miércoles

El reloj



En Valseca, los aldeanos vemos la hora en los ojos de los gorrinos que mueren asfixiados en la placenta de la madre y llegan al mundo sin haber abierto siquiera uno de ellos ni haber hecho respiro del aire de los animales.

Algunos habitantes pasean con un gorrinillo muerto (a los cuatro días es norma deshacerse de él) en brazos y, si algún forastero quiere saber la hora, el dueño del malogrado animal procede a abrir al guarro una de las dos pestañas con los dedos corazón e índice de cualquiera de las dos manos (aunque suele ser hábito usar la izquierda) y dice, con exactitud, la hora que es al caminante que, agradecido, inclina la cabeza ante el animal y, haciendo cálculo del hedor que sale de este, habrá de responder con proximidad las horas que, a su vez, el guarro debe de llevar muerto. Si el cálculo pasa el día, el forastero deberá pasar una mañana dando besos a su dueño en cualquiera de las frentes y ambos pies.

Es una costumbre que nuestros mozos y mozas siguen respetando en el pueblo y todo un honor llevar un gorrinín muerto en los brazos y decirle la hora a los forasteros. Gracias a esta costumbre, muchos de nuestros mayores han adquirido respeto en la provincia ganándose el apelativo de Maestros del horario y enseñando a los más jóvenes (también de los pueblos limítrofes) a interpretar la susodicha costumbre.

Nuestros Aprendices de relojeros le ponen empeño al asunto a sabiendas de que es un arte respetado, como pueda ser hallar la profundidad del agua con la ayuda de un hilo y una piedra.

Ayer mismo asistí a una de las clases, ofrecida por el anciano maestro Gracques. Relojero de altísimo renombre que ha llevado esta extraña ciencia más allá de nuestras estrechas fronteras recibiendo el título de Doctor en otra provincia.

Uno de los aprendices más jóvenes e inquietos, confundió un minuto en su apreciación de la hora correcta. El maestro Gracques le preguntó delante del resto del alumnado si era consciente de a qué se había debido su error. El joven dijo que la luz refractaba en el vacío del negro y que, probablemente, esto le había hecho perder la concentración. Pero el error, según dijo el maestro, se había debido a algo mucho más simple. El joven aprendiz había olvidado descontar los cuarenta y cinco segundos en que el iniciado animal había estado revolviéndose en la placenta de su madre, a la caza del dónde del error. Un error, por supuesto, desconocido -añadió el Doctor Gracques- también para los ingleses.

.

martes

Navidades buenas, por Pedro Jijas Pedrito

Bajando Argüelles me encontré con un extraño conocido. Como no recordaba su nombre me pareció adecuado romper el hielo preguntándoselo.
Dijo: A mí también me suenas. Me llamo Pedro ¿Y tú?
Dije: Yo Pedrito.
A ninguno de los dos se nos ocurría nada más allá del “hace un frío de pelotas”, así que, tras comprobar que ambos estábamos haciendo tiempo, le dije que le invitaba a una caña y, en el bar, podríamos charlar sin apretarnos una mano con la otra y, a lo mejor, averiguar de qué nos conocíamos.

Encontramos una tasca enseguida. Y nos sentamos, servidos, en una de las mesas.

- El caso es que estoy seguro de que te conozco ¿Tu novia no estudiaba artes o algo así?
- No. No he tenido nunca novias estudiantes. -Dijo Pedro- a mí me suenas de ir con una chica rubita, dijo.
- ¿Bajita?
- No, era alta.
- No me suena.
- Puede ser que no fueras tú. ¿Qué estudios tienes?
- No. No tengo, dije.
- ¿En serio?
- En serio... Si quieres hablarme de los tuyos, yo sin problema.
- Por qué no. Soy fontanero. Te voy a dar mi tarjeta por si algún día necesitas arreglar algo.
- Ah, pues necesito un fontanero, dije, cuanto antes.
- La verdad, contando con herramientas, no me importaría trabajar ahora. Tendrás que esperar a final de estas fechas que, ya sabes...
- No no, tiene que ser en estas fechas y ahora mismo, aunque no tengas herramientas.
- Pues te diré que, pensándolo mejor, no me apetece mucho.
- Pero si está aquí al lado, hombre, y mis socios te pagarán inmediatamente. ¿Te cuento?
- En cuanto me acabe la caña voy a tener que irme, seguramente, ha sido un placer pero... en fin, en lo que la termino, empieza.
- Trabajo para una sociedad secreta, aquí mismo, en el alcantarillado. Mi sede tiene la entrada escondida en uno de los andenes del metro de Ventura Rodríguez. Tenemos la cámara de seguridad manipulada y ponemos muchísimo cuidado al entrar. Hemos de tener precaución para que no nos pille esa gente que odia la Navidad. Nosotros nos ocupamos de que estas fechas sean buenas para todos.
- ¡No me jodas!
- No, sin joder, necesariamente. Nada más en España somos veinte mil trescientos ocho afiliados. Contando el resto del mundo ascendemos a los dos millones ochocientos veintitrés. Todos dispuestos a ser felices en Navidad, es decir, no quejarnos, ser amables con nuestros cuñados y, de tenerlas, con nuestras suegras y suegros. Disfrazarnos de snorkels, por ejemplo, regalar cosas a mamá como ese disco que le hace tanta ilusión y añadir tarjetas en las que ponga Eres especial para mí...
- Oiga, es usted un friki de cojones. No me entero de nada de lo que me está contando.
- Pedro ¿A ti te gusta la navidad?
- Sí, hombre, cómo no me va a gustar.
- ¿A que no te atreves a decírselo a mi máquina de la verdad? La tengo aquí, en la maleta.
- Mire, déjeme en paz. Yo creía conocerle, pero ahora caigo que casi mejor me olvida y cada uno para su casa o donde tenga que irse usted.
- Venga Pedro, hombre, que pago yo la jarra y pido otra. Pero si es un artefacto muy mono y navideño. Mire, sólo le falta la barba para parecerse a Papá Noel. Máquina de la verdad dile hola a Pedro. ¿Ves? Te está saludando.
- Oye, acabo de caer ¿Tú no serás de un pueblo de Segovia?
- Coño. Soy de Valseca.
- ¡Ostia! Era eso. Yo soy de Los Huertos.
- ¡Mecagoenlaleche! Ya decía yo. Si es que...
- Y te conozco de las fiestas, claro, de los pueblos.
- Claro, y yo.
- Te lo he notado en el acento, cuando has dicho lo de Papá Noel. Era una coña todo eso que me has contado ¿no? Lo de la sociedad secreta ¿Estabas vacilando desde el principio?
- No, te juro en que no caía que eras de Segovia. Oye, ahora vamos para el refugio, si te hace. Tenemos hasta renos para impresionar a los novatos.
- Pues antes te he dicho que tal, pero te confieso que no soy mucho de la navidad.
- Bueno, pues nada. No he dicho nada. Tú te lo pierdes.
- ¿Y qué, os ha pasado algo con el agua?
- El grifo, que no rula.
- Ah.
- Sí, solemos ir allí limpitos ya de casa y echados colonia y eso, pero... en fin, es una tontería.
- ¿La cisterna tira?
- Sí sí. Cuando se cuelga, la desatascamos de arriba y ya. No sé, voy a tener que irme, Pedro.
- Espera hombre, tocayo, perdona lo de antes y, oye, déjame a mí pagar otra.
- Bueno, venga. A la que vuelva el camarero... No te he dicho gracias.
- Nada, a ti, joder.


Autor: Pedro "Jijas" Pedrito. Valseca, Segovia 1974
.

viernes

The traitor


"...The judges watched us from the other side./
I told my mother. Mother I must leave you / preserve my room, but do not shed a tear / Should rumors of a shabby ending reach you / It was half my fault, and half the atmosphere..." (The traitor -L. Cohen-)

Estaba con una tipa. Tenía el pelo rubio y no me acuerdo de nada más. Me dijo que ahora me había encontrado a mí. Y, me dije: Coño. Bueno, esto fue hace, espera que me acuerde... por lo que viene a cuento es porque ella no tenía cómo volver a su pueblo y me presté a acompañarla a buscar un taxi, cosa que, en Valseca, se hace en el cruce, y para llegar allí hay que andar un poco. Finalmente cogió un taxi. En él se montaron aproximadamente ocho chicas igual que ella que, ante la llegada del coche, comenzaron a salir de entre los matorrales no supe muy bien si medio desnudas o si medio vestidas. Antes de que arrancaran le pedí su nombre y su número de teléfono. Creo que me respondió la chica a la que había acompañado, aunque cabe la posibilidad de que hubiera sido otra.

En fin, me había quedado solo y, al lado mío, había una mezcla de hormigón y de peñascos. Lo otro era el horizonte y, antes, estaba Valseca y yo vivía allí. La vida normal. Y había amanecido muy bien. Tampoco puedo saber si había bebido más rones de los que se me habían caído.
Recuerdo que emprendí el camino, entonces, hacia otra vez lo mismo.

En el trayecto, recuerdo mirar unos cuantos cantos, incluso darle una patada a alguno.
No sé, en tiempo, cómo sucedió -o cuánto-. Pensé en buscar a Fran, que había venido a verme, y en que ya había pasado, en la ida, por donde estaba aparcado el coche y ya no se encontraba allí. Pensé en el coche y estuve seguro de que era un opel corsa rojo, y seguí caminando.
Me han preguntado muchas veces en Valseca cómo sucedió aquello.
Pues fue así.

