jueves

En los libros de mierda la idea huele primero


“Lámparas en el interior de algunas líneas. Se encienden o parpadean con la lectura. Iluminan un camino cuyo único final es nosotros mismos” (Jordi Doce. "Hormigas blancas" Bartleby Editores)

Son, a veces, días en pijama. Tenemos tiempo para leer un libro y mirar por la ventana, entrar en internet, dar cuatro vueltas a un filete y comerlo luego.

Son días maravillosos en los que rara vez importa que la semilla de una enfermedad entre por las persianas, corretee por las paredes de cada habitación de la casa y juegue con el niño inventado que se saca un criminal de la boca para que dispare a ambos. Importa poco, ya digo, que entren y sometan su voluntad a la nuestra, incluso, nos miren compasivas antes desde el techo.
Son días, algunos, ya digo, para estar en pijama mientras el talento colecciona en la cocina mariposas disecadas, que es para eso para lo que está aparte de para servir la mesa.
En la salita, mientras, las ideas están esperando un youtubazo en el que verse.
Sólo el que queja esto pide a gritos su acabado, el tan imbécil.

Nos hace la rutina, que no las ideas. Y cuando la rutina es en pijama nos hace más, porque se sostiene en la idea que de nosotros se hace el pobre pijama, aparte la que somos con él puesto.

Recuerdo que hace un tiempo usaba más el espejo, me miraba. Hoy sé que hacerlo implica tener que empatizar con un animal, y eso exige muchas ganas y también tiempo y, en ese tiempo, el animal puede incluso quedarse a vivir ahí. No soy uno que se arregle mucho para salir a la calle y, mucho menos, para estar en casa con el pijama. Me miro poco y, al afeitarme, procuro la concentración sólo en la dirección del pelo y en dónde va la maquinilla.


Creo que no he acabado y, en ocasiones, me ilusiona la ilusión de ser bastante joven. Aún así, quiero, no sé por qué, sacar un libro. Porque, sin haber estado acabado del todo pero habiéndolo creído, tampoco he dejado de escribir, no, por el momento. Como si, no encontrándole sentido al pijamilla, buscara dar en él con unas cuantas letras juntas, dando finalmente, de alguna manera, en cualquier cosa que me sea del día.
Los libros me molestan. No sé por qué, ya digo, quiero sacar uno. Es una cosa que tiene que ver con la vanidad y con la muerte, y no puedo saber en qué casan una y otra ni si esto supone en el juicio algún divorcio.
Los libros me molestan en sí, repito, me invaden y tapan la mesa y termino hasta los muñones de ellos. En los días de pijama como hoy, a veces, leo enfrente del ordenador mientras los libros, cerrados como tortugas durmiendo, que vaya uno a saber las guarrerías que hacen en esa aburrida intimidad de letras y letras juntas una por un lado y otra dándole la cara. Son una “ele” y una “o” haciéndo-lo (perdón por la tristeza de este chiste malo del todo gratuito y muy mezquino). Leo, decía, antes de la idiotez, y a veces me río solo de un lector que somos todos y, de vez en cuando, da sorpresas y hace trampas que uno al final le ríe como al jefe de la empresa en la boda de su hijastra. Me río, pues, bobamente, y, en esta risa, la poca razón que uso se me escapa por la boca. Lo noto luego, en ocasiones hasta dos horas más tarde, por el vaho que se intuye en la pantalla cuando, apagada, se ha puesto negra del todo.


No sé por qué se quiere sacar un libro, insisto, y por qué quiero yo, menos. A veces posa una mosca entre dos páginas y se la intenta dar cazuela cerrado las tapas. Y luego está que la mosca, como es natural, es mejor que un libro y además vuela -aunque caiga en redundancia escribí un libro que va de esto-. Una mosca es mejor que sacar un libro, pero sacar una mosca es difícil. Nadie quiere una mosca. Yo, por ejemplo, casi todos los días no querría una mosca, ni de coña. Y eso, por ejemplo, hace pequeña la idea de un libro con letras como las que dije en el chiste los mojones, una tras otra y tras otra, provocando el estercolero aquel en que la bendita mosca que allá posara capaz sería de calcular el peso de todos y cada uno de los planetas que su cuerpo descifra, leyendo. Con solamente posarse -che-.


