viernes

Mitad Torrefacto


A veces Eva hace café los días que vengo. O Ana.
Ambas saben que una cocina es alguien loco, peligroso y desquiciado donde, una vez dentro, se termina llevando la vida de la cafetera en marcha que son Eva y Ana juntas.

La cafetera es un artefacto temible y tiene aristas que, colocadas de otra forma, describirían el perfil, harían, sí, el retrato robot del maníaco que soy yo cuando estoy en su cocina.

Cuando el testigo me señala sé que no se refiere a mí sino a la maldita cafetera. La que utilizan Eva y Ana cuando hacen el café. Eso se lo he dicho a todos los jueces que conozco. Ellos también son personas normales que tienen cocina. Personas que saben del maníaco que enciende los fogones mientras el otro, el inocente cómplice del guiso, con un desconsiderado giro de muñeca, se dedica a hacer el longui, a ver el sol con el rabillo.
El sol, reflejo en la cafetera, pareciera el camino que señala la salida de la cueva que uno, sin embargo, vuelve a buscar, sentado y con la taza ya puesta, en el final de un café que, me lo ha dicho antes del sorbo (yo el café lo tomo con pajita), se cambiaría constantemente por cualquiera.


Tomo café en el salón, tranquilo, un viernes. A veces está Bobby.
Dijo Umbral que dijo Blake que si el sol dudase un instante se apagaría. Entra el sol en el saloncito y no sé si va a beber de nosotros antes de darle al café, pero padezco esa impresión de mejor mal que me indica que, si Bobby dudase un momento, seguramente todos nos apagaríamos o, si no, solamente el mundo.
Bobby y yo nos entendemos sin el idioma. Nos sobra como al pajarillo las clases de canto de la señorita Inés. Bobby es el amigo que sabe las cosas después de andar. Yo, en cambio, le pregunto primero a la cafetera. Soy un Hamlet de cafetera -porque la calavera me da peor rollo y ganas de asesinar a toda la corte de pelo-. Ay, cafetera, cafetera... to be or not...
Luego aparece Eva y me dice que tenemos que comprar otra, que esta se ha vuelto majara, que le ha dado al vicio y se ha perdido. Que la cocina que somos ya no le encuentra sentido.

¿A quién dirías que se parece? Se parece al sol.
¿Y si cierro la persiana entonces somos tú y yo?
Pero cari, yo soy un tarao, un filósofo del siglo XV decapitado ¿O no adviertes que el muñón hace, mimosa, de poso?
No me gusta este juego, dice ella. A mí tampoco, le digo. Y, entonces, abrimos de nuevo la persiana.

Ana y Bobby ya se han ido, a trabajar o a comprar café. Porque si no lo hacen ellos, terminaremos haciéndolo nosotros.

5 comentarios:

Tesa dijo...

Necesito hacerme con una cafetera (y otras cosas) para mi cocina. Es la manera de llenarla de sol, está visto.

Auxi González dijo...

Por cierto que tienes un blog exquisito. Te dejo este comentario y sigo bajando... voy a ver qué cuenta McLaurent Aún...

En tanto, recibe otro beso del Hada!

Alberto M dijo...

Ya lo decía la canción, Tesa: "Sírveme un trago de sol y toma tu cerveza junto a mi corazón. Tú eres la cafetera de mi amor". Esta gente que escribía estas canciones, sabían de la vida los tíos.

Me alegra un montón Auxi y, mejor, la excusa de visitar el tuyo. Otro beso más para ti, Hada.

Poco a la vanguardia.. dijo...

Bonita la canción de la "cafetera.." me da para el sentido común? :P

saludos! sr!

Alberto M dijo...

La canción no sé si da, pero yo a usted la aprecio mucho y haré lo que pueda por lo dado del susodicho sentido.

Un abrazo, Poco_a_la_vanguardia.