viernes

Autor: el mozo equivocado que permanece sentado en la canción Cry me a river y no se levanta más que para ir al cole en el bólido inmóvil de sus sesos


Me he hecho un aguanegra. Una especie de espacio enchufado a la alimentación de un ordenador que no cesa de comer y se empeña en explotar conmigo dentro -que, en menos de dos meses y debido a ansiedad suya, he engordado por él lo menos 40 kilos-.

En su pantalla de nueva generación se averigua el paso del otro –el de un ahora aguanegra-. Sus huellas las elabora un teclado después de recoger los pasos que el ordenador elige, caso –claro- de que los hubiere. Me lo ha dicho una mujer que constantemente atiende a nombres hechos de pretérito imperfecto en la 1º y la 3º persona como Lucía o María o Alejandría.

Esta mujer es figurada, a menudo, como aguablanca en esa especie de espacio anteriormente nombrado, como participante involuntaria, así como necesaria, del tablero ajedrecístico que todo habitante de Valseca lleva por melondro, en lugar de un elegante sombrero decorado con uvas secas del color de la pizarra en la que mi maestro dibuja ininterrumpidamente un siete tras otro.

Yo, un aguanegra, no puede más que buscar en las formas de esos sietes un posible significado que incluya en un mismo tiempo a la mujer figurada como aguablanca, la aldea donde reside la figuración y mi propia identidad biográfica negada por la alimentación constante de este ordenador donde tecleo cualquier cosa que no sea capaz de adivinar en las formas de los sietes.

Intuyo que mi maestro, como maestro de matasietes y propietario de la hermosa escuela que me acoge como alumno, se empeña en que yo aprenda que los sietes están para matarlos, porque la pizarra ha de quedar impoluta para recibir los sietes de la clase de mañana.

Mi deber es anotar aquí lo que aprendo de las clases. Pero para aprobar, me ha sugerido mi maestro, he de olvidar la posible noción de aguanegra y aguablanca, así como la viable figuración de una mujer y, sobre todo, la asimilada y cazurra idea entrecomillada de que cada habitante de Valseca lleve un tablero de ajedrez por melondro que, insiste, prefiere utilice la palabra “cabeza” para designar la “parte superior del cuerpo del hombre y superior o anterior de muchos animales, en la que están situados algunos órganos de los sentidos e importantes centros nerviosos”.

Claro que, si quiero aspirar al notable bajo, he de comprarme mi propia pizarra y, para ello –me ha dicho- he de presentarme con el dinero suficiente en una tienda que está a decenas de kilómetros yendo por la carretera de Valladolid.

Sé que toda palabra venida de mi maestro a estas aguas fluye, pero surge, una vez tras otra, de una transparencia que sólo me permite, desde mi pupitre, atisbar las pirañas que, tras su mirada líquida, esperan mi afán de cambiarle el punto de vista a base de curiosear esa pupila metiendo un dedo.

jueves

Habitante corriente Leopol en "Aprendiendo del péndulo que marca los segundos en la casa y siempre sonríe hasta que se le deja de empujar"


Los habitantes serie E3, ciudadanos de Valseca que trabajamos en una salita con mostrador y un reloj por día cuya única manija que existe es la del segundero, -como es su caso y el mío, por poner un ejemplo de lo más remoto para ambas entidades-, estamos continuamente expuestos a la mano ociosa del ojeador que entra en esta, nuestra sección, denominada en ocasiones informativa. En muchas de estas ocasiones en las que se ve implicada la posibilidad de una transacción, como es sabido por todo tipo de ciudadanos no exclusivamente de Valseca, sino perfectamente nacidos en los paisajes que pueden ser atisbados desde el camino de Zamarramala y, en versiones, ciertas cumbres cercanas a las Hoces del río Duratón -no hay necesidad de nombrar los valles desde donde se aprecia la torre de nuestra iglesia-, la información sólo puede hallarse en el movimiento de la mano que enseña el ojeador antes de elaborar un discurso aproximado de menos de una hora y cuarto e, incluso, antes de proceder a tocarnos.

Tras observar con la atención indicada por su mejor mano esta ponencia, el habitante de serie E3, ciudadano de Valseca, como es su propio caso desde la casa o el trabajo y el mío también desde mi casa o el trabajo, debe averiguar el cifrado de la intervención nombrada sin descuidar jamás la sonrisa y, posteriormente, -e importante- manteniendo esa debida expresión facial hasta correr el riesgo de quedarse así hasta la definitiva conversión en vanita -asumiendo el abandono del mejor puesto de trabajo al que puede optar un habitante de serie E3 como usted o como yo-, proceder a explicar lo válido de un producto elegido al azar con el fin de que el ojeador se convierta en la sonrisa mostrada en cualquiera de sus ocasionales titubeos y elabore su discurso en cualquier otro lugar tras el elogioso paso, del todo convencional, por la bandeja de estimación donativa o, si viable, sometiéndose a una extracción de medio litro B positivo en el mercado accionista de enfrente, enseñando antes -es absolutamente necesario- el correspondiente documento firmado (bajo pseudónimo y plica) por y tras consideración del mejor de los médicos posibles en nuestra sala de estar -la no ordenada simétricamente-.

Convertida la sonrisa propia en la presencia del sujeto caritativo, nuestro trabajo culmina tras señalar con rotulador negro de punta gorda y buen pulso una linea recta del IX al III en el reloj con fecha de hoy donde da vueltas la roja manija del segundero, con el fin de indicar el acabado de nuestra jornada laboral.
Después de esto podemos permitirnos retomar causas propias de ciudadano de serie E1, B5, A7 etc, así hasta reconocer la hora en la mañana siguiente y, por fin, retomar; cuidando, eso sí, que, tras haber dormido, nuestra cara se encuentre en el lugar conocido -de manera absolutamente empírica- como habitual y la bestia mamífera que viene al bajo de la cama y en el minuto que ella sabe para pedirnos, moviendo sus estrenadas manitas, la medida porción de desayuno que le corresponde, obre con la misma discreción de toda y cada una de nuestras mañanas perfectas.

Fdo: Leopol, doctor segundo de Valseca.

martes

La semejante criatura de cristal


Una vez al mes, por cada nuevo, me es enviado un jarrón con florecilla firmado por La semejante criatura. Así es desde que empecé a trabajar para esta empresa, a la que uno no intuye necesariamente ánimo de lucro, por mucho que sí suponga un agradecido abastecimiento en el lucro que le viene de los ánimos (cuando no de las ánimas, es más, de un purgatorio que, sospecho, no conoce).

A mí tan sólo me han dado a conocer tres datos acerca de Valseca.

