domingo

El resplandor del cristianismo (Valseca´s populi)

Una vez, en Valseca, nos juntamos el Tropas y yo y fundamos (de nuevo) el cristianismo:


El hecho se reconoció como la primera edad de oro del pueblo desde los olvidados visos de enormidad que diera de sí el Renacimiento en esos lares.

La producción de la villa mejoró en contraste con la calidad del aire. Algunos empresarios capitalistas invirtieron con agrado en limonada y se bebió durante seis días gratis al honor del nuevo santo: Melquis I de Arabia.
En favor del mismo se quitó la iglesia pagana que había antes y se puso otra igual pero con frontón + el faro de Alejandría (pagado su transporte aéreo a plazos de codificación con el oro de Valseca). Mira qué bonico todo junto desde las eras:



Un par de semanas después de la primera foto seguíamos celebrándolo en compañía del colega que quisiera y en mangas de camisa aunque fuese invierno (aquí estamos con Pepe -pechazos- y Guanchi -antes de juntarse la lengua a los dientes-):


...pero lo mejor del pueblo siguen siendo las vistas:


Un beso, preciosas -Tati, Saruca y María- sexis, risueñas y pizpiretas pero, sobre todo, libres.

viernes

Caciquismo valsecar -por ciudadano convulsivo nº 16-


Esta noche me he levantado extrañamente feliz. Pensaría que es pasajero si no fuera por lo inocente que es precisamente pensar eso, en un momento de felicidad; en una noche de felicidad que no acabará nunca, o que acabará sólo cuando todo el mundo sea así de feliz, hasta reventar, y tengamos que ir a tiendas para que nos vendan un poquejo de desgracia, si no todas aquellas que los pobres telediarios no consiguieron endosar en mi cabeza. Hoy en día, he de admitir, mi cabeza es un apartotel en Valseca. Tiene cinco piscinas y muchas muchachas, algunas de ellas hijas mías; y todas ellas cuentan con entera disposición de cócteles o pescado, fruta y cubalibres en el chiringo donde mis vasallos me parten las piñas. Cuando hace calor soplo. Sé que es así como se termina con el calentamiento de La Tierra. También tomando un licorcito. O dos. Y también durmiendo y soñando con mi hijita en el columpio. Me he convertido en mis empujoncitos y ya no sé si soy su espalda. Tuve una novia de 55 años, y me ha dejado. Yo he cumplido, gracias a la felicidad, 40. Porque la felicidad es una cosa que viene de la noche a la mañana en un apartotel de Valseca. Hoy, por ejemplo.

La putada era un detective que estaba haciendo preguntas todo el rato. Ahora he conseguido que los vasallos lo echen a patadas en el culo, por malo.
Quería saber quién era el asesino de mi ex novia. No sé cómo entró. Quizá, he pensado, fueran los médicos, que me lo metieron en el suero los días que estuve malo en el hospital. Ha entrado y empezado a hacer preguntas a una de las muchachas. Yo creía, debido a la gabardina, que sólo quería ligar con ella; y que era un pobre pervertido que no tenía nada que hacer pero que, a lo mejor, nos reíamos un poco con él, aunque a él no le hiciera gracia. Este hombre lo que quería era robar el imperio. Se empieza hablando con el que parte las piñas y se termina de director jefe del apartotel que a su vez tiene situado el jefe en su cabeza.

- Hay indicios que le señalan a usted.

