lunes

El proceder de don Eduardo


Don Eduardo, cada día, abre la ventana de su habitación y ve el cielo.
¿Cualquiera lo diría, eh?

Todo se divide, pero en sí mismo. No está de más recordarle a una hidra la posibilidad que aguarda en el vagabundo relicario del chotis cabezal del, en ocasiones muerto, animal Malone. Ante el quinto café de primera hora de la mañana, don Eduardo se asimila completamente de acuerdo con este modo, hasta que se enfada porque falta orden aquí y allí y, al decir “allí”, señala cualquiera de sus dos sienes.

De haber nacido hidra, don Eduardo, a buen seguro hubiese ido decapitando –haciendo uso como único arma de cualquiera de sus otros cuellos a modo de cascanueces- cabecillas propias con el empírico afán de ver qué pasa, qué ocurre, qué es el mundo sino este sillón con ruedinas que le lleva de izquierda a derecha y de derecha a izquierda mientras intenta averiguar qué cabeza era primera, cuál la original, la que da sentido a las otras y ordena sus decapitados.

Pero don Eduardo no es una hidra. Si lo fuera no llevaría a estas horas (6:45 morning) siete cafés solos sino, probablemente, un solo café en siete tazas (caso de poseer únicamente la hidra siete cabezas bebedoras de café).

Dicho de otro modo, coloque siete tazas vacías de manera circular en una pila, rozándose unas con otras o bien no, según la extensión de la absolutamente imaginada pila. Esto, sostendría don Eduardo, no evitaría que el desagüe atendiera, (de una manera completamente independiente, incluido ello en el del todo supuesto caso de ser tapado por cualquiera de ellas, al centro formado por las siete tazas), a su normal, autónomo funcionamiento.

“¿Quiere comprobarlo por sí mismo?” Dice todas las mañanas don Eduardo “Vamos, gire el grifo”... “Gire el grifo, coño”. Y la hidra lo intenta, como cada mañana, sin conseguirlo. Sabe don Eduardo que, por mucho empeño le ponga, la hidra no tiene manos e, incapaz de atinar con cualquiera de sus enormes cuellos-cuerpos, siempre se va de la cocina sin conseguirlo, agachando sin excepción todas y cada una de sus cabezas; entiéndase: las que no se ha comido aún don Eduardo.
Porque don Eduardo es una persona responsable y, como todas las demás del mundo, necesita buenas energías para empezar el día.

7 comentarios:

Tesa dijo...

Después de siete cafés, Alberto, yo no conseguiría encontrarme ni una sola de las cabezas. Hidra de pacotilla, que es una.
Don Eduardo me entiende, lo sé.

irene dijo...

¿Vive Don Eduardo en una Buhardilla? ¡qué suerte! ver el cielo al despertar.
Yo menos mal que no soy como él, sólo tengo una, y a veces no sé dónde la tengo, no quiero ni imaginar si tuviera siete...
Un beso en la mejilla, bueno, ocho.

Alberto M dijo...

don Eduardo entiende a todo el mundo, Tesa, después de desayunar.

No, es la buhardilla la que vive en don Eduardo, Irene. No sé si desde aquella se puede ver el cielo, aunque don Eduardo seguramente se las apaña.
Me conformo con ocho, aunque yo no soy una hidra (prefiero no saber qué te ha llevado a pensar eso) y otros ocho también para ti, con aquella canción que hoy recuerdo de Nat King Cole Goodnight Irene.

Sois estupendas.

Tesa dijo...

Y tú que lo veas
...digo, gracias

Alberto M dijo...

Lo veo, Tes. Y, como me ponga, lo siento. Pero en el intersticio las venas eh, nada de poca cosa.

Tesa dijo...

No te pongas entonces, que es muy dado a la hipertensión ese intersticio.
A mí lo que me pone es que me llames Tes, y eso sin arrastrar la S ...qué cosas.

:)

Alberto M dijo...

Oye, pues me alegra saberlo, Tes.
Que te lo llamaba porque me parecía simpático, de inicio. Pero ahora además, prefiero mucho más, porque sé que te mola.

Como diría un pensador negado (o negativo): la psiquiatría nos libre de la hipertensión.

Un besosssss. :)