sábado

Roma


(inicio acá una serie de textos ya hechos, con la cosa de que vuelvan a hacerse -de que vuelva a hacerlos-.)

El cementerio estaba cerca. Gracias a nuestras provisiones evitábamos salir del cuarto. Los muertos eran, en general, gente sana y nos molestaban mínimamente. Una o dos veces al mes accedíamos a retribuir su respeto y amabilidades con algo de leche y bollos, unos huevos y tomates. La estancia, salvando muy pocos días, permanece en silencio el resto del año. Acaso el siseo de algún mosquito puede considerarse en nuestro rededor. Nuestra vida es muy tranquila acá y no como calculaba hace tiempo, en vida de mamarrachos a los que ya ha ajusticiado el sol como debía y que nos hicieron, cariño, la vida imposible; le digo cada día a mi hermana Clara. Ella ocupa junto a mí este saloncito. Un día, le he convencido y lo quiero aunque tenga que llevarla en brazos como de costumbre, en cuanto los muertos nos permitan, iremos ambos al pueblo y compraremos cristal de espejo para que vea lo bien que le hace a la cara el pelo cuando se lo limpio y se lo corto y ella, buena, se deja también que le pase el cepillito.

Me pidieron que escribiera bien sobre una muerta. A Tangerina uno la ve como algo que respira pidiendo permiso todo el rato. Me dice “amor” y, le digo, pregunto cuál es su verdadero nombre. Porque los nombres sí significan algo. Me dice que Tangerina es su verdadero nombre. Le digo que el cementerio está cerca y me dice que ella, como yo, teme a los vivos. Pero ellos –los muertitos- son parte de esta casa. De hecho, le digo, son esta casa. Están entrometidos entre las paredes. He probado dando bien con las alfombras y también con el aspirador. Nada les saca del deterioro que allí dejan, todo con óxido y asco. Y uno no está muerto porque finalmente uno respira. Le digo que tengo helado, que si quiere. Me dice que no. Le digo que he hecho la guerra de las carreras de crines, de una espada limpia un trono neutro, asentado en una caza que no se hizo más que de los muertos que acá vienen como en el trenecito de la famosa ranchera, sin saber si la muerte es, siquiera, sólo una cosa que les pone cachondos y ya está. Algo así como el egoísmo descifrado del sexo, cuya fórmula sólo exigía derribar la incógnita, la equis de una escuela que no servía, de una ecuación indiferente a la tiza que la hizo. Le digo que por eso la he llamado, y que he perdido. Se ríe. Le digo que es mejor que ría, que menuda mierda. Es una niña que no tiene pelo. Su pelo es falso y su peluca también. Le lleno de agüita las cuencas de los ojos y, luego de pasar el índice, me persigno como un devoto del nombre de oficio de la que venga. Insisto en las carreras de crines, le digo, pues llegué aquí en caballo con mi hermana pequeña, chiquitita ¿Sabes? Y ríe Tangerina moviendo el cuello hasta que se le salga, hasta que le eche y me deje contando que he perdido la batalla a cambio de ceder ante la noche, que he cabalgado sin rumbo, calculado el destino mirando no pisar sobre excrementos ni charcas y, no habiendo elegido patria, tampoco he visto a paisaje alguno dar la ayuda que un caballo necesita para seguir corriendo.
Cuando se le ha salido el cuello ya he terminado mi historia; procedo a recolocarlo, a sabiendas de que entonces me dirá su verdadero nombre.

He salido al paso del cementerio. Uno de ellos me ha preguntado si quiero. Le he dicho que no, pero que, de salir el sol tarde o temprano, me lo pienso. Me ha arreglado el televisor y le he encendido. No me sé las respuestas de los concursos, si las supiese llamaría y me haría millonario. La señorita espera una llamada y nadie atina. Es una palabra de cuatro letras que empieza por R y termina por A. He pensado en rama, en rana, en rosa; y luego he apagado la televisión, pues he caído que acá en muchos kilómetros no existe ningún teléfono. Ser conserje de unas ruinas da mucho trabajo. Hay que venir, hacer la ronda y los rezos. Inventarse una vida y decir a los muertos que no puedo quedar con ellos para la partida pues mi hermana o Tangerina o quien sea me espera para que le cuide. Ríen. No les coloco ya miembros porque no sé dónde era su sitio. Me pidieron que escribiera sobre ellos, que dijera que mascaron la venidera tragedia que les hará, como yo, -¿cómo yo?- libres y que dejan que la oscuridad les haga sin volver mirada alguna sobre el suburbio que atrás se eleva.
Luego he caminado hasta la parada de trenes. Por allí no pasa nadie. Hace tiempo que no hay rastro de las vías. Sólo los muertos saben que empiezan en la muñeca izquierda de mi hermanita, que corren y se expanden por su cuerpo sin saber que su camino pertenece a un mundo que quedó parado, y los pobres e ignorantes habitantes, como yo, insistimos no sólo en que se le fue la pila sino en que ese motor lo debemos de reinventar cada día, para venir a la antigua parada de trenes, para limpiar el viejo cementerio, atender los traumas de los muertos y recetarles que no hay problema que el tiempo no solucione en otro, y hay que llamar a Tangerina en las noches y contarle cuentos, que no se quede dormida, hacer como que uno cree, es más, es, sí, su nombre, hacer que uno es un conserje que cocina para los habitantes que desde la ventana creen observar una recreación del vacío. Me río, que me perdonen, pero estoy bobo, de esos, mis niños de los trenes. Porque aunque yo esté aquí, ellos viven en un parque temático que no les ha cobrado ningún servicio, y lo hacen con el estómago reventándoles de felicidad.

