lunes

Una de baches y tarifas más o menos planas (Sección: diario de un jamón)



Cada día me hace una cosa ir en el autobús. Lo cojo en la primera y me bajo siempre al final del trayecto y, en las noches, hago lo propio con el trayecto a la inversa.
Cada autobús maneja su realidad. Los pasajeros somos sólo pegotes de sus idas y venidas, que no van a ningún lado –son sólo idas y venidas- pero que, como si fuera una novia, me trae y lleva y me lleva y trae y no va a morir a ningún lado como el mar; al muerto me refiero, claro.

Subo, digo buenas, pico –el billete-, me siento donde siempre y cada día es una cosa distinta porque es probable que cada día sea un día distinto (y también que sea el propio autobús también distinto).

Yo al autobús le veo siempre el mismo y un poco como un pobre castrado que dice que ama a la vida. O a lo mejor es que me veo yo así a mí cuando estoy en el autobús.

Recuerdo los años en que estaba completa y obtusamente loco, cuando subían las de la uni (porque el castrado de las ruedas pasaba por una uni a la que hoy voy a llamar "la uni" por muy poco que uno sepa de universidades como excepción de sitios lúgubres sin más) y me hacían de carantoñas, no hace tanto tantísimo aunque haga ya lo suficiente como para que ahora ya no me pase, y verles un poco que la carne era algo fresco y se reían, porque entonces yo era más chiquito y mucho más precioso y, sobre todo, porque sabían que me dejaba. Porque sabían, como yo, que es para eso para lo que está una hora de trayecto y yo, miren, seré hasta buen chaval/jamón, pero siempre la he llevado tiesa en el autobús, y uno, oye, es a lo que se acostumbra.

Ya sólo antes de entrar, el propio olor del autobús me traía a las señoritas, que no habían entrado todavía y, para mí, era como si estuviesen en el mismo sitio que ayer o antes de ayer. Y luego, al pasar por la uni, se me sentaban y a darle al refresco. Eso es una cosa que he perdido, pero que, he notado, se ha perdido en general. Hoy las veo y están todas hablando por el móvil y, si quiero se me ponga nostra la cosa, debo de quitarme los cascos para oírlas porque siempre están hablando de sexo con sus amigas y amigos y, cuando terminan, llaman a sus padres y a sus tías y abuelas para hablar también de sexo.

No sé si esas universitarias son otras o las mismas, que llevan diez años en el mismo curso y guardan la misma cosa fresca por flor y a veces la misma cara, la de la propia flor, -no me hagan chistes judíos, please-; y veo que poco importa y, si no fuera por el invento de la tarjeta del móvil, las vería acercarse a los corderos que uno era y que, silenciosos como en las películas, mansotes se dejarían llevar a los ejércitos de ese bien que acababa en la hora de trayecto. Lo que quiero decir con esto es, por ejemplo, que el metro funciona mucho mejor, al no haber cobertura. Aunque, a veces no, no quiero decir eso. Pero además también quiero decir que yo llegaba a cualquier lado y era dos veces yo con sus correspondientes yoes. Aunque tampoco. No. Está feo.

Lo que quiero decir es que me pasa que soy de autobús, un pegote de autobús en un asiento de autobús y, cuando suben las chicas de la uni, la realidad imita a la serie Friends y yo ya no me levanto a decírselo a las mozas porque me he convertido en una persona mayor, seria y de negocios que, aunque sean negocios relacionados con la psiquiatría -por mucho chocante que esto parezca en una misma frase-, no dejan de ser negocios.

domingo

Hoy de noche gato por libro que viene a ladrar en lugar de mañana


Tengo un libro ("Garbanzos de Fuentesaúco") que creía que había hecho. Fíjate qué cosas. Pero hoy, cuando lo iba a imprimir, me ha dicho que no lo haga, que me esté quieto, que me vaya a dar una vuelta por ahí. Le he escrito que he estado toda la semana por ahí, que soy casi una persona de negocios. Vete al cementerio, me ha dicho. Y, mientras le respondía, me he encontrado que lo estaba haciendo más largo a última hora. Se estaba quedando la conversación el cabrón y, en teoría, iba a ser yo el autor de ese libro, porque creía que lo había hecho, como he dicho. Pero no quiere sino que hablemos. Y yo voy y le hago caso y me pongo. Usted es un libro cabrón, le he dicho. Usted es malo, malo de cojones. Y me ha dicho que le puedo tutear, que juntos somos un puño que no sabe cerrarse más. Le he amenazado, pero no me ha creído y ha sido entonces cuando he sospechado que me estaba confundiendo con el protagonista que tiene dentro de sí. Oye, le he dicho, que yo no me llamo Carlangas, que me llamo Pedro. Que tampoco soy la chica. Que te he escrito para rellenar huecos de actividad. Perdona si te he confundido. Le he preguntado que quién se cree que soy y quién se cree que es y me dice que es un libro muy inteligente y que no le engaño. Que como me siga poniendo en ese plan me va a dar por el culo con tantas fuerzas que se me van a salir las teclas del ordenata mientras está en ello. Me he dado cuenta que es un libro gilipollas, que no va sobre otra cosa. Le he dicho que es como todo lo que escribo y que nunca sabe en qué ojos está ni en qué bolso ni en qué boca. Me ha dicho que lo imprima si tengo huevos, que me voy a enterar. Que como salga entero me mete tal capón que lo del culo se va a quedar en una anécdota, porque sabe más que yo, es más listo y guapo y pronto tendrá más dinero. Se va a reír desde su casa, dice, la que se va a comprar en Valseca. Se va a llevar a las churris al porche y todos a beber champán mientras ve cómo me quedo solo y me voy borrando como si estuviera escrito con la tinta de las bromas (que seguramente le han escrito a él). Que eso es lo que me va a pasar y que él, mientras, con las churris y con el champán y en Valseca y con vasallos para cuidar todas las cabras y los marranos y las tierras fértiles que va a comprar con todo el dinero que tendrá y en cambio yo... y se ríe, tal cual “jajajajajjaj”. He puesto las comillas porque es literal-copipega y no lo estoy contando porque sí, puesto que, precisamente, me está jodiendo el cómo yo quería que terminase el cabrón ese del libro que creía que había hecho yo y no él, que se ha hecho a sí mismo como mis amigas las del pueblo y, además, se va a sacar si le dejo imprimirse y me quedo quieto mirando cómo brilla. Me dice: vamos gilipollas, que yo me voy derecho a Carmen Balcells y a ti que te dé por culo otro libro, que yo ya me canso de tanto darte y se me está haciendo tarde, que ya he puesto el horario de verano en el ordenador ¿O no lo has visto? Y le he dicho que no le imprimo y me dice que se mete en el blog y se queda ahí porque capaz es de darme por culo primero, sacarse en el corte inglés de La Coruña después e irse cuando le dé la gana a Valseca con las churris y las gallinas a comer cocido y luego salir en el blog del internet “que hago yo porque él me deja” cuando quiera, que para eso es así de chulo. Y lo he impreso. Y luego, antes de meterlo en el sobre, se lo he enseñado a la pantalla por si lo viera, y me he puesto tan contento de darle en las narices consigo mismo. Pero no le/lo he leído; que se fastidie y se lea él solo.