Se refería a una de las palmeras que decoran los patios. Era un índice que señalaba indicios a las palmeras ¿Cómo podía tratarse de un pervertido? ¿Cómo? Un pervertido no hace esas cosas tan ridículas, pero menos hablando en alto. No me pregunten por qué lo sé.
Ordené entonces que le subieran al despacho y allí supe de su malévolo plan. Se estaba haciendo el borracho porque iba de incógnito ¿Cómo no me había dado cuenta? Le pregunté si era cierto lo de mi ex novia asesinada. Dijo que no, que era una coña, que de dónde había salido eso y que me fuera a tomar por culo. Entonces le dije que había caído bajo. Que para ser detective era un gilipollas. Y que esas cosas no se hacían en mi apartotel. Menudo soy yo, le advertí. Yo soy de esas personas que escalan el Everest con las manos por no tener que ir a las tiendas donde venden los aparejos de mierda, con cuerdas; que con eso me haría teleñeco, que yo llevo las uñas largas porque de vez en cuando me voy de escalada, que no es por guarro. Aquí que no tomase a nadie por lo que no era, y que si quería problemas los iba a tener de verdad. A mí, que me como las piñas sin pelarlas y no dejo la cresta, que eso es de maricones ¿o es que lo verde no se come? Él habló: Lo verde pincha, caballero.
Así son todos los maricones, lo verde pincha, lo verde pincha, ay, cómo me pincha lo verde. Se lo dije y se encaró conmigo. Oiga que usted no tiene ningún derecho a... a ¿qué? Y añadí: Gilipollas. Y me iba a aniquilar con su mirada inquieta pero antes, en un salto mortal, apreté el botón de debajo de la mesa y mis vasallos no tardaron y lo redujeron a cenizas. Yo digo que lo echaron a patadas en el culo, pero es para fardar. La verdad es que le hicieron cenizas y las repartimos por los ceniceros de las habitaciones. Los clientes dicen que son obras de arte, que hemos hecho una de las buenas y que a nadie se le había ocurrido antes. Ni a Picasso, dicen, con todo lo listo que era. Que habíamos llenado los ceniceros de ceniza y eliminado unas colillas que nunca hubo y que eso hay que patentarlo. Que eso era conceptual y no la Bourgeois. Que representaba la vida, la muerte y después las dos cosas a la vez, en el apartotel de una cabeza donde está prohibido fumar ¡con dos bemoles! Y etcétera.

Tienen, mis clientes, maneras muy extrañas, ñoñerías muy chungas. Pero les quiero. Mucho. Me dan todo el dinero al que aspiro en la vida, las noches en que no me levanto con miedo a mi felicidad. Sé que apagaré la luz de nuevo y que mañana, según dijo el hombre del tiempo, hará sol, aunque se cambiará de tarde por alguna borrasca que será pasajera.


Autor: Convulsivo 16, desertor de Valseca.

Discurso del alcalde para las próximas elecciones de Valseca, mañana


Foto: La escuela de Valseca (tras los escombros y bajo los rayos -las clavo, tronco, para un día que salgo a hacerlas-) (lo negrita va con énfasis):

Instrucciones primeras ocurridas en jornada nº 16.012:
Tanto para primeros como para segundos o viceversa (de peor en mejorada y al revés también):
No hacer una segunda pregunta.
No hacer una segunda pregunta antes de una primera.
Mirar las pupilas del otro antes de la pregunta que se va a saltar.
Preguntar sin nada dentro, es decir: ¿?

Pero yo me pregunto cosas después de ver el telediario nocturno repetido tres veces consecutivas.