No recuerdo nada de cuando tres tipos me cogieron por la cabeza y comenzaron a atizarme en ella con cosas de metal, cascos y, cuando ya en el suelo, botas. Recuerdo unas voces afuera que decían: Lo van a matar, y era una frase contagiosa no sólo en mi cabeza, pues que eran ellas las que la repetían, y a veces decían: Parad. Eran unas amigas del pueblo y otras amigas completamente desconocidas, pero eso lo vi muchas más patadas después.
Cuando me preguntan qué recuerdo, digo que recuerdo que me estalló y que sí me acuerdo haber metido una, pero muy buena y que cayó como un puto pelele, la vez que me resarcí, pero que el hecho de que lo recordase no indica que fuera verdad y que, luego, volví a caer y empecé a dejar de oír, y los golpes no eran nada más que bombas que explotaban en la sesalia, que ellos eran altos como torreones y con perilla al estilo de la chica rubia con la que había estado esa noche, casi alegre, tomando unos chatos y encontrando en su chochera un montón de juguetes de niño que ya no valían para regalar.

Cuando me preguntaron cómo eran los ojos de la chica rubia, no supe qué contestar. Sólo sabía que era rubia y que me había dicho que ahora me había encontrado a mí.
Pues sí, mira tú, qué gilipollez. Ahora, después de lo aquello, había recordado también de su perilla, suave, modosa y con una punta, le aseguré completamente convencido a Javi Chors, con la que probablemente uno podría sajarse media vena y continuar limándose las uñas para clavarlas donde se nos ocurriera a ambos.

Después de que me lincharan el mundo era poco más o menos el mismo y le pregunté a una de las chicas que lloraban -desconocida- cómo me habían dejado la cara. Me dio un beso en la mano permitiendo que su saliva se pringase de sangre que tenía de apoyarme, seguramente, al caer alguna de las seis veces. Reparé entonces, gracias a sus labios, en la herida de la mano izquierda y encendí un cigarrillo.

Una de mis amigas dijo: Te vamos a llevar al pueblo. Otra dijo: ¿Sabes si tus padres estarán despiertos? Y otra dijo: Dios del alma, voy a avisarles. Y otra dijo: No sabemos dónde han ido. Y yo continué andando. Me sentía bien, e incluso recordé las palabras de Antoine de Rivarol Cuando la sangre corre le da un brillo especial al oro, camino hacia el pueblo de mano de una amiga.
Entonces paré y me senté en una piedra a la salida de una de las casas que hay en la cuesta. Me dijeron que tirara el cigarro y me dieron agua en una jarra y noté mareo y volví a sentarme sobre la sentada que estaba haciendo en la piedra y cerré los ojos.
Muchas de las chicas que lloraron y que decían las voces, ya no estaban y, recuerdo que, de vez en cuando, abría los ojos y me encontraba en un coche con mi madre agarrándome una mano herida de una herida pequeñita.

No hablé porque había notado que en la cabeza rugían aparatos al encontrarse con mi voz. Una vez que llegamos oí cómo uno de los bedeles de la seguridad social decía: No parece preocupante, es un payaso. Entonces recordé que llevaba puesto el traje de la peña. Me tumbaron en una cama y podía ver a nueve médicos desnudándome, una doctora preguntando qué drogas me tomaba mientras otro me sacaba sangre y otro se acercaba hasta mi nariz para decirme que si no rajaba me iban a meter una sonda.
Me sacaron la pilila y pude ver cómo uno de los ayudantes la bailaba entre la panza y los testículos sin que yo notara el tacto de su guante.
Poco después, la doctora jefe dijo que los análisis hablaban por sí mismos.
No hablé, juro que no salió ni el más leve murmullo de mi boca.
De nuevo volvió el tipo de las sondas a repetirle a mis narices que me iban a sondar.
Luego todo el mundo desapareció y me quedé en la camilla. Mientras estaba allí sonaban las ruedas de otras camillas por los pasillos.
Y luego llegó mi madre. Me preguntó qué tal estaba y dije en voz baja que no podía apenas hablar, que gracias.

Mientras prepararon los escáneres no me dieron nada para calmar el dolor. Una tierra devastada me vino inmediatamente hacia una cabeza devastada. Mi madre entonces dijo que Maite, que trabajaba allí en las tardes, había hablado con las de los escáneres, que eran todas amigas suyas, muy majas y que me tratarían bien.
Después de cinco horas, me bajaron.
Allí era todo amabilidad. Tanta, que no pude evitar contestarles a las cosas que me decían. Me preguntaron qué me dolía y les dije que en la cabeza de adentro. Una de ellas dijo: Eres un machote, y guapo. Hale, su guasa. No pude no echar, en cada carcajada, una pequeña carta de ajuste seguramente procedente de los ganglios, pero ellas me limpiaron como si nada. Y me quisieron durante el rato en que me metieron en la máquina. De la máquina no recuerdo nada, sólo cuando veo alguna película en la que sale una. Yo estuve quieto, como me dijeron.

Como no tenía nada roto, me suministraron las drogas que necesitaba y no volví a recordar nada más hasta que amanecí en mi cama, con pijama de verano y muchos hielos en la cabeza.
Le conté a mi tía lo que me había sucedido con los médicos y dijo: vete a saber, tienen tantas cosas...

Estaba bien. Recibí muchas visitas de amigos. Me dijeron que les iban a encontrar y quemar vivos. Me hizo gracia. Todavía me acordaba del número de teléfono de la chica rubia. La llamé. Dijo que era todo un detalle y cosas que no entendí y que, todo aquello, era un recuerdo muy borroso, que si lo comprendía -no estoy seguro de si era la misma u otra de las del taxi-. La mandé, sutilmente, a tomar por culo. Sutilmente quiere decir: Textualmente.
Tampoco le dije que me había muerto pocos instantes después de verla ¿Para qué? Seguramente hasta se lo habría creído, pero con razón.

Pasados unos cuantos años me llegan cartas del juzgado que hablan de una denuncia hecha por agresión por parte del alcalde de Valseca, -mi amigo el Tois-.
Mi apellido en las cartas, como destinatario de la información, es Marcos y yo no me apellido así. Por eso me río. Porque es a Alberto Marcos -un traidor- al que le sucedió toda aquella historia.
Siempre las abro en la cocina, me río y luego enciendo un cigarro.


Porque si no me riese ¿Qué haría?
.

miércoles

Las palabras (y II)

.
19/XII/06


He cambiado la foto de la pantalla del ordenador. Son unos tulipanes cogidos en contrapicado dejando el azul del cielo al fondo y de cerca el amarillo de ellos, como si de soles con pétalos hablase. Antes he bajado a por una cajetilla de tabaco. Mientras uno se asea deja al otro a la orilla de un mar donde sólo las olas saben de la vida. Uno se peina, poco, después de la ducha y afeita y, después de vestirse, sale. He decidido empezar ahora y también después de las fechas que entran, porque se empieza a cada rato y tomaré lo demás como cuando venga, de a poco, como quien se queda sentado enfrente de una televisión apagada, y luego llama alguien al teléfono. Un amigo desconocido te da el pésame porque la conocía.
Hablo con mi loro. No es un chiste metido en una jaula como lo ven los malos, sino alguien que me dice lo que debe y, en cuando, lo que debo. Le he limpiado y he puesto café, y también fregado un poco. Soy un muñeco de los Sims que, sin saber lo que hace, está en reprise y luego se sienta a decidir qué hizo. Teclearlo.

Cambio fotografías, la casa. Y cambio la pantalla del ordenador por unos tulipanes erguidos hacia el bien.



20/XII/06:

Me gustan los tulipanes. Lo demás es un matojo de nervios al que le suena el teléfono. La mayoría del mundo de la otra línea es alguien que no quiere hablar conmigo y pregunta por otro (mamá) o, “en su defecto”, otro más (papá). Digo que están sanos y que no se han muerto, pero que avisaré cuando ocurra, y lo haré desde la más absoluta miseria o necedad. Miro los tulipanes de la pantalla, al levantarme, y entro en su habitación. Abro bien la ventana para que entre luz. Luego miro la cama y los cuadros y el espejo y los santos y las fotos de nosotros. Todo junto me parece un sudoku muy complicado. Salir a la calle es lo mejor, con frío, por las mañanas, a una clase de tildes y comas para jubilados a la que me he apuntado. Son señores muy majos y a veces les leo algo y me dicen que es bonito, pero sólo escribo si me lo mandan. Hoy no había ninguno y he recorrido el pueblo bien agarrado al abrigo. He mirado lo poco de cosas que tiene este sitio y un abeto que han levantado, de poliespán, en la plaza. Me ha gustado porque para verlo de cerca tengo que levantar la cabeza como hago ahora con ella, aunque sea en casa y haya sólo un techo y una lámpara. Quiero cuidar de mis padres y no sé. La vida sin ella sólo son unos tulipanes en una pantalla y gente que me dice que lo siente y, a veces, que le han hablado de mí y que soy muy majo, y asiento la certeza replicando que lo sigo siendo aún en el caso de que no les hubieran hablado de mí sino de otro, aunque también sea yo.
Mañana voy a una clase importante. Me tomaré un café dentro, al lado del radiador y, a lo mejor, pienso de nuevo sobre qué es lo importante.



23/XII/06:

Afincarse, crear un sitio, entre la herrumbre, la gastronomía y el sexo. Acoplarse en la luz dada, así como un invidente se aprieta las manos. Morar tras el pellejo como lo que existe. Mas si sólo tengo voz y es tránsito lo que hace figurar tu eco ¿cómo dar casa a unos pies que acaso son el suelo que los permite?



27/XII/06:

A veces salgo a la calle por si estás, pero no te veo. Puede ser que sólo sea porque no estás. Pero tampoco sé si luego estarás y, por si acaso, salgo de nuevo. Así, entrando y saliendo, no me comen los monstruos ni tampoco las palabras.


