viernes

Les feuilles mortes (Joe Mezquino´s cover)


Me ducho. Como. Cojo el autobús. En el trayecto pienso en alguna chica que no conozco porque no conocerla es el modo en que me activo, en que empiezo el día a las dos catorce. No miro por la ventana. La música que suena por el mp3 es la que ha sonado siempre y, de este modo, es como si no sonara jamás. Las pilas, no obstante, se gastan con la misma rapidez. Es una buena imagen del día y es una buena imagen de mi realidad.


Viene la nueva de La oreja de Van Gogh a sentarse a mi lado, lo típico, me enseña su lencería. Opino que se trata de buena seda. Una seda estupenda –le digo-. Ella dice que es pintura, igual que el traje. Le cuento, para romper el hielo, que Catalina, la mujer que amé, va a bares, tugurios donde unos mendas se juegan partidas de futbolín a quinientos euros, nerviosos, en flor, bebiendo en exceso como excusa para otra rayuela, allí mismo, el futuro y presente de España, sí -digo- en cualquier sitio. Añado que es porque se lo pongo a huevo y por eso prefiere que la pete el culo cualquier animal de esos. Es fácil, sólo tiene que abrirse tipo Instinto básico modalidad subnormal, enseñando un felpudo que es el paraíso de un gato perezoso. Claro -continúo- echa en falta la posibilidad de que la revienten la nariz con unas pocas embestidas a la mitad de la cara. Que la hagan esas cosas de las pelis. Dejarle la sustancia en la garganta y llevar allí las manos hasta procurar ahogarla, pero sólo durante un ratito, lo justo para un par de lágrimas, mientras la escupen y ella sabe su resistencia, -no me mire así, yo tampoco me lo explico- procura ver su fuerza en ello y, luego, esta consistirá en contármelo. Son cosas que me contaba para revivirlas a través de mí, como Gómez de la Serna al maniquí, para que, de una vez, como el citado maniquí, fueran ciertas. Y que, supongo, cuando vivía, eso le hacía sentirse inmersa en algo así como este largo viaje de autobús. No es que ahora no viva, me explico. Es otra extraña más. No es ni mi novia, ni mi ex, ni mi hermana, ni mi amiga, ni mamá. Es cualquier otra cosa, es decir, sí, lo has adivinado, te has ganado un sugus. Le digo, tampoco es cosa de extenderse. Al menos, más.


Todavía el autobús no ha alcanzado la mitad del viaje. Le digo a la de la Oreja de Van Gogh que me encanta conocerla, ya que soy fan de su grupo, que le faltan unos grumos de pintura en el hombro, que si necesita un gotelé me ocupo y que, por lo demás, parece la primera mujer del universo. Me pregunta que con quién la confundo. Le pregunto si no es la del grupo, nueva, de la oreja de Van Gogh. Dice que no. Que ella tiene hijos, como todo el mundo. Digo que, le ruego, me disculpe.


La carretera es la misma que todos los días y, aunque fuera otra carretera, sería la misma carretera. No hay una carretera que sea otra. El autobús para y entra Ángela Chaning. Se sienta enfrente de nosotros. Pregunto si puedo mirar y me dicen que puedo hacer lo que quiera mientras sus pinturas empiezan y acaban desapareciendo. Se lo montan una y otra vez y yo les digo las posturas que tienen que adoptar y las caras que tienen que poner. Les digo que me pone que hagan una versión de Esperanza Aguirre de lo que acaban de hacer. Pero se rajan. Y se ríen de nervio porque a ellas también les pone ser Esperanza Aguirre lamiendo a Esperanza Aguirre. Mi extraña, mientras, aparece bailando sin sentido, como siempre hizo, en la siguiente parada. Pide que la regañe un poco y luego se junta con sus amigos, más tontos que ella, con el único fin que persigue antes de comer lo que sea, que la miren como un objeto valioso, que la adoren. Se pone atrás para parecer mala. Me dan ganas de vomitar y es porque comí temprano.

