martes

"Cabritillas, cabritillas", por habitante breve 3º


El pueblo estaba bien. No había cansancio.
Había entonces dos opciones y una de ellas era yo.
Pregunté pues por mi posibilidad. Les dije que quería ser habitante de Valseca. Ellos preguntaron por qué, si había razón. No lo sé, les dije. Antaño viví en un lugar parecido, hecho de casas bajas y unos pocos kilómetros cuadrados de eras puestas bajo la mies. Me gusta el clima, añadí. Y acá el cielo se ve con tal ternura que pareciera pedir que le peine cada día y le dé achuchones. -Pero esto es una barbaridad- opinó el hombre del cetro. Dispusieron entonces a ponerme a prueba.
Reunieron unas cuantas decenas de cabras y, en medio de sus interminables llantos, me colocaron sentado y llamaron "luz que nunca sufre" en el instante que el pasto acudía a mí a pedir consejo.

Les dije que no sabía nada salvo hacer bocadillos en la cocina, quizá pelar algún cardo etc... pequeñas ruinas, costumbres que añoro del tiempo en que tuve mi oportunidad. Tampoco sé si consistió en algo que no fuera la esperanza de una segunda o tercera, o si ello pudiera resumirse adquiriendo una vivienda en este lugar donde el cielo, como efectivamente había dicho a aquellos hombres, no cambia nunca y parece incapaz de engañar a los que acá rumiamos, entre los lagrimales resecos que a vos pertenecen, vuestro pelaje que, invadido por el moho, evita percibiros en el monte salvo por el natural olor a putrefacción que os condena y salva. Os diré que he amado en tierra como esta y, recuerdo, arranqué a mordiscos el fulgor de esa doncella hasta, al fin, dar con su semilla y querer, en ese mismo tiempo, que continuara el fruto, impoluto y cada mes de marzo, en la rama de la que colgó hasta dotar suficiencia en el peso su entrañable composición de vísceras y me enseñara, además, a vivir el día a día. Claro que, ingerida su semilla, mi existencia es ella y, queridas cabritas, es por eso por lo que sé que no existe.

Al finalizar mi discurso noté que los llantos habían menguado ligeramente y fue cuando observé que una de mis piernas, hasta bien entrado el fémur, ya no estaba en el lugar de antes. Supe que, de alguna manera, les caía bien.


Me ayudé de sus lomos para poder caminar, cierto que con no pocas dificultades. Al fin, conseguí abrirme paso hasta los hombres. Quería conocer el resultado de la prueba. Dijeron que todo lo que había dicho, cada palabra, era asqueroso y que, por mucho que gustara a las pobres cabras, necesitaría muchas más extremidades para vivir allí. Como no hablaban en metáfora, una semana después regresé con todos mis hermanos, que hasta entonces habían vivido en un pueblo de Tarragona.


Fdo: Habitante br

jueves

Jueves, una noche que fue casi Viernes y luego definitivamente Viernes, aunque preferiblemente y, si posible, también Jueves