.

martes

Las palabras (I)

Hace hoy dos años falleció mi abuela, Ciriaca, mujer que luchó por su causa, esto es, por lo que conocía. Mujer que hizo una ciencia de la vida que giraba en torno a la familia y el trabajo. Es la persona con la que más tiempo he estado en mi vida y que, con mucha paciencia, me ha soportado y ayudado -y mimado-, durante mi infancia -tiernísima-, más aún en mi arrogancia juvenil, surtida de escaqueos hacia la nadería, y en la poco propicia para el remanso vida neuroléptica que hube de llevar después -y sus, en ocasiones, desmesurados ceses- . Mujer de la que, aún hoy, aprendo -procuro- el norte de cada cosa.
He querido rescatar para este sitio -soy un sorprendido de la vida que uso en él- el diario (titulado en un principio El sosiego) que inicié en los días venideros de aquel entonces, para asomarme de nuevo, desde la inocencia que supe, al mundo de hoy, algo que he intentado añadiendo comas.



18/XII/06:

Desde el sábado vengo legando a nimios avances una entereza de la que aún nada sé, pero que me procuro por si he de conservar un algo de ello y matizo la voz suya en imágenes de otros días en que aún la veo por la casa, en este día, con extraña naturalidad, pero más extraña aún mesura. Hoy, 18, la hemos enterrado mirando (mientras daban un responso y santiguaba en un hospicio donde negocian la mortandad a telón y la prisa que sólo tiene un navajazo) a niños pequeños que no sabían muy bien, como ninguno, qué era aquello a lo que habían sido llevados sino el juego del misterio, del escondite y la fuerza. Comprendo en esos pequeños con dos años en los hombros; su andar hacia el juego y el respiro, una vez y otra sin descanso, la más vasta asunción de lo que uno quiere. Porque uno no espera nada pero quiere vivir desde esa tesitura, ocuparse de lo que no importa porque importe al fin y al cabo.
Ella se ocupaba de mi casa desde que nací y de todas las casas en que yo estaba y que eran suyas. Era la madre del mundo porque era, fuera quien fuera, la madre de uno. Y el cielo es llorar y se lo he dicho a un sacerdote esta mañana que me ha hablado del nombre de mi santo.

Uno no muestra fuerza, sino que se intensifica y se sabe, y termina viviendo e, incluso, escribiendo a creencia de que eso ayuda, con credenciales que van, hoy, del teclado a la habitación de ella. No sé las palabras, sino letras solamente que voy juntando y que terminan siendo lo que pone en un centro de flores, cualquier cosa con adornos porque, en la vida, a ella le gustaban y lo hacía. Los abrazos y paseos, la amistad, los cigarros o una mesa... Uno se ha pasado media vida metaforizando la muerte en cualquier cosa y luego no era más que mucho frío un sábado.

La aceptación y saber, precisamente, en una cultura muy maleducada en ello, ninguno sabemos si a ciertas, pero de la que dividimos en rachas y participamos, en casos, desde una moral que sólo conoce la duda como medio, el yo (que conoce aún menos), y el resto de los planetas que sin embargo se mueven... cuando no queda reducido todo a un chiste malo, propio o del de la otra mesa, que nos echa un tiempo del tiempo o es que, sin más, nos echamos -verbo en pasado-. Es contradictorio el pasado del verbo querer, y se lo he dicho al señor cura, sobre una pregunta ante la cual no he considerado ni querido saber de competencia. Un hombre de fe ha de arreglar el suelo antes que ponerse con las vidas de los santos.
Ella practicaba lo humano y miraba, pequeñita, lo divino. Así son todas las personas, animales y cosas que amo.

Me diría que no hiciera caso, si digo: muchas personas de mi ámbito, debido a mis problemas pasados, se procuran de mí una imagen de chico que, si no es subnormal, allá que andará, o es, en su defecto, una especie de rareza tirando a especial o como de genio, cuando nada es ni lo uno ni lo otro, pero uno sí es el que quiere vivir y quiere aprender intentando saber las cosas desde el sitio aquel que indica que lo contrario al amor es la más absoluta necedad. Hoy he sabido esperanza en el sentido de la palabra que ella lo entendía, y he respirado mejor.

La noche ha durado un tiempo que hoy son dos días y medio, y he asentido ante lo posible, como lo que espera, siendo únicamente algo cierto, con la familia y amigos, los labios de ella entre las flores, pegados uno con otro, así como daba los besos que uno encontraba, cuando perdido, se hacía como sólo despistado. Tapada con una manta bordada que reza: descanse en paz; uno asiste a la cristalera como una distancia que no cubre la métrica, pensando los pasos hacia la salida y volviendo luego. Y se aplica aquello de la paz, como lo que obraba y obra, y lo vive, de vivo, hasta que mueran siempre los demás y uno, de poco, como en su risa, se quede dormido también en el regazo de ella y meza en lo subatómico, coronado en una elipsis que fabrican sus dos manos.
.

miércoles

художники экскремента

No se me ocurre nada que sea interesante.
He pensado en qué podría serlo. Manejado si las ausencias de algunos seres queridos, si sus vidas o sus muertes, por ejemplo, son interesantes, no llegando a ninguna conclusión ni interesante ni no interesante ni tampoco ni sí ni no. Ni siquiera he llegado a pensar si el resultado de todo eso convertía la realidad en una mezcla distinta de otras cosas y estas pudieran ser más o menos interesantes.
Hoy he comido un huevo mezclado con patatas fritas y echado mostaza. Me he preguntado, tras haberlo comido y antes, si era interesante -el huevo con patatas- y las dos veces era y no era interesante. Necesario, rico incluso o incluso distinto a otras veces que he comido la misma comida con el mismo sabor a huevo y patatas y mostaza, pero nada más. Mientras echaba mostaza planeé el alzado de un pato, pero tampoco esto era interesante, e incluso ahora, muchas horas después de haberlo comido, es la misma basura buena y bien y nada más.
Cuando he acabado, he dejado, con cuidado de no romperlo, el plato en la pila, me he echado café en un vaso y azúcar, lo he calentado y mirado cómo daba vueltas la bandeja del microondas. Mientras miraba eso, en la televisión reconocía la voz del ministro de interior diciendo que la ley se aplica a todos los presos por igual. Al mismo tiempo que miraba la bandeja moverse y emitir el ruido característico del microondas, oía eso y, aunque se me ha quedado grabada la frase, he entendido que no era algo o nada, en una salida personal que, desde luego, es aún peor que un vaso de café caliente en una mesa.
Mientras tomaba el café, ya sentado y habiendo removido el azúcar, me ha parecido que estaba muy caliente -el café-. No ha sido interesante, pero aún así, lo he notado y, mientras esperaba a que se enfriase un poco, he intentado hacer algo interesante. He apagado la televisión y pensado OK the world is yours etc...
Luego he cogido el móvil y me he hecho una foto a mí mirando la recién apagada televisión. He mirado la foto y no era nada interesante, es más, no me gustaba, ni tampoco lo entendía, y la he borrado y procedido a mirar si todas las fotos que tengo guardadas son así de gayumbosas. Sí, lo eran. Salía la misma chica todo el rato y, a veces, yo haciendo el jilipollas, como había hecho cuando el café estaba aún caliente. No las he borrado sólo porque borrarlas tampoco era nada. Luego me he bebido el café y vuelto a encender el televisor. Estaban hablando de Incidentes con las fuerzas del estado; me he dirigido a la pila donde estaba para abajo el plato en el cual había comido los huevos con patatas y mostaza, y lo he dado un agua y enjabonado y aclarado para dejarlo en el lugar de los platos. Luego he hecho lo mismo con el vaso del café y dejado donde los vasos. Y he vuelto a apagar la televisión.
Y nada más. El lunes -festivo acá de la Inmaculada- fui de boda a Minsk donde, desde el jueves pasado, se consume Agua de las fuentes Liviana.
Un colega. Echamos el rato.


PD: Are you talking to me?

martes

Ladies in red (concurso valsecar, llegadas)


En espera de nuevas participaciones, el jurado multidisciplinar residente en el pueblo segoviano y de Canadá, Valseca, ha considerado prudente preservar el fallo de su muy querido premio inventado: 1er certamen de relato malo valsecar. Así, nos informa de los siguientes envíos a la redacción de LSC, donde nuestros alumnos de primaria evalúan desde sus pupitres, bajo premisa de mejorar las prestaciones culturales e invención del existente pueblo denominado Valseca, los siguientes relatos.

Desde Texas, con una colección exclusiva de muñecas de trapo, doce terneras en su haber, chupitos los sábados, messenger apagado aunque a veces está, y ya comprado el turrón de la navidad que viene, nos llega: El churro de escrito, por La castigadora YolaIDA:


Viajaba continuamente, sus trayectos cortos, no eran agotadores.
Llamaba frecuentemente a casa, y diariamente, en diversas ocasiones. Su voz más amable daba a luz preciosas palabras, transmitían amor, serenidad, abundancia y complicidad. En su maleta, grandes recuerdos de todos y cada uno de todos los lugares visitados. Había recorrido a pie calles, calles de pueblos, calles de pueblos y ciudades, calles de pueblos, de ciudades y de países. Aunque no le gustaban los souvenirs, compraba, para ellos. Esta vez decidió no adquirir nada representativo, no le gustaban las diminutas figuras de la Torre Eiffel. Le parecían antiestéticas esas pequeñas réplicas de bajo peso, en dorado o plateado, de llavero inútil. En el avión, su asiento 17A, le esperaba pacientemente a que un sueño reparador borrara de su retina las miles de figuras colgadas torpemente en aquella parada callejera. No podía dormirse. La auxiliar de vuelo le preguntó si necesitaba algo. Quizás estaba más nervioso de lo habitual, pero nada que no pudiera controlar. Se quitó corbata, aunque no se sentía ahogado. Se descalzó, aquellos zapatos nuevos le habían pasado factura. El cinturón de sus pantalones, se ceñía demasiado a su cintura. La mujer sentada a su lado, parecía incomodarse. Debía estirar su asiento para parecer estar más cómodo, giró su cabeza para comprobar que no molestaba a nadie, un solo divisó entre los dos asientos, a una niña con coletas que le mostraba una nevera portátil. Volvió a mirar. Ahora la niña la trasteaba sin piedad, quería abrirla. De rodillas en su asiento y girado completamente, ayudaba energéticamente a la pequeña en su misión. Arrebatándosela de las manos, logró abrirla. No daba crédito a sus ojos, porque no los tenía, estaban delicadamente colocados entre el hielo de aquella nevera.