El primero es que se trata del lugar donde a partir del pasado octubre (fecha en que nace el blog y probablemente la empresa) nací. De sencillo como tituló Perec a una autobiografía que se pregunta de inicio porqué no puede detenerse en ese título. Ser acabada en él o, como mucho, incluir una fecha -lo que sería probablemente un exceso-).
El segundo es que poseo una especie de despacho dentro de mi propio despacho, que no es mío, sino de cualquier personaje citado que venga a reclamar lo que tenga a buena -o mala- gana, con mayor autoridad si el citado es habitante de esa orbe.
El tercero es algo más críptico y sugiere que la luna –hoy precisamente, que acá se contempla llena- es un queso que no termina comiéndose el movimiento de La Tierra, pues siempre culmina dejando un agujero al que habré de referirme obligatoriamente.

Cuando doy un paso más allá de esos deberes, sé que me arriesgo a no recibir el jarrón con flor de remitente no conocido y firmado La semejante criatura. Y uno empieza a ver a ese remitente en la complejidad que sabe de lo marchito que ve, no ya en las flores, sino, ay, en los propios jarrones. Los jarrones padecen aluminosis cuando hechos de alumino y esclerosis cuando de tejido humano. Son jarrones que, cuando de barro, uno lo sabe biliar. La flor metida ahí dentro (tan sólo he recibido cinco), sin embargo, se ve bien alimentada y crecida, cortada con mimo en su mejor edad. Es una flor muerta rodeada de la lepra de esas cosas enfermas que le sirven de recinto al que no puedo pasar sin el miedo a que su cáncer conceda ocasión al mío.

Pero la de hoy era tan buena, tan bondadosamente humana, que he decidido salvarla y, una vez cogido el tallo para ser llevado al hueco abierto en mi cabeza (desde antaño el lugar donde me entra el aire fresco de cada mañana) la pobre flor ha chascado, debido a la ansiedad que, a veces, reside en mi dedo gordo. Como seguramente las demás, padece osteogénesis y su tallo, al romper, me ha provocado un nimio, profundo tajo en la mano derecha, por donde seguramente ha entrado La semejante criatura, incluidos en su persona todas y cada una de sus enfermedades, a enderezarme un poco los tendones para que me deje de monsergas y le dé a la tecla. Y, de paso, averiguar cómo va mi colágeno y resto de vida proteínica.

El detalle obtenido por uno de los pétalos al caer sobre la tapicería simulando en ella la forma de un corazón es una mera casualidad que no tiene porqué venir al caso.


Fdo: Redactor primero.

domingo

Hasta que llegó su mora, por...


Faizulito ha asomado a la redacción a pedir un poco de protagonismo. Ahora que el bar está cerrado no se le ocurre más que echarse en el sofá a ver televisión y lo que sale, dice, le entristece mucho. Dice que ya no sacan el programa de Rodríguez de la Fuente. Que él creía que lo seguían echando. Ni tampoco echan lo de Curro Jiménez. Me pregunta qué pasa y no se me ocurre ánimo alguno que le sirva de respuesta. Me dice que, si queremos yo y mi jefe, ese que, dice, digo que no sé quién es, puede hacer de algo para el blog. Se ofrece de bobo del pueblo, ya que hay otro, Leopoldo, que es el tonto. Me pregunta qué ideas maneja la redacción que, sospecha, lleva una tal “Purita de toa la vía” y en ocasiones yo, que ahora me llamo Claudio. Se ofrece también de ciudadano breve, de especialista condenado a que le caiga una bolsa con el cadáver de algún ciudadano breve dentro y fabrique en él un nuevo cadáver -o viejo, dice, qué más da-. Un cadáver –dice- que algún otro cadáver se ocupará de meter en otra bolsa, hecha de la piel reciclada de un cadáver y así hasta que ya no queden personajes vivos salvo, dice, de cara a una película que existe en “ese mundo fantasmático en el que uno -afirma- se supone alguien”. Me dice que la otra vida, la normal, la que, dice, tiene ahora, es echarse en el sofá, encender la tele y no reconocer a nadie. Me dice no ocurrírsele nada salvo buscar en la lavadora el dibujo desteñido que habitaba en el jersey que le protege del frío que hace en su casa –el que le trajo su hermana, la Lucía, de Andorra-, pero que al final no porque le vence la tele, porque el bar está cerrado y él sólo puede hacer quejarse de que una noche el río pasó, ay Carmela, y su protagonismo fue inundado hasta no reconocerse -a ver, se justifica, no puedo respirar- en ningún figurante que participe entre la televisión y el sofá donde se tumba. Me pregunta, con seriedad, qué ha sido del algarrobo, ay Carmela, que él promete resistir pero que jamás perteneció a pueblo alguno que pudiera nadar y al tiempo coger los peces. Me dice “La mayoría del tiempo soy un regalo guardado en una cajita de cualquier color con su correspondiente detalle en el lazo. A veces, cada dos minutos o cada tres años, a alguien le da por abrirla y, ante sus ojos, ve cómo sale un payaso y le da un susto”. Ay Carmela, me pregunta qué ha sido de Carmela. Le digo que procuraré sacarle en el blog, que tendrá trabajo en el mundo de la interpretación; dinero, incluso, para invertir en la ficción del dinero y hasta una voz en el sitio del protagonista. Le digo que voto por él en las elecciones. Él me dice que en mi mano deposita el vacío de su plegaria, porque he atinado en ella. Le llamo Pobre diablo y Cajita que hace el indio cuando ninguno la mira y él me dice que ha visto esa peli y que la hicieron en Almería. Y le digo que escriba el post de hoy mientras voy a comprar café a casa la Puri. Cuando regreso, me encuentro que ha escrito esto, puesto título y firmado con la T de ¿Telsio?... y desaparecido. Uno se le imagina tumbado ya en el sofá de su casa viendo La isla de los famosos. Importa poco que llueva a jarros y que sean las once de la mañana de un lunes normal, corriente y lunes. Ay Carmela.

Fdo: T.

sábado

John Pee, alias "escenas peligrosas" en RECICLAJES VARIOS


Hay un camino en Valseca, el que sale del frontón y acaba en el llamado “perro que soy”, donde, apoyado a la pared, en ocasiones, me hago un cigarrito mirando el camino que sale hacia la provincia mientras, en medio, se apilan bolsas de basura, una tras otra hasta hacer un montón y luego otro y otro y, según va creciendo, me doy cuenta que, en postura sentada y, en otro medio minuto, siquiera en pie ni poniéndome en puntillas, poco a poco y mientras me hago el cigarro, ya no puedo ver el camino que sale hacia la provincia, sino bolsas de basura que se me van a caer encima si no me doy prisa y acabo de hacer el cigarro, de encenderlo y, si posible, de fumarlo, y luego, cuando comienza a tiritar la bolsa de arriba, debo, como buen acróbata, apartarme en una voltereta y dejar que caiga sobre la tapia, derruyéndola y cayendo en un alud hacia el bar antaño llamado Ca Marcial, llevándose a los chicos de las bicicletas en la carretera principal y culminando en la puerta del lugar donde, siguiendo el sistema ecológico fundado por don Benito, se recicla.