Exceptuando ocho o nueve mil idioteces, unas personas -tirando a pocas o muchas indiferentemente-, alguna isla donde den champán y cosas así, no me gusta nada en particular, de continuo. Salvo, quizá, los jueves. Me gustaría saber que es siempre Jueves y que mañana también va a ser jueves y al otro. Un montón de jueves de vida hasta jubilarse y que sea, por ejemplo, jueves otra vez. Los jueves son una maravilla del mundo mayor que ir, por ejemplo, aunque sea jueves, a cenar algo al guay de la comida vegetariana, aunque se sea vegetariano y aunque sea jueves, a comer cualquier cosa o no necesariamente, a lo mejor, tomar solamente una fanta. Porque el otro día fui y era jueves y, aun siendo jueves, no sabía lo que era una salsa de nombre aproximado Tayayiyaniy y, ese jueves noche, al no saberlo, le pregunté al señor que lo servía que qué era (no él ni siquiera el día sino la salsa en particular blanca con nombre para mí, aún hoy, desconocido) a lo que me respondió que el Tayayiiayayni era Sésamo. Pero yo, ay, maldita incultura, entonces (ahora sí, eh, que lo he mirado en el wikipedia y puedo dar todos los detalles que vienen en el wikipedia) no sabía, salvo la posibilidad de un barrio de raros como don Pimpón o Peregil y Caponata y los 40 ladrones esos, lo que era el Sésamo. Y lo dije. Que no lo sabía, tampoco, lo que era el Sésamo. A lo que el dependiente respondió corporalmente abrumado ¿No sabes lo que es el Sésamo? Y comprendí que era muy probable que, en calles modernas de una gran ciudad que no fuera Valseca -¿Sabría él lo que es Valseca?-, por muy jueves que fuera, no se podía ir por ahí no necesariamente sin saber lo que era el Sésamo sino preguntándolo a quien lo sirve caso de acceder uno a la posibilidad de comprarlo. Me pedí una cerveza y pasé del Tayainaqriy y tan a gusto, sin problema. Le pedí perdón, no fuera a haberle molestado siendo impertinente, por muy jueves que fuera y mañana no, sino un día siguiente viernes y estuviera sin mejor plan un jueves que comer en el vegetariano de la salsa que se llama Sésamo, es decir, hecha con semillas de esto y tal, en algún momento de cualquier día que correspondiera a esa semana anterior o la misma hasta el evento que surge de la pregunta, hecha quizá impertinentemente por mí: ¿Qué es el Sésamo?
Él no respondió. Y, seguramente, yo había sido un idiota disculpándome por mi jodida ignorancia o por no tener mejor plan que ir a un vegetariano normal y corriente, barato en precio y, encima, hacer una maldita pregunta sin ninguna relevancia ni para mí ni para el mundo ni para ningún punto intermedio que pudiera contenerse entre mi pregunta y noción de cliente y entre la respuesta de la otra persona y su noción de cualquier cosa que suceda un jueves por la noche.
Me tomé la birra y me fui. Por lo menos era Jueves, como hoy.
Porque son estupendos los jueves. Enormes. Una cosa estupenda en cualquier rincón de cualquier lugar del mundo. Hoy voy a cenar pizza, una buena, de las de los jueves.
Y si luego me da la energía y tal, saco el mortero, la sal y todo eso y me hago un tayayinihirni de esos en un plas. Por ser jueves.

miércoles

Outsiders: Valseca, Evucha y el duque de Sándwich


Espero una llamada de Enrique por la tarde.

- Ya no escribes cosas del pueblo.
- Pues no macho. Al siguiente, a lo mejor.
- Te estás haciendo un outsider, tío.
- Sí ¿Verdad? Joder, qué putada. Si ya me lo decía mi abuela, macho, al final va a resultar que soy un outsider de esos.

Y el caso es que no.

Luego me he dicho: A ver si soy capaz de recordar un poema o algo parecido, una cita etc... que hable de cómo veo el pueblo y tal. Y nada.
Normalmente me da por la play, pero llevo una semana y media o así de un literato de cejas. Un tío chungo que va en chándal por la casa armado con libros que se zampa en la cocina y, luego, en lugar de encender un cigarrillo, se pone con otro. Primero el Bataille. Pim Pam Pum, hora y media, luego el Nerval, Plas, 45 minutos (hasta estoy adelgazando), coñe, y luego: Pynchon chin chan chun, nada de tonterías: Mason y Dixon!! Sé que me echo a perder en este plan e incluso descuido el blog (por no hablar del tamagochi). Mi madre entra en mi vida de vez en cuando (para eso es madre): ¿No te has cambiado para la lavadora? -Mama, joe, que estoy con el Mason y Dixon...
- Pues voy a empezar a no dejarte ir al trabajo que, tú harás tus cosas pero, con esas otras, te comen la olla, como decís vosotros, y así estás.