Desde Chicago, con 1 kilo de gambas en el frigo para la próxima nochebuena, patatas fritas matutano detrás de la estantería, tres bufandas hechas, alguna excursión a Coney Island y cuatro flautas que una no va bien, nos llega: Entiéndelo si te atreves, por La infatigable Tesa:


El patio de la abuela era paso obligado para los gatos de la panificadora. Bajaban, cuando había ganas, a buscar algo para sus dientes entre los deshechos del gallinero. Qué pocas cosas aprovechables había allí para los mininos: cacas de ave -no se lea Avecrem- gránulos de pienso, mondas de manzana o restos del arroz de ayer. Ahí sí, entre esto último, era posible encontrar algún pedazo de piel de pollo, llegando antes que cualquier gallina pelirroja de las que vivían en el sitio. Pollas caníbales eran, que no hacían ascos a las sobras del guiso.

Dos gatas eran visitantes habituales, una negra y una gris. La negra tuvo la ocurrencia, un día, de parir en una caja de fruta, ya vacía, que había quedado encima del pozo. Fue un buen regalo, una mañana, salir al patio a jugar y encontrarnos la gata recién parida, con sus cuatro gatejos ya mamando. La tonta de ella hasta se dejó acariciar, menudo churro de instinto protector el suyo, como tantos nuestros, que dejan de ser instintos para ser prefabricados.

Recuerdo ese patio encalado de blanco y a mi madre tendiendo la ropa. Ahora es una abuela sin patio a quien le gustan las flores blancas.

And now, desde Miami, con un coche de bomberos de juguete, una dulzaina que hay que soplar muy fuerte para que vaya, peli los findes, arroz con sushi y bata,
Se me ha ido la olla con el comment, por La destructora Sirena Varada.

Los concursos y la cirugía siempre han ido de la mano. Aún me acuerdo cuando quedé segunda aquél día (lluvioso por otra parte). El doctor Cardiocentesis (le gustaba la nocilla, me confesó) me practicó una craneotomía urgente aunque no de urgencia. Durante el procedimiento me pidió que le deletrease la palabra "exuberancia" y yo dije con voz alta, clara y altiva: "E-F-E-R-V-E-S-C-E-N-C-I-A". Yo no estaba muy enfadada pero él un poco sí, la verdad. Para suavizar la situación alabé los efervescentes ojos de su enfermera y esposa (de segundas nupcias). Una vez suturado el cráneo y antes de despedirnos me preguntó cual era la capital de Francia. Yo contesté (deletreando nuévamente): "F-R-A-N-C-I-A C-I-T-Y". Siempre he querido ir a Francia city para ver el Big Ben, dijo él, melancólico, mientras miraba los efervescentes ojos de su señora. Eso creo que está en Inglaterra, repliqué yo (esta vez sin que mediase el deletreo). Ah, apostilló el doctor.


....................................................................


El jurado se une al inapelable grito de nuestros pequeños roedores residentes en la redacción de LSC: Felices post y más felices ustedes.
Que lo sigamos otro año (que estamos a nueve, pero acá ya ha llegado un Christmas de mañanita -thanks Zoila-).

jueves

Das erste Mal



Fui colocado a la altura de una vidriera, sentado, mientras el cirujano me daba la instrucción de que no perdiese detalle del cristal.
Después procedió a sajarme el ojo derecho con una punta, despacio, mientras una de las enfermeras hipnotizaba con un dedo el otro ojo, procurándome la suficiente distracción.

La labor de la enfermera, no obstante, no impedía que notase los trozos de retina que iban cayendo como viruta, traspasando el pantalón de pana y, en algún caso, pegándose a algún pelo del muslo.
El cirujano me preguntaba de qué equipo era.
Le dije que tenía un blog en internet.

Procedió a coser.
Otra de las enfermeras me tendió una ciruela. Me dijo que la metiera en la boca, que era cosa buena para tranquilizarse.

El cirujano acabó la bufanda y me dijo que le ayudase a extraer la pus cerrando el párpado fuerte hacia adentro, lo cuál me hizo figurar la posibilidad de cerrarlo hacia afuera.

Mastiqué despacio. La fruta era dulce. La enfermera -la misma del principio u otra- me pasaba algodones con alcohol por los bordes de la ceja. Me decía que, una vez abierto el ojo, mirase de frente, de nuevo y sin perder detalle, la vidriera del principio.
Mientras esperábamos que acabara de supurar me contó un cuento. Era de un lobo muy temido que vivía en la ensoñación de una niña, guapa y buena, dedicada a llevar alimento de la fábrica a su abuela.
Detrás del cuento podía oír cómo el cirujano sacaba sus guantes de plástico y ordenaba a otra persona tener listo el bol para el paciente.

La enfermera me preguntó si el cuento me había gustado. Dije que sí. Me dijo que lo había hecho ella. Que fue a un curso de escritura y muy contenta estaba con el resultado.

El cirujano se dirigió de nuevo a mí para decirme si quería que entrase mi señora. Es mi madre, corregí. Añadí que sí, que por favor.

Al entrar, mamá me dio un beso. Preguntó en general si había sido para mucho.

Coincidimos en que no. El doctor aconsejó que llevara el parche los tres primeros días y luego gafas de sol hasta la semana del 30.

Una de las enfermeras nos llamó a recepción.
Allí, finalmente, nos informarían de cómo habíamos quedado en el concurso.
.

miércoles

Bases de este juego


Recuerdo, en las naverías, surgir de un montón de trigo como un susto, salir hacia la carretera principal y ver pasar algún coche con matrícula extranjera viniendo, yendo o las dos cosas.

Saqué el pan con nocilla envuelto en papel plateado de la bolsa y me dispuse a dar bocados, sentado en el suelo de la misma era que abarcaba el roce de un pueblo con otro; hoy,
a la par que tecleando que el hecho de no disponer este suceso no haría justicia a este bonito miércoles de invierno etc...

Comí el bocata nocilla como cualquier bajatarde, con el sol quedado y hecho sólo una intención suya tras el montañal de entonces, que hoy no está, porque, a diferencia nuestra, sigue allí.

Luego, en la nave -una de ellas-, los gatos eran el amigo que venía, en manada, a ser la tribu que espera algo a tu lado.
En mi familia todos les hemos contado a los gatos qué es esto y qué lo otro. Por qué sobre las siete de la tarde, en esta época del año, no está encendido el farol que da a la plazoleta. Ellos, en correspondencia, siempre nos han tenido informados de cómo iba el mundo, de qué pasaba en lugares tan asombrosos como Gambia, la URSS o Chile.

De mañanita, la abuela Bastiana veía una rata en la cocina y, con el sarterón de lado, partía ese roedor en dos y se podía observar desde mi silla qué parte de ambas finalizaba de vivir primero, la pata que callaba antes y, de nuevo, una excusa para llenar las manos de eso, tras el colacao, y mirar si algún bichejo menor salía indemne de ese par de cachos.
Luego los guardaba y, así, los gatos buenos tenían su premio de tarde, tras la escuela.

Al ser mi quinta compuesta solamente de chicas y yo, jugaba con ellas a la goma y veía, mientras cantábamos la barca, a aquellos felinos, fieras mínimas -como mis viejas amigas las quintas- repartirse, por turnos y sin queja, el pequeño trofeo que yo les daba a cambio de no poco: secretos, conversación, algo de sexo ("el justo y necesario")..., mientras hacía el paso ciego y la que sujetaba las normas decía que así no, que le pusiera empeño al cambio de una a otra.
(Ay)

He juntado a la redacción y, los días mejores, he dicho, haremos serio lo del concurso de relato malo (valsecar relato malo) y el que gane se queda con la cesta navideña que, esto sí, se paga a pachas.

Y jamás en la vida he estado tan contento, seguro de que lo imaginario es la única verdad que hay. Acá, con los codos a ratos en una mesa con oficina que contiene, además, una jarrita repleta de miel hasta el tope y moscas que viven aún en el interior de ella mientras lo cuento.

lunes

Concurso Valsecar de relato malo: Hoy, Corten (autoría en plica)


Ahora que llego a contar mi día al blog de la redacción de LSC y con la inestimable ayuda del espejo de la entrada, comprendo lo ocurrido más exactamente.

Hoy he ido a un rodaje que está haciendo un sobrino mío. Un amigo suyo que hace de responsable de una de las sillas me ha dicho que si quería leer el guión. Le he preguntado si tenían galletas o algo pero, mirando desde su postura un cajón, ha dicho que no.

La escena que estaban rodando es algo así:

¿Por qué ha apagado la luz, profesor? Ella se refería a que su cerebro (y lo ha dicho señalándose) se encontraba tirado junto a unas escobas. El profesor dice: que no entren moscas es lo prioritario hoy. Y matiza: tranquila, lo pisaré. Duele, dice ella, no, ya no, a ver. Otra vez y ella dice: duele. El profesor le pregunta que dónde. Ella dice que en la cabeza de arriba. Ah, dice el profesor y: pues ya no, aunque no lo he pisado.