Coño.

jueves

Nací (4) -posible variable del proceso autobiográfico estimado lo más lento posible-


Había una casa, el olor a abuelo, la colonia y trajes beiges; el tabaco. Había el primo mayor y el que uno era, y una casa a la que hacer más pequeña. Había un barrio, el clima en los domingos, la salida de la iglesia. Había el vermú en el bar de abajo con los hombres, el ruido de las máquinas, los coches. Había el ford fiesta de mamá, robado cuatro veces en las calles y siempre oliendo a la misma cosa vieja, el sonido del motor, ese aliento del humo, ese chatarro. Había un caballo en la terraza, pequeñito. Sus ojos eran desgracia, si la había. No recuerdo la desgracia. Siquiera recuerdo si acaso ojos tenía, el caballo perdido, blanco, de madera con plástico, de birria que nunca supo del corcel que ganó al trote batallas contra los americanos indios. Había un coche, también, hecho de palos, regalos en navidad, el medio vino, y otra vez la colonia y el tabaco. Un piso alquilado, un parqué mate, la cocina. Habían los amigos y el cole, cerca de casa, el barrio; de la mano de tía, su trabajo y las chucherías de luego. Bajar a por el pan. El pan blanco, como una hostia que quedaba para el día del traje de marinerito, aunque luego uno fuese con un lacoste de lana negra y grises pantalones lisos. Había un balcón por el que mirar un pino, un jardín, las explanadas. Había la prisa en los cromos, el gordo del colegio. Había el bocata del patio (patio de lo muy particular, pero no de casa alguna). Había las luchas de judo, muy pocas chicas y escondites preferidos; y había antepasados que te daban la propina a cambio, como supimos más tarde, de no volver más cara a su recuerdo.

Advertencia siguiente: Ha ganado Tesa.
Siguiente de la siguiente: Tesa campeona (El enlace está a la dere, no sé cómo se pone aquí).
Siguiente III: Hurra!
Siguiente IV: Alberto M no sabe dónde meterse.
A Siguiente V, en cambio, le cortaron la cabeza por malo (y además salió una ley).

Gripes varias y retratos del Mal



Escribir con un poco de gripe es la mejor manera de ponerse. En la cama se está mal arropado y el error de acá se encuentra en reducir esto a la decisión de taparse más, menos o no taparse, cuando lo que conviene es levantarse y poner algo en el blog. Con una fanta naranja, por ejemplo; como esta noche, por mucho que a la mañana haya que estar decente en la ofi.
Salí el martes a comer en el restaurante de Felisín. Fui con Eva y después del potaje y la ternerilla, Félix nos puso el café y una botella a medias de Jameson para que nos sirviéramos a nuestras anchas. Así que llamé a Belén, que estaba terminando en la cocina y se juntó con nosotros y estuvimos haciendo chistes y riéndonos (tuvimos que abrir otra, claro).
La gente que se iba trabajaba en los estudios Buñuel y me saludaban, al ser famoso, debido al blog.

- Belén, si me dais así de comer no voy a adelgazar los 4 kilos y no creas que no quiero, que me pesa el culo y mira que tú te acuerdas que yo era futbolista, eh. Pero de élite. Pregúntaselo al Álex si no...

Felisín ahora no fuma. Le vi jugar un poco al mus. No es que no fume, que lo ha dejado, pero un puro no es fumar, dice y se lo enciende. Y, cuando se lo enciende, le viene la una y guiña el ojo, pero no para hacer la seña sino porque se le ha metido el humo (cosa que nos ha pasado también a los demás jugadores y espectadores).
No nos dejaron pagar porque “había quedado dicho” y me dijeron que era maja la chavala, que es Eva y chavala también, aunque a mí me gusta llamarla la chavala.
Yo anoto aquí la vida un poco y me la creo o me la descreo o la hago otra cosa, o como una niña que quiere salir ya de la bañera pero no puede porque no le deja su padre, que está haciendo el tontuelo todo el rato con el patito.
Evucha, mientras, anota cosas en un cuaderno y dibujos, pega fotos y las rehace o lo que sea y a veces es como un diario íntimo en el que hasta salgo yo –el cuaderno, no ella (que también)-. Estos calores repentinos con el airón que hace son muy malos y la gripe se quita anotando cosas, aunque yo tomo efferalgan (no) cod-efferalgan, que me mola más. Y fanta naranja. Los artistas como Eva son así, y yo vengo a ser algo resultante de una mezcla -buena- entre esos de ahí arriba ¿No, Evinchi? (de todas maneras, y como es sabido, quitando un poco los primeros años del paleolítico, no entiendo lo del arte).

PD: En la fiel (la primera) me has hecho "un poco" entre opiáceo macaco y La joven de la perla, ¿pero a que en la otra me parezco al Patrick Swayze?