Mi nombre es John Pee y soy el que le hace las escenas peligrosas a Telsio que, desde que es actor de un blog, ya apenas va a cuidar a los marranos. Se ha crecido con la fama y dice que eso es vida y lo de cuidar marranos otra cosa pero, además, cuidando marranos, cosa que ahora no hace, porque está viviendo bien y no como cuando hacía lo otro aunque lo otro tampoco estuviera tan mal.
Hoy ha venido a ver cómo me hacía el cigarro para la segunda toma. La primera había quedado mal porque, según el director de turno (cada capítulo es uno distinto, como en Los Soprano), considera oportuno hacer la prueba con otro verbo que no sea “tiritar” al referirse a las bolsas. Telsio me ha dicho que agradece mi labor, que él no puede porque le duele la clavícula al hacer esos giros tan bruscos y que no me queje tanto, que a él le ha costado mucho ganarse el estrellato, que no ha sido fácil y que empezó desde abajo, saliendo en un verso de un blog de rima y poesía que ya no existe. Ha sido amable y se ha quedado a ver cómo quedaba la escena con otro verbo. El director ha dicho “Toma dos” y yo he empezado a liarme el cigarrillo mientras los habitantes empezaban a juntar, una encima de otra, bolsas de basura hacia mi altura, situada en el camino que sale del frontón y culmina en el lugar llamado “perro que soy”.
Las bolsas se apilaban, de nuevo, una tras otra, y yo procuraba la destreza posible para manejar el tabaco. Apenas podía ver ya el camino hacia Segovia y el cigarro, ya casi casi liado decentemente, esperaba en mi mano izquierda ser encendido. Desde su butaca, Telsio me daba ánimos. Me decía: Venga chaval que ya lo tienes. Y, cuando echaba mano al mechero, ya avistaba flaquear la bolsa de arriba. Formar la pendiente que destrozaría mi cuerpo si no atinaba con la voltereta apropiada. Atiné y, por si poco fuera, con una calada al cigarro encendido que, en el movimiento, me dejó una mancha negra en el jersey. El director dijo: ¡Nos movemos! Las bolsas cayeron en una bola gigante y fue filmado en plano general cómo ese alud se comía a los chicos de las bicicletas en la carretera principal y daba a parar en la puerta de Ca Marcial donde, según sistema ecológico ideado por don Benito, habría de reciclarse toda ella y ser convertida en papel de fumar para, seguramente, hacer de mí una nueva toma y otra más jugándome la vida, haciendo un cigarro en el camino que sale del frontón y deriva en el denominado “perro que soy”. El director, después de decir “corten”, me ha felicitado y añadido que el verbo “flaquear” ha sido un acierto, pero que puede utilizarse “en tensión” para referirse a la última bolsa. Que ya lo veremos, pero que manda el borrador a la sucursal más cercana de Semejante criatura a ver qué opina la junta.
Telsio, una vez levantado de su butaca, ha sido amable y me ha firmado un autógrafo en el antebrazo y buenos deseos en el triceps. Me ha dicho que si soy bueno me invitará a uno de los estrenos un día que pongan rosquillas.


Visto blog: Informe de datos hasta septiembre acerca probabilidad consecutiva (toma 1015 por realizar).

domingo

Visita a un psiquiatra del 87 con la calle Phillip Morris



- Hola tronco ¿Cómo estás?

- Buen día ¿Qué te pasa hoy?

- Pues estoy escribiendo una novela.

- ¿Y de qué va?

- Va de una tipa que tiene que acudir a una cita con el psiquiatra del autor de la obra en la que sale, que no soy yo, sino un niñato malcriado que tiene experiencias psiquedélicas.

- Háblame de ese personaje, el del niñato.

- Es eso, un niñato. Poco más.

- Es el autor del libro ¿No?

- Es el personaje que será el autor y tiene un problema con la protagonista.

- Pero no de drogas.

- No. Está enamorado de ella.

- Y ella es un personaje suyo que tiene que acudir, como tú hoy, a una cita con un psiquiatra.

- Sí. Él se lo ha recomendado. Aunque es muy probable que el que deba acudir sea él, según mi criterio al menos que, como sabes, estoy en contra de acudir a un psiquiatra a historias de esas.

- ¿Por qué debe acudir uno de ambos?

- Porque tienen muchos problemas en el sentido de que ella está enamorada del lector. El niñato quiere que esté enamorada de él, no necesariamente todo el rato, pero el lector la ocupa todo su tiempo y él le advierte que no vaya a más la cosa. Porque ella no tiene manera de conocer al lector. No sé si me explico.

- Albertito, voy a ir por partes. Te explicas, pero a tu manera. Te cuento lo que voy pillando. Él, el niñato que está escribiendo una novela, la tiene a ella, un personaje, dentro de la novela que escribe él en la novela que estás escribiendo tú ¿No? Porque tú estás escribiendo una novela que va de eso. Y ella se enamora del lector que no eres necesariamente tú sino yo o cualquiera que se ponga a leer el libro. Alguien cualquiera, mejormente.

- O no. Pero en ese plan sí. Eso cree él. Exacto, macho, en ese sentido, aunque de momento soy yo sólo el lector porque, con todo esto, no se la he pasado a nadie.

- ¿Y para eso querías verme hoy?

- Sí, y para que me des recetas. Verás, es importante para mí. No a la manera en que un tipo como Genet defendiera la importancia creativa basándola en la... ya sabes, responsabilidad hacia sus personajes.

- Sentida responsabilidad.

- Claro, a mí eso me parece una chorrada.

- Sí lo entiendo a la manera en que lo manejan algunos escritores llamados posmodernos. Por supuesto, me recuerda a Paisaje pintado con té o, cinematográficamente, por ampliar un poco el marco, Desmontando a Harry y cosas así. Es una buena terapia.

- Ya, y ahí entro yo.

- Pero si tú no existes. Te llamo Albertito por llamarte de alguna manera. Al principio me gustaba más Sergio, te confieso. ¿Por qué no te llamas Sergio?

- No lo sé. El caso es que el protagonista de mi novela se llama Claudio.

- ¿Qué quieres decir con eso?

- Perdona doctor, que me he salido del tema.

- No sé. Si quieres que te haga un diván no te andes con rodeos (risas -suyas-). Bien ¿Y cómo es la chica que describe?

- La chica no es descrita, salvo por ella misma, quiere tomar la rienda. Sólo dice chorradas. Está cansada de salir en la novela porque ella sólo quiere hacer el amor todo el rato con el lector.

- A ver si lo adivino, Albertito. ¿Tu personaje, el niñato, es celoso?

- No. Lo lleva bien, salvo el hecho de poner en su boca, la de su personaje femenino, cosas que no debe y que, opina, no le benefician ni a él ni a ella.

- ¿Como por ejemplo?

