, cuando hace mucho que ya se ha quedado así, el mismo miedo sigue tan ancho siendo el de siempre. Dígale que se entere de una vez, que ya trajo lo suyo. Dígale, amor, que se vaya a hacerme la cena, por ejemplo. No, nada del otro mundo, que parta un poco fiambre ¿Por qué te hace gracia lo de fiambre? No seas así, amor, tampoco es eso.

En el pueblo quemaban unas sardinas y luego se hacía aguardiente. Los niños reíamos el hacer de los borrachos, jugábamos al escondite en los versos de Juan Ramón que dicen hoy:

Igual me es la luz ilimitada,
los oros con azules,
que esta luz llovizneante de la nube entera.

Llueve en san Juan y mi alegría es cada fogonazo haciéndome donde me resguardo de ellos.
Tomo neurolépticos. Echo gotas de haloperidol sobre el vaso con agua y dejan de ser el uno y la otra para convertirse en la misma inundación que me he bebido a las doce.


Sí, entiendo el amor de una manera algo rara ¿Qué le voy a hacer?
A la medianoche me vendrá a rondar con las castañuelas, con el almirez y, la pandereta, que retumbe bien (el amor digo, a ver si).

domingo

Benedette ed adorable bestie (con Eldelbombo)




Todas las bestias cantan una canción parecida. Crece el río Mississippi en el año 5516 y se dice Muerte a los donantes en la cierta buena España, la profunda.
¿Ves esos merenderos de El Escorial llenos de moscas? ¿Ves los contenedores, todos de rajas de sandía y papel de plata? Es lo más cerca que estaremos de Pedro y Heidi, Manolo. Yo una vez fui a El Escorial y vi a la Virgen, amigo. Estaba sentado bajo un arbusto comiendo pan con nocilla y el primo de un ciempiés me dijo que era la hermana psicótica de la virgen negra, la de Guadalupe, que había vuelto. Le dije que me hiciera un milagro y me ha convertido en esto ¿Qué te parece, mi buen amigo? Las vírgenes es que no saben hacer milagros. No comprenden estos fieles que son el milagro ellos (y las vírgenes más todavía); mira si no, por ejemplo, el primo del ciempiés erguido sobre esas ásperas hierbas; supón, entonces, a las buenas vírgenes -no a las otras- en un piso siete en Aluche viendo El diario de Patricia.
Ya te digo. Para echarse a levitar (o a gravitar, ya puestos).

El primo del ciempiés me sigue desde entonces a todos los sitios y canta I´ve got you under my skin. Me dice que es la virgen, de mañanita, aquella buena, la hermana psicótica de la virgen negra, la de Guadalupe; me levanto de la cama ya curado entonces y ¿Que qué hice, Manolo? Por favor... me puse el café y derechito a echar la primitiva. Cuarenta y siete millones de euros. Y hale, a vivir, que lo otro era una puta pesadilla.
Me fui a una isla a tomar caipirinhas, daiquiris y tal con las chicas de la manada. Ya te digo. Y así hasta que un día que andaba recostado en una de las hamacas, cuando ya me había olvidado de todo, me encuentro al primo del ciempiés que ahora era una especie de langosta pequeñita y ¿Sabes lo que me dice? Que soy un desagradecido. Que si lo llega a saber se ajunta con otro. Que siendo la hermana de la virgen negra, la de Guadalupe, no la iban a haber hecho falta ocasiones para... ¿Y qué la dije? Pues qué la voy a decir, que ya no hay vuelta atrás. Que muchas gracias y que, si es tan buena, que se vaya al arbusto otra vez, nadando, que ahora puede y, añadí, imbécil... tanto milagro, tanto milagro, pues ahora, las consecuencias. A ver ¿Qué esperaba este gurriato? ¿Que la hiciera un monasterio o qué? ¿Para dar de vivir a monjes, curas y gente de esa? ¿Tú qué la hubieras dicho? ¿Pues poco más o menos, no? Sí, pues va y me arrea un zarpazo con las ganzúas esas. Como se había emocionado, pues hale. Sí señor, de esa pasta está hecho el mundo, Manolo, a ti qué te voy a contar.
Luego, después de agacharme a coger el trozo desprendido de la oreja y pegármelo de nuevo, junto con las mozas de la tribu, -como ya nos entendíamos y saben de vueso apellido-, la oreamos un poco y la comimos en una fogata y tan a gusto lo bien que nos supo con las cáscaras y todo.
Muy de buenas con las mozas en la isla, cantando rancheritas, dándonos de besos y comiendo papayas todo el día. Así seis años.