Me pregunto quién es Valseca. Hoy que se han acabado los cachetes me acuerdo del tierno don Alfonso. Me acuerdo en doble endecasílabo del tierno don Alfonso, aquel tierno don Alfonso que se quemaba a sí mismo de la manera en que rima (con el bonzo del que prima lo rimado de la estrofa). Pero hoy ya no hay nada que cantar. En una ocasión hicieron un coro y el tierno eligió a sus comandantes para hacer las voces de los niños de la canción de Perales en el Un, dos, tres. (Así anda Valseca) Y a nosotros, pobres, la EGB no nos entró por la cabeza sino por las orejas.
“Que canten los niños, que alcen la voz, que hagan al mundo escuchar, que unan sus voces y lleguen al sol, en ellos está la verdad” Y, efectivamente, la verdad estuvo en los aquellos que se estrellaron con el sol de puro capricho y sigue estando en los que legan su voz al mundo para recibir una propia que, ay, es una voz que no canta.
Cantaron los que cumplieron el dictado del patoso, don Alfonso, y te diré: no tengo maldita gana de que me leas sino más que sepas que los ahorcados no teníamos mejor voz, pero sí mejor aliento.
Nos convertisteis en tocables, como al de las gafas de la peli de dePalma, pero no manchásteis traje alguno en vuestros iguales armarios. Qué salaos, nos vendíais pegamento tóxico -porque no había del otro- y luego unas collejas para que se nos pasase el moco.
Ese colegio era un dios y lo teníais a la guitarra, cantando canciones que no iba a bailar nadie.
Por eso brindamos por la posteridad, querido don Alfonso, y luego nos acordamos de aquello, no necesariamente por sabio más profundo, que recordaba un filósofo de ciencias: ¿Qué ha hecho la posteridad por nosotros? Tú, que te recuerdas, en los recreos, aprendiéndote en una pizarra el Con diez cañones por banda viento en popa a toda vela. Tú, ya sabes más que Espronceda del velero bergantín que no corta el mar, don Alfonso, pero tampoco, prenda, lo vuela. Sólo aspira a volar a la manera del mosquito cojonero un día de insomnio por el viento que uno hace para desplazar un poco más el barco -que yo creo que era una mula en realidad-.
Eh, que a mí me parece muy bien lo de los cachetes y hasta las hostias, pero también teníais que haber pegado un poco a los buenos. Que dios está en todas partes y no hay manos moviéndose al mismo tiempo que quepan en este mundo, ni mancos que las aborden tampoco.
Me acuerdo del velero bergantín con la misma nostalgia que me enseña que Estambul no está allá a su frente, aunque hayan puesto un kebab. Detrás de la casa de un vecino, efectivamente, con el que jamás me he cruzado y quién sabe si no se llamará don Alfonso -ética, lengua, matemáticas, educación física, clase de canto... un crack!-

Te tengo miedo, pobre lunar de mi sol. Tengo miedo de las leyes estrambóticas, de la tele y radio, de la harina con que se hace el pan nuestro de cada día, tengo miedo de Almodóvar y de Victoria Beckham. Y me consuela esa secuencia de Grupo Salvaje en la que Ernest Borgine le pregunta a William Holden: ¿Cuánto crees que valemos? A lo que Holden responde: Según el hambre que tengan. Pero sobre todo tengo miedo de los resentidos.

Cien naciones a tus pies por cada presa que hiciste.

Hoy ya los pobres deficientes mentales no podrán tener acceso a armas en Norteamérica. Pero los demás sí.
No sé si me entiendes, don Alfonso.

Pero, escucha, hoy, aunque me he perdido el partido, ha ganado el atleti. Y ahora me voy a acostar y mañana hasta las seis no me levanto. Diré, desde la cama, aquello que iba a lucir (o va) en la tumba de Labordeta, y que no he oído cantar hoy: “No legislé” (es verdad, qué asco de planes pero bue...). Y no ha legislado, don Alfonso. O a lo mejor sí. Me da igual. Estoy un poco moña y me voy a acostar, y antes te voy a hablar del triunfo, don Alfonso, del éxito. No sé nada y cada vez sé menos pero quiero vivir y voy a dormir por hobbie, por descanso o por ambas cosas, hoy. Dormiré sosegado, arrullado por el mar (que es lo mismo que dos copas hoy, de anís del mono o lagavulin, entre colegas -eso vale más que mil pizarras por menos capones temple-). Y ahora caigo que sí me acuerdo algo de ti, pero el tiempo ha pasado para todos. Y sí, comprendo que te debo muchas cosas.
Perdonen lo penoso pero es que yo veo la película de los Sleepers y me digo: así le teníamos que hacer al don Alfonso!! Tantos años con la rabia acumulada para luego na!! joe


(Aplausos de los sobrinos en la plaza)
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¿Saldrá Laszlo Ravirov de alcalde otra legislatura?
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lunes

Let it snow?



Cada año, en Valseca, con el advenimiento de las fechas navideñas, se realiza un concurso de relatos breves "Espíritu navideño de amistad y fraternidad" en su IV certamen este año. El jurado que formamos la concejalía de cultura, hemos fallado como ganador a Cuento navideño III de la joven autora Catalina Fernández. El susodicho será representado el día 24 del actual mes de diciembre a las 20:00 h en la plaza Alaíza y contará con Soto (como el hermano) y Fernanda –madre de la autora- (como la hermana). Tras este evento, repartiremos sidra entre los asistentes y procederemos a hacer entrega de una cesta de turrones y mantecados, dos cajas de cava y un jamón ibérico a la ganadora. ¡Felicidades Catalina!




