miércoles

You´d be so nice to come home to; por ciudadano breve nº 3


A veces, después de navidades, decido que es buena opción hacer una visita a la casa de salud mental.
Allí coincido con mi editor y mi propio psiquiatra.
Primero hablo con el médico que les atiende que, en ocasiones, es mi propio psiquiatra. A veces, cuando mi propio psiquiatra es sólo interno, es otro: Luciano.
- ¿Qué hay, Luciano? ¿Cómo está el patio?
- Hombre, pues revuelto. A alguno, de cuando en cuando, hay que enseñarle que la higiene es muy importante, que la comida se da a la una y que conviene acudir a las actividades. Por lo general van, más o menos, bien. Y añade: como el país.

Visito a mi editor, que tiene un libro mío desde septiembre. Dice que no lo va a sacar. Que necesita tabaco. Le doy un cigarro. El otro día estuvo allí uno de los representantes de su distribuidora. Corte Inglés, Fnac y Casa del libro han quebrado y ha leído en los horóscopos que no es buen día para invertir en un nuevo proyecto. Ya sé que el tuyo no es nuevo -se ha explicado- es sólo que me buscan y pasan del asunto. Me dice que todo es una conspiración en la que ha participado su dentista. Al parecer tiene un hueco en una muela por donde este tipo, con la excusa de limpiarla y con la ayuda de un cable, ha introducido plutonio, poco a poco, en un conducto que le llega hasta el cerebro. Aceptada esta posibilidad, uno de los médicos, el que le examina, dará el visto bueno para ver si se realiza la operación y pueden extraer "el crudo" para venderla al chino donde compra las latas de Cocacola ¿No es paradójico? -insiste- allí compro las latas de Cocacola.
El hombre chino que, al parecer, es un español invertido y, sin embargo, capaz de ver la hora en los ojos de los gatos, quiere acabar con todos los que se le ponen chulos -a él (mi editor), no al chino-, incluida su distribuidora. Por eso no saca el libro. Ni ningún otro. Eso -continúa- no impide que un chalado se inmole en el Fnac o en la Casa del libro. Yo he trabajado para ellos jornales enteros. Lo único, lo siento por mi dentista. Porque era un buen hombre.

Tras la pausa que dura el primer cigarro, continúa: Ayer, por ejemplo, me dejaron salir acompañado del recinto por un guardaespaldas de incógnito y, mientras cruzábamos un paso de cebra, noté cómo era observado por uno de los semáforos, que tienen ojos redondos de español acarajado (observado no por el semáforo -me explica- sino por el hombre que hay dentro). En rojo (¿los semáforos?), no son necesariamente ojos de alguien que pertenezca a un partido político idealista, pero... y esto -continúa- es muy importante, mi acompañante de incógnito me apretaba la mano cerrando lo suficientemente el puño, señalando a las claras que pertenece al sector chino donde compro las latas de cocacola. Y por eso no saco libros. Le he dicho a mi distribuidora que elimine uno por uno a los autores publicados y a los que no, que no lo hagan, que me lo voy a pensar. Como a ti, no te creas que no he caído. Si no te elimino yo, cuando salga el libro, te va a eliminar mi dentista.

Le digo que no entiendo nada. Me dice que se explicará y, antes, afirma estar a favor de la utopía. ¿Qué ha sido de la marca Fruitopía? Se pregunta, y añade: Quizá la relance editorialmente. Fruitopía en tomos ¿Lo ves? Yo sí, colgando de esas ediciones una pajita para que se pueda beber de esa mierda un sorbo por página ¿No es un símbolo post-freu ... bla blabla bla bla? Yo, sí, lo veo, aunque los chinos no venden ya Fruitop... bla blabla blabla bla. Al fin y al cabo soy autor del 90% de los libros que envío a mi distribuidora. Son gente muy bla bla bla blablablabla blabla y bla...

La explicación prometida (ocho minutos después):
Ya no hay nada que hacer con el plutonio y la gente china, así como la española invertida... Ambos necesitan donantes muertos que aparezcan en los libros para luego crear en esa lejana patria nuevos centros de aprendizaje cuyos nombres serán los de mis autores. Yo he pensado en ellos, debido a mi humildad, claro ¿Qué te parece? Se distribuirán mejor sus libros, todos. Sustituirán en China tanto a Confucio como a Li Po, como a la generación del 27 y las ediciones traducidas al gallego de los autores alemanes de finales del XIX... aquí y en Constantinopla porque, dentro de poco, México no va a existir y España será una Francia donde se leerán sólo episodios novelados de la serie Friends. Se hará publicidad en el mundo de Oriente y, si puedo, advierto que acariciaré a mi gato, sentado, como el malo de James Bond, aunque sea en esta maldita ciudad llamada Nueva York. Pero allí, donde los españoles invertidos no son necesariamente de China y la Pepsi se bebe en abundancia, no se aprenderá a hacer plutonio, sino Cocacola. El plutonio me lo voy a llevar yo a la tumba cuando el cabrón del Fnac me diga de un disparo que ha quebrado por mi culpa. Ja -señala hacia la pared donde descansa el respaldo de la cama-, al principio creía, inocente de mí, que lo del plutonio era para crear una bomba atómica, acolchada cranealmente, que no pitara en el escáner del aeropuerto y mandarme a Canadá a explotar allí junto con todo un imperio. ¡Una mierda! es una revancha del de el Fnac. Y no, no voy a sacar tu libro. Tengo escritos donde hablo de todo, guardados en el Central-Hispano. (Me enseña un borrador de uno de sus poemas, el que empieza con el verso "El azufre es el que más sufre").

Le doy otro cigarro. Él sabe que ese vicio guarda compuestos capaces de provocar un mal de cierta escala en el habitáculo. Es viable para él como detonador de la bomba a la que se refiere. Pero lo acepta.

Después de darle fuego, me dice que el libro estará en el Corte inglés para antes de semana santa, pero... eso sí -recalca- siempre que el PROI gane las elecciones generales.
No sé lo que es el PROI. Por mi parte, así como por la suya, tampoco hay ningún problema.
También me dice que no se dice "dar fuego" que se dice "prender el arbusto".

Saldré de allí. Marcharé hacia casa.
A mi psiquiatra no podré verle. Al parecer, según me ha dicho Luciano, el médico asistente, ha salido de vacaciones. A Canadá que se ha ido, el pollo.

Mientras bajo las escaleras, oigo a mi editor gritar desde su habitación que, si hace falta, saca el libro para el día de los enamorados, roncando y maldiciendo hacia cualquier pared... Que lo va a hablar con la chica de Gran hermano, aunque no va a nominar. Que sueña en las noches con que le canta (¿?) las nanas que al otro (¿?) no le han cantado (¿?). Y oigo también, ya en el último peldaño de escalera que sale a la puerta principal, un pequeño estallido, lo suficientemente lejano, a mis espaldas.

Con el paraguas abierto, en la calle, miro a la ciudad mostrarse como la misma, mimetizarse a sí como cuando fuera ayer, como cuando fuera hace un ratillo. Y pasan coches. Y me dirijo hacia el metro. Me estoy leyendo, en esos ratos de transporte público, un tebeo que va sobre unos extraterrestres, declarados mormones, que llegan a La Tierra y se muestran la mar de amables con la gente, hablando un idioma legítimo y claro, por mucho que eructen cada vez con más frecuencia debido, sostienen, "a la morriña, sí, a la cosa del volver". Lo de los eructos cada tres viñetas me parece un poco de desfachatez pero, en general, me caen bien estos extraterrestres y quiero ser como ellos de mayor. Pero en otro planeta.

Fdo: Ciudadano brev

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