Me he encerrado en una cueva y leo a la luz de las velas que me traen ánimas de un purgatorio concentrado alrededor de lo que va viendo, a cuantas más velas (advierto: primera alusión) mejor nitidez de sombras. Mi madre sufre por mí, ya dije, y me sube patatas onduladas. Pero yo estoy a lo mío y no cejo hasta terminar el libro. Para la cocina utilizo otros libros: Manganelli entero. Chin chan cataplás!! Hay que ver cómo me pone el Manganelli en la cocina, que diría un amigo mío -un chalao-. Termino el Murphy de Beckett. Termino los diarios de Musil. Con dos capones!! Pero el cuerpo pide más. Y hay que darle la unción que necesita. Me tientan los garbanzos con aceite, las judías verdes con ajo, me tienta el juego de El Padrino porque quiero matar a las familias rivales y me tientan un par de pelis del oeste. Pero no. Me mantengo a pie de cañón en los cánones que me he fijado (Dime si, por listo/a, has leído "cañones" en lugar de "cánones" que yo sí, que me he pasado). A este ritmo, Chevengur apenas son cuarenta minutos y luego La paloma de plata en el autobús. El tiempo pasa y suena otro día el despertador con la música de Rocky –sé que tocan las Vidas paralelas-. Hablo con Evuchi, que es la única que me comprende, que sabe que es necesario lo que hago. Porque esto –la explico- es amoldar el cuerpo. Cariño –le confieso- además me estoy poniendo muy majete –le explico- el enfermo, como el perro sarnoso, cuanto más pálido más hermoso. Pronto aprenderé a tocar el piano y me invitarán a fiestas para que haga los nocturnos y te vienes tú y cantas. Ella se está leyendo lo del CAP. Su cumple es el sábado. Iremos a un concierto o algo así. Aunque a mí me gustan más los restaurantes tranquis y hacer la música nosotros con la boca después del segundo plato (platillos ella, contrabajo y piano y yo el saxofón y la guitarra acústica).


- He hablado ayer con Enrique. Na, que ya no pongo nada en el blog y a veces entra.
- Pues pon algo.
- Pero tiene que ser del pueblo y no se me ocurre nada.
- Pon lo primero que tengas en las manos. -No se refiere al teléfono, está hablando en serio y haciendo un uso muy medido de la razón. Continúa: Luego pones una foto en la que salgas tomando un botellín y ya está.
- A veces me salvas la vida.
- ¿Sí, no? O el blog.
- Eso.


Pues eso:

Veo Valseca, aproximadamente y con la rotundidad que sea necesaria, como los siguientes párrafos:

Diferentes testigos presenciales dicen haber visto por última vez al duque de Sándwich, el comandante de la flota inglesa de casi tres quintales de peso, cercado por las llamas y gesticulando en el puente de popa preso de la desesperación. Lo único cierto es que su cadáver hinchado fue arrojado a la playa, cerca de Harwich, un par de semanas más tarde. Las costuras de su uniforme se habían reventado y los ojales estaban desgarrados, pero las condecoraciones de los pantalones refulgían con una magnificencia que no había menguado aún. En aquel tiempo no podía haber más que unas cuantas ciudades con tantas almas como las que se extinguieron en aquel combate...”
(W. G. Sebald “Los anillos de Saturno” Ed. Debate, Trad. Carmen Gómez y Georg Pichler).


- Ahora –uno supone que le diría- sólo hay que cambiar Harwich por Valseca y al duque de Sándwich por ¿Telsio?

Y, conlleve tragedia o alegres mulas pisoteando cebada, ya hay post. (En Valseca es tan fácil como en otros lugares, cercanos y sin playa, inventar una playa -igualito que hacerla, aproximadamente-).

Por cierto, un libro estupendo de Sebald que me regaló Manuel hace año y algo de pico y que, tras una semana dura en el sentido literal del propio sentido literario, con algún kilito menos, nueva camisa esta vez negra con un cuello chulo regalo de Eduardo, etc... he recomenzado con tal de lograr, en décimas de tiempo, la antigua tarea de, renglón a renglón, comprender la posibilidad de algunos libros de diferentes tamaños en un mundo que gira alrededor de sí y del sol mientras estoy leyendo entre la cueva con velas y la cocina, cerquita, eso sí, por si llama el propio sol, del teléfono móvil este que no hay dios que le entienda.