domingo

Correr tras el propio sombrero


Lo dije en otro post, días atrás, lo de que tengo un agujero en la cabeza que me sirve para respirar mejor. En días como el que viene, tras traer el pan, me siento en el sofá y, si prendo un cigarro, aparto un poco el pelo y echo por ahí la ceniza. A veces, el cerebro, que es nuestra pertenencia más sibarita, queja esto y puedo notar cómo zumba, cómo tose. Cuando esto pasa, aparto el pelo de nuevo, meto el dedo índice por el agujero y moldeo hasta donde llego como la plastilina que es. Entierro la ceniza en su interior, que es más de lo mismo, como nos enseñan los grandes poetas. Porque el cerebro está hecho de barrer bajo su alfombra. Y debajo de mi pelo, oiga, yo tengo muchas alfombras. Mire usted por él si no me cree, les digo a los desconocidos. Con una pinza capaz soy de darles la vuelta para que se vea que son de buen material. Meta el dedo, no sea tímido ¿Ve? Tampoco era para tanto. Es, como puede comprobar, una especie no necesariamente carnívora y, compruébelo usted mismo, cariñosa, gusta que acaricien un poco su agujero. Es una especie mimosa y uno ha puesto mucho de su parte en domesticarla. No crea que es cosa fácil en esta época.
Mis antepasados lo tenían también en el mismo sitio y buenas jornadas que se daban toqueteándose hasta que hubo niños en casa y los niños tenían también un agujero igual en el mismo lugar de la cabeza y por ahí se asomaban a mirar, como usted, todos los vecinos del mundo y no veían nada. Una niña que asomó me dijo que veía algo un día y le pregunté que el qué y dijo que lo veía oscuro. Claro, es que ahí dentro todavía no han inventado la luz. Son unos cafres, le dije. Y se reía.
A veces, le diré, meto por ahí lo que no me gusta de la vida. De la calle, por favor, entiéndame. Cosas sencillas, que se ven, claro. Trastos pequeños que me encuentro por la acera por ejemplo cuando, como hoy, voy a comprar el pan. Suciedad que hay por ahí y que amontono debajo de esa alfombra que está debajo de otra y de otra y que no vuelan como las de los cuentos, salvo en los días como hoy en que hace mucho viento. El aire es que es como es, le diré, en más de una ocasión he tenido que colocar alguna pinza a través del agujero y no crea que es cosa fácil. Pero la colada es la colada y hay que hacerla.
Cuando creo haber almacenado suficientes cosas que no me gustan de la calle como para que hagan del cerebro algo que pese hasta molestar el cuello y hacerlo coger postura, prendo papel del baño con una cerilla y lo echo. El agujero funciona como chimenea y yo noto una embriaguez muy sana oyendo cómo cruje dentro, notando el cosquilleo del humo al pasar por el agujero y sabiéndome, mientras estoy sentado en el salón de mi casa, en un mundo un poquito menos sucio que, no crea, eso también es importante.
Una vez reducida la lumbre meto hormigas y me reconstruyen el sitio a sus naturales anchas.
También tengo un tapón en casa. A la niña le he dicho que me lo pongo en las noches para asegurarme de que tengo sueños propios y que no se escapan, pero lo cierto es que sólo me lo pongo para las entrevistas de trabajo. Mañana voy a una ¿sabe? Porque, antes de nada, yo soy administrativo.

sábado

Todos los sábados santos


La felicidad cabía en una bañera y, sin embargo, cada vez cae más agua en este sábado donde podría no haber el premio de bañarse con trastos para estar a gusto limpio y decirle a la pequeña que con escupitajos se ha hecho el mar y las estrellas son ascuas de una fogata hecha en verano y somos dos y estamos en nuestra bañera en este día que llueve porque, al juntarse, las nubes rompen y siempre la vida es algo que se rompe, si no, bonica mía, no sería vida. No habría tampoco un planeta. Porque el planeta, como sabes, es un juego que se saca del baúl de los abuelos, ese que está en el sótano y es como una pelota en el dedo meñique de un malabarista y el sol, que hoy, renacuaja, no sale, es la bombilla de ese sótano donde, como las nubes de fuera, a veces en su derredor se aglutina el polvo, y allí vamos a bajar al salir de la bañera, porque habrá que darle al interruptor y ver cómo las ratas se esconden de nosotros. De ti y de mí que somos una ratita y un ratón metidos en una bañera donde cabía la felicidad y, sin embargo, sigue lloviendo en la calle de este sábado en el que desde acá vemos la plenitud de todos los sábados santos y tú me preguntas, hija, qué es la felicidad y yo digo que cabe en esta bañera porque, cuando te seque el pelo soplándote despacio entre las orejas de ratona, vamos a convertir el secador en una metralleta y bajaremos al sótano donde, al salir el sol, las ratas huyen, del sol y de nosotros, que somos una ratita y un ratón y no tenemos más nombres cuando nos bañamos juntos en la bañera un sábado que llueve, como hoy... con el trabajo que nos ha costado a los ratones, querubina, inventar la sequía.

A la niña le gusta la foto (a la que acaba de poner por título "procesión de ayer") y quiere ser fotógrafa de mayor. Y he sacado una del baúl de los sábados que hice un sábado también santo y le he dicho a la pequeña que el cielo es un espacio cartesiano en un tiempo salvaje y loco como de Léon Bloy y que, un día, la voy a llevar y que sea ella la que saque las fotos, porque las cámaras de fotos en las manos de las niñas pequeñajas y ratonas son un relámpago crucial que cruza todas las eras antes del trueno y luego vuelve otro sábado, cualquier sábado santo del mundo, a contarlo en la bañera.

1º cita de Faizulito y Ciudadana Agreste interpretada por Telsio, actor adjunto en Citas de Valseca


- ¿Tú qué crees que somos?
- Pues...
- No no, tienes que contestar lo primero que se te ocurra.
- Somos unas personas.
- Ya ¿Y dentro de eso y fuera?
- Pues un balón de fútbol. Me haces unas preguntas muy raras.

Luego hemos salido a comer tortúcolas de Guadamonte.

- ¿Qué es esto que comemos?
- Pues tortúcolas de Guadamonte.
- Ah, pues me quedo más tranquilo ¿Tú no?
- No, la verdad.

Luego he sugerido que fuéramos al cine. Ella ha dicho que sí, por ser un día de fiesta.

- ¿Vamos al cine?
- Sí, como es fiesta.
- ¿Y qué pelis hay?
- Hay una de un director que me gusta mucho.
- ¿Es americano?
- No, es japonés.
- Vaya, pues a mí me gustaría ir a ver una comedia.
- ¿Qué crees que puede haber en la mitad de un camino que va de un director de cine japonés y una comedia?
- Pues que nos tomemos un helado.
- Pues no, esa no la echan.

Y hemos ido a ver ¿Cómo se titulaba?... Luego hemos caminado hasta salir al centro de la provincia.

- ¿El tío tiene una especie de problema con el espacio, no?
- No, es su madre. Su madre le enseñó a no recordar las cosas.
- Pero era la madre de la chica.
- No, hombre, la chica no tiene madre. Ella es del siglo XX, normal.
- Hombre ya, normal, normal...
- Es normal... tiene iPod y todo ¿Te has fijado que en toda la película siempre ha llevado la misma camisa?
- En la ducha no la llevaba.
- Pero eso ha sido breve. Lo demás, todo el rato, la misma camisa y tenía un lamparón en medio.
- ¿Roja?
- Sí, pero no has caído. No ha salido con otra, y el mismo lamparón.
- Bueno, es que yo no he entendido lo de la madre del chico y me he perdido.
- La madre del chico es un árbol. Ese es el árbol de la vida. Me pregunto qué tendrá que ver con el lamparón de la camisa.
- ¿Pues que no la han lavado, no?
- Esta película han tardado ocho meses en hacerla.
- Ya.
- Oye... ¿Cómo era eso de las personas que me preguntaste por la mañana?
- No, que si estamos en el mundo o algo así. Me preguntaba, si fuéramos los órganos de un cuerpo ¿Qué órganos seríamos?
- Seríamos el corazón.
- ¿En serio?
- No, yo qué sé, es por no decirte que seríamos una rótula, un radio, un fémur...
- Un balón de fútbol...
- Pues porque no lo has pensado bien.
- Pero las tortúcolas esas estaban ricas.
- Sí, llenan. Ah, por cierto...
- ¿Qué?
- ¿La peli no te ha gustado, no?
- Sí. Aunque no la he entendido.
- Pues, hala, a tu casa, a darle monsergas a tu madre.
- ¿Por qué?
- Por no entenderla, gilipollas.
- Vaca.
- Pichacorta, patán. A ver si sueñas con personas mayores.
- Llevándote al cine ¿No?
- No entiendo la gracia.
- ¿Quedamos mañana a tomar una caña y te la cuento?
- Sí.
- Pues estupendo.
- Ha sido interesante el lamparón en la camisa roja. Creo que es una metáfora. Como sangre dentro de la sangre. Porque ahí es donde vamos todos a parar tarde o temprano, mientras tomamos tortúcolas de Guadamonte.
- ¿Pero esta película tenía director, guionista y tal? Porque yo no he entendido nada.
- Mañana te lo cuento.
- ¿Y te vas, así, sin bico ni nada?
- No, que es el primer día y hace mucho que no duermo bien.