Llego a la parada y todas las chicas se desvanecen. Sus pinturas eran iguales a las del autobús. No había más truco. Bajo y me dirijo al bar de Santiago, donde Pablo y Eduardo me dicen lo malos que son mis escritos y lo bueno que es cualquier otra cosa, en coña, en serio, en el bar, son basura, sí, mi basurita. Si no fuera por ella y por ellos...
Mis escritos es lo único que me interesa de la vida. Después de ellos, me puedo ir a cualquier otro puto barrio o a cualquier otra puta isla.
En condiciones estables esto me iría al pairo.

Todo el mundo habla de negocios menos yo. Un día me voy a comprar un maletín con nada dentro. Y también un traje. Iré de puerta en puerta diciendo que quiero negociar nada. No todo el mundo la tiene y yo, en cambio, tengo mucha. No es excesivamente cara. En fin. No abran si no quieren pero tampoco me confundan con uno de esos depravados testigos de Jehová.
Voy al hotel y compruebo que mi manuscrito está en el mismo bajo del mueble en que lo dejé hace una semana y un día. Escribir es una ordinariez. No hay quien no lo sepa.
La sustancia de un escarabajo al ser pisoteado, esa es la página escrita aunque sean quinientas. La labor consistió en procurar con ello hacia esta carne el necesario paréntesis entre la neurosis y la muerte. Lo que nadie no necesitaría para decir que ha estado aquí.

Me importaría si no fuese porque siempre tengo que volver.


La exposición de Norberto Fuentes es poco menos que demasiado buena. Un par de chicas se dirigen a la puerta y les digo que no se vayan todavía, que queda lo mejor. Lo mejor, sin duda, es yo yéndome. Mira, así abro la puerta. Pero no pasa nada porque estoy loco en el momento en que creo que existo incluso para marcharme, abrir la puerta... cosas así. La señora que ha acudido a la expo me dice que desconfía de la gente extrovertida como yo (agradezco que no haya dicho "atorrante"). Que algo tienen que no le cuadra. Tiene razón -le digo-. Lo cierto es que yo también desconfío de la gente extrovertida. Por eso he pedido alcohol con whisky. Yo soy un paria. No tiene más que mirarme. No se preocupe por todo lo demás. Es más, no me haga, como ya sabe, ni pizca de caso. Quise hacer las cosas bien, pero no. Mis relatos eran importantes para mí pero descansan en el baile de la chica aquella, la remota de los bares, la que baila en la parte de atrás de un autobús que se dirige hacia mi vida en una aldea que ojalá se llamase Valseca. Allí, le diré, me dijeron que no esperaban eso de mí. Que esperaban que hiciese al pueblo bonito y como era. Pero las cosas como son no son bonitas. Míreme -insisto- sé que insistir está muy feo y, a pesar de eso le invitaré a imaginarse a este poblacho que no conoce y le sume su indudable belleza. Sólo ha de ir para verla. ¿En qué se queda el pueblo? Cierto. Lástima que haya gastado los sugus, si no, le daría uno. En verdad le digo que no hay nada menos excitante que lo conocido. Es como la mujer que amé o como cualquier profesional del sexo. Potente seguro, excitante no. Nada más.

La mujer se va, comprensiblemente. A ver, ya conoce la chismería que hay entre el vaso y yo.
Mi virtud se reduce a comprenderlos/me. A saber por qué hacen esto o lo otro., por qué lo hago. Lo demás a lo que llego es a la miseria que me invento, pongamos, en el ejercicio, vanísimo, de construir una Valseca imaginada.
Me marcho, muy desconcertado, sin razón y, muy injustamente, sin despedirme de Vanessa, César, Rubén, Francisco y Eduardo. La exposición que ha hecho Norberto Fuentes, maño, es lo que me hubiera gustado a mí saber dibujar un día si me hubiese interesado alguna vez por el dibujo.
Mis escritos, sin embargo, son lo mismo de siempre.
Es como si en lugar de una foto mía, hubiese decidido tirar mi cara a la basura en el camino hacia el metro.
Allí siempre veo a gente igual a mí. Allí siempre hay cámaras vigilando el bien, como en mi casa.