Lo más importante: Felicidades adelantadas para quien se comprenda aludido/a.
(Cuántos son, 48?)

jueves

El trabajador de la vida moderna, A y, nosotros, los idiotas


Estoy tranquilo, en el trabajo. Se puede estar tranquilo, en el trabajo. Ahora no trabajo, ahora sólo escribo en el trabajo. ¿Se puede llamar mundo a esto? ¿A un sitio donde también los idiotas, incluidos aquellos que escribimos en el trabajo, trabajamos? Los idiotas no deberían trabajar. Los idiotas tendríamos que estar en otro lugar de trabajo que no fuera necesariamente el trabajo. Me llama A. Le digo que estoy en el trabajo. Lo entiende sin que me explique más allá de esas palabras ¿Cómo osa mi amiga A a molestarme en el trabajo? Porque sabe que, en cualquier otro lado, podría. Para eso, por ejemplo, somos amigos. Pero hoy yo estoy en el trabajo. Y me he puesto a escribir un post en el trabajo. Y hace un rato he estado leyendo a un finés en el trabajo. Y, si alguien se dirige a mí, le atiendo: por el trabajo. Si no fuera por el trabajo hubiera tenido que quedar con A, porque hace mucho tiempo que no nos vemos. Pero el trabajo, A, es el trabajo, aquí y también en Oackland. A se entera en seguida porque es una mujer espantosamente lista e idiota en un mismo grado y concentrada, pequeñita, es una flor a la que le riega el trabajo, el suyo y también el mío hoy. A y yo podríamos ser hasta novios. Pero siempre que decidimos vernos A y/o yo, alguno de ambos o entre los dos, tenemos mucho (o poco, pero) trabajo, aunque sea trabajo del trabajo, por ejemplo.

Hoy (eso que nos ahorramos todos) no pongo una foto hecha por mí en el post, porque estoy en el trabajo.

¿A qué tipo de enfermo, excluidos los idiotas como A y como yo, les puede ayudar el trabajo, por ejemplo, a desintoxicarse o comer un bocadillo de foie gras, aunque fuera mismamente, en el trabajo?
Y luego está que la justicia, por poner un ejemplo que no se me ocurriría en la vida, es muy benévola con muchas personas que sufren, pero ¿qué pasa con nosotros, los idiotas que no maltratamos ni consideramos maltratados ni somos gays ni necesariamente de pensamientos incluso políticos, ni siquiera príncipes de España o prodigios de la mente o triunfitos o niños que lo pasaron indebida e innecesariamente mal en la escuela o tuvimos un trauma achacable a etc... a los que sólo nos pasan idioteces (como la vida, por ejemplo) mientras estamos en el trabajo? ¿Qué pasa, entonces, con nosotros?...
Quiero decir: Me lo pregunto. A lo mejor es eso lo que tiene mi trabajo, lo que nos hace a A y a mí privilegiados de algo, más o menos igual que a muchos otros.
No sé...

¿pero, oye, tú qué opinas?

lunes

Ansiedad... ¿No es una canción?


“Andar en un temporal, por un camino de montaña sin atractivo, no es un alivio (parece más una razón de ser).”
(G. Bataille)

A veces me pregunto a qué viene.

Es esto un relato sin fábula ni héroe que tampoco tiene a la nada como amiga.
Ensalcé las bondades de la miseria populista e hice la criba a una carta, a mis manos dirigida y al amor que nos es dado como un trámite que palideciera en la inmensidad que es ella, dejando yacer ese impulso bajo la sombra resultante de un amanecer y un árbol en mitad de nuestras vidas.

En este acá, el convulsionario juega al cinismo en el saber y su contrario mientras da cuerda y habla al reloj del saloncito.

Qué delicioso el fracaso cuando lo certifica la clara intuición de una tristeza. Me explico: aquella que, en su precariedad, cumple con un designio vivo. Ayuda a la alegría. A salir y tomar cañas, conocer gente, olvidar la posibilidad de que tienes que ser alguien... sacar luego al perro, por ejemplo, mirar un rato, tranquilo, por la ventana, con un refresco en la mano o una bolsa de patatas fritas...
El único que quiere algo es el demonio (un refresco etc...) y acá hay que tener muy presente que dios jamás se olvida de los hombres buenos.