- Pues “Estoy que se me sale el potorro por el lector de esta novela, sea chico o chica y, sin embargo, sólo guardo relación con un ente en chándal y sin afeitar que se sienta cada día a hacerme en este cacharro, tecleando mientras da sorbos a un colacao”. Cosas de esas. Necesita, según dice, un buen polvo, pero no del tipo en chándal que, dice, parece un niño que no sabe a qué parecerse y termina pareciéndose a un yonqui que sale en la novela y a ella le da mucho asco.

- ¿Y cómo es ese yonqui?

- Pues es uno que ve ella cuando va a comprar el periódico. Dice que siempre la está pidiendo cosas y que, al principio, era amable, pero que ya no, aunque es probable que pudiera ser debido a que ande muy enfermo de cosas suyas.

- Y el que lo escribe se llamaba Claudio ¿No?

- Sí, Claudio, sin apellidos, aunque está muy malcriado. No sabe para qué escribe. Sólo sospecha cierta idea de distinción. Sueños adolescentes y esas cosas.

- ¿Y por qué ha metido un yonqui enfermo en su novela?

- Pues no lo sé, pero sospecho que es para que ella le vea cuando baja a comprar el pan y así se dé cuenta de que hay cosas peores que un tipo escribiendo en gayumbos o chándal en una casa amueblada.

- Bueno, a lo mejor el yonqui es una bellísima persona ¿No?

- Y Claudio también, a su manera, hace lo que puede. Se ve así. Hace el bien y tal.

- ¿Qué datos tiene la chica del mundo exterior?

- Bueno, es que, al parecer, ella se ha enterado de que hay gente que lee. La ve cuando va en el metro. Porque la novela sucede en una ciudad donde hay metro. No como en Valseca, por ejemplo.

- ¿Te puedo llamar Sergio?

- Sí.

- Sergio, eso que me dices no tiene sentido. Yo te hago las recetas, sin problema, en serio. No es que tu historia no me parezca interesante, al contrario. Me pregunto, por ejemplo, por qué un yonqui.

- No, no, he dicho ahora que es un yonqui, pero no sé qué es. Es un tipo que vive en la calle, con barbas largas y adormilado, a veces nervioso. Lo de yonqui es una cosa que, por ejemplo, ha intuido ella, la protagonista de la obra de Claudio, el del chándal que toma colacao enfrente de la pantalla. Un auténtico papanatas, celoso y posesivo. Ella es libre de enamorarse de quien le dé la gana. A él le mata que sea de cualquiera que abra el libro que, precisamente, ha escrito él o está escribiendo.

- ¿Y cómo se llama ella?

- Se llama Lucía, ya ves qué sencillo.

- ¿Lucía?

- Sí.

- Respóndeme Sergio ¿Te pone la Lucía?

(risas -suyas-)

- Un poco, pero no le haría nada de eso a Claudio. Lo está pasando muy mal y quedándose en el chasis, ya no se cambia ni de calcetines... escribe con miedo a que ella se ponga a follar con cualquiera que lo lea mientras él está escribiendo a solas en su habitación tomando colacao. Además si me pillase con su protagonista sería capaz de hacer cualquier cosa.

- A ver ¿Como qué?

- A lo mejor matarse.

- Es una opción.

- Ya, pero entonces ¿Quién termina la novela?

- El mismo que la empezó, claro.

- Pero ese está todo el rato buscando recetas, doctor... Ya no se le ocurre nada. A todo esto, y perdóneme la confianza ¿Cómo se llama usted?

- Me llamo a secas, aunque mis amigos me llaman de usted o doctor.

- A mí me gusta a secas.

- A mí salir a comer, ir de juerga, al cine, tocar la batería. Escribir novelas también me gusta, no creas. Atender a pacientes menos, pero tampoco está mal. Tú molas bastante, por ejemplo ¿Cómo has dicho que te llamas?

- Me llamo Telsio.

- ¿Así, sin apellidos?

- Sí, tengo un blog a pachas con una multinacional; respondo comentarios y cosas así.

- ¿Y cómo se llama el blog?

- Seguro que ha oído hablar de él.

- A lo mejor ¿Cómo se llama?

- Así. “Seguro que ha oído hablar de él”.

- Pues no me suena, no. Tampoco soy mucho de la blogsfera ¿50 mg de Tranxilium a la noche, 25 y 25 mañana y tarde te parece bien? No me parece propio recetarte neurolépticos, tampoco atípicos ¿Te va el asunto entonces? Di en la farmacia que vas de parte mía. Soy El que no saben cómo se llama ni yo tampoco lo sé.

- Venga.



El doctor Castillo, que ese día no se echaba la siesta, apagó el ordenador. No estaban tan mal, le dijo a Juan el bedel, las cosas que escribía el interno de la doce.

- Ese sólo hace echarse - respondió Juan, el bedel. Y añadió que lo tenía pilotado y que últimamente rara vez acudía al timbre del desayuno.




Fdo: Semejante criatura revival.

viernes

La estatua. Telsio y la estatua que juega al tetris según Faizulito.


Lo primero de todo es que Telsio, ahora poeta, está tumbado.
Así, en un atardecer posea el distintivo animal que la carne no le ofrece. Tiende en el suelo lo que le hace y no espera momento para derribar al manso.

Se ayuda de los hombros. Levanta la especie en la estatua que nunca eligió principio. Murió sin parto previo, antes de ser concedida la probabilidad en ella, y le vino hacia la mano porque sí, precediendo la vanita que él compone en cada uno. No modelado aún en el lugar del caído, procura el alimento que su barro necesita para andar hacia la calle.

Es un centro comercial entero y a sus pies no pide el recorrido que una estatua levantada le diera, mansa, a la falsa vegetación que él invente en los escaparates de sus tiendas, todas ellas ya cerradas.


Él ha dejado que la estatua se termine por sí misma. Se levante antes que abran el bar del sitio y dé su mano a cambio de enseñarle el mundo. Proponer paseo hasta cualquier frontera y, si posible, seguir sin caer al agua.

El mundo es esto ¿Qué opinas?
Ella es buena y jamás opina nada. Y el otro sigue tumbado, esperando que uno de ambos se seque, cobre vida o compre algo.


Autor: Faizulito.

miércoles

You´d be so nice to come home to; por ciudadano breve nº 3


A veces, después de navidades, decido que es buena opción hacer una visita a la casa de salud mental.
Allí coincido con mi editor y mi propio psiquiatra.
Primero hablo con el médico que les atiende que, en ocasiones, es mi propio psiquiatra. A veces, cuando mi propio psiquiatra es sólo interno, es otro: Luciano.
- ¿Qué hay, Luciano? ¿Cómo está el patio?
- Hombre, pues revuelto. A alguno, de cuando en cuando, hay que enseñarle que la higiene es muy importante, que la comida se da a la una y que conviene acudir a las actividades. Por lo general van, más o menos, bien. Y añade: como el país.