En la vuelta, ya de nuevo en un autobús, llamo para ver si hay cena y mi madre me dice que se ha muerto Miguel. Que mañana irá a Valseca y que yo no me preocupe. A Miguel le iban a cortar un pie para que el mal que allí nacía no se extendiera y las manos se volvieron poco a poco hasta ser el envés de lo que fueron mientras su razón dudaba entre seguirlas o dejarlas en paz y hoy, mientras yo venía en un autobús, lo ha conseguido. Recuerdo a ese hombre haciéndome de rabiar cuando yo era apenas un querube, cariñoso en su desgastada voz. Recuerdo jugar con él al dominó mientras pedíamos cervezas en el bar de Mariano, uno de mis últimos días allí, en Valseca, en el último verano de mi mundo. Y dejo de recordar.
César me llama y me pregunta que por qué me he ido y le digo que me disculpe, que estoy fatal de los nervios. Que gracias. Que para eso estamos los colegas. Me alegra que la novela de Guille sea, seguramente, la mejor del momento. Es la persona, hoy, con más talento que conozco para la escritura. Talento del normal, no del loco, que cuesta mucho más barato. LO DIGO yo.
Luego llamo a Eduardo y le digo que me perdone, que estoy fatal de los nervios. Igual.

Mi madre me pregunta por qué entro así en casa, sin dar ni buenas noches y digo que es porque estoy fatal de los nervios. Dice que mañana irá a Valseca, que yo me quede.
Digo que sí. Dice que si me ha pasado algo. Digo que siento lo de Miguel.
A Charly, en la cocina, le digo que soy el mejor escritor que hay, por ejemplo, en un sitio como España o China o como se llame.

Supongo que una de zolpidem, ocho gotas de haloperidol y tranxilium 10 harán que la bebida de antes termine sirviendo para algo.


Mañana yo estaré en un sillón envuelto en plástico, mirando cómo pintan un salón,
mientras otros van de entierro y Catalina me dice: Eres tan bonito.

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16 comentarios:

Tesa dijo...

Y yo me fío más de la gente extrovertida, Alberto mío, que a los otros no hay quien les adivine de qué van.
Me gusta la imagen que has elegido, miro alrededor y todo está lleno de muñecos rotos. Andamos desmembrados, casi siempre sin saberlo.
Seguramente este texto es de los que más me gustan, que te he leído. Igual no es para premio Planeta, pero es muy tuyo. Cada talento es personal e intransferible.
Te beso.

Alberto M dijo...

Gracias por este cariño, Tesa. A mí me gustaría que la cosa estuviera mejor pero me obligo a pensar que son mis nervios, y es cierto, estoy muy nervioso, pero dudo que esto no sea más que una excusa.
Respecto al premio ese, se lo han dado a Savater. Lo que quiere decir que desde luego que no sería en ningún caso ni para mí ni para otros mucho mejores que conozco, y ni falta que hace (bueno...).

No sé qué es el talento, claro, pero estoy seguro de que la novela de mi amigo está llena de eso.
También te beso a ti. Agradezco mucho tu visita. Estoy intentando escribir otra cosa pero no sé el qué. Al final supongo que es mejor olvidar todo. Pensar en el mar sin verse ahogándose.

Anónimo dijo...

LAS COSAS NI ESTAN O NI SON BONITAS EN TODO CASO SI LO FUERAN NO SABRIAN A NADA.
.lo bello. ES ATORRANTE, EXTROVERTIDO E INCOMODO, DE ESO AL MENOS ME ALIMENTO YO

NO ME GUSTA LA PALABRA TALENTO ES PARA NEGOCIOS
SE QUEDA CORTO; ME CORRO DE GUSTO COMO HACES? EL HIPERREALISMO DE LO DESMEMBRADO = DE LA VIDA.
DE LO QUE TU Y YO SABEMOS
GRACIAS POR EL ALIMENTO

Bellaluna dijo...