Llegó una carta y la abrí. El amor es lo que tiene a veces, que viaja en plica. Era a mi juicio tendida para someter a una especie de concurso, una importante revista de mentes que nadan a lo largo y ancho (pero, sobre todo, a lo ancho) de su matiz embrionario –el que uno intuye finalizadas ciertas resoluciones- sugerido en un llano del Sinaí.
Llegó una carta y la abrí. Miré las iniciales.

Cuando éramos animales nos escapábamos de cualquier compromiso con mejor habilidad. Huíamos de la boca de los lobos por la misma razón que la luna se sostiene.
El animal que guarda aprendió a abrazar la caridad del otro, a elevar al hecho sobre el instinto, a dar las gracias, procurarlas y asimilarse entre el vulgo sin acudir a la ruina que supone dudar de que el sol no caiga en cualquier momento y provoque un incendio menor en la central hidroeléctrica.

Consuela la mirada de Gérard de Nerval sobre las cosas. El cómo un hombre que no cabe en su mirada la tiende a un fotógrafo y regala como una farola que encendiese y apagase las voluntades de los hombres en la persona amable y taciturna de un sereno.

Llega la carta y leo quién soy. Y entonces le pongo un siete, más tarde un cinco y, luego, para que no haya tachones, coloco una coma en medio. Lo leerían después los especialistas. Un 90% de gente oscura que procura levantar una flor llamándola preciosa.

Leo a algunos franceses de antes, feliz, en la cocina. Y luego me acuerdo de la carta y de quién soy.
Creo que no he cambiado –pero tampoco para peor-. Sigo sin tener preferencias, los gustos no los entiendo, el estudio de la estética me parece una cosa deshonesta... y, si tentasen los juegos, selecciono "al azar" con el ratón. En eso también hemos sido cambiados por lo que quisimos, es decir, por el demonio.

Decía Debord que “en el mundo realmente invertido lo verdadero es un momento de lo falso”.
Lo verdadero mío es, en este momento, un dolor cercano al hombro derecho, una especie de tendón agarrotado que funcionaría en el anterior discurso como prolongación no invertida de lo real que, a la larga, siempre ha tratado de lo pasajero. E inevitablemente lo será más tarde o más temprano.
Porque una enfermedad existe sólo si tiene nombre. Y los médicos a esto lo están llamando ansiedad, por mucho que le diga o deje de decir a una enfermera que uno la ansiedad la tiene muy de vez en cuando, pero en otro sitio.

Es entonces cuando leo la carta de nuevo, aunque después de las iniciales. ¿Condoleezza Rice? "Shut up?"
Es broma.


¿Qué oscuras razones tengo para amarte? ¿Las sabes? Porque yo ni idea. Pero te quiero –diría el demonio-.
Dime, en serio ¿Qué se te ocurre, ángel mío?


the S. C.

jueves

Fortunata y Fortunato (estreno en Valseca, 10:45 cualquier día)


(Foto: Teatro de Valseca y plaza de toros -No lo dije: vista aérea)

Allá estaban las dormidas, y creaban una casa al desperezarse juntas, una humilde casa que inventar en ellas cuando estuviesen, de nuevo, vencidas por el sueño.
Mientras, las amargas mieles del fracaso intuido comenzaban a mezclarse en mis inofensivas infusiones de la noche.
Entonces, apareció Fortunata:

- Eres un borracho.
- Pero si son hojitas de menta con diente de león, muñequita linda.
- Sí, de cabellos de oro, no te jode.
- ¿Qué pasa, que no duermes?
- No, es que no me va. Es más, me toca los cojones.
- Pues sí que estamos copaos ¿Quieres algo de comer?
- Las segundas intenciones en tus palabras son lamentables ¿Te crees gracioso?
- No entiendo las intenciones que dices, y no, no me creo gracioso. Payasete o tontín quizás, pero para pasar el rato.
- Sí, no todo va a ser hambre en el tercer mundo ¿no, hijodeputa?
- Perdona lo que te dije de tu madre. Era una salida de tono.
- ¿Y te parece justo exhibir una obra en Valseca conmigo como protagonista?
- Creía que era yo el protagonista.
- Ahora todo el mundo es el protagonista.
- Claro ¿Quieres un poco de infusión?
- La verdad, prefiero que me hagas un silogismo.
- (...) No te entiendo.
- ¿Te ha salido un grano?
- Tranqui, es lepra.

