lunes

SERO, de Ibón Larrazábal


La salud de Yurgi, protagonista de esta novela y en mitad del protagonismo general del otro (y su salud) y del nosotros (y la nuestra), se mide durante el tiempo en que Yurgi la afronta y teme, en un lugar en el que se rodea de "lo demás" y de un sí mismo que recuerda, por ejemplo, en la actualidad de las fichas que le concede una seguridad social repleta de una niña que va allí (por ejemplo, entre todas las camelias y el resto de la gente, el bien y su medida) todos los días a vivir esas mañanas de papeles y corredores que llevan a un lado u otro de un hospital que va creciendo de eso mismo y se asienta, en ocasiones, en la probabilidad de una razón que asimile su existencia allí.
Ante su lugar, uno sólo aspira en aquel a leer el mundo. Y yo lo he estado leyendo hoy en la novela de Ibón Larrazábal: “Sero”.

Uno, partícipe de la demencia que reina en lo que hace, nunca sabe quién es antes, si su enfermedad o el mundo, si su novedad, la calma -o lo que se parezca a esta-, los neones del día-noche, las proteínas totales, las palabras que elige la manada, las que repite, o si es antes aún, diría un tango, lo que fue aunque no sea suficiente y la novedad tampoco. Levantarse en el tejido de la cama donde uno es tanta verdad como en un autobús donde la situación de su caja de cambios pudiera ser relativa, y adivinar en el borde de esa cama un precipicio en el cual “el virus seguía allí, agazapado en algún rincón de su organismo, a la espera de un descuido de la guardia”.

Como dijo el otro que el otro dijera y dicho en las traducciones a su vez de muchos otros, toda enfermedad puede llamarse enfermedad del alma. Así, Yurgi “está bien” al tiempo que el metro en el que viaja ha descarrilado. El mismo carril o compartimento, móvil de escucha doble (o quíntuple como, en ocasiones, el cortauñas -que es una herramienta de escucha y proceder-) que nos ha traído a alguna parte donde vivimos con trabajo hasta el propio sitio del trabajo, doblando la paradoja que pudiera ofrecer un salario al arrastre al que pertenece el mundo, al caos que en su engaño crece, al que Yurgi le es venido. “Si le hubiera entrado en la cabeza que el ridículo nivel de sus plaquetas podría haber tenido como consecuencia que se desangrara por un mínimo rasguño.... no habría sido suficientemente fuerte. Habría tirado la toalla casi con toda seguridad”. Nos dice Ibón Larrazábal de Yurgi en su novela “Sero”, recientemente publicada por Odisea Editorial.

La recomiendo mucho para muy probable mejora de la educación que, oí decir a un sabio, es salud.

Lo mejor es leerla -porque además de este batiburrillo, suceden muchas cosas-. (La portada a mí... pichí; aunque, qué leñe, es también estupenda. Pero más por lo otro).

4 comentarios:

Tesa dijo...

El alma está hecha de cuerpo, creo. Hay pocas posibilidades de tener un alma sana en un cuerpo que no lo está, imagino que por tristeza.

Alberto M dijo...

Ni idea, Tesa, de qué está hecho el alma. Pero te recomiendo la novela eh.

Bellaluna dijo...

La materia del alma... nostalgias. Llevo en la retina del alma nostalgia de ese futuro que añoro.

Aunque entre tanta intangibilidad, me quedo con Alma Mahler, que era un poco puta.

Alberto M dijo...

Entre tanta nostalgia, Bellaluna, yo me quedo con Almax Forte (suspensión oral en sobres).