sábado

El mal de la impresión y otros suicidios (I)



"Ella vendrá y tocará el organillo llorando" (Unica Zürn en "El hombre jazmín")


Cogió, como cada mañana, el autobús que la llevaba al centro. Antes de llegar a su destino, bajó e hizo llamadas desde una cabina telefónica. Insertó cinco duros y marcó una cifra de siete números apretados al azar. Le contó a alguien que su padre moriría en este insensato frío si no ponía remedio y que necesitaba ayuda. Cortaron la llamada y ella siguió hablando hasta terminar la frase: Los pensamientos de los locos se parecen, pero no hay mano ninguna que sostenga este planeta.
Se dio cuenta de que sólo la quedaban otros cinco duros en el bolsillo pero que, seguramente, no era bueno gastarlos en llamar de nuevo, que era mejor dárselos a alguien, si posible, pobre, lo más pobre que pudiera ser alguien como, por ejemplo, cualquiera que pudiera pasar cerca de ella en esa calle y así hizo ante la inmediata distancia inesperada tomada por el otro. Comprendió que el hombre en general –y no sólo la persona del otro lado de la línea telefónica o aquel a quien quería tender sus cinco duros- no podía ser bueno por naturaleza y se vio incapaz de recordar el número donde, probablemente, la notificaran que su padre había, efectivamente, fallecido.
No obstante, conservó la idea de que aún no había llegado al centro y, quizás con ello, había conseguido minutos e incluso horas. Debía cruzar la acera y coger el autobús de vuelta. Realizar una regresión que fuera paisajística, adaptar el mundo de nuevo hacia lo conocido, y todo ello andando de la manera en que sabía. Conseguir crecer del revés hasta, por lo menos, su nacimiento. No tenía problemas para realizarlo, gracias a que guardaba el abono de transporte correspondiente al mes de febrero del propio año.
(Antes de acudir a la parada se deshizo de la moneda de cinco duros. La colocó en un lugar que supuso lo más lejos posible de la vista de un humano).


Pero, como nada había cambiado a su regreso salvo la rutina, sospechó que sus familiares no correrían ningún peligro si, en adelante, mantenía fija la idea de eliminar la eliminación que sujetaba su cabeza; que, con ello, el planeta conservaría el trazo de siempre en la órbita que le es correspondida. No le pareció un error, pero llegó la hora dos de la tarde y la familia (compuesta al completo por madre, padre, abuelo y ella) hubo de sentarse a comer, como cada día, en la mesa.

Entendió perfectamente la impostura a la que era sometida. Se cambiaban cada día por otros. Mudaban la piel como había visto hacían algunas serpientes y luego, actuaban, procuraban que el individuo que ella había logrado no pensase un solo segundo en la eliminación propia o ajena: evitar el mal si aquel viniese. Querían vivir, nada más. Por eso encendían el televisor para atontarla, ponían en su plato arroz, cinta de lomo, tomate y huevos.


Le preguntaban por qué no había acudido a los estudios. Qué sucedía. Ella les miraba, compasiva, sin soltar palabra alguna, no fuera a sanar a nadie (o borrarlo para siempre, dejando al complot desnudo -a sabiendas, como quien dice, que un complot más feo con cuanta menos ropa o no un complot sino otra cosa-).


Avanzada la tarde, desde casa, telefoneó a su amigo y se lo contó todo -en orden cronológico-.


(En Valseca esto fue sabido sobre las diez menos cuarto de ese mismo día).

2 comentarios:

Anónimo dijo...

me encanta.

Alberto M dijo...

y a mí me alegra