Una persona, en cada edad, ve en las letras que acaba de escribir, sin solución, un crepúsculo.
Este se gallea y pone porque es a la vez gallo y gallina, lector y mano, pero no hay noche capaz de cantar sus mañanitas en el envés de una letra que además anda ya usada.
Pues muy bien, dirás.
Pues claro. A ti qué te voy a contar.

Persiguiendo a las ideas se vuelve uno un patizambo detective de ellas y las sigue con la lengua fuera como el bulldog que persigue a Willy Fogg.

- Vamos Bully estúpido!!! Si no comieras tantos bollos.
- Ya voy jefe..., ya voy.
- Si sólo haces comer jamás cazaremos a ese Fogg, ¡idiota! ¡más que idiota! Por tu culpa ha cogido el tren antes que nosotros.

Claro... persiguiendo a las ideas se vuelve uno un rastreador de una nada que, en su vez, le persigue a él. Y esta, ay, sí pone huevos.

Esos huevos sí hacen algo a la rutina y al hombre le hacen, a más ratos, fuerte, aunque siga con el mismo pijama -narrador no verosímil pero parcial de una historia-. Eso, mientras busca la sal para el filetillo.
La especia elegida poco tiene o nada que ver con el mundo salvo cuando es la única opción; en ese caso, es el mundo. Lo mete el niño inventado en el plato que le corresponde y, después, a la cama con todo dentro que mañana, luz mía -he hecho el día para ti y en qué momento tan tonto-, hay mucho lío y a lo mejor hasta huelga de autobuses.

7 comentarios:

Sólo digo una cosa dijo...

Semejante criaturaaaaa:
El repullo que he podido dar al entrar y toparme con el audio, acostombrada al silenciovalsequero. A lo que iba, por favor, quédese en pijama siempre y tenga todas las moscas, libros o huevos que quiera. Salude al ciudadano brev(e), que veo que se ha pillado la maleta.


Saludos!!!

Alberto M dijo...

jaja, me lo creo. Oye Rose, te invito a ver el vídeo cuando tengas tiempo, si no, ya sabes -pause nada más entrar-. Es una rareza de cosa maestra, ya verás. No sé qué diría un psicoanalista, ni del águila culebrera ni de Félix Rodríguez de la Fuente.

Ciudadano brev(e) te envía abrazucos desde el patíbulo.

Tesa dijo...

Tienen su encanto los días de pijama, que no su glamour. Tampoco lo tienen las moscas, que le llaman Vida a la Mierda porque el alimento de ésta les proporciona aquella.
Los libros tienen que seducir como aquellos Galanes, si no, más vale la compañía de esta ventana, orientada a tantas cosas.
¿Besitos?

Alberto M dijo...

Las moscas nunca han tenido arreglo. Menos mal ¿no?
La vida tampoco, cierto.
Los galanes sólo se arreglan con los galenos, qué curioso -eso cuando no son ellos mismos galenos-.
Y los libros, qué putada, creo que tampoco tienen arreglo, pero ni de coña eh. Hoy he comprado uno. De baratillo, pero otro más ¡ups!

Los besucos, con el interrogatorio, Tesa, me obligas a rogarlos. Muchos también para ti.

Recaredo Veredas dijo...

Si las moscas tuvieran arreglo nos encontraríamos con un problema grave, grave. Peor que el cambio climático. Me ha emocionado la voz de Félix y, sobre todo, el trabajo sobre la semilla de la enfermedad.

Nat dijo...

...creo que en todo esto el pijama tiene poco que ver... sólo se encarga de vestir esa apatía propia de los domingos por la tarde...
Besos

Alberto M dijo...

y es que, Reca, el matamoscas tampoco tiene arreglo, creo. Yo, en verano, echo de ese que pone "inoloro" por el techo de la habitación. El caso es que la sustancia pólvica -o como se escriba- cae a la cama y, cuando duermo, se me infiltra por la piel y, al final, macho, me levanto que parece que me he estado dando estramonios... ¿Qué diría el bueno de Félix?


Hola Nat, estoy seguro de que tiene mucha razón lo que me señalas pero, oye, yo tengo un cuerpo muy serrano eh, vamos, que cuando me desvisto es una alegría humana, y los domingos que hace bueno sin pijama ni leches, aunque sea viendo el baloncesto. Un besote para ti, y muy bienvenida.