martes

Los verdeles del cuasiotoño


Había que eran el alba en el cuasiotoño, las mujeres, distantes precipicios que uno bordeaba lo más despacio posible para ver sus lados, como dispuesto a hacer de la mujer un cubismo por escrito al tiempo que una hondonada por la que, irremisiblemente, caer hasta la descomposición del todo y, si posible también, con ayuda de las enfermedades y alguna que otra cosa menor, una dispersión espacio-temporal donde ni siquiera la palabra queda y donde uno pierde la batalla de este clima de manera tan remisa como hacen los buenos, aquellos que por esta zona espulgan los garbancillos, sentados de sol a sol (hay quince) allá en la nave o en las puertas de los garajes, eliminando pequeñas malezas con los dedos, de mañana a tarde, como escribiendo varios cocidos cuyo condimento sí se pondrá a remojo; dotando esa introducción al guisado de una solemnidad que tampoco existe más que para calma y regusto de un paladar ya muy cansado para sopitas de letras.

Las mujeres echan mano del jersey (o del chal o la vaquera) y me cruzo con ellas en la plaza o los alrededores del bar, hablando de sus cosas. Nos saludamos. Y quisiera ver sus pies, porque no las puedo conocer por los ojos o las manos, la postura o el vestido sino, ya digo, por los pies. Conocidas ya las huellas, uno quiere ver los pies como Tomás quería el roce de la herida. Y uno quiere adivinar las manos que hubo antes de venir a esta verticalidad de pequeños cipreses al sol agostado de un ex agosto (mirando mujeres cuasiotoñales que nunca enseñan sus pies).

Y sale uno a los caminos buscando esa fotografía que te dan los corralones y que dicen: nada ha cambiado, aquí seguimos. Y son feroces devolviendo esta mirada de niño, un quinceañero normal norteamericano con sus complejos normales, su equipo de béisbol, su gorra de la buena suerte… oigo decir algo de uno y todos están equivocados en uno cuando son varios, porque parten de una razón que busca la coherencia y no al revés, dije. Pero no, hoy no creo que estén equivocados para nada. No, he decidido sacar escritos antiguos y hacerlos de nuevo, como este y, no, no estoy de acuerdo. Era otra época. Era feliz o algo.
Entonces, cuando lo escribí así, pocos días antes, hice una foto de un árbol que hay al lado el cementerio nuevo de Valseca, donde cada vez hay más amigos, aunque estén en otro cementerio. Además no existen los cementerios nuevos. Y no me gusta el puto árbol y tampoco sé de qué marca es. No entiendo los árboles que no sirven para colgarse.
Por eso dije, creo, lo de los pies. Por los pies desnudos de un ahorcado. Mira, bailando sin suelo, qué monos son. Ve a por la cámara, tronco.
(Uno, uno, uno, mal, mal. -moldel galbanzo dulos-)

¿Tú no sabrás qué árbol es el de la fotografía? (¿Porque no es una lechuza, no?)

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Ese árbol es un pino que me recuerda a otro que era el de los enamorados y desde el que se colgó uno con la mala suerte que le picó en el culo una lechuza y al gritar le socorrieron y le calmaron con sopas de ajo.Un pino al lado del camino siempre es gustoso por lo bien que huele ¿no?
Evis

Alberto M dijo...

No. Es mejor para suicidarse. Dentro de ocho años, cuando ya ande crecido (el árbol), vuelvo.

(Para otra pongo una de un pino viejales muy lindo que he hecho en el pueblito de Ávila.)

Alberto M dijo...

He pensado que no me voy a colgar del pino del pueblito de Ávila porque, si bien este está al lado del cementerio, el otro está nada más salir del bar y sería un rollo. Como que me iría a tomar una caña y se me pasaría. Nada.
Esperaré a que crezca el de Valseca.

Anónimo dijo...

Pues avísame entonces, por la caña y compañía.
Evis

Anónimo dijo...

Se que no debiera entrometerme, pero
cotilla (de buena fé, insisto) como soy, me atrevo a decirle a usted, que no se preocupe tanto de ese arbol y tampoco del otro, pues viendo asi como por encimita la situación, delicadilla por cierto, le propongo dejarme ambos arboles en mi particular guarderia forestal donde se les dá a todos sus inquilinos los mejores tratos y tratamientos. No sufra usted por nada, mi querida bestia, pues todo esto no le va a costar nada, bueno a penas un saludo (sin obligación por supuesto)
A la espera de su amable respuesta quedooooo; y de paso aprovecho para desearle un muy fin de semana
El sauce orfelino

Alberto M dijo...

Lo haré. Todos suyos son. Eso sí, aún sin dudar de toda fe -buena- que eleva al hombre sobre su precio, le pediré no me los maleduque ni conceda caprichitos, que bien supo el ahorcado que una vez piden la cuerda, proceden a querer la soga.
Son así y hay que empezar a educarlos desde bien pequeños como usted sabe, así pues, habida cuenta de que los dejo en buena mano, se los tiendo rogando también para cuidado con sus propias tentaciones, pues terminan siendo las de ellos.

Feliz fin de semana y un saludo atento,
A.

Alberto M dijo...

Evis:
Difícil caña no siendo en mi patio y poniendo usted, no sólo el viaje, sino mucho más de su bienintencionada parte.

las lentejas dijo...

Pues no tengo ni idea si es un arce, un pino, una haya o un roble, pero lo que sí que se, es lo bonito que es Valseca.
Tiene encanto.
Besos enormes.
YolaIDA

Alberto M dijo...

Para que eso tenga encanto, Yolaida, te tienes que plantar tú allí.
:) Gracias.

Las Lentejas, sino te gustan las dejas dijo...

Guauuuuuuuuuuuu!!!
No te había leído!!!