Cuento navideño III

El hermano huérfano entró en la casa donde vivía feliz su hermana y lo hizo con un cabritillo muerto y con el pelaje negro debido seguramente a que había sido acercado a una lumbre. La hermana le dijo al hermano que qué iban a hacer con el cabritillo pequeño y bonito aunque estuviera muerto el pobre. Tenía el morro torcido de algún golpe y la hermana que se llamaba Silvia se dio cuenta. El hermano le dijo a ella que lo comerían, a lo que Silvia respondió por qué. Y el hermano dijo, sabiamente: PORQUE ES NAVIDAD. Y Silvia lo comprendió, al estar muerto.


Catalina Fernández, vecina e hija de Valseca desde su nacimiento en junio de 1999 en el hospital de Toledo, es de origen danés.


Atentamente; Laszlo, el alcalde.

domingo

Por una cabeza -Ciudadano convulsivo nº 15, en carta abierta (tablón de anuncios del ayuntamiento)-




En Valseca, a menudo, se recupera la costumbre de degollar a quien hace mal su oficio.
Los jóvenes consideramos casi lógico que este hecho dé comidilla de sí en los pueblos limítrofes ya que, comprendemos, las cabezas son muy importantes para la vida, así como por otro lado entendemos el mensaje del Sr. Alcalde cuando ante esto se pregunta: ¿y qué pasa con las tradiciones? Porque las tradiciones son, sin duda, los rasgos de identidad de nuestro humilde pueblo.


Comprendan quienes aún no conocen esta pequeña villa que, durante las fiestas patronales, los mozos acudimos a las eras, ávidos de competición, y participamos con orgullo en lanzamientos de cabeza, aparte la ilusión que en ello pone nuestra cantera, formada de futuros mozos y mozas, lozanos y lozanas. A nosotros el frontón nos parece un invento estupendo, pero lo levantaron muy después de la existencia de nuestros antepasados que, como es sabido en esta hacienda, son todos santos.


Esas cabezas, felices de paseo, en el carrito, pareciera que quieren pertenecer a las manos que lo sostienen ¿No son encantadoras? Nuestros pequeños se acercan y agitan en ellas sus sonajeros (a su vez fabricados con restos reciclados de los cráneos que dejaron de servir), con la esperanza de verlas animosas, cosa que sucede siempre.


Ponemos mucho cuidado en su presencia de cara al evento deportivo y cultural; y alejamos siempre de temperaturas no recomendables a los contornos de reciente desapego.


Los cuerpos de ellas son heredados por allegados de similar talla que los vacían, limpian, aroman y sirven de ellos como traje para eventos especiales, es decir, bodas, bautizos o el vermú.


Muchos nos sabemos orgullosos de aquel tiempo en que había de sobra y exportábamos al extranjero. Ahora sólo hay unas pocas, y es por culpa de los nuevos moralistas. Unos nuevos del pueblo que no han dado un palo al agua en toda su vida y quieren enseñarnos a los cosechadores cómo se anda. Insisten en que lo real es respirar y no comprenden que a otros lo real nos provoca mucha tos y malestar de pecho.
Sólo me tomo una caña con ellos cuando consigo que me llegue el suficiente oxígeno al cerebro. Les explico que no hay nada como aprender, de niño, a coger una cabeza debidamente para mejor lanzamiento. Les digo que conviene juntar los dedos adentro del mentón y apretar desde fuera con el pulgar, usando fuerza y la suficiente destreza para no quedarse pegado y salir volando con ella más allá de lo que la imaginación le pueda permitir a nadie. Si tuvieran un oficio sabrían a qué me refiero. Me miran con cara de circunstancia, si no altivos y mentales detrás de sus gafas importadas de Japón. Son el fracaso del darwinismo.

Jamás entenderán que el sueño de un mozo nacido acá es el de obtener el récord de lanzamiento; usando la cabeza propia.



Fdo: Ciudadano convulsivo nº 15

viernes

El tonto del pueblo


Sé que he hecho muchas cosas mal pero, aparte de las que sé ¿Qué otras cosas he hecho mal? Oye, no creas, a veces me lo pregunto.