Visito a mi editor, que tiene un libro mío desde septiembre. Dice que no lo va a sacar. Que necesita tabaco. Le doy un cigarro. El otro día estuvo allí uno de los representantes de su distribuidora. Corte Inglés, Fnac y Casa del libro han quebrado y ha leído en los horóscopos que no es buen día para invertir en un nuevo proyecto. Ya sé que el tuyo no es nuevo -se ha explicado- es sólo que me buscan y pasan del asunto. Me dice que todo es una conspiración en la que ha participado su dentista. Al parecer tiene un hueco en una muela por donde este tipo, con la excusa de limpiarla y con la ayuda de un cable, ha introducido plutonio, poco a poco, en un conducto que le llega hasta el cerebro. Aceptada esta posibilidad, uno de los médicos, el que le examina, dará el visto bueno para ver si se realiza la operación y pueden extraer "el crudo" para venderla al chino donde compra las latas de Cocacola ¿No es paradójico? -insiste- allí compro las latas de Cocacola.
El hombre chino que, al parecer, es un español invertido y, sin embargo, capaz de ver la hora en los ojos de los gatos, quiere acabar con todos los que se le ponen chulos -a él (mi editor), no al chino-, incluida su distribuidora. Por eso no saca el libro. Ni ningún otro. Eso -continúa- no impide que un chalado se inmole en el Fnac o en la Casa del libro. Yo he trabajado para ellos jornales enteros. Lo único, lo siento por mi dentista. Porque era un buen hombre.

Tras la pausa que dura el primer cigarro, continúa: Ayer, por ejemplo, me dejaron salir acompañado del recinto por un guardaespaldas de incógnito y, mientras cruzábamos un paso de cebra, noté cómo era observado por uno de los semáforos, que tienen ojos redondos de español acarajado (observado no por el semáforo -me explica- sino por el hombre que hay dentro). En rojo (¿los semáforos?), no son necesariamente ojos de alguien que pertenezca a un partido político idealista, pero... y esto -continúa- es muy importante, mi acompañante de incógnito me apretaba la mano cerrando lo suficientemente el puño, señalando a las claras que pertenece al sector chino donde compro las latas de cocacola. Y por eso no saco libros. Le he dicho a mi distribuidora que elimine uno por uno a los autores publicados y a los que no, que no lo hagan, que me lo voy a pensar. Como a ti, no te creas que no he caído. Si no te elimino yo, cuando salga el libro, te va a eliminar mi dentista.

Le digo que no entiendo nada. Me dice que se explicará y, antes, afirma estar a favor de la utopía. ¿Qué ha sido de la marca Fruitopía? Se pregunta, y añade: Quizá la relance editorialmente. Fruitopía en tomos ¿Lo ves? Yo sí, colgando de esas ediciones una pajita para que se pueda beber de esa mierda un sorbo por página ¿No es un símbolo post-freu ... bla blabla bla bla? Yo, sí, lo veo, aunque los chinos no venden ya Fruitop... bla blabla blabla bla. Al fin y al cabo soy autor del 90% de los libros que envío a mi distribuidora. Son gente muy bla bla bla blablablabla blabla y bla...

La explicación prometida (ocho minutos después):
Ya no hay nada que hacer con el plutonio y la gente china, así como la española invertida... Ambos necesitan donantes muertos que aparezcan en los libros para luego crear en esa lejana patria nuevos centros de aprendizaje cuyos nombres serán los de mis autores. Yo he pensado en ellos, debido a mi humildad, claro ¿Qué te parece? Se distribuirán mejor sus libros, todos. Sustituirán en China tanto a Confucio como a Li Po, como a la generación del 27 y las ediciones traducidas al gallego de los autores alemanes de finales del XIX... aquí y en Constantinopla porque, dentro de poco, México no va a existir y España será una Francia donde se leerán sólo episodios novelados de la serie Friends. Se hará publicidad en el mundo de Oriente y, si puedo, advierto que acariciaré a mi gato, sentado, como el malo de James Bond, aunque sea en esta maldita ciudad llamada Nueva York. Pero allí, donde los españoles invertidos no son necesariamente de China y la Pepsi se bebe en abundancia, no se aprenderá a hacer plutonio, sino Cocacola. El plutonio me lo voy a llevar yo a la tumba cuando el cabrón del Fnac me diga de un disparo que ha quebrado por mi culpa. Ja -señala hacia la pared donde descansa el respaldo de la cama-, al principio creía, inocente de mí, que lo del plutonio era para crear una bomba atómica, acolchada cranealmente, que no pitara en el escáner del aeropuerto y mandarme a Canadá a explotar allí junto con todo un imperio. ¡Una mierda! es una revancha del de el Fnac. Y no, no voy a sacar tu libro. Tengo escritos donde hablo de todo, guardados en el Central-Hispano. (Me enseña un borrador de uno de sus poemas, el que empieza con el verso "El azufre es el que más sufre").

Le doy otro cigarro. Él sabe que ese vicio guarda compuestos capaces de provocar un mal de cierta escala en el habitáculo. Es viable para él como detonador de la bomba a la que se refiere. Pero lo acepta.

Después de darle fuego, me dice que el libro estará en el Corte inglés para antes de semana santa, pero... eso sí -recalca- siempre que el PROI gane las elecciones generales.
No sé lo que es el PROI. Por mi parte, así como por la suya, tampoco hay ningún problema.
También me dice que no se dice "dar fuego" que se dice "prender el arbusto".

Saldré de allí. Marcharé hacia casa.
A mi psiquiatra no podré verle. Al parecer, según me ha dicho Luciano, el médico asistente, ha salido de vacaciones. A Canadá que se ha ido, el pollo.

Mientras bajo las escaleras, oigo a mi editor gritar desde su habitación que, si hace falta, saca el libro para el día de los enamorados, roncando y maldiciendo hacia cualquier pared... Que lo va a hablar con la chica de Gran hermano, aunque no va a nominar. Que sueña en las noches con que le canta (¿?) las nanas que al otro (¿?) no le han cantado (¿?). Y oigo también, ya en el último peldaño de escalera que sale a la puerta principal, un pequeño estallido, lo suficientemente lejano, a mis espaldas.

Con el paraguas abierto, en la calle, miro a la ciudad mostrarse como la misma, mimetizarse a sí como cuando fuera ayer, como cuando fuera hace un ratillo. Y pasan coches. Y me dirijo hacia el metro. Me estoy leyendo, en esos ratos de transporte público, un tebeo que va sobre unos extraterrestres, declarados mormones, que llegan a La Tierra y se muestran la mar de amables con la gente, hablando un idioma legítimo y claro, por mucho que eructen cada vez con más frecuencia debido, sostienen, "a la morriña, sí, a la cosa del volver". Lo de los eructos cada tres viñetas me parece un poco de desfachatez pero, en general, me caen bien estos extraterrestres y quiero ser como ellos de mayor. Pero en otro planeta.