Director: John Pee (aunque esto no justifica nada, se explica, el caso es que puede ser peor, pero ¿No es la vida así -pregunta- como algunas películas aburridas? Telsio le responde: Yo me lo he pasado bien, si quieres mañana lo grabamos de nuevo, pero que haya cañas eh y tortúcolas de esas).

lunes

When I was thirty-one

Conocí a Big Daddy, por ejemplo. Un tipo que habla french-english. Con Bobby me entiendo muy bien en spainglish, porque yo, en la intimidad, hablo spainglish. Mucho mejor que con Anita, a veces, que es de Segovia -ni la burra ni la novia y a poder ser ni la mujer-, cosa que Bobby don´t understand. Dice una nótula que “La faz del hombre y la flor de la palabra condensan la elocuencia del mundo, porque la mímica es habla, y la palabra, música”. Eso somos Bobby y yo. Algo así. Bobby, mientras, se pone a hacer petas y entramos en esa onda spainglish + mímica. Yo no fumo mucho y se me nota enseguida cuando lo hago porque empiezo con el spainglish mímico -que se me da mejor que el no mímico-. Y cuando empiezo con el spainglish no hay quien se acerque a quitarme la castaña que tengo dentro de la patata que puede llegar a ser mi cuerpo e incluida en ello la cabeza -mía (quiero decir: sobre el papel no necesariamente ensangrentado)- que abre dicha castaña y cede a este cuerpo en cuyo patatal se encuentra a ratos serrano y glorioso, así como la cabeza.

Big Daddy, al igual que yo, la tiene tiesa todo el rato.

A mí lo de Daddy me da mal rollo y le llamé Big todo el tiempo, pero él insistía en que era Big Daddy todo junto y esto desde que nació, me indicó con gestos, desde que vio la primera luz. Y yo le dije que la tenía tiesa todo el rato -yo-. Y él se reía. El Big Daddy a poco me suelta una hostia en la celebración de mi cumple. Joder, Big, que son 31, coño, respétame. Big Daddy tiene lo menos 80 y quería poner a Bob Marley todo el rato. A mí me mola, Big, el Bob Marley. Yo lo flipo, Big, con el Bob Marley. Bob Marley es la hostia, Big. Me sé hasta el Turn you lights down low, macho y te la canto al revés si me pongo y hacemos satanismo que, esa la escuchas al revés, y se te cruza un alma que quiere comprarnos algo en el cruce más cercano aunque, ay, ahora que caigo, ese cruce está en la casa los vecinos y hay que bajar un poco estos sonidos, que tienen niños; pero es que ahora toca Paco Ibáñez, Big. Paco is life on this earth of very bad news in the television, Big. Y Big asiente, pero se llama Big Daddy ¡Coño!

Yo llegué y vi a las tres marías de las cuales me quedo con la Magdalena de Proust que son las tres juntas.
Habían estado cocinando, procuraron felicidad en la mía y la consiguieron. A la felicidad, la cocina le obliga y, cuando las cocineras dan besos y son tan guapas, la sartén sale, mejor que frita, ganando.
Después, cuando nos enteramos que iba a venir Big Daddy, la escondimos junto con las joyas.
Me cago en la leche, no me quiero ni imaginar -cosa que, ay, he hecho- qué hubiera hecho Big Daddy con la sartén, el tío.
Luego nos la enseñamos en el cuarto de baño. Ya sé que conviene mirarlas por separado, Big, pero estamos en familia. No me extraña que te llamaran Big Daddy, macho. Tus viejos lo fliping cuando saliste. No sé adónde hubiera llegado yo con eso. Con eso te sale gratis el bonobús, cabrón. Y Big Daddy tan contento porque de seguida puse al Bob Marley, que si no me mete una hostia. Había que dar la de cal y luego Somewhere over the rainbow, que Pachi es mi amiga, tronco, y tiene gallo.

Fui a comprar lo que faltaba de whiskis, hielos, vino y cosas así al ahorramás y me enteré de que estaba sonando la canción de búscate un hombre que te quiera, que te tenga llenita la nevera... y pensé en las mujeronas que van allí a hacer la compra y luego en Evucha y aquello parecía una maldita novela del Paul Auster de los cojines. De vino compré un Marqués de Cáceres porque me acordé que le gusta a Eduardo, que no vino porque siempre está comiendo paellas con Rafa y, si estoy yo delante, lo dicen con señas secretas para que no me entere; los tíos, ahí, gentuza.

Los del ahorramás le cortan a uno la libido ¿Se dice así? Como se me ocurrió esto estuve pensando en la escena que más me gustaría que me pasara en la vida, que es la de la peli Grupo Salvaje cuando se van a una bodega con churris y empiezan a disparar a los barriles y se duchan con el vino todos abriendo la boca y la tuve otra vez tiesa. Total, si son dos días, Joe. Y eso que todavía no había llegado Big Daddy.

Bajé como tres veces mientras Ana, Andrea y Eva comían comida china con palillos. Porque después de la comida capaces son de cazar moscas con esos trastos. No, de verdad, os vi muy sueltas, tías, como el Daniel San. La grulla la estoy haciendo yo ahora mientras os escribo esto.
Fui a buscar a Guille, Rub & Kim, que dijeron que venían por la acera derecha pero vinieron por la de la izquierda y, luego, como buena gente utópica, nos encontramos en el semáforo y nos dimos el abrazo cuando estaba en rojo.
A Jonás me lo encontré en el camino. Se fue pronto porque tenía que estudiar. Amigo Jonás, se te va a tragar la ballena de los estudios y luego te va a expulsar a una isla que no va a entender nada de eso, en verano, en Valseca. Pero vas a ser feliz, tío. Me lo ha dicho Big Daddy, que lee los ojos de la gente el cabrón, aunque se le pasa cuando se pone al Bob Marley.
Vino Bárbara después. Y después Pachi. Y después Bobby y Big Daddy y después Alfreducho y Meri.
Y todos trajeron regalos estupendos.