Mi nombre es Leopoldo María, vivo en Valseca y soy el tonto del pueblo. Efectivamente, no estoy nada satisfecho con ese apelativo, aunque hoy, por vez primera, he llevado a cabo un plan. Me he comprado una tabla de ajedrez y la he paseado tanto por las afueras del colegio como por las eras y por el bar. No imaginé, de inicio, que pudiera funcionar, pero el efecto provocado en mis conciudadanos ha sido, he detectado, bastante notable.


Nadie sabe que tengo otro plan maravilloso planeado para el día siguiente. En el día de mañana no sólo pasearé la tabla sino que lo haré con sus correspondientes fichas, salvo una que dejaré en casa escondida, me sentaré enfrente de la nave de Telsio y, una vez allí, las colocaré tal y como las reglas de este antiquísimo juego indican. A la que Telsio salga de cuidar sus guarros me verá y preguntará en tono condescendiente: ¿qué... practicando? Yo le diré que no, que falta una de las treinta y dos fichas.
Luego de irse al bar empezará la acción.
Al principio no lo darán mucha importancia, dirán: ese chico está perdiendo la cabeza.

No obstante, sólo será un primer paso.

Mejoraré mis estrategias y seré diligente con el número y lugar de apariciones que lleve a puerto.
Calculo que, en aproximadamente un mes, dirán: el tonto del pueblo, además, es muy inteligente.


Fdo: Ciudadano ejemplar nº 3

domingo

Dada


Al aparecer Dada, las estrellas se caen en ella y hay que quitárselas del vestido, no vaya a prenderse en una copia suya.

Las estrellas la miran desde el suelo y lo alto es un jirón de su melena resuelto en una antorcha que no puede dormir, que asusta al cosmos.

Al aparecer Dada, su copia se sacude la caspa y huye a encontrarse en otro lado. A no saber, de nuevo, cómo llamarse.

Su nombre se cae sobre la vitrocerámica y, cuando lo recoge, es siempre demasiado pronto, o demasiado sin más.

A quien se lo come el nombre, se convierte en el primer trabalenguas que su estómago recuerde.

Si no deja al tigre comer el trigo, viene Dada y, alegre, sin tregua lo traga.

Dada se ha convertido en un niño o niña que pregunta por qué, no sabe cómo y responde a los trigales con un salto.
La vida, desde el columpio, dice no cuando se mueve.

Un día se va a hacer mayor Dada y, como yo, no sabrá nada de nada.


Dada, a su nieta Dada.

Guía irracional de ayer


Hoy he pasado el día en la casa siendo el cumpleaños de mi tía -mañana paso el día contigo-, cotilleando en internet los nombres que me ha dado la gana, permitiéndome un escocés al tercer hielo, escuchando temas nuevos-viejos de Patti Smith y leyendo Silencio de John Cage (mejor que leer a la una y escuchar al otro, doy fe, al menos hoy, que ha sido día de chimenea -entiéndase: al lado-). Luego he telefoneado a Pynchon, seguramente consecuencia de leer a Cage, que sabía algo de sonido y por eso lo destrozaba (Patti Smith de lo que sabe algo es de destrozar y por eso ha sacado un disco de versiones). El jefe me ha preguntado si había mirado el Mundo, la última página. Se refería a lo siguiente:

http://www.lacoctelera.com/maxmartini/post/2007/12/01/manuel-fenaandez-cuesta-umbral-rojo-

Manuel Fdez Cuesta hace un artículo maestro.
También viene en el enlace un artículo de Rafael Reig sobre el reciente premio Cervantes.

Los dos fueron maestros míos el año pasado (Hotel Kafka), lo que no evita que lo sigan siendo para mucho más rato.
Quiero decir, en varias ocasiones, quiero ser como ellos de mayor, entiéndase: cuando me haga mayor, como ellos.

