miércoles

Carta 1º desde el monte con peñascos -la cabra del amor / quesos Payoyo-


Perrito mío, Trasgu:

Me cansé de la isla del anterior post, que era un apéndice de la selva donde la arboleda ascendía y apenas podía percibirse nada de lo prometido más que entre las ramas desde donde se atisbaba que la gente allí sólo iba a hacer el curare (o como lo llamasen) y sacrificios a ranas junto con una tribu donde el supremo era un haragán, bailongo en la histeria, que hacía el mono y decía tacos en un idioma que se estaba inventando y que los demás, debido, qué sé yo, a las sustancias, entendían, o no entendían -al caso- que de eso iba la plaza, de que cada uno prolongara su reflejo en el de al lado y hacer juntos identidad de una excusa que bien pudiera ser una roca o una ramita puesta entre ambos. Sé que debí, con todos los respetos, meterle un soplamocos al drogadicto de enmedio. Pero esos habitantes, maasais o menos y por qué no occidentales a rabiar, se tomaban en serio la jaleada y pudiera ser que hasta la tomasen conmigo. Decidí, pues, la huida por aquello de no envalentonarme.

Sé que tienes mucho curro. El caso es que, aprovechando la camaradería aún de los monos, he cogido el primero de los charter, cruzado el mar y unas montañas y saltado en paracaídas antes de que el conductor, primate vil y crecido, habida cuenta de que abandonaba aquello, tomara, así me lo indicó con señas, la misión como suicida (si es que no lo era desde el principio).

Cuéntame cómo va el blog en cuanto puedas, que yo esto de las vacaciones no lo entiendo, amor, con lo a gusto que se está trabajando todos los días de la semana.


Te cuento:
He aterrizado en un sitio con cuatro peñascos y una cabra que, aproximadamente cada hora, viene a vigilarme. He pensado si la que vendrá será la misma o es que manda a su hermana, pero no he visto de momento a las dos juntas. Se me ha ocurrido también que, de producirse el fenómeno de ambas, a mí esto de las cabras, siendo más de una y de dos, me animo y monto una pachanga con piedrecilla que lo flipamos.
Avanzando unos metros se ve un borde con agua. Esa placidez apenas podía esperarse del otro sitio. Un borde lleno de agüita, Trasgu, un manantial que no esperaba, un siglo de luces, amor, entre estas cuevas que vete tú a saber adónde van a parar. Y, te repito, una cabra que probablemente sea una familia entera. Cuando me canse de ella-s la-s trasquilo con los dientes, te hago una bata y el resto me lo meriendo.

La cabra es el animal rotundo -varias rotundidades- que me hace en estos precipicios, Trasgu. Acá no hago más, acaso esperar que vuelva a asegurarse de que sigo en pie para comerme. En este lugar estas no saben lo que son y por eso no tienen miedo, por eso no existe en ellas el animal suicida que siempre han sido. Son cabras sin educar y vienen de una en una y todas son la misma abradacabrería que no ha aprendido que su plural son unos bichos la mar de extremos con tembleque en las patas y que comen hierba.

Las cabras me recuerdan su mirada o es que son su mirada, acaso, las propias cabras, así, de una en una y sigilosas. Si continúo vivo me referiré a Ella. O, más exactamente, a la cabeza de cabra que es Ella. A los ojos que hacen de su soltura dos gotas dispares de un mismo cubo de hielo expuesto a una claridad que nunca le pertenece.
Ella. Qué leñe, no estoy pensando en Ella. Es que de las cabras me voy donde me creo me es conocido, pero yo lo que pienso es en las cabras todo el rato y como principio, fin y medio, las cabras y la cabra, sin más zandungas.
Llegué por supervivencia a este lugar, manda colesterol.

En fin, te dejo, que oigo ya pasos. Y no quiero que vea el ordenador, la cabra, que lo mismo se cree que es que he venido a hacer unos reportajes y vete tú a saber cómo se lo toma.

PD: Alejandrilla se ha quedado en la isla, qué putada. Se me había olvidado por completo y, ahora, a ver quién la recoge y cómo -lo que es peor-.

(Apago que ya está casi aquí)
Tuyo,
Walter Kafius.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Es cierto que las ovejas se distinguen tan poco entre sí como las cabras.
Evis

Alberto M dijo...

Supongo que sí, Eva. Las que he visto tampoco las distingo. Una vez a una que tenía una oreja rota.