sábado

Todos los sábados santos


La felicidad cabía en una bañera y, sin embargo, cada vez cae más agua en este sábado donde podría no haber el premio de bañarse con trastos para estar a gusto limpio y decirle a la pequeña que con escupitajos se ha hecho el mar y las estrellas son ascuas de una fogata hecha en verano y somos dos y estamos en nuestra bañera en este día que llueve porque, al juntarse, las nubes rompen y siempre la vida es algo que se rompe, si no, bonica mía, no sería vida. No habría tampoco un planeta. Porque el planeta, como sabes, es un juego que se saca del baúl de los abuelos, ese que está en el sótano y es como una pelota en el dedo meñique de un malabarista y el sol, que hoy, renacuaja, no sale, es la bombilla de ese sótano donde, como las nubes de fuera, a veces en su derredor se aglutina el polvo, y allí vamos a bajar al salir de la bañera, porque habrá que darle al interruptor y ver cómo las ratas se esconden de nosotros. De ti y de mí que somos una ratita y un ratón metidos en una bañera donde cabía la felicidad y, sin embargo, sigue lloviendo en la calle de este sábado en el que desde acá vemos la plenitud de todos los sábados santos y tú me preguntas, hija, qué es la felicidad y yo digo que cabe en esta bañera porque, cuando te seque el pelo soplándote despacio entre las orejas de ratona, vamos a convertir el secador en una metralleta y bajaremos al sótano donde, al salir el sol, las ratas huyen, del sol y de nosotros, que somos una ratita y un ratón y no tenemos más nombres cuando nos bañamos juntos en la bañera un sábado que llueve, como hoy... con el trabajo que nos ha costado a los ratones, querubina, inventar la sequía.

A la niña le gusta la foto (a la que acaba de poner por título "procesión de ayer") y quiere ser fotógrafa de mayor. Y he sacado una del baúl de los sábados que hice un sábado también santo y le he dicho a la pequeña que el cielo es un espacio cartesiano en un tiempo salvaje y loco como de Léon Bloy y que, un día, la voy a llevar y que sea ella la que saque las fotos, porque las cámaras de fotos en las manos de las niñas pequeñajas y ratonas son un relámpago crucial que cruza todas las eras antes del trueno y luego vuelve otro sábado, cualquier sábado santo del mundo, a contarlo en la bañera.

4 comentarios:

Tesa dijo...

Las mejores fotos nacen de las cámaras en las manos de los niños, porque sus ojos no saben de diafragmas y velocidades, sino de "eso veo, eso es"

Alberto M dijo...

Es completamente cierto, amiga Tesa. Lo comparto plenamente. ¿Qué falta hace el efecto de la lente o lo que sea en un ocaso de Kenia (o de Valseca)?
Si me durasen más las pilas me haría fotógrafo, qué coñe.

Anónimo dijo...

Si te durasen más las pilas nos cambiabas el mundo bribóncete.
Un besito
Evis

Alberto M dijo...

Es al revés, Evis, como cuando sales a comprar el Público.