A Reig tengo más fácil leerlo (me quedan dos novelas y leo habitualmente su blog e incluso he puesto algún comentario, y siempre responde).
A Manuel es más difícil encontrarle, pillarle escribiendo, mejor, verle en lo escrito, y como no leo periódicos me tengo que conformar con verle en los catálogos. (A diferencia de Beiba Aragón Mártir, que dice acordarse de él cuando riega los toldos de casa -¿Es esto racional?-).
Pues hoy, sí, ha salido un Manuel Fdez-Cuesta en la columna de Umbral: Umbral rojo. Un regalo que responde al sonido y al saber con el saber y el sonido.
(más -caso aislado, lo sé- después de leer a Cage que, aunque en ocasiones lúcido, hace con las frases, a veces, lo que con el pentagrama -las saca de la hoja y luego dice que es porque son así-).
-Thanks Pynchon, si no fuera por ti, muchos días...-


Yo hice una columna hace un mes y pico, no en la columna de Umbral, pero sí sobre Umbral y sobre lo que sigo leyendo de este autor que siempre me ha maravillado, y la coloqué en un foro, y sigo pensando en hacer otra, pero me voy a acostar en breve y me apetece rescatar aquella para este sitio, lo que no sé es cómo titularla (se admiten sugerencias):


He leído mucho Umbral y no sé cómo era su mundo. Las últimas columnas las leí con un pincho en el bar de Pepi. Seguía siendo fiel a un estilo multiforme, siempre sorprendente, a la vez, en su búsqueda de matices que dieran, si no un sentido, una excusa y también una continuidad al hombre cualquiera que camina por el pueblo de provincias, por Madrid o por el mundo. Ahí residía el fondo y ahí residía la voz, la que hace a una provincia y a una capital, a un país y a sus maneras (con sus maneras), y a una respuesta nacida de su proposición... porque sin el que anda no hay lectura que se tenga en pie y menos, claro, que siga tomando chatos desde el suelo. Y es desde el suelo que el hombre –Umbral, en este caso-, en su manera castellana, leía aquello de la interrupción que procede de lo sublime y no ya del propio hombre, entre las líneas que le iban saliendo para hacer una columna o una novela donde siempre perdían los mismos y, al mismo tiempo, ninguno de nosotros.

Están todos, los que están y los que no y responden (o menos) a una conciencia que los encuentra a la manera de Diógenes –en su penumbra y lugar- como el artista sempiterno que no ha hecho del arte nada pero que deja que la soledad le toque el saxofón un poco; y el arte (o lo que sea) termina haciendo por él como hace una manzana por el simbolismo (en poesía –o lo que eso sea- o en religioso, surrealista o preparador de ensaladas). Porque las respuestas las da el hombre que camina como le son dadas al mismo por la cosa de caminar, que en algunos artículos del autor también son algo (otra cosa) de provincias –en muchos-.

Uno supone que, para Umbral, hacer mitología de lo ocurrente es una cosa periódica y hacer un uno de los españoles (por ejemplo) pasando por la cosa mental que daba el pensador germano y lo sutil que se figura en la contracultura francesa de finales del XIX; aparte siempre la rosa, que era juanramoniana o rilkeana (si no una cosa muy bruta, como de Cela) respondía a una devoción y necesitaba nuevas para alimentarse, y que ahí se explique que quisiera ser alguien importante en pequeñoide, alguien que se viera por un momento en lo proyectado como el proyecto que cumplió hace mucho tiempo y, toma piña, que va y lo hace como quien no quiere el trasto, o lo quiere sólo para todos los demás.

Y quiere la vida como quiere el hambre (de una manera literaria siempre), y luego quiere la izquierda como quiere a Baudelaire, por un coso de ciencia más que de principios –aunque de principios también-. Y pasa que, dadas las paradojas que uno mira al vivir muchas, a quien ha sembrado una escuela le empiezan a llover los gorros esos que dan de licenciado para hacer la foto, de una manera sociológica antes que política y natural antes que por ocurrencia del tiempo solamente.
Sin olvidar, Paco, que tuviste la peor muerte que hay, que es aquella, ay, que se realiza en un hospital.