¿Que por qué volví?
Yo qué sé Manolo. Yo qué sé.


(¿Que fiche a Villa? Pues, oye, no es una idea tan lejana.)

sábado

Não saiba o que passa nem o que ocorre


Como se sabe, es muy probable que la civilización no pase de este siglo. Qué ganas que tengo. No hace mucho me decía Israel que para qué escribir, que eso se terminaría en los doce años que ahora hace desde que me lo dijo (puede ser que haga catorce). En un tiempo los chicos queríamos contar historias, plagiarlas de los libros de Bukowski. Ser autores y fardar con las gachís. Tirarnos cuescos en el ministerio y decir luego que habíamos sido nosotros (como Cela), y que no fueran a alertarse los mismos chicos de seguridad que no nos permitían entonces la entrada a los establecimientos. Devolverles las collejas que nos daban.
Escribíamos en algún lugar de mi nombre de cuya mancha no quiero acordarme. Y así.
(Qué pena).
Yo le ponía el yo a todo. El yo de la abuela “entonces no comíamos”, el de mi padre “a leche en polvo”, el yo del yo “prefiero cinta de lomo” y el yo de mi hijo que soy yo, hoy, por encima de los otros yoes o circunstancias; que, o bien no quiere comer de nada o se mete un buey.

No es un niño enfermo más que una enfermedad a la que acerco al médico de mano de mi tía Pepita. Le preguntan si toma drogas sin saber que es una droga que me está tomando a mí y que, también, les puede tomar a ellos si se dejan.
Le tengo miedo en las noches, no se me ahogue. Aunque el médico le ha quitado toda la importancia, que seguramente sea una alergia, que tome pastillas para echar las flemas (después de ello volverá a aprender acerca de lo real), que no fume por si acaso y que vaya en una semana. En ese tiempo irá al supermercado, verá conmigo la euro. Le diré que, en Afganistán, los soldados ven el fútbol por la tele.
Nosotros vamos con Croacia porque Dinamarca se quedó fuera. Vamos con Polonia también y, sobre todo, vamos con Portugal. Em um lugar da Mancha de cujo nome não posso lembrar-me, es lo que decimos cuando sale Portugal a escena. Lo cantamos, lo hacemos fiestas. Queremos ver a la verdirroja levantar la copa. Oír decir al negrote Eusebio: Cortemos desde agora as rosas da vida.
Hoy veremos el España-Suecia. Fumaremos cigarrillos junto con mi padre, que va con Rumanía.
Beberemos agua para calmar los mareos. Par toi, le dijo un errante semimuerto a la posibilidad de un oasis en los Médanos de Paraguana. Pero es que con agua no se brinda, coño. A poco estuvo mi niño de echarle un lapo en la boca por animal. Preguntarle si el ahogo es por la ausencia de uno, por la ausencia de planeta o por ocurrencia -o permiso- de ambos.

Los chicos, amigos, nos prestábamos libros en el insti y elegíamos frases. Escribíamos el mundo y nos era devuelto un yo ficticio y, en esa ficción, el que quería se ahogaba.

Voy a darle medicinas a mi niño y volver a la consulta a que le digan que está bien de una vez. Le seguiré dando de comer hasta que crezca media cabeza más. Jugará la prórroga de mi partido y no nos importará en absoluto si gana o si pierde.
Nosotros vamos con Portugal; aunque, qué putada, ya tiene asegurado el pase a cuartos.

lunes

El lugar común de lo alegre (una carta) -diario de un desviado-

Pero viene (la noche) y no hace ninguna falta. No se me ocurría ninguna poesía para la clase (a la que no voy) y lo dejé así, tal y como empieza este post. La histeria es cuando se hacen las cosas para la clase. El hombre es un órgano que se sostiene con las fuerzas que él crea. La multitud al lado es una virtud escasa.
Antes he estado en un lugar fascista, a celebrar el cumpleaños de mamá, donde he rellenado bandejas de comida y puesto tibio. He cogido garbanzos, macarrones, ensalada rosa, quesos y lacón y luego ha venido una señora y dicho: niño qué quieres. Me ha dictado las provisiones que había para acompañar al Trimalción que uno era. Le he dicho que eligiera ella por mí, cosa que ha provocado su sorpresa, y me ha traído una dorada. He dejado el esqueleto y la cabeza. No he chupado de ella por no tragarme los ojos del pescado. Luego he ido al baño y no he conseguido dar con cómo iba el grifo. Mientras hacía de vientre -cagaba- sonaba La primavera de Vivaldi. He comenzado el escrito respondiendo una carta iniciada en unos versos de Derek Walcott, estos:

A través de la seda azul sin costura, sombrillas de hierro
Y una (¿) palabra (?) marrón arden (and a brown palm burn). Un hombre con sandalias sale
y, vestido de tela de felpa de espuma deshilachada,
con gravedad romana entierra la llave de su cuarto,
entonces, ungiendo con aceite de momificar tanto los antebrazos
como el rostro, con las gafas de sol aún puestas, se queda de pie,
colocándome, y gesticula. Algún pequeño comerciante que broncea
su palidez de bronce negociable,
y el saludo alegre habría sido un lugar común.

“El viajero afortunado” Trad. Vicente Araguas. Huerga y Fierro editores.

He preguntado qué era una “palabra marrón” y he añadido que mientras hice de vientre en el lugar de ayer o anteayer -hoy- un hilo musical dejaba oír La primavera de Vivaldi.
Lo otro fue el miércoles con Guille, Rubén y César, cenamos en terraza solos y los camareros tenían que estar pendientes para que no hiciéramos un sin-pa, dos copas (o tres como mucho), y además tres, cuatro, ocho, quince troncas que podrían gustarle a cualquiera y que salen a gustarse a sí en cualquiera y taxi. Destino ejemplar de otro día: Feria del libro.

Fui con Pablo (Roebruk). Allí he adquirido los textos de Walcott y me los he leído señalando con un rotu en el autobús.
Admití en la carta de la mañana firmada, debido a mi risa que no sabe no tragarme, como L´amator Base, que la “palabra marrón” me había descolocado, preguntado si era fallo de imprenta, y añadí que últimamente padezco bastante del estómago y ando a limones, del limonero, señalé.
Añadido,
Más Walcott, un acierto de sonido y chicha:

Sundays! Their furnace
of boredom after church.

(Trad. Vicente A.):
¡Domingos! Su horno
de aburrimiento después del culto.

Un acierto de todos y para todos, un retrato de mi día siguiente. Les he dicho la lección de Groucho que nos repetía la abuela y que me recuerdan a menudo Vanessa y Eduardo: Aburrirse es de tontos.
No me aburro, estoy siempre descifrando sin apenas saber algo de algún otro idioma que no sea el que he escuchado siempre y leído de vez en cuando. En la guía de teléfonos, en los números, me convierto en un arqueólogo freudiano. En las letras canso de ver la preparación de un coito en la “i” que su palabra tiene en medio de la o y la t que, solas (ot), son la entrada del cementerio a Valseca.
Me han dado neurolépticos “a mansalva” para calmar este reclamo vicioso y, cuando he perdido el juicio, siempre he alegado que no es alegórico el chiste malo del abogado aquel (por mucho que pudiera serlo del diablo).
He estado encerrado y he sido la risa de los niños que podían ser quien uno fuera, en las visitas al otro, el amigo o compañero, aquel que apenas hoy sé de su muerte, si mucha o poca, si nada.

unos pocos más. El mundo no tuvo tiempo de cambiar
de los taparrabos de África a los galones de un portero.

Esto lo señalé de “Midsummer” sin fijarme en las letras en inglés, van sobre lo lejano y también del conglomerado de chismes llamado España. Añadí en la carta si el hombre ha tenido tiempo, y aquello que se sabe, lo de que es tránsito sin interrupción o el hombre o el mundo o qué más da. Escribía Cristóbal Serra de uno que “en el Timeo, pinta el mundo material como esencialmente vil y se muestra incapaz de comprender que la pura y sagrada Divinidad se albergue en él”.
He cambiado de tema y añadido que los realistas tienen la suerte de ser confundidos con cínicos, bretonianos o daltónicos, mientras pueden seguir haciendo de lo suyo e ir a lugares donde se come de todo y dorada y, en los váteres, uno busca los interruptores del grifo mientras, desde la puerta, las bellezas de estos años se ríen de lo bruto que es, de que no ha llegado al siglo XXI, de que sigue, su alegría, en una caverna inventada para vivir en un futuro o su probabilidad. Ay, qué poco respeto que se le tiene al hilo musical del baño.


