martes

Las palabras (I)

Hace hoy dos años falleció mi abuela, Ciriaca, mujer que luchó por su causa, esto es, por lo que conocía. Mujer que hizo una ciencia de la vida que giraba en torno a la familia y el trabajo. Es la persona con la que más tiempo he estado en mi vida y que, con mucha paciencia, me ha soportado y ayudado -y mimado-, durante mi infancia -tiernísima-, más aún en mi arrogancia juvenil, surtida de escaqueos hacia la nadería, y en la poco propicia para el remanso vida neuroléptica que hube de llevar después -y sus, en ocasiones, desmesurados ceses- . Mujer de la que, aún hoy, aprendo -procuro- el norte de cada cosa.
He querido rescatar para este sitio -soy un sorprendido de la vida que uso en él- el diario (titulado en un principio El sosiego) que inicié en los días venideros de aquel entonces, para asomarme de nuevo, desde la inocencia que supe, al mundo de hoy, algo que he intentado añadiendo comas.



18/XII/06:

Desde el sábado vengo legando a nimios avances una entereza de la que aún nada sé, pero que me procuro por si he de conservar un algo de ello y matizo la voz suya en imágenes de otros días en que aún la veo por la casa, en este día, con extraña naturalidad, pero más extraña aún mesura. Hoy, 18, la hemos enterrado mirando (mientras daban un responso y santiguaba en un hospicio donde negocian la mortandad a telón y la prisa que sólo tiene un navajazo) a niños pequeños que no sabían muy bien, como ninguno, qué era aquello a lo que habían sido llevados sino el juego del misterio, del escondite y la fuerza. Comprendo en esos pequeños con dos años en los hombros; su andar hacia el juego y el respiro, una vez y otra sin descanso, la más vasta asunción de lo que uno quiere. Porque uno no espera nada pero quiere vivir desde esa tesitura, ocuparse de lo que no importa porque importe al fin y al cabo.
Ella se ocupaba de mi casa desde que nací y de todas las casas en que yo estaba y que eran suyas. Era la madre del mundo porque era, fuera quien fuera, la madre de uno. Y el cielo es llorar y se lo he dicho a un sacerdote esta mañana que me ha hablado del nombre de mi santo.

Uno no muestra fuerza, sino que se intensifica y se sabe, y termina viviendo e, incluso, escribiendo a creencia de que eso ayuda, con credenciales que van, hoy, del teclado a la habitación de ella. No sé las palabras, sino letras solamente que voy juntando y que terminan siendo lo que pone en un centro de flores, cualquier cosa con adornos porque, en la vida, a ella le gustaban y lo hacía. Los abrazos y paseos, la amistad, los cigarros o una mesa... Uno se ha pasado media vida metaforizando la muerte en cualquier cosa y luego no era más que mucho frío un sábado.

La aceptación y saber, precisamente, en una cultura muy maleducada en ello, ninguno sabemos si a ciertas, pero de la que dividimos en rachas y participamos, en casos, desde una moral que sólo conoce la duda como medio, el yo (que conoce aún menos), y el resto de los planetas que sin embargo se mueven... cuando no queda reducido todo a un chiste malo, propio o del de la otra mesa, que nos echa un tiempo del tiempo o es que, sin más, nos echamos -verbo en pasado-. Es contradictorio el pasado del verbo querer, y se lo he dicho al señor cura, sobre una pregunta ante la cual no he considerado ni querido saber de competencia. Un hombre de fe ha de arreglar el suelo antes que ponerse con las vidas de los santos.
Ella practicaba lo humano y miraba, pequeñita, lo divino. Así son todas las personas, animales y cosas que amo.