(5 minutos después)

- Me encantaría que te evolucionara. Sacarte al mercado cuando ya sólo te quede un trozo de mierda a lo que llamar dudosamente cuerpo, insultarte delante de la gente que sale a comprar melones. Darte leches. Te imagino diciendo: Noooo zooy un monstluuooo, sooo un seeel humaaano.
- Cómo anda el patio, querida.
- ¿Por qué no terminas la función de una pevez?
- Venga. Por cierto, qué bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas.
- Calla, cenutrio.

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Voces de los plebeyos valsequeños desde el anfiteatro:

- ¡El tractor, el tractor!
- ¡Es el autor, mamarracho! ¿Ya has vuelto a drogarte?
- ¡El autor! ¡Que lo asesinen!
- ¡Un tractor por encima y luego a remolque hasta la carreta!
- ¡Los galgos, los galgos! Salen corriendo como los ratones de las cochiqueras...
- ¡A violar a los actores y a hacerles la porra española!

(27 minutos después)

- Jo, se han pirao.
- Y no hemos tirao huevos ni nada.
- Jo. Pues a ver quién se los come ahora.
- Yo. Etc etc...
- Etc etc etc etc....
- Etc, etc etc etc... etc etc etc...
- Etc, etc etc etc... etc, etc, etc, etc etc... etc etc...
- Etc, etc etc etc... etc, etc, etc, etc etc... etc etc... Etc, etc etc etc... etc, etc, etc, etc etc... etc etc...
- Etc...
- Etc... etc, etc etc... etc, etc... etc etc... etc...
- ...

- Etc... etc, etc etc etc... etc, etc, etc, etc etc... etc etc... Etc etc...

(3 días después)

- Etc... Etc, etc etc etc... etc, etc, etc, etc etc... etc etc... Etc, etc etc etc... etc, etc, etc, etc etc... etc etc... Etc, etc etc etc... etc, etc, etc, etc etc... etc etc... Etc, etc etc etc... etc, etc, etc, etc etc... etc etc...

(Y así hasta el fin de los tiempos y de Valseca)

lunes

Palabras inscritas en una tumba normal de Valseca


"Si las tonterías que escribí las hubiera escrito un genio todos habríais dicho que eran artefactos literarios muy bien construidos...


...si las hubiera escrito un intelectual hubierais dicho que eran obra de uno que leyó a Quevedo...


....si un guisador de cochinos, que eran resultado del alma o el enorme corazón...


... si hubiesen sido escritas por un ingeniero habríais puesto cara de asombro para decir que eran obra del genio humano...


...y si las hubiera escrito el médico del pueblo las habríais leído"



(1917-1953, Hijo de Valseca -sin nombre-)





sábado

Primer artículo para el semanal Opinativo de Valseca



“Cuando desapareció Valseca estábamos todos los habitantes en el carrefour. Si el tiempo lo decían como una prolongación poética del espacio, y el espacio comprendido en su menor mal como una prórroga demente de las imaginaciones, capaz incluso de llegar desde la cruz de Hontanares hasta el último lugar de una canción de kiss fm o la radio3 sin andar ni tampoco sentarse allí... ¿Recuerdas entonces, por ejemplo, los lugares donde sólo sobrevivían aquellos fetos que habían desarrollado la habilidad de agarrarse tras ser lanzados, al salir del animal, a la columna de mi payaso? Decía el lector del dvd que la timidez es una técnica perfeccionada sin parangón por la megalomanía de los incomprendidos y de los que se comprenden unas décimas tarde... también he leído un libro en el que pone que tienes que tener mucha suerte para ser aceptado en el reino de los carritos que contienen la aceitera y que por eso no van bien la vida ni el pueblo ni la cabeza blanda de una pelota normal y corriente. En el carrefour ese, en cambio, éramos felices a nuestra manera y ni siquiera eso era algo que pudiera ser verdad o mentira y, menos aún, un impulso capaz de arrojar un pobre pueblo llorando, durante unos segundos, metros allá de donde tiene la piruleta recién chupada.”


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