domingo

Nací (3) -días de libro y bodas-

(bis) -letra pequeña Nací (1)-

Afirmábamos nuestro origen con la misma razón que se utiliza para decir He visto el mundo y luego me desperté. Pero para escribir en condiciones hay que haberse hecho la paja por lo menos dos días antes. El otro día estuve en una boda y les dije a los de la mesa que yo era soltero debido a cosas relacionadas con el amor, pero también escribía, aunque eso fuera por relación con otras cosas. Me preguntaron que qué había publicado y les dije que cualquier cosa en todos los sitios y a cada segundo. Ellos eran todos compañeros de carrera de la novia y ya habían acabado resultando bioquímicos. Empecé el caldo ese que ponen con arroz y el toque pensando que era sospechoso que me sentaran con bioquímicos. A pesar de mi arrogancia me trataron amablemente. Los camareros, mientras, me vigilaban y pasaban informes de las cosas que decía a las otras mesas.

No era gran cosa, el testimonio, y los invitados lo sabían. Hablé de la decepción, considerándola de antemano un objeto recreativo con numerosísimos precedentes en la historia de la mesa y el resto de las cosas que le habían pasado a la humanidad. Pero todo aquello no había hecho más que empezar. Después de eso noté que, llegados los puros, mis compañeros bioquímicos los encendían con escaso tiento, chupando la boquilla con el morro inclinado hacia el interior y echando el humo con una velocidad consistida en terminar la hoja, en un laburo más similar al de fumigador, dejando la colilla echada sobre el plato del postre e iniciando después una charla sobre la costumbre, el mérito y lo bueno. Yo fumé casi bien, y uno de los camareros tomó nota de ello e incluso vi cómo escribía un 7´5 en la bandeja que habría de enseñar en cocina para ser distribuida en nuevas servilletas con perfume a las mesas, en exceso descreídas de mi pacto de desacuerdo crítico acerca de dos películas que me había bajado del emule hacía tres semanas, y que había reseñado como: se dejan ver.

Había advertido, no obstante, que no eran mías las palabras en relación al sentido y sí de un apadrinado de mi tía, que presenta libros propios en lugares de ocio y cultura distribuidos por países de lengua hispana, perfectamente hombres, mujeres o animales como, añadí, todo hijo de vecino. Así pues el apadrinado daba forma a su ejercicio robótico enviándome como objeto presencial a reuniones de carácter más o menos personal como la que se daba cita e incluso celebridad, y lo expliqué sin entrar a discutir esos ni otros conceptos. Cuando terminé, dejé la colilla donde todos.

El “ello” existe como y por error, había añadido otro primo de la casa, el Baudelaire de la familia, del cual yo existía como ello, mientras el que sacaba los libros con su nombre era el apadrinado. Pero es que nosotros los comprábamos, éramos así de gilipollas y las primas y hermanas más. Éramos el nosotros de la casa y el ello el puto libro que se iba a presentar el miércoles. En eso el Baudelaire de la familia estaba en todo lo cierto, pero era un memo y se quería retirar a Tánger; habiendo opio en casa. Menudo gilipollas. En la casa grande cabía todo, y un huerto claro donde madura el limonero también. No sé por qué querían sacar libros, la verdad. En un principio creí que era cosa de mi tía y el apadrinado de los cojones; entre ambos ganaron quizá mi precio, convirtiéndose ellos en valores y haciendo una vida inversa a la que yo llevaba, al fin y al cabo, también poco común, artificiosa y con el lujo ya pagado, yendo a bodas en su nombre, dejando testimonios y declaraciones siempre inocentes acerca de nuestra intimidad, mediando en colaboraciones de interés neurológico y, todo ello, haciendo uso de opiniones asentadas en la diplomacia, calculando, al tiempo, la calidad de informe de los paranoicos. Y el Baudelaire en casa, mientras, tocándose los huevos. Eso no era vida.

Mi primo y posible hermano de madre iniciaba la presentación del libro, mientras, diciendo: Aunque os haga gracia es cierto que tengo problemas en casa por la cosa de escribir las autobiografías de mis familiares, efectivamente, se las toman por el lado personal, sí, incluso cuando las escriben ellos. En el cartel de entrada del Lugar de Cultura elegido ponía: Si no ves al primo, vete. Asistían todos y cabía la posibilidad de alguno no contratado, pero yo estaba en la boda aún y, también es cierto, pese a ser bioquímicos y algo tirando a fascistas, mis compañeros de mesa cada vez me caían mejor.

Fue pocos días después, aún durante la boda, cuando uno de los jefes de la mesa de al lado, presentado ante mí como “co-amigo y socio del Baudelaire que se corta las uñas en tu casa”, me pasó la nota que transcribo, permitiéndome no obstante añadir que no hubiera podido haber aguantado demasiado más tiempo en ese lugar y una observación permitida por mi alerta vigilia acerca de la imposibilidad de desordenar los propios cubiertos, una vez asidos los de los demás y señalándome, en una broma que me atrevo a considerar de caprichosa y de acierto más bien escaso. Sobre todo para El ello.

4 comentarios:

Tesa dijo...

Ni las Bodas de Fígaro han dado tanto de sí
ufff ...y eso que no has contado la tirada de arroz ni la subasta de la corbata del novio

Alberto M dijo...

Na, aquel día me pillé una melopea que ni me acuerdo, aunque había una chica hermosa rubia muy maja, pero ni he vuelto a tener noticias. Leñe de vida.
Tuve suerte de que no me subastaran a mí.

Anónimo dijo...

Del pan de molde al puro de sobremesa, de la calvicie del primo al acné de Baudelaire. Me gusta y me gusta mucho, qué decir.
Evis

Alberto M dijo...

uno de los primos y el primo, a su vez, de Baudelaire, ambos hermanos míos, es que están hechos puramente de molde.
Qué decir.