Y se ha muerto Umbral y se va a morir Zúñiga (aunque a Zúñiga no le mate eso –aquello de la estatura asimilada en el hombre que hace el premio- como a Umbral) y uno no sabe quién le va a contar esas historias. Un día le vi por la calle y no le dije nada. Se me hacía que para qué, y ya sabía aquello que dice –en alejandrino- en una obra maestra como “Mis paraísos artificiales”:

“Sólo quiero que el pecho donde un niño me llama
no se quiebre de pronto con un golpe de viento
quiero que el hondo niño, deslumbrado y lejano,
viva en el relicario funeral de mi vida”

Acá remite a muchas cosas, además de hacia su vida y obra, hacia el lugar necesariamente ambiguo –y proyectivo- del narrador, el que está en ambos lados a un tiempo y sabe de uno en el contrario, así como a España, al mismo tiempo que al niño que quería vivir con aquel otro, oscuro, que quiso cortarse el corazón en alta mar. Abarca el memorialismo -lo hace suyo- como abarca una generación que sale de Gómez de la Serna y no ha acabado todavía, y predica la columna desde Ruano como desde el santo Simeón, mientras ve pasar a los gatos de la terraza al saloncito. Siendo todo ello, uno puede ser un sacrosanto o, cuando menos, un pobre diablo. Y todo el mundo sabe (a estas alturas de su muerte) que Umbral era las dos cosas, además de, como dijera de Lorca, un poeta que, más que levitar, gravita. O gravitaba.

Yo a Umbral es que me pasa que no me lo creo, aunque me crea casi todo lo que leo y nunca me he explicado cómo ha podido escribir tanto y, hoy, he entendido por qué y es porque me he creído más a los imposibles que a los de este lado, más a Wilde que a Tolstoi y más a Jordan que a Magic Johnson; más al extraterrestre que al ET –triunfal o no- que somos todos, y creo que nos pasa eso a muchos, jovenzuelos –lo digo deshonestamente-, que se nos han olvidado muchas cosas y es que, al mismo tiempo, las hemos aprendido mal –o solamente al revés-.


Por cierto, el último párrafo del Silencio de Cage dice: Decir más sería -lo dice el Zen- lavar sangre con sangre.
Me pregunto, hablando de periódicos ¿No define la mar de bien esta frase a la información en general? -me lo pregunto, he dicho, no que la defina la mar de bien-.
Y el disco de Patti Smith es cojonudo. Ya lo he escuchado una vez y algo.


Felicidades tía Pepa. Aunque ya es día 2 ¡Leñe!

sábado

La semejante criatura en google: Merecidas definiciones y hazañas del pasado (II)


“Yo también tendría vergüenza de haber parido semejante criatura. Hay gente que por estafas mas inocentes se pudre en la cárcel. ...”

“¿Cómo era posible que semejante criatura hubiera permanecido desconocida hasta entonces, para el mundo occidental? El okapi prometía ser, en cierto sentido, ...”

“-Debes ser un mago muy poderoso para haber conseguido hacer semejante criatura, me alegro de haberte encontrado, me servirás bien. ...”

“Tal y como explicará el profesor Arquette, que encabezó la expedición, la presencia de semejante criatura era "una imposibilidad en un mundo normal". ...”

“Dijo que se alejó de la ventana, pero nosotros no vimos a semejante criatura.- dijo otro hechicero. - Quizás es la criatura que crié en el sótano. ...”

“... y como podíamos haberlo hecho nosotros, cuando vio a semejante criatura siguiendo su rastro a grandes saltos por el páramo a oscuras. ...”

“Mi teoría es que Dharma pudo llegar a desarrollar una tecnología suficiente para crear semejante "criatura", pero se descontroló y se vieron obligados a ...”

“¿Cómo hizo la mujer para montar semejante criatura temible? ¿Por qué la bestia permitiría que siente sobre su espalda, sujete las riendas y la controle? ...”

“Ahora bien, tengo que reconocer que “El Corazón Púrpura” es la única razón que se me ocurre para salvar la vida a semejante criatura. ...”

“Hibiki huye aterrorizado por el encuentro con semejante criatura. Para evitar que capturen toda la nave los hombres separan una sección del resto dejando a ...”

“Miembro nº: 92. se imaginan encontrarce con semejante criatura en el jardin?... aca les va http://www.youtube.com/watch?v=R65v-YMJWEI ...”

“... y criaturas repulsivas, guitarras con forma de instrumentos de tortura, ... agente quería detenerle ya que les daba asco tocar a semejante criatura. ...”