Entonces he preguntado: ¿Ya?
Otro joven del público, responsable de otra silla, que se encontraba comiendo galletas me ha dicho que llevan tres días rodando esa escena. Que hay que captarla. Le he preguntado que si las galletas las tienen en uno de los cajones. Me ha dicho que no, que es mentira, que él no sabe nada de galletas.

Lo siguiente que ruedan es al Sr. Profesor (lo protagoniza un chaval de 19 años) hablando con la sombra que proyecta su figura en la pared. Le dice que ella es una sombra buena y que, en cuanto tenga ocasión, va a acoplar su cerebro juntando unos chips en el melón que sostiene.
Procede a un cabezazo al melón y la cámara enfoca las sombras de lo ocurrido, pero el melón apenas se cacha y sólo rompe al caer. El Sr. Profesor se duele. Entonces mi sobrino dice: quiero un primer plano del hombre llorando. Y el actor llora y llora y dice que es una mierda dentro de otra. Muy Hamlet, dice mi sobrino.
Eso no se hace, dice una voz en off. Pregunto si esa voz es la de la sombra. Dice el primer responsable de la primera silla que me calle, que no conviene. Abro una revista y también enciendo un cigarruco.

El joven primero, que no deja de comer rosquillas de la Calola, me dice, cuando dice que ya se puede, que no es esa voz. Que es, en concepto, una mosca que sale al principio. Y que hubiera venido el primer día si quería saber.
Le digo que me dé una galleta, que tengo hambre.
Me dice que no, que hay tortilla, pero que tiene que salir en la película de mi sobrino sin estar mordida. Le digo que soy el tío, pero le da igual y se toca la picha delante mía. Pero que soy el tío. Y le da igual y vuelve a tocarse la picha. Oye, que no vine el primer día porque tenía cosas. Y vuelve a lo suyo. Un exceso, ya.
Me enciendo un cigarro por cada nueva escena, pero nunca me sale el humo por la boca. Le explico.
Él se frota las manos con la nuca.

Ruedan otra escena:
Ella descubre que la duele mucho no tener cerebro y se lo dice a su sombra. Le dice: Ay de mí, el no tener un cerebro, ay, qué mal y qué fatal.
A mí me parece una actuación brillantísima, muy comprometida y realista con el mundo, pero luego se me ocurre que a lo mejor eso, debido a luego el montaje, no lo es y ya está.
La chica está bien, aunque dolida en la siguiente escena. Ve un melón hecho añicos en el suelo y se lo come dando lametazos y muy desganada. Yo tengo hambre y mi sobri pasa de mí igual que los que comen galletas y rosquillas de la Calola.

- Ahora quiero una toma del Sr. Profesor en el momento en que pisa sin querer el cerebro de la chica, cuando va en busca de una escoba para recoger los cachos del melón.

Eso lo dice mi sobrino.
Le digo: Oye, sobri, esto cuánto dura.
Me pregunta si me mola.
Digo que sí.
Se va a hablar a uno que maneja focos. Tiene que seguir.

El Sr. Profesor pisa el cerebro de la chica, pero se cree que es un excremento de oropéndola macho, hasta que, limpiándose, repara. Y luego: Gertru, Gertru ¿Estás bien, amor?

No, ella no está bien. Pero eso lo tienen que filmar aún. Me informa uno de los responsables de las sillas que está comiendo manzanas.

El final es una sombra fumando un cigarrillo porque, me asegura una de las voces en off, es una forma de poesía. ¿Ves? Matiza otro de los responsables de las sillas, el grafismo del humo siendo desplazado por su sombra. Y añade: Muy Pollock, es probable. Y: Pero prima la cosa Murnau ¿A que sí?

Mi sobrino viene y me pregunta qué tal. Le pregunto dónde está la tortilla esa.
Uno de los responsables de la silla se levanta y mi sobrino me presenta: él se llama Richar, es artista.

- Hola Richar.

Le dice a mi sobri que el enfoque no ha sido el adecuado desde el inicio. Mientras lo dice, le salen de la boca trozos de jamón y pan.
Le vuelvo a decir que me dé una galleta, del cajón, ahora que come otra cosa. Pero se marcha.

- Es que es un genio. - Me dice mi sobrino cuando ya se ha ido, aunque, haciendo el cálculo de la ondas de voz y la distancia que el otro ha dejado, comprendo una información exclusiva, pero para el otro.

Luego mi sobri se enreda a hablar con el reparto y avanzo hacia el cajón. Mientras oigo que les dice que todo va bien, lo abro y veo un cerebro.
Lo cojo y pregunto a mi sobrino y a los actores si es de verdad.

La voz en off, mientras, se descojona, pero con educación. Como haciendo que no sabe que el señalado cerebro es el mío mientras tecleo en negrita las palabras puntos suspensivos.


(El jurado, que se reserva toda opinión acerca del contenido, se pregunta, sobre el autor: ¿Faizulito?)

miércoles

Conexión Chusyfer (Liceo Caspilla absolution): Hoy, don Alfonso en http://lacomunidad.elpais.com


"Recuerdo perfectamente unas prácticas de mi licenciatura de bioquímica en las que nos tocaba sacrificar donalfonsos. Los cogíamos con firmeza, metíamos su cabeza en una guillotina, y la cortábamos de cuajo. Inclinábamos el cuerpo decapitado, recogíamos en un vaso de precipitados la sangre chorreando de su cuello, y nos apresurábamos a extraer el hígado y congelarlo inmediatamente en nitrógeno líquido. Para los experimentos que íbamos a realizar necesitábamos recoger mucha sangre y una muerte rápida que no afectara a los pupitres de Carolo.
No me consideréis un desalmado insensible, siento empatía por los animales y abogo por evitar su sufrimiento injustificado, pero confieso que en ese momento no me pareció nada injustificado.
Ahora me doy cuenta que estaba siendo víctima de algo parecido al experimento de don Pergentino sobre la obediencia a la autoridad. En este famoso experimento se ve cómo personas normales participando en un estudio con sita Hortensia son capaces de infringir dolor a otras simplemente porque el protocolo lo exige. Las imágenes causaron un gran revuelo, porque demostraron que guiñapos normales y molientes se dejan llevar por las exigencias del procedimiento y la autoridad del director, y continúa suministrando dolorosas descargas eléctricas a otros donalfonsos inocentes a pesar de oír sus reiterados lamentos que, curiosamente, extrapolan vejando a la parte menos capaz de su alumnado.
Me atrevo a sugerir que los profesores que investigan con animales de laboratorio también padecen un efecto parecido al revelado en el experimento de Milgram, así como la intentona de Ric del 5º C en el quimicefa.

Ayer mismo estuve con una investigadora del colegio Cuba. Ella inyecta células tumorales en los donalfonsos, deja que crezcan los tumores, luego suministra fármacos sólo a algunos, y mira si evolucionan diferente respecto los controles. Le pregunté cuántos donalfonsos utilizaba al año. “Yo sólo unos 150”, contestó. “¿Sólo?” “sí, no es mucho. Una compañera mía en estos momentos dispone de unos 800 exclusivamente para sus experimentos. Mi laboratorio se gasta el 15% de su presupuesto en donalfonsos. Mucha gente utiliza más de 1000 cada año, recuerde que esto es el colegio Cuba. ¿Usted me dijo que pertenecía al Liceo Castilla, no? Pues eso” Sí, siempre hubo clases, y hasta con razón en ocasiones (¿Se acuerdan ustedes del colegio Cuba?).
"Utiliza…" creedme que dicha investigadora es una persona sensible, le encanta la naturaleza y siente un gran respeto por los animales. Pero de nuevo, no tiene ni el mínimo conflicto interior a la hora de trabajar con donalfonsos. Considera que son imprescindibles como modelos para su trabajo."

Autoría análoga-hechora junto al título.
Memorable conexión Chusyfer (por nosotros el Liceo Caspilla sigue vivo!!)

sábado

"Y para que sepas que he sido yo..." Le dijo,


Quizás mi lugar sea estar sentado todo el tiempo inventándome algo. Quizá sea eso todo y ya. Sentarse, escribir, imaginar que el resto está resuelto con un breve saludo a la pantalla, el aire o lo que sea.
Me he apuntado a natación e ido esta tarde. Me viene bien para la espalda, y no es descabellado porque yo necesito a la espalda, aunque sea una idiotez la propia espalda. Nací un poco de la espalda y les dijeron a mis padres que, debido en gran parte a la cosa de nacer, la tendría chunga.
Hoy me he apuntado a natación e ido esta tarde. Ya podría terminar con esto porque ya está, pero al llegar acá me he sentado, y también me pasa que veo el blog como un tamagochi que termina siendo uno y que no hay que dejar que esté tristón y se bloquee y rompa, al menos antes que la maquinita en la que vive, que en mi caso, hoy, pensé, podría ser una espalda, entre otros chismes incluso no menos molestos.
Si no tuviera espalda no habría ningún problema y, seguramente, no me sentaría y ya está. Luego está que esto no puede ser todo. Que uno es uno mientras uno está y es mejor estar, casi seguramente, con espalda que sin espalda. El agua estaba templadita. Pero antes de eso he llegado a la recepción de este buen boche. Me han atendido y he dado el dinero.
Es un regalo de mi madre por san Alberto M, que es mañana sábado, aunque en el blog vaya a salir que es hoy, sábado. Desde hace cinco años, cada 15 de noviembre acabo leyendo la vida del santo por el wikipedia, pero en este no me apetece. He pensado que me la voy a inventar, ahora mismo, mientras decido si ponerme el pijama o si esto es sólo algo que hago porque me ha venido una flor a la cabeza y la he cogido, en lugar de coger al que le duele la espalda enfrente del ordenador que, de venir, siempre lo hace con las dos manos sujetándose atrás, como si tuviera puestas unas esposas y la llave de estas residiese en el fondo de una piscina climatizada.
El próximo día me inventaré la historia del tuyo, si quieres -yo quiero-, y ojalá pueda contártela un día cualquiera, que te haga. Un día normal como hoy, tronco.

