martes

El jazmín del hombre medio -reloaded: El deporte-


Por un momento, se siente muy desdichado al saber que ya jamás tendrá que ver con su inesperada capacidad para la pérdida de control psíquico. Que únicamente aspirará a ser un deprimido impar, uno más entre todas las personas que habitaban el planeta; un planeta más, del que era convenientemente ajeno. Lo intentaba una vez tras otra, pero se daba de bruces, no atinaba con la llave. Nadie lo haría. Nadie le abriría de nuevo el cuerpo e invadiría sus indudables posesiones legítimas. Lo intentaba y volvía una vez tras otra a los anagramas; los mismos u otros que partían de las mismas bases que aquellos que en los únicos momentos en que, admite, vivió de manera plena, habían convertido una lágrima en el propio ojo, escurriéndose por la mejilla, luego el mentón, hasta separarse, caer y formar parte de la alfombra, prendado del paisaje de unos cuantos días que dice iguales, de la habitación en la que dice mirarse con el ojo, el que cayó, una cuenca situada donde este estaba antes. Él, fumando tabaco, sentado, quieto, muy quieto, tomando luego café y las medicinas, variables según los horarios, haloperidol treinta gotas, sesenta, ciento diez. En esa época ya no puede jugar.

Pone música en la cadena, pero no es capaz de distinguir un sol de un mi. Un sol y un mi juntos era un sol propio en el que se quemaba la nota que venía después. “Mi sol mi” representaba una desgracia, una quemadura, la desaparición de algún amor, el peligro inequívoco provocado por alguna situación externa. “Mi sol mi fa mi”, daba conocimiento de un peligro de extinción que podía correr la familia a cambio de un dolor propio, grande a su vez, que simbolizaba la desaparición de la familia. La agonía en soledad. Otra vez “Sol-edad”. Él parte de la propia edad para hallar nuevas soluciones, y encuentra en el 22 un par de cobras, una dándole la espalda a la otra. Por un momento no sabe cuál de las dos le representa a él, aunque la probabilidad se inclina del lado de que su persona se trata de aquella que no ve el acecho de su igual, que le persigue de cerca, pero como serpiente cobra, incapaz de oír; de hecho, ninguna de las dos oye, pero el acecho sí está. El nombre de la familia de esa serpiente en particular lo asocia sin recorrer ningún tipo de hazaña a que debe alguna deuda ¿Qué tipo de cosas por las que deba pagar ha hecho él a lo largo de su existencia? Fue entonces cuando decide escribir una historia sobre ello, a la que titula “Yo no he sido”. Una historia de la que hace copias y reparte entre la gente que, de vez en cuando, por aquella época, está cerca, es amiga. Entonces tenía 22 años. Era dos cobras. La solución al invertir el primero de los dos números y juntarlo con el segundo es un corazón sostenido por una línea. Quizá es la línea del horizonte. Quizá es la línea del Ecuador, lo que indica que su corazón se encuentra en el norte, pero es este un dato al que no da la más mínima importancia. Es el dato de que la línea del Ecuador sea imaginaria la que le ocupa. El hecho de que sea una línea que sólo define el mundo en su representación. La bola del mundo que le compraron a los seis años de edad. Necesariamente bola o mentira, aquella forma esférica tenía en su interior una bombilla que encendía y apagaba a su antojo. Es la desaparición de este interruptor a lo que termina achacando la causa de sus brotes psicóticos. Pero el hombre medio tiene a día de hoy la edad de 29 y no se ve en posesión de perder de nuevo lo que denomina como el control del interruptor. El hecho de que la esfera del mundo que le regalaron cuando tenía seis años se encontrase en la actualidad apagada en una habitación de su pequeño pueblo es lo que le motiva a mantener que sólo en su pequeño pueblo será capaz de volver a encender aquella bombilla. Anota en su cuaderno la palabra: Amor. Procede entonces a inventarse una persona, algo que amar, una chiquilla, señorita a la que dota de los que supone dignos atributos y que convierte en, dice, la gran mentira del mundo, y añade, el mundo que se encuentra en una habitación del pequeño pueblo. Es de ello de lo que hace el primer cuaderno del que aún no se ha deshecho.