“el de mi padre, para sentir el orgullo de haber podido concebir semejante criatura divina (o sea, yo) :headbang: Ojalá se inventaran los preservativos de. ...”

“Y Moises, al dividir el mar… no uso una vara…sino que puso a Eddie Trini al frente de las aguas y estas huyeron a toda prisa de semejante criatura… ...”

Semejante criatura en tal sitio mortuorio y sombrío, parecía una estrella caída en un pozo. La lección continuaba no obstante la distracción de los oyentes, ...”

“-Cómo es posible que a estas alturas de mi vida, cuando apenas me puedo mantener en pie, aparece semejante criatura a torturar la paz que con tanto recelo ...”


Fdo: Sede mnemotéctica de Energy

El mal de la impresión y otros suicidios (I)



"Ella vendrá y tocará el organillo llorando" (Unica Zürn en "El hombre jazmín")


Cogió, como cada mañana, el autobús que la llevaba al centro. Antes de llegar a su destino, bajó e hizo llamadas desde una cabina telefónica. Insertó cinco duros y marcó una cifra de siete números apretados al azar. Le contó a alguien que su padre moriría en este insensato frío si no ponía remedio y que necesitaba ayuda. Cortaron la llamada y ella siguió hablando hasta terminar la frase: Los pensamientos de los locos se parecen, pero no hay mano ninguna que sostenga este planeta.
Se dio cuenta de que sólo la quedaban otros cinco duros en el bolsillo pero que, seguramente, no era bueno gastarlos en llamar de nuevo, que era mejor dárselos a alguien, si posible, pobre, lo más pobre que pudiera ser alguien como, por ejemplo, cualquiera que pudiera pasar cerca de ella en esa calle y así hizo ante la inmediata distancia inesperada tomada por el otro. Comprendió que el hombre en general –y no sólo la persona del otro lado de la línea telefónica o aquel a quien quería tender sus cinco duros- no podía ser bueno por naturaleza y se vio incapaz de recordar el número donde, probablemente, la notificaran que su padre había, efectivamente, fallecido.
No obstante, conservó la idea de que aún no había llegado al centro y, quizás con ello, había conseguido minutos e incluso horas. Debía cruzar la acera y coger el autobús de vuelta. Realizar una regresión que fuera paisajística, adaptar el mundo de nuevo hacia lo conocido, y todo ello andando de la manera en que sabía. Conseguir crecer del revés hasta, por lo menos, su nacimiento. No tenía problemas para realizarlo, gracias a que guardaba el abono de transporte correspondiente al mes de febrero del propio año.
(Antes de acudir a la parada se deshizo de la moneda de cinco duros. La colocó en un lugar que supuso lo más lejos posible de la vista de un humano).


Pero, como nada había cambiado a su regreso salvo la rutina, sospechó que sus familiares no correrían ningún peligro si, en adelante, mantenía fija la idea de eliminar la eliminación que sujetaba su cabeza; que, con ello, el planeta conservaría el trazo de siempre en la órbita que le es correspondida. No le pareció un error, pero llegó la hora dos de la tarde y la familia (compuesta al completo por madre, padre, abuelo y ella) hubo de sentarse a comer, como cada día, en la mesa.

Entendió perfectamente la impostura a la que era sometida. Se cambiaban cada día por otros. Mudaban la piel como había visto hacían algunas serpientes y luego, actuaban, procuraban que el individuo que ella había logrado no pensase un solo segundo en la eliminación propia o ajena: evitar el mal si aquel viniese. Querían vivir, nada más. Por eso encendían el televisor para atontarla, ponían en su plato arroz, cinta de lomo, tomate y huevos.


Le preguntaban por qué no había acudido a los estudios. Qué sucedía. Ella les miraba, compasiva, sin soltar palabra alguna, no fuera a sanar a nadie (o borrarlo para siempre, dejando al complot desnudo -a sabiendas, como quien dice, que un complot más feo con cuanta menos ropa o no un complot sino otra cosa-).


Avanzada la tarde, desde casa, telefoneó a su amigo y se lo contó todo -en orden cronológico-.


(En Valseca esto fue sabido sobre las diez menos cuarto de ese mismo día).