Mientras nosotros celebrábamos con whisky que estábamos juntos, mis padres, desde casa, celebraban con champagne que yo no estaba con ellos.

A la mañana, con la resaca, cuando recogíamos, yo apenas hacía más que dejar limpio algún cenicero y, en el espejo, veía a Íñigo el de El Gran Hermano.
Esta tarde, ya en casa, me he puesto el Davis, Coltrane, Red Garland, Chambers y me he enterado de los goles del atleti y he leído notas-Ana donde, en teoría, todos íbamos a poner algo, menos yo, que era el del cumpleaños:

Bárbara: roma, út sáres ol arajáp.

Rubén, macho, lo tuyo es muy Cela (pero del de Mazurca para dos muertos, que es el único que me gusta y no sé por qué -aparte La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona-). No quiero imaginar -cosa que he hecho- lo que hubieras escrito con menos ácido en la chola (venía con el whisky –el ácido, no Rub, que venía con palabras mayores-). Y tu firma tiene forma de una polla recién cosida la fimosis, macho. En serio, háztelo ver, que si no, oye, soy yo.

Guille, el tío del teléfono no estoy seguro de que no fuera un primo de Eva (a la Eva es que la llaman acosadores -20 mínimo al día-) y yo fui diplomático porque me es fácil ponerme en esa piel -la de acosador, no la de diplomático-. Éramos casi ya amigos cuando colgó. Lo único rescatable de esa conversación, por lo que me toca, fue “Me llamo El que está al otro lado de la línea y me apellido Con el pibe que no se cansa de llamar a mi chica... pero tú me puedes llamar Que lo dejes”. No es textual. El pibe colgó cuando se corrió. Pensé que podía estar mal y tuve miedo de que se tirara por una ventana como el amigo de Picasso (cosa que no ha sucedido porque, me dicen las mejores lenguas, hoy ha vuelto a llamar). Fui bueno y me acordé de que yo fui malo un día y pagué los platos rotos de una chiquilla que no tenía porqué tener platos y no merecía que los rompiese un imbécil como yo cualquier día que, precisamente, hay plato en la mesa y no tiene porqué estar roto.
¿Diplomacia? Ja, déjalo así, que así es la rosa. Diplomacia eres tú, Guillermo. (Sigo pensando que no es justo que seas siempre el que les gusta a las chicas, porque yo soy muy guapo, sólo que, por decencia y solidaridad, lo demuestro menos).

Pachi, lo tuyo es alta literatura. Y creo que no sabes decir las cosas de otra forma. A mí me pasa que no sé decir las cosas con una forma sola (salvo cuando escribo para vosotros) y, sí, es otra justificación, las digo de varias sabiendo que nunca voy a saber escribir mejor que cuando tenía veintiún años. Sé que es una enfermedad. Pero de eso me entero gracias a ti y a todos.

Bobby, tus letras hacen mejor mi esperanza. Tu alegría es La Tierra.

Ana... mala mala.

Andrea.... mala mala.

Eva... un veneno (espero las fotos, amor mío, que esto sin fotos parece que no ha pasado).

Meri & Alfre... pa mataros. (Todavía me suena la canción esa, con lo bien que me caía Adamo).

Kim... un susto, al ser pasajero, hace la vida, vida y, eso a su vez, maravillosa.

Cuando desaparecisteis pensé que no era tarde. Que me iba a beber el whisky que quedaba. Luego, en la silla, me dio un flux y pensé: no has bebido tanto, no puede ser. Albertito, hay que cuidarse. También: ¿Saldrás a la calle con esta camisa? No lo niego, pensé eso y también -pero sin la corbata hace menos- y Alfredo y María me han puesto en un serio aprieto. Porque es indiscutible que es bonita la hijaputa la camisa. Pensé: Dónde está Big Daddy para salvarme y me puse a hablar con Andrea de una peli que había visto, pero se hacía la dormida y me dije que a lo mejor me había tomado siete y que eso era mucho, que cuatro, por ejemplo, a veces son una pasada. Y fui a la habitación y Evucha estaba dormida y le di un beso y veía ocho Evuchas y pensé qué rápido todo y luego otra vez: Albertito, si no has bebido tanto. Estás para el arrastre. Y me lavé con agua fría lo que supe y, cuando me encontraba mejor: es un buen día con amigos. Han llamado Pablo y Ana y les quiero dar un beso. Big Daddy se ha ido ¿No habré sido un necio con él? y Evucha está dormidísima y son ocho Evuchas juntas soñando ocho sueños cada una y luego todas se acuerdan de los de la anterior y, si no, llama un tío para decir cuáles eran y le tengo que decir que soy de la mafia rusa y que, a los que se meten con mi chica, les hago un nudo en el prepucio con una cobra a la que, a distancia, despiertan mis faquires tocando una flauta. Y me arropé. Y hoy domingo ha sido un día normal, con todos vosotros, con sol y mis padres, también, soñando y hoy es muy tarde y mañana seguiré escuchando esto y averiguaré el crimen del libro, jugaré a la play, veré goles, estaré a gusto y podré levantarme dando un estironcillo, y el martes veré a Eduardo y espero que a Vanessa y Olgui, me tomaré algún whisky y será semana santa, como todas las semanas. Porque entre Valseca y las noticias somos una procesión diaria que no se cansa de salir en busca de su Cristo.
Es algo como decir Gracias -no lo del Cristo que no sé a qué cuento viene, sino todo lo de antes-. Al mundo, claro, y qué le vais a hacer, algunas veces, sois vosotros.

(Como se me olvide alguien, es que el cielo no me quiere. Pero, oye, uno tiene suerte y la cama fijo que sí, que se me han hecho las seis y mañana viene el fontanero).

Al final, los que quedábamos, antes de que nos devolvieran al frenopático con los laureles creciéndonos por la cabeza, éramos algo así de izqui a dere... (Ana casi en el suelo, Andrea, Alfreducho, yo, Meri y Pachi) y la que tiraba la afoto, Evucha:



Luego, nuestra fotógrafa -y psiquiatra-, se tomó un té.


martes

Amor para perras y perros


Veo corazones en los excrementos que mi perro, al sacarle, deja pegaditos a la farola de la primera esquina que cruza en nuestra vivienda.

Las orejas de mi perro están cortadas y son iguales al pico que me deja atrás el peluquero cuando voy a arreglarme para estar mono cuando saco a mi perro a dar amor al mundo. Tanto es el amor que hace que ladre. El mundo, nos decimos, es que se asusta enseguida.