martes

Las órdenes


A esta hora empiezan a oírse los primeros autobuses.
Primero he pensado en coger uno al azar. Luego he pensado en escribir. Luego no iba a hacer ninguna de esas dos cosas y he tomado un vaso de leche caliente. No he echado café. He procurado examinar mi pesadilla desde todos los ángulos. Desde la cabeza de cada persona que aparecía en él, procurando en cuenta su situación en el marco de lo que, veo ahora, sucediera, si es que recuerdo bien en este momento. Pero si cada persona es todas y cada una de las cabezas que aparecen en esa cabeza, entonces ¿pertenecerá el resultado a una sola pesadilla? ¿Será pesadilla si juntamos todas? No necesariamente todas las personas-cabezas deben de haber percibido no ya el fornicio de un cadáver, sino mismamente el cadáver. Aún no sé si estaba vivo –el cadáver digo, no yo, que estaba soñando (no fornicando el cadáver de mi desaparecida amada como señalan algunos otros cadáveres inventados y ya descompuestos)-. He decidido que era una pesadilla, claro que, ahorrándomelo quince minutos más tarde, entiendo que el resto (las demás cabellerizas) es una enajenación detrás de la primera, unos pliegues de fortuna (puesto que me he despertado) que se van pegando hasta que el pegamento pesa más que todas esas nadas que sujeta y estas (que también pueden ir en singular) caen irremisiblemente porque lo otro (el pegamento) pesa más.


He bebido un vaso de leche. Como últimamente no escribo ni siquiera pesadillas, he pensado que, a lo mejor, tener que decidir si hacerlo podría resultar menos correoso. Que habría que andar quitando mucho pegamento, con el cuidado de no juntarse los dedos y luego quedarse incluso pegado a una tecla o a una cabeza, caso de rascarse antes. Porque yo me rasco. Al principio creía que era caspa, pero he podido observar que no, que lo que caen son personitas con paraguas que amortizan su peso como esas de los cuadros de Magritte pero en versión primitiva, desnudos y con muchos pelos por todo el cuerpo. Todos ellos, al caer, me cuentan algún secreto. Todos eligen su postura, porque al llegar al suelo desaparecen y quieren que les recuerde como la primera y última vez que les vio alguien. Yo les digo que la de arriba es mi cabeza, que pueden -podían haber hecho- hacer con ella lo que quieran, pero que paren -que está bien que hayan parado-.


Dejan, cuando han caído, una motita rosa en el suelo que limpiaré sobre las once, ya con luz entrando por la ventana. (Han hecho cuidado en no caer en la leche para que no me crea que son sangre).


Son las 7:20 y suena un segundo autobús. Ha recogido a todas esas personitas. Alguna será la vida de la primera cosa que podría haber hecho esta madrugada en lugar de escribir una pesadilla, ya duchado, vestido y peinado, en camino. Los demás serán ellos y todos iremos a hacer algo sabiendo que la pesadilla acabó.
Al llegar a Madrid el conductor se encogerá sobre el volante y repetirá, confundido: esto no es plan. Pero ahí estará mamá para decirle: No haga ni caso, señor, y no se apene, es sólo mi chaval, que está durmiendo.

.

miércoles

Towin Tola, el nacimiento de la noticia


El diplomado en periodismo Alejo Merino tiene contrato con una entidad protegida cuya dirección es para él un misterio. Su oficio consiste en inventar diálogos. Beneficios pagados por 1442 caracteres con espacios publicados (Arial, tamaño 10, sin márgenes) retribuidos a principio de dos kilos de carne de vaca refutados bajo sello de garantía por empresas alimenticias con sedes en países del Este. Su único contacto con el lugar es una base de datos con cerca de 1700 empleados registrados, a la que accede poniendo el número de transaminasas de su último chequeo médico. Desde 2002, el diplomado en periodismo Alejo Merino, manda todas las semanas al menos cinco diferentes versiones de un mismo diálogo cuyos protagonistas siempre son L´amator Base y Towin Tola, bajo título pactado y únicamente modificable en su fecha: “Towin Tola (Una entrevista de L´amator Base) (././....)”. Cuando los resultados se dan oportunos, Alejo Merino recibe un correo electrónico con cuenta wanadoo, extinguido de inmediato a efecto del envío. En dicho correo figura una clave de diez dígitos (pongamos: UC15dfe21Z), más la dirección que avalará el cobro, variable según la hora. Una vez enviada la clave al destino elegido, en fecha no superior a nueve días, Alejo Merino recibe en su domicilio los kilos de carne de vaca correspondientes a su trabajo publicado en cualquier semanal de cualquier rincón del mundo.

martes

Uno, dos o tres cosos importantes, o cuatro (autor: dominico de casi noviembre XIV)



Hay tres cosas que me interesan en la vida, follar es una. La segunda sería, oye, ahora no caigo. Entramos en un bar. Allí hay -nosotros tenemos una edad- nueve niñatos, doce putas, una pedorra y los cinco que acabamos de entrar, que somos, claro, los protas: Rubén, César, Guille, Pablo y yo. ¿A que se parece mucho a una película o serie española?
Esto fue el jueves pasado pero he pensado que hoy no podía dormir y que tenía que escribir una historia. Me ha venido follar a la cabeza lo primero y no he caído en lo segundo, así que he determinado que he encendido el ordenata para algo y he apostado por contar historias. También para segunda se me había ocurrido: comer, beber, hacer el idiota (¿Esto no dista mucho de contar historias, no?), amor (sí, esto no dista demasiado de la anterior opción) y... no, esto siguiente es muy guarro, esto no lo puedo decir, lo siento. El hermano de Rappel ha dicho en la tele que los de mi signo tendremos un año espectacular en cuanto a nuestras empresas y emociones, así que me he alegrado por el hermano de Rappel, que es de mi signo. Luego he pensado en mis empresas y emociones. No había ningún mensaje en ese buzón, así que he pensado en contar una historia. Y bien. He empezado por la del jueves noche porque he visto que el otro día conté la del jueves tarde y el madrugada viernes, cuando la radio, al fin, informa de que ha muerto Cataplasma que, en esta historia, se llama Cataclista, la pedorra del bar del principio, -cómo lo saben, si es que son ustedes unos hachas-. Pero no voy a seguir contando la historia sino que voy a hablar de follar, que es más interesante. Se entra en un bar, la pedorra se distingue entre las putas sólo en que quiere aparentar ser otra cosa. Espera... me he confundido al principio, es al revés, en el bar en el que entramos los protas hay doce pedorras y una puta. A mí me va la puta, qué quieren que les diga. Lo siento si les he decepcionado. A la mayoría de niñatos como yo les van más las estrellas del cine o las Dufy Winehouses, a mí me van tías que están completamente alejadas de ser algo así, preferiblemente que pasen los treinta y bastante, que no duden en subirse a los tejados de los rascacielos por entre los andamios aunque caiga la de hace un rato para mover la antena en condiciones y que se pueda ver bien el fútbol de una vez, que han sacado al Kun después de siete partidos debido, claro, al “cansancio acumulado y riesgo de lesión”. Coño, yo sí que tengo riesgo de lesión y no me hace falta para ello más que sentarme en la silla donde el ordenador, al escribí. ¿Qué te parecen juntas las palabras “amor al arte”? Yo tuve una moza así ¿A que dan ganas de comerse el vómito con el que, sin duda, acaban de regar el teclado? No, no era Cataclista, esta se llamaba... espera, que estoy intentando recordar... estaaaa... Espera, que tengo que mirar en su página web, ya lo tengo. No, no lo voy a decir, que ya me han entrado ganas de otra cosa. La verdad es que me gustaría montar en bicicleta. Mis mejores momentos han sido montando en bicicleta, subiendo las cimas camino hacía el río Dyc como un torete de gatorade cuando no existía el gatorade y nos lo hacíamos -el gatorade- deshaciendo un flash de limón en agua fresca. Qué tiempos aquellos eh, luego no me acuerdo y luego no sé qué no sé cuántos and people call me traitor to my face. Mi éxito son los cero votos en mejor blog personal 20minutos -elegí expatriado, pero no se lo creyeron y me llevaron al gallinejero- yo que, ahora que lo pienso, lo que quiero para la vida es un premio para que mi pobre madre sonría de su hijo antes de que le dé una irreparable embolia.

El caso es que entro al bar con los colegas. Uno tiene un problema que no difiere del de el otro en que es, precisamente, el otro. Otro soy yo y tengo el problema de que no me distingo de ningún otro. Digo que es que estoy pedo. Un niñato se me acerca para ver qué problema hay. Qué es problema. Si lo supiera, sería uno y acabo de decir que lo soy sin serlo. Claro que lo sería, no por gusto, por cambiar. Mi colega A le dice a B, no, espera, que habíamos dicho que éramos Rubén, César, Guille, Pablo y yo. Bueno. Cataclista se acerca, me dice: Hola. Le digo: Hola. Coincidimos en que la amabilidad es importante. Le digo: La amabilidad es importante. Me dice: Eso es muy profundo, deberías escribirlo. Digo: mañana. Mañana resulta que escribo la entrada anterior que, al igual que esto, no tiene nada que ver con nada. Oye, he dicho que ella ha venido a mí. No es así, yo he ido a ella. La he dicho: Hola, y ella me ha dicho: How are you? Y creo haber dicho que son las cuatro de un lunes normal para martes, y que ha llovido hace un rato, pero que la lluvia que es lluvia está por venir.

Autor: dominico_de_casi_noviembre_XIV que pregunta: ¿Para ti, qué es lo importante?

sábado

gymkhana



"La belleza de una sombra en la pared basta para justificar la existencia"
(de "Parpadeos", E. T.)