Fdo: Ciudadano brev

sábado

Putting on the Ritz

No puedo dejar de preguntarme qué os hice, si hice mal. Si antaño andaba, si cabe, más confundido que ahora. Si una simple carta a día de sábado resolviera un solo día de los demás en que estuve preguntándome qué hacía mientras dibujaba en papel guarro las paredes de mi casa y era llevado de un médico a otro a que dijeran lo mismo por cada visita, le pondría cualquier remite.

En las vueltas, mi madre, llevado en su mano, cogía un taxi y me decía que yo podría con todo. Uno de los taxistas preguntó una vez en qué consistía el mal y mi madre le dijo que es porque yo era muy inteligente, que sabía mucho de libros. Y luego, recuerdo, él me preguntó quién era Goethe. Habló de Fausto. No respondí a nada y mi madre tampoco. Me dolía la cabeza y, era mentira, pues yo no sabía más que un poco de libros. Sí había leído Werther (lo tenía mi tía Pepita en su casa) pero no tenía nada que decir y tampoco lo sabía.

Luego, en casa, les decía a mi madre y a mi abuela que estuve mucho mejor cuando ingresado. Que allí conocía a gente.
Era la clínica Dr. Esquerdo, en mi mismo barrio. Hace poco, en una crónica de sucesos de la televisión, lo sacaron porque una mujer se había quitado la vida allí.
Yo no tuve ningún problema en ese sitio. Quizá debí haberlo tenido, pero lo cierto es que no tuve ninguno. Una señora mayor de Rep. Dominicana, Margarita, me tomaba la tensión por las noches y, con habilidad, lograba mejor facilidad para que tragara la medicación. En una de esas noches me levanté con dolores, temblando mucho y uno de los bedeles me dio un compuesto de codeína y se me pasó. Mientras me recuperaba les estuve viendo jugar al dominó, tranquilo, sentado. Me hubieran dejado jugar, pero volví a mi habitación, a gusto, en pijama. Quizá había habido algún error en la medicación, pensé en cuanto logré ser capaz, unos meses más tarde.

Pero en casa, abuela, sólo estamos viendo programas de gente que se muere o toreros que se divorcian.
Ya será verano, hijo y nos iremos a Valseca.
(Ese mes y medio era algo bueno que esperar. Como cualquier otra cosa, +,-).
Si tuviera un amigo, abuela, no sé dónde estaría. A lo mejor haciendo el loco.
Algo les habrás hecho a la gente, porque esos chicos eran tus amigos y vinieron a verte la otra vez que estuviste malo, cuando vinimos a vivir aquí. Lo que pasa es que no te acuerdas de las cosas.
Sí me acuerdo.
Y me decía que era tonto o discutíamos. Luego, se nos pasaba.

La abuela me preparaba de cena, a veces, lo que me apeteciera de lo que hubiese. Luego me hablaba de lo guapo y listo que era de pequeño y yo me dormía en sus rodillas.
A ninguno de los dos, en esos momentos, se nos pasaba por la cabeza que estuviera todo (o algo) perdido (yo u otra cosa) y, sin embargo, allí conservaba la felicidad, con veinte o veintiún años, recostado en ella mientras sonaba el ruido de la tele.
Los neurolépticos me daban miedo, pero los tomaba. Al día siguiente, a lo mejor, viajaba hasta la facultad y, poco a poco, iba haciendo vida.
Si no iba, mi abuela me preguntaba si es que le tenía miedo a la vida y yo le decía que a la vida también pero más al cuerpo. Ella comprendía y me daba un beso. Asentía porque había que hacerlo. Y con el tiempo eso de la facultad volvió a ser otro parque de atracciones.
No tengo ni idea en qué consistía mi trabajo allí.
Volvía a casa luego; qué otro remedio se ocurriera.

Los compuestos de litio creaban un pálido vegetalismo de jornadas que pasaban sin dejar apenas hueco para recibir lo que supone un día, por mucho que diera para hacer de una ventana algo donde entrara el aire moviendo el único pestillo.

Empecé a dibujar, en cuanto me vi capaz, las arrugas de las paredes de mi habitación en papeles guarro. Quería incluso, ser alguien. Reconstruir mi vida contándola. Preguntándome por qué.

El éxito, hijo, lo mejor, es que tú salgas de todo y estés bien.


Leo después, tranquilo, en casa, los siguientes versos de Antonio Ortega:

“Del respaldo en la silla
hacen lugar de descanso las aves
que el planear olvidan de sus alas”.

Y no evito tampoco los últimos de Arenario:

"Que el beso de esta noche
será mañana luz"


Miro esta foto antes de apagar.



(Ese día era poco después de lo de antes y a mí me habían invitado a una comunión). En fin, ello diría, qué pensará, si pensado, cualquiera de o ambos en uno o distintos tiempos, de lo que hago, de lo que sea, del sábado que viene, la vida, de cualquier cosa.

Expuesto a la química, el ombligo era la finalización de una naranja que, vacía, sometiera el sol hacia otro vientre. Produjera su alimento en otra constelación.

Fui en el buen sentido de la palabra cabra y llevé cencerro de puro decorativismo, de espectáculo que finaliza cualquier día de estos, en cuanto escriba una carta, soñando, a no sé quién y este la devuelva, firmada, a un ministerio de sanidad cualquiera que me llame y diga: Tú eras el niño ese, estábamos contentos contigo hasta que te fuiste sin decirnos nada, cabra desagradecida. Paranoico que, en tu rumbo, etc...


Buenas noches, C.

martes

Para terminar con el juicio del blog (1)


Purita me reenvía el siguiente mensaje: "El blog ha recibido quejas. Se han levantado plataformas para contactar con constructores, peritos y fiscales de la provincia de Segovia. No pintan las cosas bien para la empresa. Reenvía el mensaje a tus contactos y se cumplirá tu deseo. Si no lo has pedido, tampoco se te va a cumplir pero, por favor, informa a Alberto M".

Si supiera quién es le informaría, gustoso. No he cobrado aún desde que inicié el trabajo y tanto Purita como los demás trabajadores siempre tienen algún extraño mensaje que, sin embargo, me recuerda que tengo que enviar alguna información de parte de la persona extraña a quien seguramente represento, al menos, como copista y fotocomponedor.
Decido, primero, enviar la información al lector. Entra. Me pregunta a qué se debe el despropósito. Le digo que es probable que deba comunicárselo a mi jefe. Pero mi jefe nunca está. Si le conociera diría que está todo el rato con el tractor de acá para allá, en serio; no tengo ningún problema con eso, le explico.

Telsio me envía a continuación el siguiente mensaje: "Paso del rollo del blog. Acepté porque me apetecía, al principio, que hicieran una película, para salir y ver cómo soy de actor y si gano dinerillo pero, cada vez más, estoy seguro de que esta empresa responde a un invento de alguien que ni conozco y, seguramente, se está riendo de mí que, con tan buena fe, firmé el contrato de prueba".
Le digo a Telsio que el jefe está de vacaciones pero muy contento con su trabajo. Le digo que borda el personaje. Que, por favor, insista en su trabajo. Que no le eche a perder su familia o las drogas. Y le digo que le enviaré otro mail en cuanto reciba noticias.