He tenido suerte, mis amigos son gente de la que aprender hechos del mundo. Son vitalidad hacia mi ceguera o dudas, junto con mis padres, la comida y mi niña de los peines. La inteligencia que crece en sentido contrario de una burocracia que me acataría saber que el yo son las partículas que se recibe en cada dictamen pronto a su oficionario. Que la vida continúe es motivo de alegría (y más después de tanta artrosis). He empezado mi próxima novela contando la ablación a la que fui sometida en 1954, pero hoy he vuelto al blog y aquello de esta mañana no sé cómo titularlo aunque su proximidad siga ahí.
Hace diez años, las veces que no estaba impedido para las teclas o los bolígrafos por la medicación anti-psicótica rellené unas 30 páginas -malas- de uno parecido partiendo del libro de Fernando Arrabal “Baal Babilonia”. Le hice esta portada:



Iba de un hombre que se hacía cargo de la custodia de su hijo.

He dado por terminada la carta bajo título Mí empieza por eme de Marrón y he decidido hacer un post, repetir la carta en otro orden, buscar otro sentido a lo de siempre. La mejor vida, la que se conoce. Pues eso.
Lo mejor que de ella siga siendo y vuelva, si quiere, a casa.

lunes

Sustinere el qué? (entrada cien)


Bienaventurada la gente que tan sólo mira, porque ellos verán la verdad. Me decía Ratzinger mientras nos enchufábamos el noveno chupito de Glen Garioch.

Le conté que, en una ocasión, en un parque situado en las cercanías del centro Mondragón, me encontré al poeta Leopoldo María Panero. Le reconocí y me tumbé con él en un banco. Nos estuvimos tocando un poco la picha, como si nos acabáramos de conocer. Cuando hube estado debajo de él, pasados cinco minutos, me echó un lapo amarillo en la boca y lo devolví al suelo simulando allá una yema mientras él tampoco paraba de sacudirle a mi bragueta y a la suya, compuesta por dos imperdibles. Le hacía gracia y hacía que le hacía gracia mientras a mí también me hacía gracia cualquier excusa posible que existiera en cualquier otro lugar posible, incluida mi cabeza.
Después de correrme en el botón de su manga, se limpió en el mismo banco e hizo como que él tenía gustito, fuera lo que fuera eso -dijo, al decirlo-. Me dijo que suele venir la policía a molestar y que si le invitaba a una pepsicola porque tenía pinta de tener, no mucho, pero algo de dinero, porque mis calzones parecían nuevos y olía a desodorante. Le dije que vivía en Murcia, aunque era de un pueblo de Segovia. Me dijo que no había estado en Segovia, aunque recordaba algo que le pasó de pequeño que tenía que ver con Segovia pero que no sabía qué era, aunque tampoco hiciera falta. Nos tomamos el refresco en el mismo parque, en una terraza que, me dijo, le conocían. Sí le conocían, me pareció, y también que no les gustaba que fuera mucho. Nos sirvieron. Quería tocarme más y que le diera dinero y me decía que era un joven guapo. Se tomó la pepsi y yo un kas limón y me dio un cigarro que tenía porque, dijo, hoy lo he guardado yo ¿Cómo te llamas? ¿Y o So what? Cosas así.
Luego me piré.

Ratzinger me preguntó quién era Leopoldo María Panero y que por qué era poeta, que si era una persona joven.
Le dije que no.

No hablamos de sexo, aparte la experiencia que le había contado. Le dije que últimamente yo pasaba bastante tiempo leyendo, viendo la tele y trabajando. Y que todo eso no era vida, no habiendo felicidad por medio.
Ubi amor ibi oculus. Respondió.

Ratzinger preguntó a uno de los responsables de la pensión si quedaba otra de Glen Garioch.
Me comentó que había leído bastante en español, pero no cosas de ahora y que le había gustado mucho cuando leyó Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, siendo bastante joven.
Me preguntó si estaba cansado por la bebida. Le dije que tenía sueño y que mañana hablaríamos si no cogía avión.
Me dijo que tenía un día largo y bendijo:
Sustinere est difficilius quam aggredi.

Le dije que escribiría la entrada cien y que lo diría, para que me felicitase el que quiera.
Le di las gracias por ser mi amigo o por las copas -que es lo mismo-.

Le dije, mientras salía del portón de aquella hacienda, que era mentira lo de follar con el poeta ese y que nunca he salido del pueblo. En fin, dije, gracias, tengo sueño.

¿Aguantar el qué? ¿El cansancio? ¿De qué?