Cuando mi peluquero termina el flequillo, recojo los pelos que caen con una cesta y me los llevo a guardar para que nadie los coja y le haga vudú a mi perro utilizándolos.

Mi perro a veces me come en broma la cabeza cuando llego a casa con el pelo corto y luego la escupe hecha un nudo. La recojo y me la pongo y el nudo está tan apretado que no la dejará caerse cuando me mande a recoger el periódico.

Mi perro lee los artículos de opinión mientras yo estoy en el lavabo engominándome la pelusa que mi perro ha puesto encima de mi pelo corto al recogerme el periódico de la boca.
Mi perro es artista y viene conmigo a nuestra habitación porque le estoy haciendo una caseta. Mientras yo pinto el techado, él saca la pata del titanlux negro y, al salir, deja un Mark Rothko en el suelo.

Llegados a la cocina me hace fiestas para que le saque a decir lo que le quiere a la primera esquina porque, dice en el idioma de los perros que la primera esquina, con su farolita y todo, es como el primer amor cuando se cruza en el camino de dos animales que no saben cuánto existen ni porqué y luego vuelven al pedigree de la alfombra de su casa, justo cuando la farola se ha apagado y se escuchan desde aquí los ladridos de esos siniestros perros que guardan las casas de los vecinos.

jueves

En los libros de mierda la idea huele primero


“Lámparas en el interior de algunas líneas. Se encienden o parpadean con la lectura. Iluminan un camino cuyo único final es nosotros mismos” (Jordi Doce. "Hormigas blancas" Bartleby Editores)

Son, a veces, días en pijama. Tenemos tiempo para leer un libro y mirar por la ventana, entrar en internet, dar cuatro vueltas a un filete y comerlo luego.

Son días maravillosos en los que rara vez importa que la semilla de una enfermedad entre por las persianas, corretee por las paredes de cada habitación de la casa y juegue con el niño inventado que se saca un criminal de la boca para que dispare a ambos. Importa poco, ya digo, que entren y sometan su voluntad a la nuestra, incluso, nos miren compasivas antes desde el techo.
Son días, algunos, ya digo, para estar en pijama mientras el talento colecciona en la cocina mariposas disecadas, que es para eso para lo que está aparte de para servir la mesa.
En la salita, mientras, las ideas están esperando un youtubazo en el que verse.
Sólo el que queja esto pide a gritos su acabado, el tan imbécil.

Nos hace la rutina, que no las ideas. Y cuando la rutina es en pijama nos hace más, porque se sostiene en la idea que de nosotros se hace el pobre pijama, aparte la que somos con él puesto.

Recuerdo que hace un tiempo usaba más el espejo, me miraba. Hoy sé que hacerlo implica tener que empatizar con un animal, y eso exige muchas ganas y también tiempo y, en ese tiempo, el animal puede incluso quedarse a vivir ahí. No soy uno que se arregle mucho para salir a la calle y, mucho menos, para estar en casa con el pijama. Me miro poco y, al afeitarme, procuro la concentración sólo en la dirección del pelo y en dónde va la maquinilla.


Creo que no he acabado y, en ocasiones, me ilusiona la ilusión de ser bastante joven. Aún así, quiero, no sé por qué, sacar un libro. Porque, sin haber estado acabado del todo pero habiéndolo creído, tampoco he dejado de escribir, no, por el momento. Como si, no encontrándole sentido al pijamilla, buscara dar en él con unas cuantas letras juntas, dando finalmente, de alguna manera, en cualquier cosa que me sea del día.
Los libros me molestan. No sé por qué, ya digo, quiero sacar uno. Es una cosa que tiene que ver con la vanidad y con la muerte, y no puedo saber en qué casan una y otra ni si esto supone en el juicio algún divorcio.
Los libros me molestan en sí, repito, me invaden y tapan la mesa y termino hasta los muñones de ellos. En los días de pijama como hoy, a veces, leo enfrente del ordenador mientras los libros, cerrados como tortugas durmiendo, que vaya uno a saber las guarrerías que hacen en esa aburrida intimidad de letras y letras juntas una por un lado y otra dándole la cara. Son una “ele” y una “o” haciéndo-lo (perdón por la tristeza de este chiste malo del todo gratuito y muy mezquino). Leo, decía, antes de la idiotez, y a veces me río solo de un lector que somos todos y, de vez en cuando, da sorpresas y hace trampas que uno al final le ríe como al jefe de la empresa en la boda de su hijastra. Me río, pues, bobamente, y, en esta risa, la poca razón que uso se me escapa por la boca. Lo noto luego, en ocasiones hasta dos horas más tarde, por el vaho que se intuye en la pantalla cuando, apagada, se ha puesto negra del todo.


No sé por qué se quiere sacar un libro, insisto, y por qué quiero yo, menos. A veces posa una mosca entre dos páginas y se la intenta dar cazuela cerrado las tapas. Y luego está que la mosca, como es natural, es mejor que un libro y además vuela -aunque caiga en redundancia escribí un libro que va de esto-. Una mosca es mejor que sacar un libro, pero sacar una mosca es difícil. Nadie quiere una mosca. Yo, por ejemplo, casi todos los días no querría una mosca, ni de coña. Y eso, por ejemplo, hace pequeña la idea de un libro con letras como las que dije en el chiste los mojones, una tras otra y tras otra, provocando el estercolero aquel en que la bendita mosca que allá posara capaz sería de calcular el peso de todos y cada uno de los planetas que su cuerpo descifra, leyendo. Con solamente posarse -che-.


Una persona, en cada edad, ve en las letras que acaba de escribir, sin solución, un crepúsculo.
Este se gallea y pone porque es a la vez gallo y gallina, lector y mano, pero no hay noche capaz de cantar sus mañanitas en el envés de una letra que además anda ya usada.
Pues muy bien, dirás.
Pues claro. A ti qué te voy a contar.

Persiguiendo a las ideas se vuelve uno un patizambo detective de ellas y las sigue con la lengua fuera como el bulldog que persigue a Willy Fogg.

- Vamos Bully estúpido!!! Si no comieras tantos bollos.
- Ya voy jefe..., ya voy.
- Si sólo haces comer jamás cazaremos a ese Fogg, ¡idiota! ¡más que idiota! Por tu culpa ha cogido el tren antes que nosotros.

Claro... persiguiendo a las ideas se vuelve uno un rastreador de una nada que, en su vez, le persigue a él. Y esta, ay, sí pone huevos.