Como si haber atontado a un mosquito lo suficiente como para extirparle las alas, las piernas y después quemarlo mientras observa el leve intento que hace ese animal roto por darse la vuelta, respondiera a aquel primer impulso del manotazo al aire, su existencia consiste en devolver la mirada a una penumbra conocida. Enloquecer de nuevo como si esto fuera posible. Primero coge un autobús. Luego del metro sale a la calle, sonámbulo, inseguro de que guarda acaso 55 € para inventar toda una tarde-noche.
A pocos metros, junto a una de las alcantarillas que hay en la plazuela ve una nota dirigida a él en la que pone: Cataplasma quiere verte. Te ama, Cataplasma.


En Hotel Kafka se presenta Libro de las ciencias, muy bien editado por 451, prologado y hecho por Eduardo Vilas. Para la ilustración de El terremoto de Chile de Kleist eligió la pintura “Dresde en ruinas” de Bernardo Belloto. Es un edificio carne y muerto, cuando no un excremento que allí ha caído o una nave espacial en el momento de, al fin, levantarse por los aires, el alzado de una paletilla puesta en la simetría de un resto que indica una ciudad bien, esto es, donde cada cual vive, no obstante, en sus cosas, buscando papeles en las plazuelas que les digan a cada uno, en el peor de los casos, quiénes son, quiénes han sido o si seguirán siendo.


Avanzo un poco más. No paro en la librería de santa Bárbara. La señora que atiende siempre mira alerta. Lo entiendo y he participado de esa profesión, pero no me va. Me dirijo antes bien a Antonio Machado, que es estupenda y donde puedo rajar y allá hago un poco de tarde. Juan me recomienda la lectura de Mario Levrero y me la llevo antes de abrir hacia ella, hoy, los ojos. Esta mañana empiezo París. De aproximadamente la mitad de su paginado he extraído una nota en medio folio en la que pone "Es ya tarde. Fdo: C".


Veo niñas remotas, ancianas de antes con bolsas. Unas bolsas no dejan ver a las demás, se hacen sobre otras como una pintura y, en esto, no comprendo solución que no me haga ver la ciudad donde, más o menos, paseo. Reconstruir un barrio, un pueblo, dejar que sus bolsas me digan, como a Ellas, qué identidad son. Esto que, como el cristal de espejo, sólo tiene valor si en él se intuye un filo lo suficientemente puntiagudo, es lo que recojo cuando voy sentado en un vagón de metro.


En la vuelta hacia Hotel Kafka, recojo una colilla para prenderla y puedo leer en su largo -medio largo de un normal- escrito a rotu: Ella no.
Fumo. Vuelvo sobre los pasos que no sé de quién son, caigo en ellos y sólo quiero no tropezarlos.


Me siento donde está Eduardo. Procuro felicitarle sobre la edición. Me ofrece un whisky si junto unos hielos. Voy a clase de Eloy. Pido otro whisky y le permito que hable y que me hable -al whisky, claro, a Eloy o Eduardo, al ser maestros, no se les debe permitir jamás nada-.
Repito, pues, con Eloy Tizón. Maestro de la prosa y de contar, es un alumno más en su huellado. Y yo dejo al whisky hablar, pero todo, hasta el whisky, está, más o menos, en su sitio. Todos hablamos, el whisky desaparece, Eloy nos dice. Yo me excuso sobre mi vuelta, digo que no me cogieron en una clase de dibujo y que dónde voy a estar mejor. Me callo un rato. Si no generosidad, intento cuerpo en mi impertinencia. Honestidad en mi pocilga. No sé por qué, lo procuro. Por extrema (¿a qué me suena esto?) debilidad. O porque mi puerco necesita más bellota. Ni p.

Al salir veo una pancarta en la que pone la palabra pancarta y sé que han presentado el Libro de ciencias. Pido otro whisky, voy a clase. Termino. Celebramos -No porque termine la clase con Eloy sino porque afuera la tienen bien montada-. Me uno a ello en mis amigos.
Son las seis y como chorizo con César en la cocina. La casa duerme. Los libros de las estanterías no hacen falta. César ha de irse. Yo abro mi maletilla y veo quién soy, pero primero quito las bolsas despacio y los papeles, la vacío y meneo en el ventanal para que se vaya el polvo. Comprendo que deberé dedicarme un día a lavarla en condiciones, pero no tengo ninguna prisa y tampoco para dormir. Enciendo la radio. Todas las cadenas informan de que Cataplasma ha muerto, mientras dormía, de causa aún desconocida.

.

lunes

Las espigas y la luna, el mundo


"Me voy,
me voy a mis tablas. Lluvia
y más lluvia seca
sin parar" (Gonzalo Rojas)


Mamá me dice que estoy muy nervioso, que tome la medicación.

Afuera de esa medicación, de la vegetalidad que crea su mundo, soy otro mundo en un lugar cuyos signos, haciendo despiste en mi voluntad, asimismo controlada por un centro que emite los sonidos de una sala recreativa, permiten que mi control se revuelva sobre sí y pierda, como los grandes mecenas de la antigua Roma, el cálculo de sus ofrendas. Amén de esto soy una persona literaria que, influido por mis maestros -gente disparatada- intento inventar el mundo en mis ratos de ocio. (El único encargo recibido ha sido el de renunciar a una novela -cosa que he hecho- y hacer un libro de relatos personales entrecomillado -cosa que he hecho-, el resultado fue una broma sobre la broma que era mi editor en sí). Hube de comprender a tales guisos entre paréntesis que a más broma, mejores carcajadas, y fui resultado de ellas en un lector que me va haciendo, poco a poco, desde el interior de su pesebre. Un lector mezquino, pues evita reírse por lo bajo y, en otro orden de cosas, no cabe en su carcajada y sale expulsado de ella en cuanto se presenta ocasión, dejando el libro que entre las manos maneja, lleno de un idioma inaprensible hasta para un esquizofrénico normal y no uno como yo, que tanto yo encuentra entre el aguacero, inocente de que las gotas de estos días poco son más que agua sobre agua, barro y paraguas en el camino hacia el autobús.
Pero tengo mi blog, como tantos y también los días de lluvia. Salvo alguna acotación pactada no he vuelto a saber sobre escribir otra cosa, al haberle cogido un tacto que no sé no querer, a la criatura que, debajo de la piel, es el abalorio impar de un ago(s)tado.
Un señorín sale a la calle con un paraguas y le da el aire de cara, al que responde soplando para guardarse y, en su encogimiento, llega a la parada. A partir de ahí no existe la belleza de las cosas.

Bien:
Un tipo coge el autobús. No, mejor un tipo no. Hoy voy a ser tipa y me voy a llamar Cataplana. Cataplana coge el autobús y le dice al conductor que cuánto. Tiende 2´80 en el recibidor y coge ventana. Abre el libro "La vibración del hielo" de Jordi Doce y lo cierra al acabarlo (de su principio coge la cita que figura al inicio de este escrito).
Miro la ventana, sé que es precario pensar que todo ha finalizado, hasta la guerra, siendo la persona un ente bien diferenciable en la conjetura asimilada de ver en cada lado un término de lo que sea. -sonrío porque me acuerdo de que me encanta guisar papas-.


Mamá me pide que despierte. Sabe el idioma de cuando antes y evita el blog de la criatura desde que encontró a un ciego masturbándose en su horca mientras se carcajeaba de cuanto mundo presenciara su manera.


El paisaje que viene es el de la media luna temblando en un mar que en su gran ancho parece espigas en la noche, movidas por el esfuerzo de esa media luna que tirita en medio de un panorama que imaginé dans littéraire a bordo de un autobús de los escasos en domingo.
Se ve vadear con el esfuerzo, como cualquier barco en el océano que acaba siendo el campo, virrey de caricias en el trono de la sola espiga.

Cataplana me pregunta qué es lo literario, pero no sé lo que es.
Cataplana idea que lo literario es el amor y estoy de acuerdo, aunque el amor son unas pulgas que salen a la existencia desde ese vulgar chocho de previeja que tiene Cataplana, y que piden ser esnifadas una a una con la condición de abandonar el lloriqueo y el quejoso como descreído maldecido de su origen.


Mamá me regaña porque doy muy fuerte a las teclas y procuro, para no molestarle, hacerlo más bajito, aunque ello traiga en consecuencia que el frío de la casa opere.

Procuro hacer alegría, tras teclear; entonces mamá comprueba que, en la nevera, cada cerveza está en su sitio y vuelve a mirarme y decirme que me tome la medicación.
Tenía unos textos eruditos pensados -lo cual niega lo de tener los textos, claro-, casi listos, pero caí en que no era erudito y que manejo los datos de la historia muy torpemente, lo cuál puede hacer tropezar una erudición con la que tampoco, como con Cataplana, quiero pasear. Porque yo lo que quiero es escribir mi blog como me dé la gana, decirle que es bonito, guapo y valiente mientras acaricio su fotografía del monstruo de las galletas e inscribirlo en los premios 20minutos, donde miro, es como yo de pequeño, una boñiga situada ante un frente incomprensible, lo que por otra parte está bien, para que aprenda.


Procuro llamar la atención de mamá sobre esto, pero me vence el indudable ingenio y saber hacer de intereconomía que, infundido en su seriedad, hace menor a la vida. Y a mi vida, de nuevo, vuelve el nombre medicación y el verbo tomar.

Y qué coño, yo tampoco soy muy esquizofrénico. Un poquito sólo. Lo justito para presumir, como hacen los dedos de algunos cuando me abro paso por la calle de este pueblo, que es una mala imitación de Valseca.
Y tampoco tiene río.


viernes

Les feuilles mortes (Joe Mezquino´s cover)


Me ducho. Como. Cojo el autobús. En el trayecto pienso en alguna chica que no conozco porque no conocerla es el modo en que me activo, en que empiezo el día a las dos catorce. No miro por la ventana. La música que suena por el mp3 es la que ha sonado siempre y, de este modo, es como si no sonara jamás. Las pilas, no obstante, se gastan con la misma rapidez. Es una buena imagen del día y es una buena imagen de mi realidad.


