lunes

Concejal sanitario valsecar en "Mis hermosas hamburguesas"


(Foto de hamburguesa valsecar -bar abierto excepto jueves-)

1.

Alegres salen a la feria las mozas nostálgicas, que son nostálgicas porque han dejado de ser ellas. Se han sustituido por otras, prostituido a las de antes y con otro vestido de flores mientras ha seguido llegando el día en que se sale al baile, en el centro, al corro de mis ilusos brazos de concejal de sanidad.

Los entierros se me están haciendo largos y todo el mundo sabe que no hay que llevar reloj a los entierros porque los roban los muertos. Pero eso es una gilipollez que dice Telsio en los entierros. Uno le da cuerda a su reloj todos los días y por eso es que estoy enamorado de ella.
Se llama Antonia pero no le digáis su verdadero nombre.

Antonia me ha llamado al teléfono de casa y me ha dicho que mañana nos veremos, pero mañana yo tengo un entierro. Asisto porque soy concejal de sanidad. Aunque no hay vida en el pueblo no falta quien de pura poca decencia muere en mitad de la feria el día en que salen las mozas nostálgicas a montarse en el burrito. El burrito está cansado y, cuando le quitan el bozal, se muerde el cuello con sus afilados dientes y todos, en Valseca, vemos cómo se cambia por el muerto que mañana habré de ver en un entierro al que, como representante de la sanidad valsecar, he de honrar con unos rezos.

(Antonia, a diferencia de mí y del muerto, tiene reloj y yo le estoy dando cuerda poco a poco, para poder con la vida. Porque es una mujer normal que no tiene nombre porque no tengo tiempo para ponérselo excepto en los días, como hoy, que le llamo Antonia mientras doy cuerda a un reloj que no existe salvo en la muñeca del muerto de mañana.)


2.

Salen las mozas y se ponen guapas para la feria. Los erizos que les aman avanzan en sus entrepiernas y se adaptan a los mofletes del gallo haciendo boca a un animal que tienen desamaestrado.
Nuestro hombre de hoy se acerca y, a pesar de eso, he de ir como representante de la sanidad valsecar a un entierro. No recuerdo cómo se llamaba el muerto. No volaba ni hacía cosas más que de trabajo en las eras, comía a sus horas y murió porque “se le acabaron los pasos”. Así atestigüé en el informe forense.

Antonia no está. No me va a salvar hoy ni tampoco mañana, porque tengo que ir a un entierro y el muerto, como ella, poco o nada sabe de su nombre.

Avanza el macho decidido a la primera invitación de cortejo. Sólo una se salva de la trampa que guarda dentro la cara sorprendida de una gallina entre las pantorrillas de esta especie humana hembra. Ese ojo con los nervios hacia fuera que habrá de ser un erizo de la calle, de tantos, que se amontonan entre las atracciones de la feria y que empieza a vivir ahí dentro de la misma manera que podría empezar a preparar sus cenizas.
El burro se gira a mirar cómo esos bichos se aproximan a la asfixia dentro de la madre naturaleza y, al girarse, muerde su cuello y, en ocasiones, lo rompe, dejando en el suelo las sobras de la función. Al lado de la cabeza el bozal se convierte en una obra de un Magritte pasado por Las Hurdes. Los chorros de sangre que salen del cuello imitan a los fuegos de artificio que echamos antes de abrir la feria. Y las mozas, entretanto, tan ilustres bajo los vestidos que mañana serán de otras que no sean de nuevo ellas. Los erizos que quedan vivos dentro suyo sólo pueden retorcerse en busca de un abrigo que siempre llega tarde, porque no fue diseñado con reloj.

Antonia no ha venido a la feria porque siempre está comprándose relojes nuevos y nunca tiene tiempo de venir salvo mañana que yo, como ya he dicho, no voy a estar, aunque siga dando cuerda a cualquiera de los relojes que, suyos, dan sentido a mis ya gastadas orejas, pues que me felicito cumpleaños a diario.
Pocos adivinan quién habrá de interpretar el papel de esta historia completamente subnormal. Pero es que el ... ha venido y aprendido a sortear el bicho.

He comprendido que iré a un entierro normal y habrá una mujer llorando junto unos niños ¿Elaborar después un manuscrito sobre mi particular feria que contenga tranquilizantes mayores como protagonistas?

Los erizos me caen mejor cuando no están metidos dentro de mi mujer nostálgica, que es nostálgica porque ha dejado de ser ella. Y esto ha sido así día y noche. Yo elegí aquella que guardaba el erizo en el sesal. Y no piensa porque sabe que, ejercitando un poco la raíz del animalejo, este me pincha cuando sueño con ella o con Antonia.


Fdo: (dentro de dos días y siempre si consigo acudir a tiempo al compromiso señalado)

7 comentarios:

Alberto M dijo...

Cada vez entiendo menos los escritos del concejal de sanidad de Valseca.

Tesa dijo...

...Pues anda que yo.

Alberto M dijo...

La consulta de su jornalero tampoco la entiendo en absoluto. Ni las medicinas que mandan. Con lo buenos que son los buñuelos al anís y lo bien que curan los procesos gripales, caray.

Anónimo dijo...

Yo lo que no entiendo es que tiene que ver la foto de alta y dignísima cocina de erizo de mar sufleado con las hambueguesas de Valseca, que por cierto no existen gracias a dios.

Alberto M dijo...

pues yo creía que era un párpado

Anónimo dijo...

anda quitáte los tuyos para que atines más con la vista que te veo muy flojo, además, una vez conocí a un boxeador que dormía con los ojos abiertos y tú de un boxeador no te diferencias mucho, sobretodo de uno de esos que llevan un golpe fatal en la mollera.

Alberto M dijo...

pues a mí me gustan las mollejas en las terracitas, pero con cuchillo y tenedor (o palillos), eso sí, sin guantes de esos porque, si no, no hay manera, y tampoco golpes salvo luego en el campo de golf, pero el que no es fatalista ni diferencial.
Un día vamos.