Esos huevos sí hacen algo a la rutina y al hombre le hacen, a más ratos, fuerte, aunque siga con el mismo pijama -narrador no verosímil pero parcial de una historia-. Eso, mientras busca la sal para el filetillo.
La especia elegida poco tiene o nada que ver con el mundo salvo cuando es la única opción; en ese caso, es el mundo. Lo mete el niño inventado en el plato que le corresponde y, después, a la cama con todo dentro que mañana, luz mía -he hecho el día para ti y en qué momento tan tonto-, hay mucho lío y a lo mejor hasta huelga de autobuses.

miércoles

Los estornudos de marte


El plano de Valseca parece mostrar, dice el arquitecto, los restos de un cerebro mal hecho aposta. El arquitecto quiso hacer una especie de loa en mitad de una llanura y le salió Dubuffet y, vestido de comunión, dijo que era arte del que se hacía en París. Los genios son así de gilipollas. Aquí, en lugar de conformarse con el aliento del bar, el aire es importado de Grecia para que huela a antiguo. Han tirado casas y dicho que eran las ruinas del siglo XX. Qué más da qué siglo sea ese. Sólo un idiota se acuerda de en cuál ha nacido. Aquí la memoria ha sido sustituida por la caspa que le cae al cielo, que no es sino el hormigón de las casas que van tirando -es que aquí sólo saben hablar en metáfora pues dicen que, con eso, la vida es más soportable-. Aquí son de Grecia mezclado con tres vacas que están al sol derritiéndose y, de la leche que sale de ellas, no paran de hacer quesos tristes las ancianas, que tienen también manos de queso triste. A los gatos se los comen las ovejas y estas son comida para las mismas cabras que devoran las avispas. Aquí todo animal es carnívoro por compasión a la vez que por devoción menos a veces el hombre. Aquí el hombre empieza observando el panorama y termina robando su queso triste a las pobres ancianas que, equivocadas, después de cenar algo de paja, se comen sus manos de postre y siguen hasta que son el agujero de un queso que ningún arquitecto de París, Grecia o Roma se atrevería a cruzar. Sabe el arquitecto que puede encontrarse con su doble en esa ciénaga y le da miedo que este doble sea la misma puta cabra herida por las avispas que le ha robado el plano de la ciudad para, enrollado y finito el papelajo, agudo como el aguijón que lo sostiene, deslizárselo vía nasal hasta que, invadidos ya unos cuantos nervios, este pertenezca al mismo centro del que nunca debió haber sido estornudado -claro que, con tanto polvo- se explica su cadáver, no ya el de él ni el nuestro ni el de nuestras sienes, sino el de la propia urbe, caserío, ciudad o barco que navega hacia otras ruinas y no tiene brújula ni mapas donde encontrar una excusa para decir que desembocará en algún lado que no sea el mismo de siempre.

Pero el bar está bien.

domingo

Nací (3) -días de libro y bodas-

(bis) -letra pequeña Nací (1)-

Afirmábamos nuestro origen con la misma razón que se utiliza para decir He visto el mundo y luego me desperté. Pero para escribir en condiciones hay que haberse hecho la paja por lo menos dos días antes. El otro día estuve en una boda y les dije a los de la mesa que yo era soltero debido a cosas relacionadas con el amor, pero también escribía, aunque eso fuera por relación con otras cosas. Me preguntaron que qué había publicado y les dije que cualquier cosa en todos los sitios y a cada segundo. Ellos eran todos compañeros de carrera de la novia y ya habían acabado resultando bioquímicos. Empecé el caldo ese que ponen con arroz y el toque pensando que era sospechoso que me sentaran con bioquímicos. A pesar de mi arrogancia me trataron amablemente. Los camareros, mientras, me vigilaban y pasaban informes de las cosas que decía a las otras mesas.

No era gran cosa, el testimonio, y los invitados lo sabían. Hablé de la decepción, considerándola de antemano un objeto recreativo con numerosísimos precedentes en la historia de la mesa y el resto de las cosas que le habían pasado a la humanidad. Pero todo aquello no había hecho más que empezar. Después de eso noté que, llegados los puros, mis compañeros bioquímicos los encendían con escaso tiento, chupando la boquilla con el morro inclinado hacia el interior y echando el humo con una velocidad consistida en terminar la hoja, en un laburo más similar al de fumigador, dejando la colilla echada sobre el plato del postre e iniciando después una charla sobre la costumbre, el mérito y lo bueno. Yo fumé casi bien, y uno de los camareros tomó nota de ello e incluso vi cómo escribía un 7´5 en la bandeja que habría de enseñar en cocina para ser distribuida en nuevas servilletas con perfume a las mesas, en exceso descreídas de mi pacto de desacuerdo crítico acerca de dos películas que me había bajado del emule hacía tres semanas, y que había reseñado como: se dejan ver.

Había advertido, no obstante, que no eran mías las palabras en relación al sentido y sí de un apadrinado de mi tía, que presenta libros propios en lugares de ocio y cultura distribuidos por países de lengua hispana, perfectamente hombres, mujeres o animales como, añadí, todo hijo de vecino. Así pues el apadrinado daba forma a su ejercicio robótico enviándome como objeto presencial a reuniones de carácter más o menos personal como la que se daba cita e incluso celebridad, y lo expliqué sin entrar a discutir esos ni otros conceptos. Cuando terminé, dejé la colilla donde todos.

El “ello” existe como y por error, había añadido otro primo de la casa, el Baudelaire de la familia, del cual yo existía como ello, mientras el que sacaba los libros con su nombre era el apadrinado. Pero es que nosotros los comprábamos, éramos así de gilipollas y las primas y hermanas más. Éramos el nosotros de la casa y el ello el puto libro que se iba a presentar el miércoles. En eso el Baudelaire de la familia estaba en todo lo cierto, pero era un memo y se quería retirar a Tánger; habiendo opio en casa. Menudo gilipollas. En la casa grande cabía todo, y un huerto claro donde madura el limonero también. No sé por qué querían sacar libros, la verdad. En un principio creí que era cosa de mi tía y el apadrinado de los cojones; entre ambos ganaron quizá mi precio, convirtiéndose ellos en valores y haciendo una vida inversa a la que yo llevaba, al fin y al cabo, también poco común, artificiosa y con el lujo ya pagado, yendo a bodas en su nombre, dejando testimonios y declaraciones siempre inocentes acerca de nuestra intimidad, mediando en colaboraciones de interés neurológico y, todo ello, haciendo uso de opiniones asentadas en la diplomacia, calculando, al tiempo, la calidad de informe de los paranoicos. Y el Baudelaire en casa, mientras, tocándose los huevos. Eso no era vida.

Mi primo y posible hermano de madre iniciaba la presentación del libro, mientras, diciendo: Aunque os haga gracia es cierto que tengo problemas en casa por la cosa de escribir las autobiografías de mis familiares, efectivamente, se las toman por el lado personal, sí, incluso cuando las escriben ellos. En el cartel de entrada del Lugar de Cultura elegido ponía: Si no ves al primo, vete. Asistían todos y cabía la posibilidad de alguno no contratado, pero yo estaba en la boda aún y, también es cierto, pese a ser bioquímicos y algo tirando a fascistas, mis compañeros de mesa cada vez me caían mejor.