Envío la copia al tutorial de la empresa y, en medio minuto, recibo la respuesta de que este tutorial soy yo. Fdo: Purita.

Me hago la picha un lío y respondo de nuevo bajo mensaje de nombre "¿Purita?": "Es usted mi Purita, la que yo conozco?".
Al día siguiente me encuentro una respuesta que dice: "No. Yo soy su hija. La otra Purita. Purita de toa la vía, pero también hija de mi mare de la vía de ziempre". No respondo.
En la bandeja hay otros tres mensajes. El primero, llamado "Lector" dice: "Yo también necesito trabajo. Se me da bien cambiar bombillas, hacer algunas cosas en el horno y, en mis horas de descanso, leo las publicaciones. Por cierto, la última no entiendo nada, aunque supongo que la ha escrito una jirafa congoleña". Tiene razón, creo. Le respondo que la tiene.
El segundo es de Purita esta vez llamada Purita la de toa la vía. Dice: "He contactado con Alberto M. Me ha dicho que no está".
El tercero está firmado "Su jefe" dice: "Lo de la plataforma es una promesa electoral del PROI. Valseca sigue a favor del blog y, por ello, quiere contratarte como habitante por horas".
Respondo: "¿Cuánto pagan?"

La respuesta de "Su jefe" se hace esperar dos horas. Dice: "Tranqui, mi superior te proporciona beca hasta fin de año. Luego podrás decidir por tu cuenta lo que haces". Le pregunto de inmediato si ese superior al que se refiere es Alberto M. Su respuesta se prolonga hasta el día siguiente: "No. Es Purita. Purita de toa la vía; amos, la que ze va a cazá con mi zico entro un mé".

Apago el ordenador. Jo.
No se me ocurre ni un post ni nada y encima es martes.

Fdo: Telsio.

El jazmín del hombre medio -reloaded: El deporte-


Por un momento, se siente muy desdichado al saber que ya jamás tendrá que ver con su inesperada capacidad para la pérdida de control psíquico. Que únicamente aspirará a ser un deprimido impar, uno más entre todas las personas que habitaban el planeta; un planeta más, del que era convenientemente ajeno. Lo intentaba una vez tras otra, pero se daba de bruces, no atinaba con la llave. Nadie lo haría. Nadie le abriría de nuevo el cuerpo e invadiría sus indudables posesiones legítimas. Lo intentaba y volvía una vez tras otra a los anagramas; los mismos u otros que partían de las mismas bases que aquellos que en los únicos momentos en que, admite, vivió de manera plena, habían convertido una lágrima en el propio ojo, escurriéndose por la mejilla, luego el mentón, hasta separarse, caer y formar parte de la alfombra, prendado del paisaje de unos cuantos días que dice iguales, de la habitación en la que dice mirarse con el ojo, el que cayó, una cuenca situada donde este estaba antes. Él, fumando tabaco, sentado, quieto, muy quieto, tomando luego café y las medicinas, variables según los horarios, haloperidol treinta gotas, sesenta, ciento diez. En esa época ya no puede jugar.

Pone música en la cadena, pero no es capaz de distinguir un sol de un mi. Un sol y un mi juntos era un sol propio en el que se quemaba la nota que venía después. “Mi sol mi” representaba una desgracia, una quemadura, la desaparición de algún amor, el peligro inequívoco provocado por alguna situación externa. “Mi sol mi fa mi”, daba conocimiento de un peligro de extinción que podía correr la familia a cambio de un dolor propio, grande a su vez, que simbolizaba la desaparición de la familia. La agonía en soledad. Otra vez “Sol-edad”. Él parte de la propia edad para hallar nuevas soluciones, y encuentra en el 22 un par de cobras, una dándole la espalda a la otra. Por un momento no sabe cuál de las dos le representa a él, aunque la probabilidad se inclina del lado de que su persona se trata de aquella que no ve el acecho de su igual, que le persigue de cerca, pero como serpiente cobra, incapaz de oír; de hecho, ninguna de las dos oye, pero el acecho sí está. El nombre de la familia de esa serpiente en particular lo asocia sin recorrer ningún tipo de hazaña a que debe alguna deuda ¿Qué tipo de cosas por las que deba pagar ha hecho él a lo largo de su existencia? Fue entonces cuando decide escribir una historia sobre ello, a la que titula “Yo no he sido”. Una historia de la que hace copias y reparte entre la gente que, de vez en cuando, por aquella época, está cerca, es amiga. Entonces tenía 22 años. Era dos cobras. La solución al invertir el primero de los dos números y juntarlo con el segundo es un corazón sostenido por una línea. Quizá es la línea del horizonte. Quizá es la línea del Ecuador, lo que indica que su corazón se encuentra en el norte, pero es este un dato al que no da la más mínima importancia. Es el dato de que la línea del Ecuador sea imaginaria la que le ocupa. El hecho de que sea una línea que sólo define el mundo en su representación. La bola del mundo que le compraron a los seis años de edad. Necesariamente bola o mentira, aquella forma esférica tenía en su interior una bombilla que encendía y apagaba a su antojo. Es la desaparición de este interruptor a lo que termina achacando la causa de sus brotes psicóticos. Pero el hombre medio tiene a día de hoy la edad de 29 y no se ve en posesión de perder de nuevo lo que denomina como el control del interruptor. El hecho de que la esfera del mundo que le regalaron cuando tenía seis años se encontrase en la actualidad apagada en una habitación de su pequeño pueblo es lo que le motiva a mantener que sólo en su pequeño pueblo será capaz de volver a encender aquella bombilla. Anota en su cuaderno la palabra: Amor. Procede entonces a inventarse una persona, algo que amar, una chiquilla, señorita a la que dota de los que supone dignos atributos y que convierte en, dice, la gran mentira del mundo, y añade, el mundo que se encuentra en una habitación del pequeño pueblo. Es de ello de lo que hace el primer cuaderno del que aún no se ha deshecho.

Aquella habitación donde mora la bola del mundo que le regalaron a los seis años de edad, sin pasar por alto el detalle de que el 6 simboliza a una mujer embarazada y gacha, sentada en un supuesto suelo, cercana a dar a luz; es una habitación donde se encuentra un armario, una mesilla con lámpara pequeña (donde se halla a su vez la bola del mundo, y es donde él hace sus dibujos a los 23, 24, 25 y 26 años), una estantería con muchos envases vacíos, únicamente decorativos, y una cama en la que difícilmente puede entrar el cuerpo de una persona adulta. Todo ello en el lugar más alto de la casa que lo ocupa. La casa de la abuela. La casa del pueblo. El mundo o su bola, dice, se encuentra en unos muros que parecen destinados a la desaparición. Él es la única persona, sospecha, que puede ocupar esa casa una vez fallezca su abuela, pero él no va a hacer nada de eso. No se ve capaz. No sabe. Tampoco le dejan pero también sostiene que la culpa no es atribuible más allá de uno y, en este acá, me dice señalándose el bajo de una de las orejas, es pecado. Así pues, se invita a pensar, asegura, que sólo en los días que la habita se expone a su bola del mundo, a su interruptor, a su pronóstico de enfermedad y a los momentos memorables de su mundo en esta actualidad a la que, dijo antes de la noche, pertenece.