16 comentarios:

Tesa dijo...

Cuando estrenaron la peli "poltergeist", hace muchísimo tiempo, fui con dos amigas al cine, a verla. Tendríamos 16 años o así.
Acabamos la proyección cagaítas de miedo, como todos, claro. Pero sobretodo mi amiga Toñi, que vivía junto al cementerio en una torre muy alta, desde la que podía otear allá, al fondo, una esquina del mismo con sus lápidas con cruces y estatuas de marmol. Paisaje chungo para una cría que acababa de ver una película de zoombies.
Tenía miedo de volver a su casa, influenciada por lo que había visto en el cine, tuvimos que acompañarla hasta el portal y luego nos contó que las pesadillas le duraron varios días.
:)

Alberto M dijo...

Sólo se me ocurre el necesario ánimo:
Toñi, estamos contigo. A muelte!!

Ay, Tes, a mí lo que me provoca Toñi es amor. No lo puedo evitar.

Un bes

Bellaluna dijo...

Los trenes ya no pasan lentamente resbalando entre fronteras, con el tiempo estancado en los compartimentos de los Wagon lits, sus luces y sombras, y la magia de las estaciones que contaba mi abuela -me hablaba del café turco de la estación de Belgrado, ay, la hermosa Sra. Garavelli-. No hay nadie, no. Iglesias abandonadas y pueblos tendidos de los tendidos de la luz. Hoy es otra la velocidad...

Alberto M dijo...

La velocidad se ha hecho una cingla de fantasma y viaja en cables que tampoco existen, Bellaluna. La realidad de esto nos ha hecho otra memoria, con mucho más de idiota y arrogante que la de nuestros chicos y chicas, los antepasados.
Ante la pregunta qué echas de menos a uno le viene como respuesta: lo de antes.

Alberto M dijo...

En otras palabras, BL: La interiorización del tiempo como tiempo revolucionario.
Supongo.

Un abrazo.

Bellaluna dijo...

Yo la echo de menos a ella, pero creo que ella es presente difuso o futuro indefinido. Mientras tanto, leo y observo.

Anónimo dijo...

Sobre el tiempo y el tiempo revolucionario me permito recomedarles, Caro A., cara BL. el inteligente libro de Martín Kohan, "Museo de la Revolución", publicado hace un año, aproximadamene.
Saludos,
MT

Bellaluna dijo...

Cristal de espejo... sueño a veces con las manchas del azogue del espejo de mi abuela, frente a la bañera de patas y las paredes verde colegio, verde hospital, verde tristeza. Empecé a ver crecer mi cuerpo reflejado entre vahos en ese espejo cuando me ponía en pié en la bañera para envolverme en la toalla tras el baño. Era real. Ahora, a saber qué cosa es la realidad.

Alberto M dijo...

Muchas gracias por la recomendación, MT. Acabo de mirar por el google info sobre el autor, que no conocía. Un saludo y gracias por esta visita.

Sólo se me ocurre una solución, BL, que no lo es, al igual que las demás. La memoria a la que, en historia (color historia :) ), cuentas. La toalla, hoy, para "sernos" real "parece" echar en falta unas chinches, sí. Pero si no fuera para charlar con vosotros tampoco escribiría una frase. Y lo de poner comillas no lo haría ni de coñas nunca. (Ay, verde cuasinvierno de Valseca, tras unas paredes echas de lepra y blanco puntos suspensivos)
Un whisky contigo. O tres.

Anónimo dijo...

La cosa es que no hagan con el cementerio lo que hacen con los rºios bonitos, que ya no quedan ni truchas.

Bellaluna dijo...

Sean: uno, tres. Lo que la realidad -si es que es de verdad- permita.

Alberto M dijo...

Hola, estimada amiga de teclado euro-portugués. No sé, en este caso, qué es la cosa. Lo que sí recuerdo es el refrán que cantaban en el pueblo, el de los perdidos, y lo cantaban, repito el ay, las propias truchas (cuando no los otros, que lo hacíamos sólo, ay 3, cuando, comillas tres, andábamos cocidos).

Por mí está permitido, BL, sea verdad o no y sea o no realidad, en este momento. No se me ocurriría no permitirlo y, antes, tampoco. Estaba pensando si, en este sentido -o otro-, son muy relevantes la verdad, o la realidad. Y me interesa tu opnión, claro.

Alberto M dijo...

Os pido perdón, no sólo si hay cuestiones a las que no llego -es por ignorancia-, pero no se me ocurre nada más, aunque lo estoy intentando, no hay modo.

Gracias por los comentarios.

hombredebarro dijo...

Esto de los muertos y del conserje que cuida unas ruinas, supongo que de cementerio, tiene para mí un aire encantador, tanto como lo de los concursos televiivos y de todas esas ocurrencias que hilvanas, produciendome adicción.

Bellaluna dijo...

La relevancia de la verdad y/o la realidad es acorde a la percepción de cada quien de lo que nos rodea: o sea, según nos de más o menos por culo el día a día o estemos inmersos en la vorágine vertiginosa de la quiebra del capital.

Alberto M dijo...

Pues muchas gracias, HdB. Es para eso que las escribo y para verme si soy capaz de mejorarlas. Lo que, gracias a este medio, me está muy bien y además puedo entrar siempre en lo que vais manejando otros y mejorarme también. Así que es un placer.

BL. En la percepción coincidimos todos ¿no? es algo en lo que somos iguales y por eso los demás bienes y males. Lo segundo que dices es más razón y noticia, se me hace, que son los bienes y males igual, pero acuciando, y que, curiosamente, sintoniza con lo primero de una manera alegórica e importante, claro, porque a lo mejor es eso lo que llamamos vida.