Aquella habitación donde mora la bola del mundo que le regalaron a los seis años de edad, sin pasar por alto el detalle de que el 6 simboliza a una mujer embarazada y gacha, sentada en un supuesto suelo, cercana a dar a luz; es una habitación donde se encuentra un armario, una mesilla con lámpara pequeña (donde se halla a su vez la bola del mundo, y es donde él hace sus dibujos a los 23, 24, 25 y 26 años), una estantería con muchos envases vacíos, únicamente decorativos, y una cama en la que difícilmente puede entrar el cuerpo de una persona adulta. Todo ello en el lugar más alto de la casa que lo ocupa. La casa de la abuela. La casa del pueblo. El mundo o su bola, dice, se encuentra en unos muros que parecen destinados a la desaparición. Él es la única persona, sospecha, que puede ocupar esa casa una vez fallezca su abuela, pero él no va a hacer nada de eso. No se ve capaz. No sabe. Tampoco le dejan pero también sostiene que la culpa no es atribuible más allá de uno y, en este acá, me dice señalándose el bajo de una de las orejas, es pecado. Así pues, se invita a pensar, asegura, que sólo en los días que la habita se expone a su bola del mundo, a su interruptor, a su pronóstico de enfermedad y a los momentos memorables de su mundo en esta actualidad a la que, dijo antes de la noche, pertenece.

Dice a sus familiares haber anotado en uno de los cuadernos que la casa es “el caparazón invicto del interno que en él hay” y dice observar cómo a medida que pasan los meses menos gente se ocupa de ella. Asegura que depende de la mano de abuela para su resistencia. También sabe de la edad avanzada de abuela y la merma de su disposición para la casa. Le asombra sin embargo que la abuela no haya perdido la voluntad de rezar y admira esa cualidad en ella. Abuela suele rezar a oscuras ¿No es este un dato conmovedor y también ciertamente revelador? Después anota la palabra “Casa” en su cuaderno y mete una U en el medio. La U simboliza un imán. La atracción que siente hacia la vida rural y lo que de su niñez guarde, incluida la bola del mundo de una habitación que califica de decididamente asquerosa, aquella bola que le regalaron a la edad del 6, precisamente su propia madre, la madre que le había dado a luz seis años antes del regalo. Luego anota: Mi casa no es de metal. Y a continuación: Mi causa es de metal. Recuerda la pistola de tío. Tío era policía y llevaba pistola. Le agrada recordar eso. Le agrada recordar que tío guardaba la pistola debajo de la almohada, sobre donde al dormir se reposa la cabeza, y sabe que tío ocupó antes que él las camas que él ahora ocupa (incluida la de la habitación que a fecha de hoy contiene la bola del mundo). Un día tuvo ocasión de coger la pistola que estaba, obviamente, descargada. Antes se la pidió a tío. Él no cogía las cosas sin previo permiso. Recuerda que entonces lo que más le llamó la atención del trasto era su peso, apenas podía sostenerla con una mano. En cambio, la bola del mundo era viablemente sostenible con cuatro dedos e, incluso, con dos. Anota en su cuaderno entonces: ¿En qué queda la hazaña de Atlas al lado de una persona que sujeta...? Luego lo tacha. Siempre que ha buscado las visiones y, consecuentemente, el vegetalismo al que asocia sus experiencias con la medicina antipsicótica, ha empezado anotando cosas de ese estilo. Frases de apariencia inocente, pero de una carga que permite muy capaz. Duda, dice, entre un mapamundi y un interruptor. Algunas veces ha reconocido, mediante esa búsqueda, que ha perdido el hilo que le une al mundo, que todo se ha acabado, pero no, luego vuelve, aún no se ha acabado y nunca lo hizo. Volvió del letargo -sostiene- de la medicación antipsicótica, así fue en tres ocasiones, y también buscó el cuaderno donde había anotado las frases, pero el cuaderno siempre ha desaparecido, aunque su familia sostiene sin descanso que en casa nadie toca sus cosas. ¿Dónde estaban aquellas frases? ¿Cuál es la razón por la que tacha las nuevas que se le ocurren? Es ese lugar donde vive con 29 años recién hechos. El 2 del principio, aquella cobra, sigue ahí, pero quien lo acompaña detrás es probablemente un globo que vuela acompañado de un hilo, al que arrastra el viento que viene por la izquierda-abajo. Uno de tantos globos que se le fue de las manos a un niño “¿Es capaz de sostener una cobra el hilito de un globo?” A continuación tacha la frase y decide salir de la habitación desde cuya alfombra uno de sus ojos le mira desde que tenía la edad de 22 años, probablemente menos. Baja al salón, enciende el televisor y mira, conmigo, las noticias de deportes en el teletexto.

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