Me diría que no hiciera caso, si digo: muchas personas de mi ámbito, debido a mis problemas pasados, se procuran de mí una imagen de chico que, si no es subnormal, allá que andará, o es, en su defecto, una especie de rareza tirando a especial o como de genio, cuando nada es ni lo uno ni lo otro, pero uno sí es el que quiere vivir y quiere aprender intentando saber las cosas desde el sitio aquel que indica que lo contrario al amor es la más absoluta necedad. Hoy he sabido esperanza en el sentido de la palabra que ella lo entendía, y he respirado mejor.

La noche ha durado un tiempo que hoy son dos días y medio, y he asentido ante lo posible, como lo que espera, siendo únicamente algo cierto, con la familia y amigos, los labios de ella entre las flores, pegados uno con otro, así como daba los besos que uno encontraba, cuando perdido, se hacía como sólo despistado. Tapada con una manta bordada que reza: descanse en paz; uno asiste a la cristalera como una distancia que no cubre la métrica, pensando los pasos hacia la salida y volviendo luego. Y se aplica aquello de la paz, como lo que obraba y obra, y lo vive, de vivo, hasta que mueran siempre los demás y uno, de poco, como en su risa, se quede dormido también en el regazo de ella y meza en lo subatómico, coronado en una elipsis que fabrican sus dos manos.
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11 comentarios:

Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...

En el paso de un año a otro parece haber cambiado la concepción albertuchesca de la naturaleza. ¿Cuál puede ser la fuente de todas estas palabras? Si el post anterior se atiene a un tiempo inmediato, este nos lleva desde de la inmediatez al pasado que nos adorna en presente.
Gracias por tanto o por nada
Adriana

Alberto M dijo...

Qué va, Adriana, no tengo conceptos de esos porque, cuando me creo que los tengo, siempre la fastidio, me caigo por barrancos, y se me puede luego llegar a ocurrir ya abajo, con las magulladuras, que me los he dejado arriba y cosas de esas, hasta ponerme a escalar con todo el frío que está viniendo.
¿No te sucede también? No me creo que no.

Gracias a ti por el mensaje
-presente continuí-.

(Borro uno, que ha salido repe)

Tesa dijo...

Juegas tan hábil con las palabras, y es todo, el texto y tu introducción, tan intenso y tan cálido, que me avergüenzo de dejar aquí las mías, tan torpes.
Sólo te abrazo, amigo Alberto. Escribes de otra manera, seguramente mejor, cuando hablas de ella, desde el amor.

:)

Bellaluna dijo...

Las tuyas son palabras sabias, y la abuela debió ser una gran mujer. La edad no es mala, lo malo es lo que hay -a veces- dentro de ella. Antes, ahora, después.

Y, sí: la muerte y el frío tienden a confundirse por ese color azul cárdeno que tienen.

Alberto M dijo...

Muchas gracias, Tesa. Como siempre.
A mí no me parecen torpes tus palabras eh, para nada. Un abrazo.

Gracias Luna. Das en el clavo con eso de la edad. No existe. Claro que no quita lo que viene -y hubo- a continuación, que hacen a la edad incluso desde fuera y, esta, va y parece algo.

ca dijo...

Me encanta lo autobiográfico, es una forma atractiva y literaria de vouyerismo. Me gusta también como meces las palabras hacia el objetivo, aunque comas. Un abrazo.

Alberto M dijo...

Hola Conrado.
Es un género que, en el menor de los casos y más severamente que otros, obliga a contar sobre lo conocido.
Lo veo siempre -el género- como una ocasión muy buena para retratar el tiempo que hace, a los demás y, con esto, claro, al que puede ser uno.
Un abrazo.

Alberto M dijo...

corrijo: a lo que puede ser, -no al-

Anónimo dijo...

me encanta como cuentas lo que a amas y lo que admiras a tu abuela y a los tuyos.Parece que te estoy viendo todavia en Valsaca con 15 años.cuidate y cuida de todos los tuyos,un saludo

Alberto M dijo...

Muchas gracias. Qué años malos aquellos -para el amor- y qué felices, cierto, creo que en general.
Un abrazo.

PD: ¿Ruso?