Dice a sus familiares haber anotado en uno de los cuadernos que la casa es “el caparazón invicto del interno que en él hay” y dice observar cómo a medida que pasan los meses menos gente se ocupa de ella. Asegura que depende de la mano de abuela para su resistencia. También sabe de la edad avanzada de abuela y la merma de su disposición para la casa. Le asombra sin embargo que la abuela no haya perdido la voluntad de rezar y admira esa cualidad en ella. Abuela suele rezar a oscuras ¿No es este un dato conmovedor y también ciertamente revelador? Después anota la palabra “Casa” en su cuaderno y mete una U en el medio. La U simboliza un imán. La atracción que siente hacia la vida rural y lo que de su niñez guarde, incluida la bola del mundo de una habitación que califica de decididamente asquerosa, aquella bola que le regalaron a la edad del 6, precisamente su propia madre, la madre que le había dado a luz seis años antes del regalo. Luego anota: Mi casa no es de metal. Y a continuación: Mi causa es de metal. Recuerda la pistola de tío. Tío era policía y llevaba pistola. Le agrada recordar eso. Le agrada recordar que tío guardaba la pistola debajo de la almohada, sobre donde al dormir se reposa la cabeza, y sabe que tío ocupó antes que él las camas que él ahora ocupa (incluida la de la habitación que a fecha de hoy contiene la bola del mundo). Un día tuvo ocasión de coger la pistola que estaba, obviamente, descargada. Antes se la pidió a tío. Él no cogía las cosas sin previo permiso. Recuerda que entonces lo que más le llamó la atención del trasto era su peso, apenas podía sostenerla con una mano. En cambio, la bola del mundo era viablemente sostenible con cuatro dedos e, incluso, con dos. Anota en su cuaderno entonces: ¿En qué queda la hazaña de Atlas al lado de una persona que sujeta...? Luego lo tacha. Siempre que ha buscado las visiones y, consecuentemente, el vegetalismo al que asocia sus experiencias con la medicina antipsicótica, ha empezado anotando cosas de ese estilo. Frases de apariencia inocente, pero de una carga que permite muy capaz. Duda, dice, entre un mapamundi y un interruptor. Algunas veces ha reconocido, mediante esa búsqueda, que ha perdido el hilo que le une al mundo, que todo se ha acabado, pero no, luego vuelve, aún no se ha acabado y nunca lo hizo. Volvió del letargo -sostiene- de la medicación antipsicótica, así fue en tres ocasiones, y también buscó el cuaderno donde había anotado las frases, pero el cuaderno siempre ha desaparecido, aunque su familia sostiene sin descanso que en casa nadie toca sus cosas. ¿Dónde estaban aquellas frases? ¿Cuál es la razón por la que tacha las nuevas que se le ocurren? Es ese lugar donde vive con 29 años recién hechos. El 2 del principio, aquella cobra, sigue ahí, pero quien lo acompaña detrás es probablemente un globo que vuela acompañado de un hilo, al que arrastra el viento que viene por la izquierda-abajo. Uno de tantos globos que se le fue de las manos a un niño “¿Es capaz de sostener una cobra el hilito de un globo?” A continuación tacha la frase y decide salir de la habitación desde cuya alfombra uno de sus ojos le mira desde que tenía la edad de 22 años, probablemente menos. Baja al salón, enciende el televisor y mira, conmigo, las noticias de deportes en el teletexto.

viernes

Pipo; por Ministro de Hacienda (Excmo Ajuntamiento de Valseca)


Cada mañana, al sentarme en el porche, viene un bonito pajarito lindo y pequeñito a posarse en mi cabeza. Retoza y juega, alegre, canta. El primer día pensé que era un gilipollas, pero luego comprendí que no. Que me quería.

Mi cabeza lo acogió. Le puso un nombre. Pero siquiera he de nombrarlo para que venga, me desparasite y cante en lo alto de un melondro huero que ninguno sabe a qué atiende salvo el pico de este regalo que dios me ha concedido a cambio, nada más, de sostener a ambos con el cuello.

(El pájaro cantaba en inglés en un principio. Quizá eso ayudase a que mi primera impresión fuera la de que se trataba de un cabrón y gilipollas. Hoy, debido al amor -he pensado-, canta en español, por ejemplo, que es un pobre emigrante o que hoy representa el pasado y no se puede conformar).

En las tardes echo de menos su alegría y sólo atino a hacerme bocadillos de foie gras en el pasillo y, a veces, de mantequilla con una pizca de azúcar.
Porque yo he visto a las mentes más apestosas de mi generación pasar al lado de mi ventana y preguntarme qué día es en tono conspirativo.

Creí que, debido a eso, a mi ilusión en él y al tiempo de nuestro amor, por ello, atinó a adaptar un nido en la posición que él quiso y seguía picoteando más allá de mis molestos bichitos cabezales. Ayer, mientras me desperezaba a la espera de su presencia, me toqué la cabeza como para rascarme yo solo y sin que él me viera, no fuera a enfadarse. Descubrí también, entonces, que se estaba haciendo un túnel y -no lo pude evitar-, creí que su misión divina sería escapar, por fin, a alguna parte. Ahogarse quizá en mi cráneo como en una maldita chimenea o trepar hasta mi traquea y provocar su asfixia en la mía, amorosa y retorcidamente. Se lo he preguntado hoy cuando por fin ha venido y, admito, no he entendido que se haya hecho el loco y comenzado a cantar canciones sin sentido como "aquel amor que marchitó mi vida, dónde andará".

Sus polluelos nacerán ahí dentro y habrán pasado de un huevo a otro sin saber lo que es un huevo ni una cabeza ni que son hermanos de un mismo e iluminado cielo -he pensado-. Elegirán uno de los múltiples caminos y serán libres mientras sigo aquí sentado decidiendo si me pongo o no un tapón en el agujero concediendo, así, sentencia a su destino.

Sabrán, estoy seguro, que, cuando acaben con el mundo, ya podrán volar según sus anchas y alcanzar mejores momias que este pajarito que hoy canta a mi lado cosas que no entendería ni el más cansado de los hombres que conozco:
¿Mira qué bien se nos da eso de estar juntos los dos...?


Autor: Rodolfo Manuel Gonzalves, Ministro de hacienda de Valseca.