Viene la nueva de La oreja de Van Gogh a sentarse a mi lado, lo típico, me enseña su lencería. Opino que se trata de buena seda. Una seda estupenda –le digo-. Ella dice que es pintura, igual que el traje. Le cuento, para romper el hielo, que Catalina, la mujer que amé, va a bares, tugurios donde unos mendas se juegan partidas de futbolín a quinientos euros, nerviosos, en flor, bebiendo en exceso como excusa para otra rayuela, allí mismo, el futuro y presente de España, sí -digo- en cualquier sitio. Añado que es porque se lo pongo a huevo y por eso prefiere que la pete el culo cualquier animal de esos. Es fácil, sólo tiene que abrirse tipo Instinto básico modalidad subnormal, enseñando un felpudo que es el paraíso de un gato perezoso. Claro -continúo- echa en falta la posibilidad de que la revienten la nariz con unas pocas embestidas a la mitad de la cara. Que la hagan esas cosas de las pelis. Dejarle la sustancia en la garganta y llevar allí las manos hasta procurar ahogarla, pero sólo durante un ratito, lo justo para un par de lágrimas, mientras la escupen y ella sabe su resistencia, -no me mire así, yo tampoco me lo explico- procura ver su fuerza en ello y, luego, esta consistirá en contármelo. Son cosas que me contaba para revivirlas a través de mí, como Gómez de la Serna al maniquí, para que, de una vez, como el citado maniquí, fueran ciertas. Y que, supongo, cuando vivía, eso le hacía sentirse inmersa en algo así como este largo viaje de autobús. No es que ahora no viva, me explico. Es otra extraña más. No es ni mi novia, ni mi ex, ni mi hermana, ni mi amiga, ni mamá. Es cualquier otra cosa, es decir, sí, lo has adivinado, te has ganado un sugus. Le digo, tampoco es cosa de extenderse. Al menos, más.


Todavía el autobús no ha alcanzado la mitad del viaje. Le digo a la de la Oreja de Van Gogh que me encanta conocerla, ya que soy fan de su grupo, que le faltan unos grumos de pintura en el hombro, que si necesita un gotelé me ocupo y que, por lo demás, parece la primera mujer del universo. Me pregunta que con quién la confundo. Le pregunto si no es la del grupo, nueva, de la oreja de Van Gogh. Dice que no. Que ella tiene hijos, como todo el mundo. Digo que, le ruego, me disculpe.


La carretera es la misma que todos los días y, aunque fuera otra carretera, sería la misma carretera. No hay una carretera que sea otra. El autobús para y entra Ángela Chaning. Se sienta enfrente de nosotros. Pregunto si puedo mirar y me dicen que puedo hacer lo que quiera mientras sus pinturas empiezan y acaban desapareciendo. Se lo montan una y otra vez y yo les digo las posturas que tienen que adoptar y las caras que tienen que poner. Les digo que me pone que hagan una versión de Esperanza Aguirre de lo que acaban de hacer. Pero se rajan. Y se ríen de nervio porque a ellas también les pone ser Esperanza Aguirre lamiendo a Esperanza Aguirre. Mi extraña, mientras, aparece bailando sin sentido, como siempre hizo, en la siguiente parada. Pide que la regañe un poco y luego se junta con sus amigos, más tontos que ella, con el único fin que persigue antes de comer lo que sea, que la miren como un objeto valioso, que la adoren. Se pone atrás para parecer mala. Me dan ganas de vomitar y es porque comí temprano.

Llego a la parada y todas las chicas se desvanecen. Sus pinturas eran iguales a las del autobús. No había más truco. Bajo y me dirijo al bar de Santiago, donde Pablo y Eduardo me dicen lo malos que son mis escritos y lo bueno que es cualquier otra cosa, en coña, en serio, en el bar, son basura, sí, mi basurita. Si no fuera por ella y por ellos...
Mis escritos es lo único que me interesa de la vida. Después de ellos, me puedo ir a cualquier otro puto barrio o a cualquier otra puta isla.
En condiciones estables esto me iría al pairo.

Todo el mundo habla de negocios menos yo. Un día me voy a comprar un maletín con nada dentro. Y también un traje. Iré de puerta en puerta diciendo que quiero negociar nada. No todo el mundo la tiene y yo, en cambio, tengo mucha. No es excesivamente cara. En fin. No abran si no quieren pero tampoco me confundan con uno de esos depravados testigos de Jehová.
Voy al hotel y compruebo que mi manuscrito está en el mismo bajo del mueble en que lo dejé hace una semana y un día. Escribir es una ordinariez. No hay quien no lo sepa.
La sustancia de un escarabajo al ser pisoteado, esa es la página escrita aunque sean quinientas. La labor consistió en procurar con ello hacia esta carne el necesario paréntesis entre la neurosis y la muerte. Lo que nadie no necesitaría para decir que ha estado aquí.

Me importaría si no fuese porque siempre tengo que volver.


La exposición de Norberto Fuentes es poco menos que demasiado buena. Un par de chicas se dirigen a la puerta y les digo que no se vayan todavía, que queda lo mejor. Lo mejor, sin duda, es yo yéndome. Mira, así abro la puerta. Pero no pasa nada porque estoy loco en el momento en que creo que existo incluso para marcharme, abrir la puerta... cosas así. La señora que ha acudido a la expo me dice que desconfía de la gente extrovertida como yo (agradezco que no haya dicho "atorrante"). Que algo tienen que no le cuadra. Tiene razón -le digo-. Lo cierto es que yo también desconfío de la gente extrovertida. Por eso he pedido alcohol con whisky. Yo soy un paria. No tiene más que mirarme. No se preocupe por todo lo demás. Es más, no me haga, como ya sabe, ni pizca de caso. Quise hacer las cosas bien, pero no. Mis relatos eran importantes para mí pero descansan en el baile de la chica aquella, la remota de los bares, la que baila en la parte de atrás de un autobús que se dirige hacia mi vida en una aldea que ojalá se llamase Valseca. Allí, le diré, me dijeron que no esperaban eso de mí. Que esperaban que hiciese al pueblo bonito y como era. Pero las cosas como son no son bonitas. Míreme -insisto- sé que insistir está muy feo y, a pesar de eso le invitaré a imaginarse a este poblacho que no conoce y le sume su indudable belleza. Sólo ha de ir para verla. ¿En qué se queda el pueblo? Cierto. Lástima que haya gastado los sugus, si no, le daría uno. En verdad le digo que no hay nada menos excitante que lo conocido. Es como la mujer que amé o como cualquier profesional del sexo. Potente seguro, excitante no. Nada más.

La mujer se va, comprensiblemente. A ver, ya conoce la chismería que hay entre el vaso y yo.
Mi virtud se reduce a comprenderlos/me. A saber por qué hacen esto o lo otro., por qué lo hago. Lo demás a lo que llego es a la miseria que me invento, pongamos, en el ejercicio, vanísimo, de construir una Valseca imaginada.
Me marcho, muy desconcertado, sin razón y, muy injustamente, sin despedirme de Vanessa, César, Rubén, Francisco y Eduardo. La exposición que ha hecho Norberto Fuentes, maño, es lo que me hubiera gustado a mí saber dibujar un día si me hubiese interesado alguna vez por el dibujo.
Mis escritos, sin embargo, son lo mismo de siempre.
Es como si en lugar de una foto mía, hubiese decidido tirar mi cara a la basura en el camino hacia el metro.
Allí siempre veo a gente igual a mí. Allí siempre hay cámaras vigilando el bien, como en mi casa.


En la vuelta, ya de nuevo en un autobús, llamo para ver si hay cena y mi madre me dice que se ha muerto Miguel. Que mañana irá a Valseca y que yo no me preocupe. A Miguel le iban a cortar un pie para que el mal que allí nacía no se extendiera y las manos se volvieron poco a poco hasta ser el envés de lo que fueron mientras su razón dudaba entre seguirlas o dejarlas en paz y hoy, mientras yo venía en un autobús, lo ha conseguido. Recuerdo a ese hombre haciéndome de rabiar cuando yo era apenas un querube, cariñoso en su desgastada voz. Recuerdo jugar con él al dominó mientras pedíamos cervezas en el bar de Mariano, uno de mis últimos días allí, en Valseca, en el último verano de mi mundo. Y dejo de recordar.
César me llama y me pregunta que por qué me he ido y le digo que me disculpe, que estoy fatal de los nervios. Que gracias. Que para eso estamos los colegas. Me alegra que la novela de Guille sea, seguramente, la mejor del momento. Es la persona, hoy, con más talento que conozco para la escritura. Talento del normal, no del loco, que cuesta mucho más barato. LO DIGO yo.
Luego llamo a Eduardo y le digo que me perdone, que estoy fatal de los nervios. Igual.

Mi madre me pregunta por qué entro así en casa, sin dar ni buenas noches y digo que es porque estoy fatal de los nervios. Dice que mañana irá a Valseca, que yo me quede.
Digo que sí. Dice que si me ha pasado algo. Digo que siento lo de Miguel.
A Charly, en la cocina, le digo que soy el mejor escritor que hay, por ejemplo, en un sitio como España o China o como se llame.

Supongo que una de zolpidem, ocho gotas de haloperidol y tranxilium 10 harán que la bebida de antes termine sirviendo para algo.


Mañana yo estaré en un sillón envuelto en plástico, mirando cómo pintan un salón,
mientras otros van de entierro y Catalina me dice: Eres tan bonito.

.