La nada de tu maletín, los trajes solo pintura, el tranxilium, lo inventado, los nervios o la lluvia, el vaso y las palabras habladas hacia dentro de él, negocios que no son, sonrisa, el genoma del melón -a dibujar-, los parias, la / de Umbral entre sílabas, los parias otra vez, el tiempo sin sentido, sin sentido del tiempo... tal vez eso sea lo positivo de tí.

Anónimo dijo...

Catalina es una mujer sabia: eres tan bonito .... Tengo que pasar más por aquí.
Besitos, corazón.
(No te rompas la cabeza. Soy yo, la dueña del patio.)

Las Lentejas, sino te gustan las dejas dijo...

Me gusta hacerme la ralla al lado aunque me haga coleta.

Pienso que las cosas han de estar en su sitio aunque se manipulen.

Si retiro todo mi pelo hacia atrás y hago desaparecer la ralla, creo que pierdo mi esencia.

Porque me miro y me veo, sí, soy la misma, pero sin ralla.

Cepillo el cabello hacia atrás y vuelvo a ponerme el coletero.

Lo estoy intentando otra vez.

Suelto mi pelo, mejor suelto.

A media mañana, me ayudo de un boli, sin mirarme en ningún sitio, me hago la ralla en la izquierda, como siempre y me hago una cola.

Las Lentejas, sino te gustan las dejas dijo...

Vale, vale, repetiré raya 100 veces, esto del castalán lo llevo fatal.
Me perdonas?

Alberto M dijo...

Querida amiga anónima -porque es amiga-, menuda está hecha usted con el desmembramiento y el comer, que mete miedo, vaya si lo hace... caray. Las gracias son a usted por la visita y el comentario. Me alegra un montón que te gusten estas cosas.

Tal vez Luna, pero lo que pienso es que lo positivo de mí sea que aparezcas y ya está.

Querida anónima, si lo dice una dueña, ole, Catalina es sabia y no hay más que hablar.

Lente mía, si no dices lo de la raya ni me había coscao. Yo me raparía y me dejaría de darle vueltas. :P

Muchos cariños,
Alberto.

yolaida dijo...

Eres bonito?
Yo pensaba que lo bonito son las cosas, las personas, guapas.

Alberto M dijo...

Pues vaya, Yol, nada, agradecido sólo. Eso sí.

Alberto M dijo...

Eh, no había caído ANÓNIMA MARTA, amiga!! Dueña de no pocos patios.

yolaida dijo...

Estoy segura de que eres muy, muy guapo.

Lúzbel Guerrero dijo...

Esto me gusta, y lo de "atorrante", me ha llamado mucho la atención. Supongo que también conocerá la palabra: "ciruja"
Buenas noches

Alberto M dijo...

Buenas noches.
Y no caballero, no la conocía

Osvaldo Michelon dijo...

"Atorrante", viene de los desheredados sin techo: "cirujas", cuya actividad consistía en vagabundear y aprovechar o reciclar recursos de las basuras.
Estos, dormían en los grandes cilindros de cemento, destinados a la conducción de aguas, apilados en espera de destino. El fabricante de estos tubos-casa alternativa era la firma: A. Torrant
Por extensión, terminó siendo este apelativo, la forma de nombrar a vagos y pícaros
Hay un tango porteño que se llama precisamente así, "El ciruja", y habla de un duelo entre dos hombres por una mujer.
Música: Ernesto de la Cruz
Letra: Francisco Alfredo Marino

Alberto M dijo...

Llegué a su blog dejado a la mano del medio hace más de un año, leí al azar cinco de sus pergaminos y me dispuse a comentar el titulado Game Over, en el que intenté deslizar el siguiente comentario:

"Descubriendo sus letras sé que no es tarde, demasiado, para ver en ellas un conjunto claro. Y me he acostumbrado a guardar la esperanza de que un relato o nota no se acaba nunca, que se puede confiar la continuidad a alterar el orden empleando sólo unos segundos."
Era mi manera de agradecer la honestidad que le he leído.

Debido a su última aclaración, debo decirle que me ha sorprendido sobre todo mi equivocación en el significado de la palabra "atorrante" que asociaba al escándalo. Su corrección, empero, ayuda a que entienda mejor mi texto.
Gracias de nuevo.
A.