Fue pocos días después, aún durante la boda, cuando uno de los jefes de la mesa de al lado, presentado ante mí como “co-amigo y socio del Baudelaire que se corta las uñas en tu casa”, me pasó la nota que transcribo, permitiéndome no obstante añadir que no hubiera podido haber aguantado demasiado más tiempo en ese lugar y una observación permitida por mi alerta vigilia acerca de la imposibilidad de desordenar los propios cubiertos, una vez asidos los de los demás y señalándome, en una broma que me atrevo a considerar de caprichosa y de acierto más bien escaso. Sobre todo para El ello.

Nací (2) -la velocidad de los planetas-

(Bis) -letra pequeña Nací (1)-

Como si pararse en un espejo nos invitara a observar un reflejo de nuestra propia imagen, los hijos del pan de molde inaugurábamos nuestras biografías en un colegio y un barrio que esperaban de ellas una especie de entidad corporativa misma y ajena a un tiempo que la nuestra. Vivíamos en el Yo es otro o en el octavo con la abuela, y aprendimos que el Yo, además de otro, era un coso adusto y feo, y también algo que abandonaría el octavo porque la abuela, debido a problemas de defunción, ya no podía con el peso del alquiler. Todo ello ocurría mientras en el colegio experimentaban en nosotros las ecuaciones de primer e inicio de segundo grado. Inventos de los demás como la catequesis acabada, que nos había hecho hombretones cívicos, no evitaban que pegáramos al repollo de la clase, que no moría de tuberculosis como en los cuentos de papá pero sí se diluía en una vergüenza que más tarde curaría dejándose el pelo largo o tatuándose INDEX o similar en el cogote. Practicábamos el mundo e intuíamos la vida; que eran cosas mucho menos serias que aprovechar el recreo para jugar al fútbol.

Terminado el EGB mi madre miró otro colegio, que era de las afueras y en el que se hablaba inglés del fino, es decir, inglés en inglés o muy aproximadamente. Fue entonces cuando toda la family nos hicimos escritores, pero de culto. El vértigo que podía ofrecer el desencanto de luego nos hizo acopio de los únicos días inteligibles de nuestra vida. Él, por ejemplo, no era de los guapos pero cruzó con alguna chica interesada en el lugar de las experiencias psicóticas, y así todos poco, más o menos. Eran esas las ninfas que veía el narrador de Lolita y eran chicas normales y corrientes que nos conducían a los mozos hacia el bien, enrollándose con nuestros mejores amigos.

Nuestras cartas de suicidio eran lo mejor de nuestra literatura. Estaban tan bien puestas y siempre por primera vez las letras, que apartábamos la sien de la broca para grabar el discurso en un disquete e imprimirlo en ca tía Margarita, el día en que las dormidas de por medio habían desordenado ya el haikú y convertido en aprovechable para felicitar bautizos e incluso comuniones.

Después nos fuimos a las afueras, a vivir en casa grande. Ahí lo perdí todo y la conciencia también; pero la gracia más.

El paraíso es una cosa que está bajando la calle Chopera y luego hay que coger la línea 3 porque si no puedes acabar en el planetario.


sábado

Nací (1) -inicio viable de Proceso autobiográfico estimado lo más lento posible-

Hace un año inicié una serie de trabajos autobiográficos-ficticios procurados por la chalada idea de uno de mis mejormente chalados maestros. Voy hoy a iniciarla acá, como el año que hace, para darle continuación en ratos y bajo títulos variables. Cualquier sugerencia sobre posibles ramas que abarcar será un pajarito diciéndome al oído que no me duerma, ni se me ocurra, en los laureles -pero, menos, en los suyos que, como mínimo, crecen de su silbido hacia el mundo y no al revés (que también)-


Habiendo abogado por la antigua y muy consabida idea de ficcionar la historia y vivir de la confección, empezábamos a saber de nuestro pasado por las noticias de los adelantados. Era un pasado en el cual los platónicos nos habían ganado la batalla a los vecinos que, por otra parte, sólo podíamos concebir una derrota a la manera platónica. Procurábamos caridad por aquel entonces para la inteligencia y esto nos devolvía un recibo de información procurado, pasado de vueltas y embebido de un amparo que sólo podía ver color en el retiro. Sabíamos que aquello que éramos era esa cosa donde adaptábamos el foco para concebir el yo, y en ellas nos asumíamos ante lo difícil en una especie de claudicación hacia unos valores que aún hoy no podemos imaginar salvo cuando nos lo da hecho un sistema binario.
Las historias de amor están muy bien. Yo una vez viví una.

A todos nos había ganado aquello que se nos parecía al mundo y decidimos regresar a casa a buscar nuestras infancias en el bol de chococrispis, pero mamá ya no sabía dónde lo había puesto. Tratándose de una madre, hasta eso es perdonable; según el momento, claro. Mamá nos dice que hace mucho tiempo que no vamos a verla, que sólo vamos para que nos dé la propina y pague las deudas de nuestro negocio de manipulaciones químicas. Es cierto. Luego nos dice que éramos unos chicos muy buenos y muy guapos. También lo es. ¿Recuerdas aquella vez que vino a casa El hada del norte? Quién iba a pensar no sólo que existía. Quién iba a pensar que además era el jefe de Galaxia Gutenberg, por no mencionar sus trabajos para el FBI en Carolina. Todavía tengo la colección de DVD´s que te trajo. Si los pongo al revés se enfada y me envía cartas con los gastos de la comunidad. Mamá es así. Como ve reality shows y debates sobre el estado de la nación, cuando me presento en casa me cuenta los últimos greatest hits de personas inexistentes como Nasim, Giser, Anuoa y Sermel, entre otros dirigentes del gobierno de países también inexistentes.

Veíamos otra cosa porque estábamos ocupados. Nos gustaban las novelas de Heinrich Böll, por ejemplo. El barrio se había convertido en una cosa del pasado, un lugar donde se pasaba por encima del cadáver propio como una top sobre la alfombra de cualquier festival de cine, con fingida indiferencia y como de paso, como por hacer algo, con lo difíciles que son esos tacones. Veía uno hoy el colegio en ruinas y se decía pararse a recoger un poco de encuentro con algo reconocible, partiendo de la base -quizá sentimental, quizá idiota, quizá por lo primero lo segundo o por lo segundo lo tercero o lo primero o la propia base, en ocasiones demasiado aérea- de que lo reconocible hace a lo humano, pero lo dejó en una foto a través del móvil. Al día siguiente la colgó en internet y le dijo al mundo que eso es lo que había.